Covid-19 impactando en nuestro Estado de las Autonomías

Un entierro y tres Comunidades Autónomas

23 febrero 2020: casi un centenar de personas se congregan en el cementerio de El Salvador de Vitoria-Gasteiz para velar y el día siguiente enterrar a un hombre de 40 años. Los asistentes, que coinciden con una pareja llegada de Italia, vuelven después a sus lugares de residencia: Vitoria-Gasteiz en Álava, Casalarreina y Haro en La Rioja, y posteriormente Miranda de Ebro en Burgos. El coronavirus se extiende casi a la vez por tres Comunidades Autónomas. ¿Se coordinaron entonces los tres servicios sanitarios o posteriormente los de todas las CCAA? No (ver El País, 31 marzo 2020). ¿Por qué?

Lo cierto es que existe mejor coordinación a nivel europeo con una única Tarjeta Sanitaria Europea, válida en 31 países, que en España donde la tarjeta sanitaria de una Comunidad Autónoma no es operativa en ninguna de las otras 16. Eso sin hablar de las diferentes coberturas, medios y requisitos para una atención sanitaria que presume de ser “universal”. ¿Cómo es posible que el teléfono único de emergencias para toda Europa e incluso algunos países latinoamericanos sea el 112 y sin embargo tengamos un teléfono diferente para consultas sobre el coronavirus en cada una de las CCAA?

Sí, el señor Torra tenía razón

Claro que el estado de alarma invade competencias de las Comunidades Autónomas en materia de sanidad. El problema es que la ausencia de coordinación y entendimiento entre las mismas y con el gobierno central NO DEJABA OTRA ALTERNATIVA. Es que ni siquiera en esta situación se ha producido el menor esfuerzo o mostrado el menor interés de unos y otros por avanzar en una coordinación y consenso. En vez de coordinación sólo hay ordeno y mando poco eficaz del gobierno de Pedro Sánchez y por eso mismo los resultados son decepcionantes, cuando no trágicos para sanitarios, personas mayores, desempleados, autónomos, PyMEs, etc.

El ejemplo de Alemania

Alemania es el único país que según el Regional Authority Index goza de una descentralización superior a la española. Sin necesidad de estados de alarma han tomado decisiones unánimes entre el gobierno federal y los gobiernos regionales (Länder). Este “milagro“, como lo calificó la propia Angela Merkel, ha permitido poner en marcha políticas sanitarias más eficaces que en la mayoría de los países europeos. Pero no es un milagro. Es el resultado de años de coordinación en la sanidad y otros campos, de claridad en la distribución de competencias, de un Consejo Federal de los Länder que funciona y, sobre todo de sentirse un único país.

En España los gobiernos autonómicos controlan el 92,6% del gasto sanitario público, (datos 2018), que supone del 25% al 39% de los presupuestos de cada CCAA. ¿Se traduce esto en una atención sanitaria a la ciudadanía de más calidad y eficacia?

El Estado de las Autonomías: defectos y virtudes

De un gran ciclista ganador del Tour de Francia se decía, no sin cierta mala uva, que tenía todos los defectos de un gran campeón y ninguna de sus virtudes. De igual forma, nuestro Estado de las Autonomías parece tener todos los defectos de la descentralización y ninguna de sus virtudes.

El Estado de las Autonomías debería significar:

  • una mayor cercanía de la ciudadanía a la gestión de lo público,
  • una simplificación de los procedimientos de esa gestión,
  • un mayor reconocimiento a los distintos colectivos y sus rasgos propios, sean mayorías o minorías, y por todo ello
  • un enriquecimiento del conjunto de España derivado de la diversidad dentro de la lógica coordinación, respeto, solidaridad y suma de esfuerzos.

No hay espacio aquí para explorar los obstáculos que entorpecen la construcción de un Estado de las Autonomías enriquecedor. Sólo enumeraré varios problemas que trataré en futuras entregas:

