Pagando impuestos, o no, en España

Periódicamente el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sondea nuestras opiniones sobre la política fiscal en España. En la última ocasión, el pasado mes de julio, más del 90% de las personas entrevistadas consideraban que existía bastante o mucho fraude fiscal en España. Una de las cosas más sorprendentes es que esta visión negativa lejos de reducirse a lo largo de estos años de democracia ha ido más bien en aumento. Así, durante los treinta años que el CIS viene haciendo la misma pregunta las opiniones pesimistas han pasado del 74,5%, en junio de 1991, al 91,4% actual.

​¿ Fraude?, pero legal

Cómo es posible que casi todo el mundo piense que se puede engañar a Hacienda de forma tan habitual, cuando la poderosa Agencia Tributaria (AEAT) utiliza avanzadas herramientas de Big Data para cazar a quien “se sale de la fila”, sea celebrity o no, y además la mayoría de los mortales dependemos de ingresos cuya entidad de origen “sopla” a la AEAT hasta el último céntimo que recibimos.

El CIS también nos pregunta si creemos que “los impuestos se cobran con justicia esto es, que pagan más quienes más tienen. El 81,4% no lo cree así. Nuevamente, el pesimismo se ha ido extendiendo desde junio de 1984, cuando “sólo” el 61,4% opinaba de ese modo.

Otra “curiosidad” de estas encuestas es que se centran sólo en el comportamiento fiscal de las personas individuales, pero no se recogen las opiniones sobre si los impuestos indirectos (sobre la gasolina, la luz, etc.) son justos o no tal y como se recaudan o, menos aún, qué opinamos sobre la tributación por los beneficios empresariales o por los de las entidades de inversión (fondos y SICAV). Es decir, habría que preguntar no sólo sobre si se cumple individualmente con el fisco sino también si nos parece que esta legislación es la adecuada y justa.

Hace años Warren Buffet siendo entonces la segunda persona más rica del mundo señaló que pagaba menos impuestos que cualquiera de sus empleados, ¡y eso cumpliendo estrictamente la normativa fiscal! (Actualmente ocupa la sexta posición, con sólo 92.000 millones de dólares).

Obligaciones fiscales con nombre y apellidos; beneficios anónimos

Las pequeñas y medianas empresas tributan en España un 25% de sus beneficios -Impuesto de Sociedades-, que sube al 30% para las grandes empresas… …EN TEORÍA. La realidad es más bien distinta. Según datos de la propia Agencia Tributaria en 2018 las empresas tributaron una media del 9,49% de su beneficio, por debajo del 10,7% que pagaron en 2017. ¿Qué individuo que perciba un salario más allá del nivel mileurista tributa por IRPF menos del 10%?

​Más grande = Menos impuestos

La cosa no queda ahí. Las pequeñas empresas tributaron un 15,7%, las medianas un 15,04% y las grandes… una media del 6,6%. Pero en el caso de “nuestras” grandes multinacionales, en 2017 las 22 que en conjunto acapararon más del 25% del beneficio total sólo abonaron un tipo efectivo medio del 1,3%.

​El caso de las SICAV

Las SICAV (Sociedades de Inversión de Capital Variable) se llevan la palma en lo que se refiere a no arrimar el hombro fiscalmente hablando. Se las aplica un Impuesto sobre Sociedades del… ¡1%!, lo mismo que a los fondos de inversión. La diferencia con estos últimos es que los partícipes de las SICAV gestionan el destino de las inversiones realizadas, y suelen ser el refugio de las grandes fortunas, dada su privacidad y práctica ausencia fiscal.

Las SICAV por ello han sido desde hace muchos años fuertemente criticadas. La reciente Ley 11/2021, de 9 de julio, de medidas de prevención y lucha contra el fraude fiscal ha sido la ocasión desaprovechada por el actual gobierno “progresista” para cambiar la situación. Se sigue manteniendo el tipo impositivo del 1% (¿es esto una política económica “progresista”?) y sólo se retoca tímidamente el importe mínimo de cada accionista. Pero si alguna gran fortuna se siente amenazada la Ley “introduce un beneficioso régimen de disolución y liquidación” (Expansión, 15 julio 2021).

En fin, se podría argumentar que las SICAV son un instrumento de inversión para el crecimiento económico del país. Pues no: el 78% del patrimonio de las SICAV españolas está invertido en el extranjero.

​Hacienda somos… ¿todos?

Con este panorama no es de extrañar que la presión fiscal en España sea casi 6 puntos menor que la media de la Unión Europea. Pero no porque las personas individuales aportemos poco. Según datos de Eurostat el problema está en el impuesto de Sociedades, el IVA y los impuestos medioambientales.

Aunque hace años nos dijeron que “Hacienda éramos todos“, durante el juicio contra los ex-duques de Palma la Abogada del Estado Dolores Ripoll nos reveló que era sólo publicidad y por tanto una acusación particular no puede actuar en defensa de la Hacienda pública. Tampoco lo hizo la Abogada del Estado.

El próximo post dentro de dos martes, el 28 septiembre 2021

¿Nos estamos hundiendo? II: remontar

La economista egipcia Minouche Shafik, directora de la prestigiosa London School of Economics acaba de publicar un compendio de las cuestiones esenciales que países como el nuestro debería plantearse a la hora de alcanzar a un nuevo y necesario contrato social, y así remontar la actual situación.

​Un nuevo contrato social

En la formulación que propuso Rousseau hace más de 250 años, un contrato social incluye los derechos y los deberes que los individuos establecen entre sí, como forma indispensable para superar el llamado “estado de naturaleza” en el que reina la lucha de todos contra todos.

