El sentimiento de pérdida en Cataluña

​Emociones contra razones

En el año 2016 asistimos a tres conflictos políticos donde chocaron planteamientos emocionales con planteamientos racionales: las elecciones norteamericanas con la victoria de Donald Trump, la votación del Brexit, con la separación del reino Unido de la UE, y el momento más candente del conflicto en Cataluña, con el nombramiento de Carles Puigdemont como Presidente de la Generalitat de Catalunya y la posterior convocatoria unilateral del pseudo-referéndum.

En los tres casos el impulso emocional fue el de un sentimiento de pérdida. Perder es mucho más doloroso que no ganar -la llamada aversión a la pérdida– como mostraron Daniel Kahneman (Premio Nobel de Economía) y Amos Tversky, impulsores de la economía conductual.

En el caso norteamericano millones de trabajadores manuales sentían cómo su estatus y dignidad laboral se perdía frente a la globalización que impulsaban las grandes multinacionales norteamericanas, sentimiento que recogía Arlie R. Hochschild en su libro Extraños en su propia tierra.

En el Reino Unido, el Brexit aspiraba a revertir un proceso secular de pérdida: del imperio, de las colonias, del poderío naval-militar, de su soberanía frente al continente europeo…

¿Culpables? El populismo de extrema derecha siempre ha señalado a los demás: para empezar los migrantes, pero también cualquier otra personas que no sea “de nosotros”.

¿Y en el caso de Cataluña?

​Cataluña: pérdidas seculares

Tres significativos hitos históricos: la Guerra de Sucesión, la Segunda Guerra Carlista y el actual “procés”.

La Guerra de Sucesión

Cuando en 1700 murió sin descendencia Carlos II, el último rey español de la dinastía de los Austrias, estalló la Guerra de Sucesión. El trono era pretendido por el Archiduque Carlos de Habsburgo, apoyado desde Cataluña, frente al finalmente vencedor Felipe V de Borbón. La guerra se zanjó con el Tratado de Utrecht en 1713, pero la contienda continuó en el entonces Principado de Cataluña, hasta que se produjo el bombardeo de Barcelona el 11 de septiembre de 1714, convirtiéndose desde entonces esa fecha en la Diada de Catalunya.

Los Decretos de Nueva Planta posteriores abolieron los privilegios de origen medieval de todos los territorios partidarios del pretendiente austriaco, impulsando la construcción del Estado Absolutista-centralista. Sin embargo respetaron los privilegios/fueros de Navarra, País Vasco y Valle de Arán, ya que fueron territorios que habían apoyado Felipe V. Ello no le impidió a Felipe V establecer poco después medidas proteccionistas favorecedoras de la industria textil catalana.

La Segunda Guerra Carlista

Conocida como guerra “dels Matiners” (de los madrugadores) se desarrolló sobre todo en Cataluña entre 1846 y 1849. Un conjunto de causas (políticas económicas, fiscales y sociales del Estado Absolutista, desmantelamiento de las propiedades comunales, crisis agraria, etc.) provocaron un fuerte malestar agrario y rural. Aparecieron partidas armadas que hostigaban a las tropas gubernamentales de madrugada, basadas en la ideología del carlismo reaccionario y aliadas con los “trabucaires, antiguas partidas de carlistas/bandoleros. Pero la Revolución obrera de 1848 en Francia propició la creación de otras partidas muy alejadas del ideario carlista, y con ideas progresistas y republicanas. Hubo así una alianza coyuntural entre lo “reaccionario” y lo “revolucionario (ahora diríamos entre la extrema derecha y la extrema izquierda) contra un Estado Absolutista-centralista que había mostrado su incapacidad de crear una sociedad capitalista moderna.

Una vez más, la Segunda Guerra Carlista se resolvió en Cataluña con una nueva derrota. Aun así la Tercera Guerra Carlista presenció la creación de la Generalitat Carlista en 1874-75, con idéntica ideología e idéntico resultado.

El “procés”

Diversos analistas han señalado la coincidencia entre las áreas catalanas de mayor implantación carlista y las del independentismo actual, incluyendo el lugar de nacimiento de sus dirigentes.

En la Cataluña independentista se reproduce la antigua alianza entre lo “reaccionario” y lo “revolucionario, donde se idealiza esa arcadia rural y campesina de la Cataluña interior de payeses y masías, y se reclama una independencia basada en una imagen sublimada de lo que fueron los derechos locales medievales.

Ahora la pérdida está ligada al ocaso del capitalismo agrario e industrial en favor del capitalismo financiero y de servicios, que favorece la economía madrileña en comparación con la catalana. La única institución financiera importante, la Banca Catalana directamente relacionada con Jordi Pujol, se hundió en 1982 en medio de un escándalo cerrado en falso.

Pero hay más…

La crisis económica de 2008 y su pésima gestión por parte de la mayoría de los gobiernos occidentales, en particular del español, creó unas heridas sociales que no se han restañado y han tentado a muchos colectivos a buscar soluciones por su cuenta, ante la falta de soluciones a otro nivel.

En fin, la evolución de los sistemas sociales y económicos siempre deja ganadores y perdedores si no se actúa solidariamente. De ahí la importancia de construir un nuevo contrato social, tal y como propone Minouche Shafik en su reciente libro.