  • Descentralización no equivale per se a más democracia
  • Gobiernos autónomos y locales están peor fiscalizados en su gestión por parte de la ciudadanía. De ahí que la corrupción de los políticos, no los funcionarios, haya estado mucho más extendida a esos niveles que a nivel central
  • Cargos y “asesores de confianza” en municipios, diputaciones y gobiernos autónomos se convierten en botín de los partidos políticos gobernantes, más cerca del caciquismo decimonónico que del gobierno de la ciudadanía
  • La izquierda española (si todavía tiene sentido hablar de izquierda hoy en día) ha caído de lleno en la trampa identitaria, ensalzando diferencias como rasgos excluyentes en vez de diversidades que suman
  • ¿Por qué es tan raquítico el número de “convenios” y “acuerdos de cooperación” horizontales entre CC.AA., que define el Art.145.2 de la Constitución?
  • Se ha dejado la política lingüística en manos del independentismo, que utiliza la lengua como instrumento segregador, con la pasividad cómplice de los sucesivos gobiernos centrales, como bien señala Mercè Vilarrubias (Por una Ley de Lenguas. Convivencia en el plurilingüismo).

Continuará.

Sociología política del coronavirus

Un mismo virus, un impacto diferente

El coronavirus se ha extendido por todo el mundo y sin embargo sus efectos van a ser -están siendo- muy distintos de un país a otro. Y no me refiero sólo a las tasas de contagio y mortalidad sino también a sus efectos en cadena en otros ámbitos.

Por qué los efectos son distintos

Aunque a menor escala (por ahora) el COVID-19 es lo que Acemoglu y Robinson definen como una coyuntura crítica:

“Es un gran acontecimiento o una confluencia de factores que trastorna el equilibrio económico o político existente en la sociedad. Una coyuntura crítica es una arma de doble filo que puede provocar un giro decisivo en la trayectoria de un país. (…) El hecho de comprender cómo la historia y las coyunturas críticas perfilan el camino de las instituciones económicas y políticas nos permite tener una teoría más completa de los orígenes de las diferencias en pobreza y prosperidad.”

Por qué fracasan los países, p.127

Así pues, los efectos dependen de las instituciones económicas y políticas de cada país en el momento del impacto.

Cómo nos ha pillado en el caso español

Pues con un gobierno débil (esto ya lo sabíamos desde el día que se constituyó), una institución monárquica en shock post-traumático, una sanidad que resultó no ser la mejor del mundo, un Estado de las Autonomías tensionado al máximo, una Unión Europea más invertebrada que nunca, una dolorosa remontada de la crisis económica del 2008, un mercado de trabajo precarizado y con más de un 13% de desempleo antes de la pandemia, un aparato judicial en la UCI, unas economías familiares maltrechas y una crispación política sin precedentes.

Dadas estas circunstancias no supone una sorpresa:

  • que el gobierno esté ejerciendo un liderazgo en ocasiones errático y contradictorio, con preocupantes ramalazos autoritarios;
  • que la única forma de que todas las Comunidades Autónomas actuaran en la misma (relativa) dirección haya sido decretando el Estado de Emergencia; (de esto hablaré más otro día)
  • que el seguimiento epidemiológico de la pandemia siga careciendo de datos fiables;
  • que el impacto en el sistema sanitario, en la tasa de contagios entre su personal y el número de fallecimientos en las residencias de ancianos haya sido devastador;
  • que nuestras preocupaciones empiecen a bascular del miedo a la pandemia al miedo a una nueva crisis económica.

Es como el boxeador que tras recibir un primer gancho que le ha dejado de rodillas sobre la lona recibiera ahora un segundo puñetazo.

Inseguridad, “depender de…” y los nuevos pobres

Este segundo puñetazo crearía un dramático impacto en la economía de los hogares. No se trata sólo de situaciones de deprivación sino también, y algunas veces sobre todo, la inseguridad y el no poder contar con medios propios: autónomos y pequeños empresarios abocados al cierre, asalariados en precario o amenazados de ERTEs, EREs o simplemente despidos.

Para muchos sectores tradicionales de trabajadores y clases medias empobrecidas no valen Rentas Básicas Universales o Ingresos Mínimos Vitales. Sienten que se les ha arrebatado la dignidad que provenía del esfuerzo que venían realizando estos últimos años y que merecía un reconocimiento social mejor. Son los llamados nuevos pobres creados por la crisis de 2008 y que pueden recibir un severo agravamiento en profundidad y extensión en la crisis que viene. Si además sienten que otros “más pobres” son los que reciben las ayudas, subvenciones y apoyos encontramos a los que la socióloga norteamericana Arlie Hochschild describía en su libro Extraños en su propia tierra: los “dejados atrás” que van alimentando una respuesta emocional no exenta de amargura. En Estados Unidos son los principales apoyos del Tea Party y del voto a Donald Trump.