El contrato social determina lo que se debe aportar a la colectividad y por parte de quién: el Estado, las familias, la iniciativa privada, etc. Para ello hay que llegar a un nuevo consenso en temas fundamentales como:

  • Quién se encarga de la reproducción y el cuidado de los nacidos (¿las mujeres, las familias, el Estado, las entidades privadas,…?) que mantienen el futuro demográfico de las sociedades
  • Cuánta educación, cuándo y de qué tipo hay que ofrecer y a qué sectores de la población; quién lo suministra y qué precio…
  • Qué sanidad garantizar a la población; qué servicios incluir; para quiénes; hasta cuándo; a cargo de quién…
  • Cuál debe ser el punto de equilibrio entre la protección y la flexibilidad en el trabajo, su remuneración y la garantía o no de un ingreso mínimo; qué ayuda debe prestarse a quienes ven sus cualificaciones obsoletas debido al cambio tecnológico
  • Cómo abordar la situación de las personas mayores, su pensión (desde qué edad, sus modalidades, cuantía mínima, quién se hace cargo…); los cuidados cuando comienzan a no poder valerse por sí mismas, etc.
  • Cómo gestionar la distribución de recursos entre las generaciones actuales y las futuras, entre disfrutar ahora o invertir para los años venideros; qué niveles de protección medio-ambiental son necesarios para asegurar un planeta que no quede irremisiblemente dañado en su suelo, su entorno atmosférico o su biodiversidad

Somos interdependientes

Si algo ha quedado bien demostrado con la pandemia de la Covid-19 es que dependemos los unos de los otros para bien o para mal. (Paradójicamente aquellas personas que durante los meses de restricciones en actividades económicas trabajaban en sectores declarados como esenciales eran -y siguen siendo- las que sufren mayor precariedad en el empleo: sanidad, transportes, cuidados personales, etc.)

Abordar los contenidos del nuevo contrato social significa que distintos sectores sociales, con puntos de partida diferentes, tienen que llegar a acuerdos sobre lo que debe aportar cada uno al conjunto de la sociedad. Llegar a ese nuevo consenso no sólo es más justo sino que es también más eficaz y productivo.

​Cambiar las reglas de juego y cambiar de protagonistas

¿Quién debe promover y formular las bases de ese nuevo contrato social? Caben tres posibles protagonistas: la Administración del Estado, los partidos políticos o la sociedad civil.

¿La Administración del Estado? Sólo un ejemplo reciente: el Tribunal Constitucional ha sentenciado que el Estado de Emergencia impuesto durante los primeros meses de pandemia no se ajustaba a derecho y por tanto las multas impuestas a particulares por esa razón no son legales. ¿Nos devolverá la Administración los importes? No, habría que reclamarlos, incurriendo en gastos que seguro superan aquellos importes. ¿Dejaremos en manos de esta Administración del Estado la consecución del contrato social?

¿Los partidos políticos? En un reciente libro titulado Caciques y caciquismo en España (1834-2020) Carmelo Romero dedica el último capítulo precisamente a los partidos políticos: a diferencia del clásico caciquismo decimonónico los políticos se encuentran hoy con otros desafíos y ya no pueden contar con la sumisión de los votantes. Estrategias más sutiles (propaganda electoral, listas cerradas, dominio de los aparatos de los partidos…) son algunas de las manifestaciones presentes del prolífico sistema clientelar. No parecen buenos protagonistas.

Nosotros, la sociedad civil. Ya sé que esto parece una utopía, pero las revoluciones que la historia nos ha ido mostrando no se han hecho desde arriba hacia abajo, sino al revés. Pero para ello debemos partir que toda la ciudadanía es necesaria, que no se trata de un “ellos” y “nosotros”, sino que es una dinámica “inclusiva” como se dice en los tiempos actuales. Cada persona, partiendo de su situación particular, de la de su grupo de referencia y de la del sector social en el que está incluida, debe (debemos) formular colectivamente las mejores soluciones a cada uno de los retos incluidos al principio de este post y que formarían parte del nuevo contrato social.

La vía asociativa y la del diálogo entre segmentos sociales diversos es un camino que parece largo y costoso, aunque a veces la historia nos sorprende con acelerones inesperados, pero que son fruto del trabajo silencioso -o no tanto- y colectivo de mucha gente.

El próximo post a la vuelta del verano, el martes 14 septiembre 2021

¿Nos estamos hundiendo? I: la situación

El diluvio de [pseudo]informaciones con el que los medios de comunicación y los dirigentes políticos nos bombardean a diario, junto a la crispación social que fomenta, embota nuestra capacidad de atención y nos deja sumidos en una mezcla de irritación y desesperación.

Nos sentimos zarandeados igual que lo hacen las olas del mar, mientras intentamos asirnos a los restos del naufragio. La entrada en pánico nos lleva a veces a agarrarnos al cuello de otra persona, incluso aunque sospechemos que así ambos acabaremos en el fondo.

​Los árboles y el bosque

En esta situación es difícil tener una perspectiva clara de dónde estamos -poder formular con claridad el problema- que es sin embargo un paso previo imprescindible para ser capaz de buscar soluciones. Por eso es necesario remontar el vuelo y obtener una visión de conjunto.

En esencia, aun a riesgo de presentar un panorama demasiado resumido, nos encontramos inmersos en un cambio en profundidad en la historia de sociedades desarrolladas como la nuestra. Los nuevos elementos surgidos durante los últimos decenios del siglo XX impactan contra unas reglas de juego económicas, sociales y políticas que ya no sirven para encarar las nuevas tensiones.

​Un panorama demográfico transformado

Desde el punto de vista demográfico asistimos a la beneficiosa prolongación de los años de vida saludable, acompañada por una reducción de la natalidad en el mundo desarrollado y los países emergentes asiáticos. Sólo África sigue manteniendo tasas de natalidad altas, lo que se traduce en una creciente descompensación de la población entre regiones mundiales, con la consiguiente presión migratoria.

Pero en el seno de las sociedades occidentales un factor de avance como es la progresiva incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, gracias la mejora de los niveles educativos y las técnicas de control de la natalidad, no ha encontrado todavía una respuesta satisfactoria en el conjunto de la sociedad tanto dentro como fuera del hogar, lo que genera tensiones laborales y sociales sin resolver.

El impacto de la globalización

La irrupción de las nuevas tecnologías de la información, por un lado, y el abaratamiento del coste de los transportes (al menos antes de la pandemia), por otro, han provocado la deslocalización mundial en la fabricación de bienes y las cadenas de suministros: la “globalización”. El impacto en los mercados de trabajo de las sociedades desarrolladas ha sido demoledor y los gobiernos de éstas, tanto de “izquierdas” como de “derechas”, no han hecho esfuerzos sustanciales para ayudar a los “perdedores” de la globalización, más allá de poner en marcha subsidios de tipo clientelista.

