Combatir la pandemia… con “codicia y capitalismo”

Éstas eran las armas que según Boris Jonhson, Primer Ministro del Reino Unido, estaban siendo claves para vacunar a la población británica con un grado de éxito superior al de otros países. Pero esa codicia no se da sólo en este único caso. Está presente en todos y cada uno de los países desarrollados incluyendo los que forman parte de la Unión Europea.

​Acaparar, acaparar… aunque no se sepa qué hacer después

En las primeras semanas de confinamiento domiciliario muchas personas se lanzaron al acaparamiento de productos como el papel higiénico, los guantes de goma, etc. Estos comportamientos individuales que buscaban un beneficio personal se tradujeron en un perjuicio colectivo debido a la escasez artificialmente provocada, los precios disparados y el despilfarro. El Premio Nobel de economía Thomas Schelling describió y explicó estas dinámicas en su libro Micromotivos y Macrocomportamiento, resaltando la necesidad de mecanismos de coordinación si se aspiraba a ir más allá de este caos colectivo autodestructivo.

Con las vacunas disponibles contra la Covid-19 los movimientos de acaparamiento por parte de los países desarrollados están siendo vergonzosos: intentos de controlar la exportación de viales, guerra por la cadena de suministros para su producción, puja de precios al alza para asegurarse (¿?) el abastecimiento, etc. Una vez más la Unión Europea ha exhibido su desunión interna.

​No sólo es un crimen: es un error (en realidad varios)

La lucha encarnizada por “tener” la vacuna ha dejado en segundo plano los elementos necesarios para su distribución y administración, desde las jeringuillas hasta el personal adecuado, pasando por toda la organización y coordinación. Ya en septiembre pasado se nos advertía que esas carencias podrían convertir la campaña de vacunación en una pesadilla, como finalmente está resultando y más aún en la Unión Europea.

El segundo error es jugarse a una sola carta, la de las vacunas actuales, la solución a la pandemia. Como es lógico no contamos con experiencia suficiente como para dar por hecho que las nuevas mutaciones y variantes del virus puedan tratarse con las vacunas de hoy. Las cepas anuales de la gripe son un buen ejemplo de lo que nos podemos encontrar. Como decía el también Premio Nobel Joshua Lederberg la pandemia es un fenómeno evolutivo natural: además de las vacunas de Pasteur debemos tener en cuenta las leyes de la evolución de Darwin que nos dicen que el virus evolucionará hacia nuevas cepas “mejor equipadas” para seguir infectando. Se trata pues de una carrera de fondo no de un sprint a ganar por las naciones más desarrolladas.

Esto nos lleva al tercer error de planteamiento: creer que el problema se soluciona a nivel nacional y no globalmente. Uno de los críticos que más han combatido las ideologías de la globalización es sin duda el economista Dani Rodrik, Premio Princesa de Asturias del pasado año y catedrático en Harvard. Ya hace cuatro años señalaba en su libro Hablemos claro sobre el comercio mundial. Ideas para una globalización inteligente, que había pocos problemas que requirieran una regulación plenamente mundial, y éstos eran precisamente el cambio climático y las pandemias (p246).

La conservación del medio ambiente y el contagio de las enfermedades infecciosas no conocen fronteras. En el caso de la Covid-19 llevamos casi un año y medio comprobándolo. ¿Necesitaremos nuevas olas para convencernos?

​La tragedia de los bienes comunales

En un famoso artículo el por otra parte polémico ecólogo Garret Hardin describía la situación en la que distintas personas actuando de forma independiente pero con motivos racionales y de interés personal, terminaban por destruir un recurso compartido limitado (el común) aunque a nadie, ni como individuos ni como colectivo, le convenía que ocurriera tal destrucción y acabar así todos igualmente perjudicados.

Hardin analizaba el caso de los pastos comunales, donde sólo un acuerdo colectivo sobre el uso equilibrado de los mismos evita su destrucción, cuando la codicia se adueña de los comportamientos individuales.