¿Qué hacer?

A Napoleón Bonaparte se le atribuye la frase:

“Si quieres solucionar un problema, nombra un responsable; si quieres que el problema perdure, nombra una comisión”

Georges Clemenceau, primer ministro durante la Tercera República francesa, abundaba en lo mismo:

“Si quiere usted enterrar un problema, nombre una comisión”

En España esa comisión suele ser parlamentaria, ¿como la que se pretende para los “segundos Pactos de la Moncloa”?

Pero si el “responsable” que dice Napoleón es algún tipo de caudillo, que no cuenten conmigo.

¿Qué hacemos entonces? Necesitamos que desde la propia sociedad construyamos una coalición de sectores sociales que sume esfuerzos e intereses. No habrá pacto nacional sin una presión social que obligue a la mayor parte de nuestros representantes a buscar de verdad un consenso. Busquemos entre todos (jubilados, trabajadores, autónomos, pequeños y medianos empresarios y también grandes empresas si son ciertas sus declaraciones de estas semanas). Creemos asociaciones, estados de opinión, conversaciones, propuestas a discutir y negociar y facilitemos el pacto de la aludida comisión parlamentaria.

La tarea no es sencilla pero creo que no hay otro camino.

El próximo post dentro de dos martes, el 26 mayo 2020

En tu partido o en el mío

La pandemia del COVID-19 está poniendo en revisión muchos aspectos de nuestra convivencia, incluyendo la actuación de los partidos políticos y nuestra relación con ellos. De acuerdo, poca gente en España considera que “tiene” un partido político. Pero casi siempre hay alguno por el que sentimos menos antipatía y al que acabamos votando, aunque sólo sea para que no salga otro.

Nuestras emociones políticas

En los Barómetros del CIS no se pregunta cuál es el partido cuyo ideario u objetivos nos parecen más adecuados sino por cuál sentimos más simpatía”, apelando a nuestras emociones no a un cálculo más o menos frío y racional. Estamos próximos a tal o cual partido porque nos sentimos… [“vascos”, “progresistas”, “españoles”, “de nuestro pueblo”, “feministas”, “cristianos”, “libertarios”, etc.]. Tenemos además la ventaja que el abanico de partidos políticos es lo suficientemente amplio como para que la mayoría encuentre un acomodo emocional en alguno de ellos.

Hasta aquí todo bien, pero…

¿Qué haces con mi voto?

Cuando votamos al partido por el que “sentimos más simpatía” estamos también eligiendo a quien NOS REPRESENTA en los Parlamentos, Ayuntamientos o Cabildos. Estos representantes tienen el mandato de negociar políticas con otros partidos y/o gestionar los bienes colectivos. De un representante cabría esperar que de vez en cuando nos dijera qué está haciendo con nuestro voto (y con nuestros impuestos). Y no hablo de grandilocuentes programas gubernamentales sino de si están cumpliendo con su mandato. Me temo que, al menos en el Parlamento nacional, lo que contemplamos son peleas de guiñol que intentan jalear a los espectadores en vez de buscar acuerdos constructivos.

Partitocracia

El problema reside en que los partidos políticos tienen en España un poder excesivo: acaparan el poder legislativo (parlamentos), ejecutivo (gobiernos emanados de los parlamentos) y judicial (controlan el Consejo General del Poder Judicial y la Fiscalía General).

Pero además los partidos gobernantes en cada nivel acumulan cargos públicos y “asesores” hasta niveles desproporcionados, gozan de aforamientos, se financian en su mayor parte de las arcas públicas, y sus élites dirigentes gobiernan con mano de hierro sus organizaciones: control férreo de las listas electorales, control aún más férreo de los órganos internos de gobierno, de los dirigentes territoriales, etc. Se me dirá que la mayoría eligen al líder en “primarias”, pero después éste actúa casi como un reyezuelo: que cada uno piense en la actuación del líder del partido al que ha votado en las últimas elecciones. Más preocupante aún es que este comportamiento se reproduzca también en los “partidos nuevos (UP, Cs o Vox) o los nacionalistas.

Luz y taquígrafos: transparencia y rendición de cuentas

Hay quien concluiría que los partidos políticos deberían desaparecer. No puedo estar más en desacuerdo. Sería un error prescindir de nuestros representantes, y dejar la gestión de la política ¿en manos de quién…?