En las sociedades desarrolladas, las élites financieras y tecnológicas (el 1% de la población) han multiplicado su cuota de riqueza, mientras las clases media y media-baja están sufriendo una seria disminución de sus ingresos y un deterioro profundo de su estatus social, alimentando así los populismos de izquierda y de derecha. En contraposición, extensas capas de población en los países emergentes están saliendo de la pobreza extrema, de modo que en conjunto la población mundial está viviendo una mejora de su nivel de vida.

​¿Cómo estamos reaccionando en un país como el nuestro?

Dicho con una sola palabra: MAL.

Ante encrucijadas como la actual la historia nos enseña que la situación puede resolverse en un sentido positivo -un avance de las sociedades en su conjunto- o una regresión social. El resultado no está dado de antemano sino que depende de si contamos con estructuras de participación social inclusivas o no, es decir que permitan el equilibrio de intereses entre diversos grupos sociales con unas reglas de juego democráticas y respetuosas con el adversario.

Se podría argumentar que “nuestras instituciones” están mostrando una “resiliencia” a prueba de fallos y por tanto no hay que ser alarmistas. Pero la acumulación de tensiones siempre da paso a un momento de ruptura en el que ya no hay vuelta atrás. Hay quien sigue pensando que “cuanto peor, mejor”, pero lo más probable es que sin soluciones constructivas “cuanto peor, será peor”.

Un ejemplo: el reto demográfico

Para responder al aumento de la esperanza de vida de las personas y no penalizar a los jubilados presentes y futuros se necesita ampliar la base de contribuyentes, es decir ampliar el mercado de trabajo en número, en cualificación y en estabilidad. En las sociedades occidentales la única vía para hacerlo es el esfuerzo en investigación, desarrollo e innovación, no a base de exenciones fiscales para quien haga algo, sino a partir del liderazgo activo de un estado emprendedor.

Basta con echar una ojeada a las cantidades que en España, en el marco de los Fondos Europeos NGEU, se destinan a la investigación y desarrollo o la mejora de los niveles educativos de la población española para ver que no vamos por la senda adecuada.

Continuará en el siguiente post.

El próximo post dentro de dos martes, el 20 julio 2021

Desde los fondos europeos… ¿hasta nuestros bolsillos?

140.000 millones de euros vienen hacia nosotros, asignados por el Fondo Next Generation de la Unión europea (Fondo NGEU) a España. ¿Por qué no nos volvemos locos de alegría ante semejante noticia?

Coincidiendo con el centenario del nacimiento del director de cine español Luis García Berlanga,, hay quien piensa que esa lluvia de millones pasará tan de largo por España como hacían los norteamericanos en su genial película “Bienvenido Mister Marshall”. Pero no, esos millones, -al menos 70.000 de ellos a fondo perdido- parece que de verdad llegarán.

​Planes, planes, planes…

Tenemos el Plan de Acción de Economía Circular (PAEC) 2021-23 (116 medidas, 8 ejes), que se enmarca en la Estrategia Española de Economía Circular 2030; el Programa de Estabilidad 2021-24, cuya última actualización ha sido severamente criticada por el organismo público Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF); el paquete de 11.000 millones de euros para medidas extraordinarias de apoyo a la solvencia empresarial en respuesta a la pandemia; el Plan España 2050 (9 grandes desafíos, 200 propuestas, 50 objetivos, 678 páginas); y finalmente el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (4 ejes, 10 políticas palanca, 30 componentes, 348 páginas), que es la herramienta de (di)gestión del Fondo NGEU.

​Un poco de economía

No, no pretendo que nadie se lea esta montaña de planes, porque es algo bastante aburrido. Pero siguiendo la famosa frase que llevó a Bill Clinton a la Presidencia norteamericana, “Es la economía, estúpido”. Así que más vale que dediquemos un poco de tiempo a la cuestión.

¿Qué va a pasar con esa cifra mareante de millones que nos van a caer del cielo europeo? ¿Qué llegará a nuestros bolsillos y cómo? La verdad es que nos estamos jugando nuestro presente y nuestro futuro y el de nuestros hijos, por lo que cabría esperar que nuestros representantes políticos dedicaran algo de tiempo a la cuestión.

Porque no se trata de gastar sin más los 70.000 millones. Hace años ya tuvimos un pésimo precedente cuando en los albores de la crisis económica de 2008 el presidente Zapatero destinó 8.000 millones a obras municipales urgentes para crear empleo, al más puro estilo de “candidez-estupidez” política. Daba lo mismo: su partido le respaldó sin fisuras, aunque fue la antesala de una severa derrota electoral en 2011.

En el caso actual se han planteado serias dudas sobre la capacidad de la Administración Pública para gestionar dichos fondos, con el riesgo de una fuerte burocratización y politización, y tensando las estructuras administrativas al límite. Parece que llueve sobre mojado, sobre todo dados los retrasos en la gestión de otros planes que hay en marcha. Contrasta este control político con la gestión profesional e independiente adoptada por otros países como Italia.

​¿A quién van a ir estos miles de millones?

Una manera de deducirlo es observando las reacciones de los diversos posibles receptores. Por un lado los bancos y grandes empresas se deshacen en elogios. En cambio se ha producido un aluvión de críticas por parte de las pequeñas y medianas empresas. Vista la gestión centralizada planteada por el gobierno español, es fácil adivinar qué orientación se va a dar.

Más importante es si el impacto del Fondo NGEU va a ser profundo y de futuro. Puede ser un parche para salir del paso o sentar las bases para un desarrollo sólido. Para que esto suceda son necesarios dos elementos clave: a) la inversión en investigación, desarrollo e innovación; y b) invertir en capital humano.

En el primer caso no se trata de utilizar las viejas prácticas de “incentivos fiscales” para las empresas que dediquen algo a la investigación. Como ha mostrado la economista Mariana Mazzucato en su famoso libro “El Estado emprendedor”, los grandes avances tecnológicos que además han creado crecimiento económico son los que han sido liderados activamente por el Estado. Por desgracia no parece que eso vaya a suceder en España.