Hace quince años Barry Schwartz aplicaba el mismo análisis, pero esta vez en referencia al medio ambiente, como bien comunal de toda la humanidad:

¿Cómo escapar del dilema en el que muchos individuos actuando racionalmente en su propio interés, pueden en última instancia destruir un recurso compartido y limitado, incluso cuando es evidente que esto no beneficia a nadie a largo plazo? […] Nos enfrentamos ahora a la tragedia de los comunes globales. Hay una Tierra, una atmósfera, una fuente de agua y seis mil millones de personas compartiéndolas. Deficientemente. Los ricos están sobreconsumiendo y los pobres esperan impacientes a unírseles“.

La salud de la humanidad en relación a enfermedades infecciosas como la Covid-19 es otro caso más de bien comunal. Las palabras de Schwartz se pueden aplicar esta vez no ya a las personas individuales sino a las naciones del mundo, cuya codicia pone en riesgo letal a todas sin excepción.

El próximo post dentro de dos martes, el 13 abril 2021

Lo que nos espera después de la pandemia

Reconozco que este título tiene una doble trampa, porque ni hay un después ni hay nada que nos espera. Me explico.

​¿No hay un después?

En primer lugar no tenemos pruebas que la tercera ola de la Covid-19sea la última, ni que las nuevas variantes del virus estén bajo control, ni que las vacunas actuales o futuras cierren definitivamente el paso a la pandemia.

Muchos especialistas alertan que esta enfermedad pueda convertirse en recurrente o que nuevos virus de origen similar nos obliguen a drásticas medidas como las que estamos sufriendo.

Es decir, no creamos que hay un después. Más bien que ya hoy hay una nueva realidad que está entre nosotros. No estamos viviendo dentro de un paréntesis sino que estamos ya en otra fase de evolución de nuestras sociedades, muchos de cuyos cambios estamos empezando a notar y frente a los cuales debemos construir otras formas de actuar personal y colectivamente, tanto en el terreno sanitario como en el de la economía, el del trabajo o el de las interacciones sociales y comportamientos personales.

​Nada nos espera que no esté ya ocurriendo ahora

Los efectos económicos y sociales de la pandemia no hacen sino acelerar los cambios que se venían produciendo en los últimos años.

1. Al nivel más básico, la Covid-19 muestra la fragilidad de la condición humana en nuestra relación con el entorno natural. Definitivamente, la naturaleza NO ha sido conquistada por la raza humana.

2. El centro de gravedad de la economía mundial da un paso más hacia las economía emergentes de Asia, en particular de China, mostrando los problemas de avance en Estados Unidos y en la Unión Europea, además del ahora devinculado Reino Unido.

3. Los países occidentales no logran trasladar la revolución informática a un incremento de productividad de sus economías. Como escribió el premio Nobel de economía Paul Krugman en 1994: “La productividad no lo es todo, pero a la larga lo es casi todo. La capacidad de un país para mejorar su nivel de vida a lo largo del tiempo depende casi por completo de su capacidad para aumentar su producción por trabajador.” (The Age of Diminished Expectations). En el caso español todos los análisis apuntan a una situación muy por debajo incluso que las demás economías europeas.

4. Aunque todavía no se dispone de datos suficientes para corroborarlo, es previsible que la pandemia actual esté provocando un nuevo agravamiento del problema demográfico de los países avanzados. Sabemos que España registra un alto ritmo de envejecimiento de su población y un índice de fecundidad que es el segundo más bajo de Europa, sólo por detrás de Malta. Las consecuencias actuales y futuras de estas tendencias son uno de los temas de discusión más agudos en el momento presente.

5. ¿Cuál es la situación de las empresas en España? Muchos sectores atraviesan un momento crítico por las restricciones sanitarias, pero también por la fuerte contracción del consumo y las distorsiones en las cadenas de suministro mundiales. En coyunturas de crisis se producen vuelcos drásticos del tejido empresarial, y en la presente las entidades con mejor futuro son aquéllas que aceleran su digitalización y su flexibilidad de adaptación. Para el conjunto de la economía si los negocios que cierran estuvieran compensados por la creación de nuevas empresas, la transición sería dolorosa pero con futuro. Es lo que el economista Joseph Schumpeter llamaba la destrucción creativa. Para ello es indispensable facilitar la creación de nuevas empresas. A ese respecto las trabas existentes en nuestro país son enormes: estamos en el puesto 97 dentro de un ranking mundial de 190 países en cuanto a facilidades para fundar un negocio. Además, para Peter Howitt, reciente Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento, «más que destrucción creativa, con el covid está habiendo destrucción a secas».