“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”

F.D. Roosevelt

Lo dicho por Roosevelt, en la recta final de la II Guerra Mundial y poco antes de su propia muerte, no se lo aplican nuestros partidos políticos. Pero la única forma de que la desafección de la ciudadanía hacia el sistema político en general y los partidos en particular no siga creciendo es contando con dos elementos de los cuales ya hablé en otra ocasión: la transparencia en lo que hacen como nuestros representantes y la responsabilización en las actuaciones.

No cambies de partido: cambia tu partido

Se puede hacer más. Quienes sean miembros de un partido político pueden reclamar que funcione hacia adentro como un organismo democrático, superando los modos autoritarios y de clientelismo interno que hoy día contemplamos.

Y los votantes preguntemos a nuestros representantes, en el Congreso de Diputados, en el Senado, en las cámaras autonómicas (por ejemplo, la Asamblea de Madrid) o los ayuntamientos (por ejemplo, Donostia-SanSebastián): “¿Qué haces con mi voto?”

Propongo enviar nuestras preguntas por correo a quien encabezara la candidatura que en su día votamos en cualquiera de los ámbitos aquí señalados. Espero que su dirección de correo electrónico esté disponible, no como ocurría con numerosos Diputados del Congreso, como ya señalé aquí. ¿Nos contestarán?

Ante el riesgo de despotismo asociémonos los ciudadanos, como aconsejaba Tocqueville en su visita a la entonces joven nación norteamericana:

“El despotismo … llama turbulentos e inquietos a los que tratan de unir sus fuerzas para la común prosperidad, y, cambiando el sentido natural de las palabras, denomina buenos ciudadanos a los que se encierran por entero en sí mismos. (…) El despotismo, peligroso en todos los tiempos, resulta mucho más temible en los democráticos.”

“No hay país donde las asociaciones sean más necesarias para impedir el despotismo de los partidos o la arbitrariedad del príncipe, que aquel cuyo estado social es democrático”

La democracia en América, v.2-p.2-c.4 y v.1-p.2-c.4

El próximo post dentro de dos martes, el 12 mayo 2020

El miedo en política y cómo superarlo

En el entorno político actual estamos bombardeados con mensajes que tratan de infundirnos miedo:

  • a que los comunistas nos quiten lo que tenemos,
  • a que los fascistas nos quiten nuestra libertad,
  • a que los inmigrantes nos quiten el puesto de trabajo,
  • a que una “manada” nos viole,
  • a que el cambio climático nos destruya la naturaleza,
  • a que el coronavirus nos quite la vida,
  • a que…

El problema es que este cúmulo de mensajes va dirigido a nuestras reacciones emocionales más básicas (la primera el miedo) y nos paralizan o, lo que es peor, nos ponen ciegamente en manos de “caudillos”.

La forma más fácil de controlar a la gente es a través del miedo” (Arun Gandhi, nieto del Mahatma Gandhi)

“Temeros los unos a otros”

Se trata no ya del miedo a amenazantes elementos “externos”, sino sobre todo el miedo que podamos tener unos de otros. A eso parece que se dedican nuestros partidos políticos cuando predican “cordones sanitarios anti… [añadir la ideología o grupo social que convenga]” o llenan telediarios con ataques al adversario. Si la opinión que se tiene de los partidos políticos actuales es más bien “discretita“, el objetivo parece ser: “vótame a mí, que el otro es todavía peor“. Como señala la filósofa norteamericana y premio Príncipe de Asturias Martha Nussbaum en su libro La monarquía del miedo (no, no es sobre Felipe VI sino sobre el miedo como tirano):

Por medio de nuestra propensión básica al miedo, las sociedades democráticas son altamente vulnerables a la manipulación

Los miedos mutuos se retro-alimentan: “te tengo miedo, porque me atacas o me vas a atacar” -> “me pongo a la defensiva” -> “te sientes atacado y reaccionas” -> …Y EL CÍRCULO VICIOSO CONTINÚA Y CRECE.