¿Y la inversión en capital humano? Es justamente lo opuesto a mantener a millones de jóvenes con empleos precarios, temporales y sin un futuro claro. Eso fue lo que la ministra Yolanda Díaz criticaba de la empresa española. Claro que quizá habría tenido que empezar por el propio sector público, que presenta porcentajes de empleo temporal aún mayores.

Se insiste una y otra vez en dedicar buena parte del Fondo NGEU en la digitalización de las empresas. Pero también se ha señalado que “si la digitalización se utiliza para sustituir empleos por máquinas y no para mejorar la productividad de las personas, el resultado social será desastroso”.

Todo esto, ¿por qué no está en el centro de los debates políticos? Creo que nos van a regalar pescado en vez de enseñarnos a pescar. Según el proverbio chino:

“Regala un pescado a una persona y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y le alimentarás para el resto de su vida”

El próximo post dentro de dos martes, el 6 julio 2021

Enfrentarse: después buscaremos sobre qué

Si hacemos caso a los medios de comunicación, que se hacen eco de las declaraciones de los políticos, que a su vez se hacen eco de lo que aparece en los medios de comunicación, que a su vez… Vivimos en una guerra permanente que no nos deja vivir tranquilos ni un minuto.

​Chocar, chocar…

¿Tiene sentido tanto enfrentamiento? Se nos dirá que cuando un partido o un dirigente hace algo mal hay que criticarlo y denunciarlo: nada que objetar, sino al contrario. Las dudas empiezan cuando el partido X se indigna utilizando argumentos que hace poco tiempo atacaba sin cuartel, y cuando el partido contrario también ha cambiado de postura pero justamente en sentido opuesto. La subida o bajada de impuestos, la política migratoria, los indultos, la mayor o menor autonomía territorial, la demanda de libertades, la (in)dependencia de la justicia, la judicialización de la política, la corrupción, las medidas anti-pandemia, etc. Cualquier asunto vale siempre que sirva para chocar.

​…¿sobre qué?

Los temas objeto de enfrentamiento no se escogen debido a que sean importantes.

Porque si alguna cuestión hay hoy en España que esté por encima casi de cualquier otra es la forma de gestionar los 140.000 millones de euros que el Fondo Next Generation de la Unión Europea ha asignado a España para la recuperación económica.

Nos estamos jugando no sólo la salida de la crisis a corto plazo, sino la posibilidad de crear riqueza en el país apostando por políticas innovadoras y respetuosas con el entorno, que generen puestos de trabajo estables y cualificados para nosotros y para nuestros hijos. Un impacto que se notará no en los próximos años, sino en los próximos decenios.

Cabría esperar que se produjera un debate político de altísimo nivel durante semanas. Nada más lejos de la realidad. La sesión parlamentaria que convalidó las 63 páginas del Real Decreto Ley 36-2020 que se supone plasmaba la forma de gestionar esa mareante cantidad de millones se liquidó en menos de una tarde, cumpliendo así la famosa Ley de C. Northcote Parkinson de la Trivialidad: “El tiempo dedicado a cualquier tema de la agenda es inversamente proporcional a su importancia“. Pero es que además los argumentos que cada partido esgrimió para votar a favor, en contra o abstenerse se los podían haber intercambiado sin ningún rubor dependiendo de la postura que tocara adoptar.

En realidad, la agenda de cuestiones que se ofrecen a la opinión pública para su “debate está formada por los temas que los grupos de presión -entre ellos los partidos políticos- acomodan en los medios de comunicación (incluidas las redes sociales), siempre y cuando esos temas reúnan ciertas características: que los argumentos a favor o en contra sean simples y no admitan posturas intermedias o matizadas, que contengan una fuerte carga emocional, que den pie a discrepancias agudas entre partidos y que parezcan importantes.

Nuestra atención es un bien escaso y para que la centremos en algo esa agenda tiene que incluir temas cada vez más llamativos y chillones, que pueden atraernos por un breve tiempo, porque rápidamente pasamos a otra cuestión igualmente trascendental y efímera a la vez. Es lo más parecido al carrusel de 18 minutos de anuncios que cadenas como Mediaset o A3Media nos atizan sin avisar, de modo que dejan nuestra mente en blanco y ya no sabemos de qué iba la película que estábamos viendo.

Esa “película” es la de las discretas negociaciones que el gobierno mantiene con grandes empresas y grupos de presión para asignar los 140.000 millones, esta vez a espaldas de la opinión pública.

​Por qué hacen esto nuestros partidos políticos

En primer lugar el tandem entre dirigentes políticos y medios de comunicación monopolizan los temas “importantes para el país” e impiden que otros actores propongan cuestiones diferentes. Es una partida entre dos contendientes, ya que los nuevo enfoques que hace unos años propusieron Ciudadanos y Podemos parecen haber fracasado, debido a la propia ineptitud (y algo más) de sus dirigentes.

La partitocracia española no sólo monopoliza los temas de debate sino también los recursos de las Administraciones Públicas. Los partidos no sólo son remunerados por las arcas del Estado, sino que sus cúpulas dirigentes además viven de los cargos públicos, elegidos o no. Y eso sin hablar de las corruptelas, algunas de las cuales estamos conociendo gracias, eso sí, a que sirven de arma arrojadiza entre partidos.

​Cosas que podemos hacer

Aun así, no hay por qué rendirse. Desde hace años entidades como la Fundación Civio llevan trabajando para sacar a la luz lo que las AAPP y partidos tratan de mantener en la sombra. Por nuestra parte podemos ir más allá del carrusel de anuncios y preguntarnos de qué va en realidad la película y escarbar en lo que de verdad nos estamos jugando.

El próximo post dentro de dos martes, el 22 junio 2021

Digitalización: ¡No les dejemos atrás!

Hablando sobre los mayores, pero sin los mayores

De pronto nos hemos dado cuenta del gran número de personas por encima de los 65 años en nuestra sociedad. Nos lo ha recordado el vergonzoso número de fallecidos habidos en las residencias de mayores durante la actual pandemia.