Y siempre, siempre los sentimientos de pérdida deberían ser respetados aunque no los compartamos.

El próximo post dentro de dos martes, el 23 noviembre 2021

¿Nos “pone” votar en un referéndum?

Por lo que podemos deducir de la historia reciente de los referéndum en España, no nos «pone» mucho. Así, desde el referéndum para la ratificación de la Constitución española (diciembre 1978), a la actualidad el mayor porcentaje de votantes fue precisamente entonces: un 67 %. Después ha ido cayendo incluso hasta cuotas del 28 %, como en el caso de la ratificación del Estatuto de Autonomía de Galicia (diciembre 1980). El último referéndum fue precisamente el de la ratificación del polémico Estatuto de Autonomía de Cataluña en junio de 2006, donde la participación ni siquiera llegó a la mitad: 48,8 %.

El dudoso récord lo ostenta el referéndum sobre la franquista Ley Orgánica del Estado (diciembre 1966), con un 89 % de (¿voluntaria?) participación: ¡bravo campeón!

¿Y si el nuestro fuera el voto decisivo para decantar un referéndum?

Muchas decisiones claves que se toman en el Parlamento español exigen mayorías cualificadas de dos tercios, tres quintos o mayorías absolutas. Pero en un referéndum bastaría con un solo voto para aprobar o rechazar lo que se someta a votación, sin porcentajes mínimos de participación ni mayorías cualificadas. Así lo recomienda la llamada Comisión de Venecia. Se trata de un consejo más bien arriesgado, sobre todo cuando nos jugamos un texto constitucional, un estatuto de autonomía, la pertenencia o no a la Unión Europea (Brexit, 2016), al Reino Unido (Escocia, 2014), a Canadá (Quebec, 1980 y 1995) o a la OTAN (España, 1986).

¿Qué hubiera pasado si tan solo el 1,9 % de los votantes en el referéndum del Brexit hubieran cambiado el «irse» por el «quedarse» en la UE? Pues que el Reino Unido seguiría siendo parte de la misma. ¿No es esto jugársela a cara o cruz? Cuando el entonces Primer Ministro británico David Cameron convocó el referéndum del Brexit confiaba en tener una «moneda trucada» para callar al ala anti-europea de su propio partido y además lograr concesiones especiales de sus socios europeos. Logró el efecto contrario: partir la sociedad británica en dos, tener que dimitir, quemar las opciones de su sucesora Theresa May, reavivar el impulso independentista de Escocia, etc. Las lágrimas de cocodrilo vertidas en su libro For The Record no le eximen de uno de los mayores errores de la historia reciente del Reino Unido.

El referéndum de la OTAN

David Cameron tenía que haber aprendido de un caso de marketing manipulativo donde los haya: el del referéndum para la permanencia de España en la OTAN. En efecto, en cuatro años el gobierno socialista de Felipe González pasó del «¡O-TAN, NO!» -sencillo, sonoro y breve- a darle la vuelta por completo y plantear un referéndum con la siguiente texto:

«El Gobierno considera conveniente, para los intereses nacionales, que España permanezca en la Alianza Atlántica [¿ya no es la OTAN?], y acuerda que dicha permanencia se establezca en los siguientes términos: (…) ¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?»

¿Cómo oponerse a lo que «considera conveniente para los intereses nacionales» el Gobierno de un Felipe González en el cenit de su poder político, y que lejos de ser neutral se implicó a fondo en la campaña para obtener el e incluso amenazó con su dimisión?

Años después parece que esos «términos acordados por el Gobierno de la Nación» para permanecer en la OTAN no se han cumplido o lo han hecho de forma superficial.

Referéndum: ¿democracia o manipulación?

Toda vía de participación de la ciudadanía en la gestión y decisiones de lo público es siempre una buena noticia y sin duda debe impulsarse. Pero un referéndum es instrumento de participación cuando está previsto de antemano y no si se plantea:

  • cuando al mandatario de turno le viene bien;
  • sobre la cuestión que le interesa y no sobre otras posibles;
  • poniendo toda la maquinaria a su disposición para influir en el resultado; y
  • aguardando el momento en que la opinión pública le es favorable.

¿Por qué la Constitución española fue sometida a referéndum en 1978, pero la modificación introducida por Rodríguez Zapatero en 2011 no? Probablemente porque sospechaba que iba a perder la votación, además de que el marco jurídico se lo permitiera.

¿Y en Cataluña?

Por eso también es errónea (y manipuladora) la idea de permitir un referéndum sobre la independencia en Cataluña, argumentando que «lo más probable es que salga que no» y «así zanjamos la cuestión».

Con datos del Centre d’Estudis de Opinió de la Generalitat (el «CIS» catalán) este planteamiento valdría entre diciembre 2014 y febrero 2016, entre octubre 2016 y junio 2017, en febrero 2018, o entre julio y noviembre 2019; pero no en junio 2016, octubre 2017 o entre abril 2018 y marzo 2019. ¿No es demencial?

Incluso según parece, los independentistas planeaban un segundo referéndum si el primero resultaba fallido para ellos. Sin comentarios.

El próximo post dentro de dos martes, el 18 de febrero