“Pues han dicho en la tele…”

Cada vez que mi suegra comienza una frase con estas palabras los presentes intercambiamos miradas entre divertidas y alarmadas esperando escuchar alguna terrorífica “noticia”. A continuación iniciamos la clásica ronda de preguntas: ¿Pero, quién lo ha dicho? ¿En qué programa? ¿En qué cadena de televisión? Al final no sabemos si la fuente es la reseña del último Consejo de Ministros, un pseudo-docudrama de La Cuatro, una acalorada discusión en La Sexta entre habituales tertulianos políticos u otro tanto entre los no menos habituales de Sálvame de Luxe. Lo único que sacamos en “limpio” es que alimenta los miedos en que se nos quiere hacer vivir. Además la tal “noticia” se suele emitir con una rotundidad que apabulla. Como dijo Michel de Montaigne,

Nada se cree con mayor firmeza que aquello que se conoce menos; ni hay hombres más seguros de lo que dicen que los que nos refieren cosas fabulosas” (Ensayos, I, XXXI)

¿Es que el mundo va tan mal?

Hans Rosling fue un médico sueco dedicado a promover el uso de los datos para describir los avances sociales y económicos en el mundo. Durante los últimos dieciocho meses de su vida escribió un libro, Factfulness, en el que se muestra con hechos y datos que nuestra visión de las cosas es bastante más pesimista que la propia realidad. Incluso confeccionó un test para mostrar las nociones equivocadas de la mayoría de la gente, test que podemos pasar nosotros mismos aquí. En el libro concluía:

Resístete a culpar de cualquier cosa a un individuo o grupo de individuos. Porque el problema es que, cuando identificamos al malo de la película, ya no pensamos más. Y casi siempre es más complicado. Casi siempre hay múltiples causas interrelacionadas; un sistema. Si realmente quieres cambiar el mundo, tienes que entender cómo funciona en realidad y olvidarte de darle una bofetada a alguien en toda la cara” (p.255)

La ira y qué hacer con ella

Esto no significa que dejemos de sentirnos indignados ante el sufrimiento y la injusticia que padece todavía mucha gente en el mundo. Incluso puede que desate nuestra ira, pero que no debemos orientar haca el castigo del “malo de la película” sino hacia el restablecimiento de la igualdad y la dignidad de todos los seres humanos.

Romper esta dinámica

Por eso, cuando recibamos algún mensaje que avive nuestros miedos propongo estos ejercicios:

  1. ¿Quién lanza el mensaje? ¿Le favorece que reaccionemos emocionalmente?: por ejemplo, votándole en las próximas elecciones, haciendo un donativo a…, dejándonos pegados a la pantalla de la tele (con o sin cortes publicitarios), etc.
  2. Cuanto más rotundo es el mensaje hay que fiarse menos de su contenido: ¿pueden consultarse las fuentes, los datos objetivos en los que se basa…?
  3. ¿El mensaje va dirigido a paralizar nuestro propio razonamiento y fomentar una respuesta emocional o ayuda a nuestra reflexión personal cotejando ese mensaje con otras fuentes alternativas?
  4. ¿Aumenta nuestro desagrado, odio, miedo, etc. hacia otras personas?

El próximo post dentro de dos martes, el 17 de marzo

Una democracia de mínimos

¿Vivimos en un régimen democrático?

Mal que les pese a los independentistas catalanes España forma parte del reducido pelotón de países del mundo que gozan de una democracia plena. Así lo señalan informes como Freedom in the World 2019 (Freedom House, Washington), The Global State of Democracy 2019 (International IDEA, Estocolmo), V-Dem Annual Democracy Report 2019 (Univ. Gotemburgo) o Democracy Index 2019 (EIU, The Economist).

Este último indicador nos incluye en esa (¿¡privilegiada!?) minoría del 5,7 % de la población mundial que vive en países de democracia plena.

Y sin embargo…

¿Por qué entonces los Barómetros mensuales del CIS nos recuerdan machaconamente que estamos cada vez más descontentos con “Los políticos en general, los partidos políticos y la política“, tal y como también constata el Informe sobre la Democracia en España 2018 de la Fundación Alternativas?

¿Es que somos quejicas por naturaleza y auto-críticos hasta la exasperación o hay algo más en esta aparente contradicción?

¿Cuáles son los ingredientes de una democracia plena?

Esos informes calculan el índice partiendo de cuatro elementos:

  1. la existencia de libertades y derechos civiles amplios
  2. la existencia de pluralismo político y procesos electorales libres
  3. la acción del gobierno
  4. la participación política de la ciudadanía

De los dos primeros andamos sobrados, con altas puntuaciones en estos informes.

Pero ¿qué pasa con la “acción del gobierno”?