Sin embargo ya antes de la pandemia, la presencia de tantas personas mayores y su empecinamiento en seguir viviendo -los demógrafos hablan de “esperanza” de vida- era señalada con el dedo como la “causa” de la crisis del sistema de pensiones.

Pero también hay quien ve en la amenaza una oportunidad… de negocio: la llamada Silver Economy o Economía Plateada. Un reciente informe encargado por la Comisión Europea define la Silver Economy

como la suma de toda la actividad económica que atiende las necesidades de las personas de 50 años o más, incluidos los productos y servicios que compran directamente y la actividad económica adicional que genera este gasto. (…) abarca una sección transversal única de actividades económicas relacionadas con la producción, el consumo y el comercio de bienes y servicios relevantes para las personas mayores, tanto públicas como privadas

European Commission The Silver Economy (2018, p.6)

Es decir, de ser una molestia, la población mayor puede pasar a ser también una oportunidad de negocio: seguros y cuidados sanitarios, turismo “silver” tipo IMSERSO, hipotecas inversas y un largo etcétera.

A todo esto, ¿alguien se ha preguntado de quién estamos realmente hablando y qué es lo que quieren estas personas?

Distinguiendo situaciones y colectivos de mayores

El primer error es hablar de mayores como un conjunto homogéneo de personas con idénticos problemas, aspiraciones y capacidades. La mejora de la cantidad y calidad de los años de vida -sí es una mejora, no un problema- se traduce en que muchas personas mayores mantienen un alto nivel de participación y aportación a la sociedad en la que viven: experiencia vital y laboral, visión de conjunto de los problemas, capacidad de asimilar y utilizar las nuevas tecnologías, colaboración y solidaridad intergeneracional…

Más que de tramos de edad, deberíamos tener en cuenta las diferentes generaciones de personas mayores (los demógrafos hablan de cohortes). En general, por encima de los ochenta años de edad las personas han tenido escasa oportunidad de formarse y experimentar con la revolución de las nuevas tecnologías: no son “nativos digitales”, con consecuencias terribles que señalaré más adelante.

Las situaciones personales también son diversas. Tómese como ejemplo el de muchas mujeres cuyo trabajo a lo largo de la vida se ha centrado en el hogar o en el negocio familiar, con escasa presencia en las relaciones sociales más allá de ese entorno, aislamiento que se agrava en el mundo rural.

La revolución digital, ¿para todos?

Según el Código Civil (artículo 6.1) “la ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento”. Pero para no ignorar esas leyes no nos queda otro camino que el acceso al BOE exclusivamente vía internet. Y así un creciente número de informaciones, servicios y trámites como gestionar nuestra cuenta corriente del banco, pedir cita médica o hacer la declaración de la renta.

La digitalización ha venido para quedarse. Pero si se deja a su evolución “espontánea” supone de hecho una marginación y exclusión progresiva de segmentos extensos de personas mayores, en particular en zonas rurales y entre los mayores de ochenta años.

Este proceso supone:

  • la desaparición de la atención personalizada y “cara a cara” -incluso por vía telefónica- para el acceso a servicios públicos y privados: cierres de oficinas bancarias, traslado a internet de trámites con las Administraciones Públicas, etc.
  • la exigencia de una infraestructura tecnológica cada vez más sofisticada: fibra óptica en el hogar, Wi-Fi, terminales digitales (ordenadores, tablets, smartphones…)
  • la necesidad de una familiarización creciente con los programas y aplicaciones informáticos: software en constante actualización, exposición al ciber-crimen, “letra pequeña” de las páginas web y aplicaciones (cookies, etc.), redes sociales, etc.

Las implicaciones son alarmantes: exclusión social de las personas mayores, aumento de la soledad no deseada, exposición creciente a acciones delictivas de todo tipo, paternalismo social hacia los mayores e incremento de su dependencia

No les dejemos atrás

Si cerramos oficinas bancarias, imponemos pagos por el uso de carreteras incluyendo las que comunican los entornos rurales con “la civilización”, exigimos unas destrezas avanzadas para descargarnos infinidad de “Apps” en nuestro “smartphone“, etc. ponemos a la generación de los 80 y más años no ya en “riesgo de exclusión social” sino que, lisa y llanamente, los excluimos de la sociedad.

Resulta jocoso que haya quien proponga que los mayores se inicien en internet por medio de ¡cursos online! Igual que hablamos de pobreza energética hay que hablar también de pobreza digital como problema social a afrontar, considerando no sólo los costes y la infraestructura necesaria sino también la familiarización de los NO nativos digitales con este nuevo entorno.

El próximo post dentro de dos martes, el 8 junio 2021

Libertades Individuales vs. Controles Democráticos

​Nuestras libertades individuales

Estamos entre los países más avanzados del mundo en cuestión de derechos y libertades individuales: además de los consagrados en la Constitución de 1978, contamos con el derecho al divorcio, al aborto, al matrimonio homosexual, al cambio de sexo, a la muerte digna (eutanasia), a la libertad ideológica, religiosa y de culto, etc.

Otros derechos recogidos en la Constitución parecen más difíciles de convertirse en realidad: el derecho al secreto de las comunicaciones (art.18.3), a recibir libremente información veraz (art.20.1d), a acceder en condiciones de igualdad a las funciones y cargos públicos (art.23.2), el derecho al trabajo o a una remuneración suficiente (art.35.1), a la protección de la salud (art.43.1) o a una vivienda digna (art.47).

​¿Eso es todo?

La Constitución actualmente en vigor más antigua del mundo es la que las colonias británicas en el Nuevo Mundo se dotaron para crear los Estados Unidos de América en 1787. Su texto no recogía ninguna de las libertades individuales sino que estaba consagrada a los checks and balances, es decir el sistema de separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) y de equilibrio entre instituciones para cortar de raíz las tentaciones autoritarias por medio de rigurosos controles democráticos.