Ahí puntuamos menos. No es de extrañar ya que que este elemento considera la existencia o no de instituciones independientes que controlen las actuaciones del gobierno, la transparencia y rendición de cuentas de sus acciones, el acceso público a la información, la existencia de corrupción, etc. Basta con echar una ojeada a los informes de la Fundación Civio, la AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) o la Oirescon (Oficina Independiente de Regulación y Supervisión de la Contratación) para constatar lo que sospechábamos.

¿Y el cuarto elemento, “la participación política de la ciudadanía?

Acemoglu y Robinson, autores del famoso libro Por qué fracasan los países, nos recuerdan en su obra más reciente, El pasillo estrecho, que para salir de la situación de barbarie las sociedades primitivas necesitan erigir un Estado “para controlar la violencia, hacer cumplir las leyes y proporcionar servicios públicos que son cruciales para una vida en la que las personas tienen poder para hacer elecciones y luchar por ellas” (p.16). Pero, añaden a renglón seguido, “una sociedad fuerte y movilizada es necesaria para controlar y encadenar al Estado fuerte“.

¿Tenemos esa sociedad? Mucho me temo que no. Como comentó el mismo Acemoglu en su reciente visita a España No cabe duda de que el tejido institucional español no es suficientemente inclusivo, necesita una reforma radical“. No existen organizaciones fuertes realmente autónomas que representen los intereses de tales o cuales sectores sociales, con capacidad para plantear a los poderes públicos sus demandas y, en particular que “aten en corto” la acción de los organismos del Estado.

Entendiendo la aparente contradicción

¿Cómo entonces se conjugan unos elementos y otros en nuestro sistema democrático? ¿Cómo conviven dos “ingredientes” potentes de la democracia plena con otros dos con resultados más pobres?

Vaya por delante que un régimen democrático requiere sin duda la existencia de partidos políticos. Éstos cumplen (o deberían) una doble función: la de representar las distintas corrientes de opinión y posturas políticas de una sociedad, y la de negociar y llegar a acuerdos entre los partidos para cimentar gobiernos estables y eficaces.

Un primer problema surge cuando los partidos políticos se convierten no en representantes sino en delegados, es decir una vez que votamos (que no elegimos) perdemos nuestra influencia sobre ellos (“vótame y olvídame”).

Y entonces, para que sigamos votando a algún partido, estamos sometidos a una excitación continua, una confrontación de papel escenificada en los telediarios y las tertulias “políticas”de los platós de televisión, que apela a nuestros miedos y fobias con objeto de intentar enfrentarnos unos contra otros, obligarnos a tomar partido (“o eres comunista o eres fascista”) y levantar barreras identitarias (“yo soy de los míos y los otros son los culpables de todos nuestros males”).

El segundo problema es que los partidos, en particular los mayoritarios, acumulan un exceso de poder interno (sus cúpulas someten a una férrea disciplina a sus cargos públicos y parlamentarios) así como externo: copando las Administraciones Públicas, contratando “personal de confianza”, acaparando subvenciones públicas para organizaciones o fundaciones propias, nombrando los miembros del Consejo General del Poder Judicial (¿dónde ha quedado la separación de los poderes -legislativo, ejecutivo y judicial- de la que hablaba Montesquieu?), etc.

Más vale ir pensando qué hacer sin esperar a lo que digan nuestros “representantes”.

El próximo post dentro de dos martes, el 3 de marzo

¿Nos “pone” votar en un referéndum?

Por lo que podemos deducir de la historia reciente de los referéndum en España, no nos “pone” mucho. Así, desde el referéndum para la ratificación de la Constitución española (diciembre 1978), a la actualidad el mayor porcentaje de votantes fue precisamente entonces: un 67 %. Después ha ido cayendo incluso hasta cuotas del 28 %, como en el caso de la ratificación del Estatuto de Autonomía de Galicia (diciembre 1980). El último referéndum fue precisamente el de la ratificación del polémico Estatuto de Autonomía de Cataluña en junio de 2006, donde la participación ni siquiera llegó a la mitad: 48,8 %.

El dudoso récord lo ostenta el referéndum sobre la franquista Ley Orgánica del Estado (diciembre 1966), con un 89 % de (¿voluntaria?) participación: ¡bravo campeón!

¿Y si el nuestro fuera el voto decisivo para decantar un referéndum?

Muchas decisiones claves que se toman en el Parlamento español exigen mayorías cualificadas de dos tercios, tres quintos o mayorías absolutas. Pero en un referéndum bastaría con un solo voto para aprobar o rechazar lo que se someta a votación, sin porcentajes mínimos de participación ni mayorías cualificadas. Así lo recomienda la llamada Comisión de Venecia. Se trata de un consejo más bien arriesgado, sobre todo cuando nos jugamos un texto constitucional, un estatuto de autonomía, la pertenencia o no a la Unión Europea (Brexit, 2016), al Reino Unido (Escocia, 2014), a Canadá (Quebec, 1980 y 1995) o a la OTAN (España, 1986).

¿Qué hubiera pasado si tan solo el 1,9 % de los votantes en el referéndum del Brexit hubieran cambiado el “irse” por el “quedarse” en la UE? Pues que el Reino Unido seguiría siendo parte de la misma. ¿No es esto jugársela a cara o cruz? Cuando el entonces Primer Ministro británico David Cameron convocó el referéndum del Brexit confiaba en tener una “moneda trucada” para callar al ala anti-europea de su propio partido y además lograr concesiones especiales de sus socios europeos. Logró el efecto contrario: partir la sociedad británica en dos, tener que dimitir, quemar las opciones de su sucesora Theresa May, reavivar el impulso independentista de Escocia, etc. Las lágrimas de cocodrilo vertidas en su libro For The Record no le eximen de uno de los mayores errores de la historia reciente del Reino Unido.

El referéndum de la OTAN

David Cameron tenía que haber aprendido de un caso de marketing manipulativo donde los haya: el del referéndum para la permanencia de España en la OTAN. En efecto, en cuatro años el gobierno socialista de Felipe González pasó del “¡O-TAN, NO!” -sencillo, sonoro y breve- a darle la vuelta por completo y plantear un referéndum con la siguiente texto:

“El Gobierno considera conveniente, para los intereses nacionales, que España permanezca en la Alianza Atlántica [¿ya no es la OTAN?], y acuerda que dicha permanencia se establezca en los siguientes términos: (…) ¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?”

¿Cómo oponerse a lo que “considera conveniente para los intereses nacionales” el Gobierno de un Felipe González en el cenit de su poder político, y que lejos de ser neutral se implicó a fondo en la campaña para obtener el e incluso amenazó con su dimisión?

Años después parece que esos “términos acordados por el Gobierno de la Nación” para permanecer en la OTAN no se han cumplido o lo han hecho de forma superficial.

Referéndum: ¿democracia o manipulación?

Toda vía de participación de la ciudadanía en la gestión y decisiones de lo público es siempre una buena noticia y sin duda debe impulsarse. Pero un referéndum es instrumento de participación cuando está previsto de antemano y no si se plantea:

  • cuando al mandatario de turno le viene bien;
  • sobre la cuestión que le interesa y no sobre otras posibles;
  • poniendo toda la maquinaria a su disposición para influir en el resultado; y
  • aguardando el momento en que la opinión pública le es favorable.

¿Por qué la Constitución española fue sometida a referéndum en 1978, pero la modificación introducida por Rodríguez Zapatero en 2011 no? Probablemente porque sospechaba que iba a perder la votación, además de que el marco jurídico se lo permitiera.

¿Y en Cataluña?

Por eso también es errónea (y manipuladora) la idea de permitir un referéndum sobre la independencia en Cataluña, argumentando que “lo más probable es que salga que no” y “así zanjamos la cuestión”.

Con datos del Centre d’Estudis de Opinió de la Generalitat (el “CIS” catalán) este planteamiento valdría entre diciembre 2014 y febrero 2016, entre octubre 2016 y junio 2017, en febrero 2018, o entre julio y noviembre 2019; pero no en junio 2016, octubre 2017 o entre abril 2018 y marzo 2019. ¿No es demencial?

Incluso según parece, los independentistas planeaban un segundo referéndum si el primero resultaba fallido para ellos. Sin comentarios.

El próximo post dentro de dos martes, el 18 de febrero

Entre votación y votación, ¿hay algo que hacer?

¿Votamos mucho o poco?

Desde el 20 de diciembre de 2015 hasta el 10 de noviembre de 2019 hemos votado cuatro veces en elecciones generales: eso sin contar elecciones municipales, autonómicas y europeas o incluso primarias internas del partido del que se sea afiliado o cuando el dirigente del mismo nos pida nuestro “like” respecto a lo que se la haya ocurrido en ese momento. Hay quien piensa que ya está bien de tanto votar y quien al contrario cree que deberíamos votar sobre más cosas: en referéndum (de esto se tratará otro día) o por otros procedimientos (¿mano alzada?).