Sólo cuatro años después se añaden los primeros derechos individuales: las llamadas “enmiendas” recogidas en la Carta de Derechos o Bill of Rights. Pero sin controles democráticos el régimen político se resiente gravemente. No hay más que mirar a nuestro alrededor: la independencia del poder judicial en entredicho, deterioro de la transparencia en las acciones de los gobiernos a todos los niveles (el último ejemplo lo tenemos en la gestión de los fondos de rescate europeos), rendición de cuentas en declive, sustitución del debate político por la crispación mediática, etc.

Calidad democrática

Parece que el propio Congreso de los Diputados opinaba lo mismo ya que en 2016 creó la Comisión permanente para la auditoría de la calidad democrática, la lucha contra la corrupción y las reformas institucionales y legales, apoyada por todos los grupos políticos menos la abstención del PNV, y que preside Íñigo Errejón. La ausencia de resultados hasta la fecha nos trae a la mente la frase atribuida a Napoleón Bonaparte:

“Si quieres solucionar un problema, nombra un responsable; si quieres que el problema perdure, nombra una comisión”

Georges Clemenceau, primer ministro durante la Tercera República francesa, abundaba en lo mismo:

“Si quiere usted enterrar un problema, nombre una comisión”

De las libertades individuales a la exacerbación identitaria

Este desequilibrio entre libertades individuales y controles democráticos se ve agravado por la forma en que sectores que se autodenominan progresistas enfocan el desarrollo de las primeras. En efecto el reconocimiento necesario de los derechos de las minorías (y también mayorías) muchas veces no se traduce en una integración en la sociedad sino en un enfrentamiento entre “nosotros” (“nosotras”, “nosotres”) y “ellos”. Se pasa de un planteamiento inclusivo a uno excluyente y que puede llegar a la implantación de censuras de todo tipo. Un ejemplo entre muchos es el atropello del derecho a recibir la educación en la lengua materna, como ocurre en varias comunidades autónomas y bien refleja Mercè Vilarrubias en su libro Por una Ley de Lenguas. Convivencia en el plurilingüismo.

Cuando las libertades individuales no van acompañadas de un diálogo entre sectores de la población y un esfuerzo por llegar a consensos que mejoren la calidad democrática y el control y equilibrio de poderes, se genera una dinámica de consecuencias potencialmente devastadoras.

La tentación identitaria se convierte en un cáncer que corroe a la sociedad civil, de forma que cada vez estamos más fragmentados y enfrentados unos grupos sociales con otros. El sectarismo es el siguiente paso. Mientras tanto el Leviatán del Estado está más fuera de control que nunca y, lo que es peor, se abre la puerta a sueños (o pesadillas) mesiánicos y totalitarios.

El ejemplo más notorio fue la República de Weimar, el régimen político de Alemania de 1918 a 1933, entre la hecatombe de la Primera Guerra Mundial y el advenimiento del nazismo. Una de las características más notables de ese periodo fue el asociacionismo identitario que incrementó la polarización y las tensiones sociales.. El ascenso nazi se apoyó en esa densa y polarizada sociedad civil. Como recuerdan Acemoglu y Robinson en El pasillo estrecho,

“todo esto sucedía de acuerdo con posiciones sectarias. Incluso en los pueblos pequeños las asociaciones estaban divididas entre las de los católicos, los nacionalistas, los comunistas y los socialdemócratas. Un joven con simpatías nacionalistas pertenecería a clubes nacionalistas, acudiría a una iglesia nacionalista y probablemente socializaría y se casaría en el interior de estos círculos nacionalistas”

Ello no quiere decir que olvidemos que de forma natural pertenecemos a grupos sociales, familiares y de proximidad con los que nos sentimos más identificados a gusto. Pero una cosa no debería quitar la otra.

El próximo post dentro de dos martes, el 25 mayo 2021

Indignados de izquierdas y de derechas

​¿Qué ha quedado del 15-M?

Hace ahora diez años, con Zapatero de Presidente de Gobierno y Rubalcaba de Ministro del Interior, estalló el movimiento del 15-M. Los “indignados” -conocidos así en todo el mundo- protestaban por el impacto brutal de la crisis de 2008 y la torpe gestión por parte del gobierno; pero también protestaban por el alejamiento de la clase política: “no nos representan“, gritaban. En las elecciones de ese mismo año el PSOE, con Rubalcaba de candidato, cosechaba su peor derrota electoral en muchos años.

El sociólogo polaco Zigmunt Bauman lo diagnosticó así: “El 15-M es emocional, le falta pensamiento”. Pero su impulso fue aprovechado por una nueva formación política, Podemos, que en algunos momentos llegó a alcanzar en las encuestas electorales hasta un 25% de las preferencias de los españoles. La historia más reciente de Podemos y su líder es bien conocida y no necesita mayores comentarios.

​Indignados “de derechas”

Lo que sí es necesario señalar es que parte de ese “no nos representan” se ha trasladado al otro extremo del espectro político, capitalizado esta vez por Vox, y que en parte se apoya en el rechazo al independentismo que promueven algunos partidos catalanes, que a su vez se aprovecharon de la torpe gestión (otra vez) del gobierno de Zapatero de entonces.

No olvidemos además que la forma dominante de globalización está dejando atrás en los países desarrollados sectores enteros de clases medias y trabajadores cualificados. No perciben ni apoyo ni reconocimiento de su dignidad por parte de gobiernos supuestamente progresistas, y consideran que otros sectores reciben más protección que ellos mismos, hasta acabar sintiéndose extraños en su propia tierra. En Estados Unidos formaban la base de votantes de Donald Trump.

En España estos “patriotas indignados se convierten así en la pieza que faltaba para que la protesta de los de abajo contra los de arriba se reconvierta en la protesta mutua entre extrema izquierda y extrema derecha.

Los líderes de ambos bandos fomentan y manipulan el enfrentamiento como instrumento para mantener la fidelidad de sus seguidores y su cosecha de votos. A esos líderes se les podría aplicar lo que el sociólogo norteamericano Charles Wright Mills denominaba los “administradores del descontento“.

​El modelo mesiánico

La retórica populista utilizada por los dos extremos no es nueva sino que se apoya en el esquema bíblico-mesiánico que siguió el pueblo judío en su camino desde Egipto a la tierra de Canaán, a saber: pueblo oprimido > pueblo escogido > líder carismático > travesía por el desierto > conquista de la tierra prometida, según el excelente análisis del filósofo y politólogo Michael Walzer en su obra Exodus and Revolution.