¿A quién estamos votando?

En mi opinión no es tanto votar mucho o poco sino para qué y a quiénes estamos votando. Empiezo por el “quiénes”, acudiendo a Winston Churchill. Entre otras cosas Churchill fue famoso por sus citas, no amorosas sino de las otras, y aquí va una sobre los parlamentarios británicos:

“El primer deber de un miembro del Parlamento es hacer lo que él cree que, en su leal y desinteresado juicio, es correcto y necesario para el honor y la seguridad de Gran Bretaña. Su segundo deber es con sus electores, de los cuales él es el representante pero no el delegado. … Es solo en tercer lugar donde su deber con la organización o programa del partido ocupa su sitio. Deben observarse estas tres lealtades, pero no hay duda del orden en que se encuentran bajo cualquier manifestación saludable de democracia.” (Duties of a Member of Parliament)

Me temo que lo que planteaba Churchill se aplica mal a parlamentarios españoles. Aquí prevalece la disciplina partidista al confeccionar candidaturas, en lo referido a (no) representar a los electores -a todos, no sólo a sus votantes- u observar la lealtad al propio partido por encima de “el honor y la seguridad” del país. Nuestro sistema democrático prima excesivamente a los partidos políticos (este tema se tratará otro día).

¿Nos representan y/o nos escuchan?

Pero sí podemos exigir a nuestros parlamentarios que nos representen de verdad. En el Reino Unido, pero también en otros países como Canadá, un parlamentario tiene oficina permanente (constituency office) y al menos un día a la semana dedicado a contactar con sus electores (no sólo sus votantes), reunirse con ellos y recoger propuestas y preocupaciones que le quieran trasladar.

¿Nos imaginamos algo así en España? Me permito contar mi pequeña experiencia personal. Hace unos años realicé un breve estudio sobre la distribución del voto en los barrios de Madrid. No se me ocurrió otra cosa que dirigirme al grupo municipal del partido al que había votado (no diré cuál) para ofrecer mis servicios -desinteresados- sobre la cuestión. Hablé con uno de los concejales que me miró como si estuviera viendo un marciano y me dijo que trasladaría mi estudio “a los de comunicación” (¿?). Desde entonces, sin noticias.

Se me dirá que en los tiempos de internet el correo electrónico podría hacer las veces de esa oficina a pie de votante. Creo que es evidente que no es lo mismo en absoluto. Pero además parlamentarios como José Luis Ábalos (PSOE), Santiago Abascal (VOX), Joseba Agirretxea (PNV), Mertxe Aizpurua (Bildu), o José Ángel Alonso (PP), por no escoger más que apellidos por A, no tenían publicado al día de la fecha su correo electrónico como Diputados. Parece como si nuestros representantes nos quieren ver votando(les), pero entre votación y votación “si te he visto, no me acuerdo”.

¿Qué hacer?

Visto lo anterior, no parecería tan malo estar votando continuamente… Mi propuesta es otra. Entre votación y votación hay mucho que hacer, partiendo de preguntar a nuestros representantes ¿qué estás haciendo con mi voto? (¿y con mis impuestos?). Debemos pedir:

  1. transparencia en lo que hacen como nuestros representantes, en su actuación como gestores públicos: gastos de viajes, contrataciones a dedo (quiénes y cuánto) de cargos “de confianza”, concursos “públicos” de todo tipo, con quién se reúnen, a quién subvencionan, etc.
  2. responsabilización en las actuaciones, dando cuenta del desarrollo de proyectos anunciados a bombo y platillo, pero de los que no solemos saber nada de su puesta en práctica y menos aún de sus resultados contrastables de forma independiente. Romperé aquí una lanza en favor de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF), organismo que aunque parezca mentira en España sí se dedica a ésto.

Pero en ningún caso deberíamos esperar a la siguiente campaña electoral para escuchar balances normalmente triunfalistas de lo Administraciones y representantes públicos de lo hecho hasta ese momento.

Quizá lo que hagamos en este campo parezca una gota en el océano. Pero si un voto es también una gota que junto a otras puede convertirse en diluvio, nuestra acción entre votaciones puede llevar el mismo camino.

El próximo post dentro de dos martes, el 21 de enero