Esta idea de considerarse el pueblo escogido por Dios no ha sido de utilidad sólo para los judíos. El espíritu calvinista expansionista de los holandeses en el Siglo XVII o el de los norteamericanos en el momento del su independencia y su “conquista” del Oeste sigue las mismas pautas, siendo la creación del actual estado de Israel el último ejemplo en la reciente historia. Una y otra vez el “derecho” a la tierra prometida justifica la expulsión o aniquilación de los habitantes que hubiera en ese momento.

​Mesianismo en la política actual

Indignación y mesianismo van muchas veces de la mano. Resulta cómodo arropar un sentimiento de ira con la agradable sensación de que “Dios está con nosotros“. Nos quita la angustia de que quizá estemos obrando mal. Además nos hace sentirnos que formamos parte de algo más grande y por encima de nuestras voluntades individuales. Por eso encaja muy bien con algunas formas de actuar en política.

Así, la palabrería bíblica ya era utilizada profusamente por los anarquistas del siglo XIX, en una amalgama de mesianismo y propaganda.

En el Siglo XX son notorios los tintes bíblicos de las letras de las canciones denuncia de alguien como Bob Dylan, judío de nacimiento, convertido al cristianismo y Premio Nobel de Literatura.

Más cerca de nosotros, es conocido el discurso con tintes bíblicos de Pablo Iglesias, tal y como señala el historiador hispanista Ian Gibson, esta vez mezclando el mesianismo con la arrogancia y soberbia que aquél confesaba hace años, actitudes no tan lejanas de un mesianismo útil.

Ejemplos de mesianismo, por desgracia, no faltan. Pero quizá en el caso español algunos protagonistas no puedan deshacerse de ese tufillo eclesiástico, arrastrados por sus propios apellidos (Iglesias vs. Monasterio).

​Ir más allá de la indignación y, de paso, del mesianismo

La pasión es el carburante de todo movimiento social. Pero si dejamos que esa pasión la guíe otro estamos perdidos. Si dejamos que nos seleccionen con quién podemos hablar, a qué medios de comunicación acceder, qué emisores de mensajes escuchar… estaremos siempre a merced de otros. Sólo un espíritu crítico, pero abierto y dialogante, romperá las ataduras.

El próximo post dentro de dos martes, el 11 mayo 2021

Votando con el corazón [roto]

En una democracia es consustancial acudir a las urnas periódicamente. Hay quien creen que votamos demasiadas veces y hay quien piensa lo contrario. Pero a la hora de hablar sobre por qué votamos lo que votamos las discrepancias se disparan más y el debate se hace pasional. Se dice, aunque no comparto, que “nos merecemos los dirigentes que tenemos”, lo que viene a querer decir que votamos torpemente y después pasa lo que pasa.

Uno: por qué votamos lo que votamos

Existe toda una cadena causal que desemboca en la papeleta que elegimos.

En primer lugar nuestra capacidad para sopesar los pros y contras de cada opción electoral es bastante limitada, y eso suponiendo que cada partido hubiera explicado previamente cómo piensa lidiar con los principales problemas económicos, sociales o políticos.

Sólo un ejemplo. ¿Qué propone cada partido político sobre los 140.000 millones de euros (sí: 140.000.000.000 de euros; la propia cifra ya marea) que el Instrumento Europeo de Recuperación, «Next Generation EU» (NGEU) asigna a España para los próximos años? El NGEU marcará nuestra situación económica y de bienestar personal actual y futura, y la de nuestro entorno. ¿Cuántas discusiones familiares con nuestro cuñado “fachoso” o nuestra sobrina “podemita” hemos dedicado a este tema? Claro que el Parlamento español tampoco invirtió mucho más tiempo para debatir el Real Decreto-Ley que lo regula.

Dos: los temas públicos de debate

Las declaraciones de los políticos y los ecos cruzados continuos en los medios de comunicación y redes sociales nos marcan al común de los mortales la agenda de cuáles son los temas “de actualidad” que hay que debatir: desde Rocío Carrasco (Rociíto) hasta la familia real británica, pasando por la campaña de vacunación o las elecciones a la Comunidad de Madrid. Los temas que se nos ofrecen no son los que elegimos sino más bien los que puedan llamar más nuestra atención, en una espiral cada vez más sensacionalista, porque ya sabemos que la atención es un bien escaso y encima nos piden que la “prestemos“.

A partir de este carrusel mediático es como nos formamos una imagen de lo que ofrece cada alternativa política. Nuestras capacidades cognitivas son tan escasas como nuestra atención, además de sesgadas, por lo que sólo podemos retener unas pocas pinceladas para dibujar dicha imagen. ¿Qué rasgos seleccionar? Aquí viene el tercer elemento.

Y tres: las emociones como herramienta para tomar partido

No estamos para florituras, matizaciones o distingos. Tenemos que poder elegir con sencillez a qué carta quedarnos y el instrumento más socorrido para ello es echar mano de las emociones: nos gusta un partido o no nos gusta; nos cae bien o nos cae mal; estamos a favor o en contra; etc. Y si estamos a favor de un partido en un tema concreto casi seguro que estaremos también de acuerdo con él en cualquier otra cuestión; aunque lo habitual es estar más “en contra de…” que “a favor de…“. Esto viene alimentado por la crispación que políticos y medio de comunicación fomentan permanentemente.

En consecuencia al final votamos con el corazón, a pesar de que muchas veces el corazón no quede totalmente satisfecho.

​Por eso necesitamos representantes [políticos]…

Con este panorama es imposible que 47 millones de españoles nos pongamos de acuerdo ni siquiera en las cosas más básicas. De ahí la necesidad de elegir quien represente mejor los principales enfoques sociales y políticos (aunque sean emocionales), para que después esas personas lleguen a acuerdos y compromisos que hagan posible la gestión de los bienes comunes de toda la sociedad.

​…aunque no sea suficiente

¿Cómo es posible pasar del “me cae bien o me cae mal” a gestionar los 140 mil millones y muchísimas cosas fundamentales más, que ponemos en manos de nuestros representantes políticos? Es un salto en el vacío que da vértigo. Por eso hacen falta también otros ingredientes.

Se habla en primer lugar de un Estado de Derecho, es decir de fijar unas reglas democráticas que deben ser cumplidas por todos, empezando en particular por los representantes políticos. Y aquí hay que incluir una regulación más estricta de los propios partidos políticos que son en España excesivamente poderosos y poco democráticos externa e internamente.

En segundo lugar se habla de las “virtudes democráticas” que Levitsky y Ziblatt en su libro Cómo mueren las democracias denominan los dos guarda-raíles de la democracia; a saber: el respeto mutuo y la contención. ¿Qué nota sacan nuestros políticos en respeto mutuo y contención? Además hay que añadir los deberes de transparencia y rendición de cuentas ante los votantes ¿Qué tal por este lado?

Pero también tenemos nuestros deberes: la sociedad civil debe “atar más en corto” al Estado, por medio del asociacionismo y la participación. No insisto aquí más sobre este punto.

El próximo post dentro de dos martes, el 27 abril 2021

Combatir la pandemia… con “codicia y capitalismo”

Éstas eran las armas que según Boris Jonhson, Primer Ministro del Reino Unido, estaban siendo claves para vacunar a la población británica con un grado de éxito superior al de otros países. Pero esa codicia no se da sólo en este único caso. Está presente en todos y cada uno de los países desarrollados incluyendo los que forman parte de la Unión Europea.

​Acaparar, acaparar… aunque no se sepa qué hacer después

En las primeras semanas de confinamiento domiciliario muchas personas se lanzaron al acaparamiento de productos como el papel higiénico, los guantes de goma, etc. Estos comportamientos individuales que buscaban un beneficio personal se tradujeron en un perjuicio colectivo debido a la escasez artificialmente provocada, los precios disparados y el despilfarro. El Premio Nobel de economía Thomas Schelling describió y explicó estas dinámicas en su libro Micromotivos y Macrocomportamiento, resaltando la necesidad de mecanismos de coordinación si se aspiraba a ir más allá de este caos colectivo autodestructivo.

Con las vacunas disponibles contra la Covid-19 los movimientos de acaparamiento por parte de los países desarrollados están siendo vergonzosos: intentos de controlar la exportación de viales, guerra por la cadena de suministros para su producción, puja de precios al alza para asegurarse (¿?) el abastecimiento, etc. Una vez más la Unión Europea ha exhibido su desunión interna.

​No sólo es un crimen: es un error (en realidad varios)

La lucha encarnizada por “tener” la vacuna ha dejado en segundo plano los elementos necesarios para su distribución y administración, desde las jeringuillas hasta el personal adecuado, pasando por toda la organización y coordinación. Ya en septiembre pasado se nos advertía que esas carencias podrían convertir la campaña de vacunación en una pesadilla, como finalmente está resultando y más aún en la Unión Europea.

El segundo error es jugarse a una sola carta, la de las vacunas actuales, la solución a la pandemia. Como es lógico no contamos con experiencia suficiente como para dar por hecho que las nuevas mutaciones y variantes del virus puedan tratarse con las vacunas de hoy. Las cepas anuales de la gripe son un buen ejemplo de lo que nos podemos encontrar. Como decía el también Premio Nobel Joshua Lederberg la pandemia es un fenómeno evolutivo natural: además de las vacunas de Pasteur debemos tener en cuenta las leyes de la evolución de Darwin que nos dicen que el virus evolucionará hacia nuevas cepas “mejor equipadas” para seguir infectando. Se trata pues de una carrera de fondo no de un sprint a ganar por las naciones más desarrolladas.

Esto nos lleva al tercer error de planteamiento: creer que el problema se soluciona a nivel nacional y no globalmente. Uno de los críticos que más han combatido las ideologías de la globalización es sin duda el economista Dani Rodrik, Premio Princesa de Asturias del pasado año y catedrático en Harvard. Ya hace cuatro años señalaba en su libro Hablemos claro sobre el comercio mundial. Ideas para una globalización inteligente, que había pocos problemas que requirieran una regulación plenamente mundial, y éstos eran precisamente el cambio climático y las pandemias (p246).

La conservación del medio ambiente y el contagio de las enfermedades infecciosas no conocen fronteras. En el caso de la Covid-19 llevamos casi un año y medio comprobándolo. ¿Necesitaremos nuevas olas para convencernos?

​La tragedia de los bienes comunales

En un famoso artículo el por otra parte polémico ecólogo Garret Hardin describía la situación en la que distintas personas actuando de forma independiente pero con motivos racionales y de interés personal, terminaban por destruir un recurso compartido limitado (el común) aunque a nadie, ni como individuos ni como colectivo, le convenía que ocurriera tal destrucción y acabar así todos igualmente perjudicados.

Hardin analizaba el caso de los pastos comunales, donde sólo un acuerdo colectivo sobre el uso equilibrado de los mismos evita su destrucción, cuando la codicia se adueña de los comportamientos individuales.

Hace quince años Barry Schwartz aplicaba el mismo análisis, pero esta vez en referencia al medio ambiente, como bien comunal de toda la humanidad:

¿Cómo escapar del dilema en el que muchos individuos actuando racionalmente en su propio interés, pueden en última instancia destruir un recurso compartido y limitado, incluso cuando es evidente que esto no beneficia a nadie a largo plazo? […] Nos enfrentamos ahora a la tragedia de los comunes globales. Hay una Tierra, una atmósfera, una fuente de agua y seis mil millones de personas compartiéndolas. Deficientemente. Los ricos están sobreconsumiendo y los pobres esperan impacientes a unírseles“.

La salud de la humanidad en relación a enfermedades infecciosas como la Covid-19 es otro caso más de bien comunal. Las palabras de Schwartz se pueden aplicar esta vez no ya a las personas individuales sino a las naciones del mundo, cuya codicia pone en riesgo letal a todas sin excepción.

El próximo post dentro de dos martes, el 13 abril 2021