6. El mercado laboral español está sufriendo un segundo “punch”, cuando intentaba recuperarse del golpe recibido por la crisis económica de 2008. Es preocupante que en vez de crecer el número de puestos de trabajo, crezca el numero de personas y hogares dependientes de subvenciones públicas, y ni siquiera esto a un ritmo suficiente. La dependencia de subvenciones no crea riqueza, ni fomenta el consumo -debido a la incertidumbre de su continuidad-, ni recualifica a los desempleados y además obliga a aumentar la presión fiscal sobre capas más extensas de la población. Es un parche que si se cronifica degenera en un clientelismo paralizante y destructor.

Javier Cavanna, Director ejecutivo de la Fundación Compromiso y Transparencia, ha alertado recientemente del peligro real de que este clientelismo se reproduzca a la hora de asignar los fondos Next Generation de la Unión Europea para luchar contra la crisis de la covid-19, fondos que pueden ser el último tren que no podemos perder para invertir en investigación y desarrollo.

​¿Debemos reaccionar?

Sin duda.

El próximo post dentro de dos martes, el 2 marzo 2021

Zoom no sirve para ligar

Llevamos casi un año con unas drásticas restricciones en nuestras formas de relación con los demás. No podemos tocarnos, acercarnos a menos de dos metros, mostrar nuestro rostro sin mascarilla, etc., en especial con quien no forma parte de nuestro “núcleo de convivencia”. En la primavera pasada incluso los centros educativos estaban clausurados y no podíamos salir de casa sin motivo fundado.

Es cierto, el uso de tecnologías de video-conferencia se ha extendido de forma exponencial. Pero más allá de las ciber-reuniones de trabajo, ¿pueden sustituir a las formas habituales de socialización y establecimiento de nuevas amistades y contactos?

​Nuestros vínculos sociales

En las redes de relaciones los sociólogos distinguen entre vínculos fuertes -los que nos ligan al núcleo familiar y el círculo estrecho de amigos-, y los vínculos débiles, los que relacionan con una red mucho más amplia de personas de ámbitos más diversos: compañeros de trabajo, de estudios, vecindario, de clubs o asociaciones, etc. Los vínculos fuertes nos aportan un apoyo necesario en nuestras vidas, pero es a través de los vínculos débiles como probablemente encontraremos trabajo o a nuestra futura pareja sentimental.

​El impacto de la pandemia

¿Cómo ha afectado el Covid-19 a unos y otros vínculos? Tres investigadores en la Universidad de Cornell (USA) han analizado el tipo y densidad de relaciones entre los estudiantes antes y durante los meses de pandemia. En sus conclusiones han constatado que aunque la red de relaciones más estrechas se han mantenido en un grado relativamente aceptable, los vínculos débiles, los que nos relacionan con sectores amplios de la sociedad, han sufrido un fuerte deterioro.

¿Cómo hacer nuevas amistades? ¿Cómo cultivar relaciones de ese modo informal pero tan necesario? ¿Cómo conocerse para establecer poco a poco esos vínculos, esas experiencias compartidas, que son la base de la reciprocidad y el establecimiento de lazos que son el fundamento de la construcción social?

​Un ejemplo: fusión entre empresas

Dos empresas fusionadas en plena era del teletrabajo están teniendo serias dificultades para crear la necesaria colaboración entre las dos plantillas de origen. Al no compartir espacio de oficina, máquina del café e interacciones cara a cara, la fusión corre el peligro de fracasar debido a la ausencia de esas relaciones informales imprescindibles para generar confianza y construir un lenguaje y cultura de trabajo compartidos.

​La interacción social en diferentes etapas de nuestra vida

Hablando siempre en términos generales las formas e importancia de relaciones sociales extensas y más o menos informales es distinta según la edad de cada uno.

¿Quién no se acuerda de aquéllos cumpleaños en los que nuestros hijos eran invitados o invitaban a su propia celebración en casa a sus compañeros del cole? Sabemos que esas actividades forman parte necesaria de su evolución psíquica. ¿Cómo colmar esa carencia?

En determinado momento de la adolescencia chicas y chicos comienzan a ensayar la interacción con amigos y amigas, en un aprendizaje crítico para su desarrollo personal y social. No hay manera de sustituirlo con Zoom u otro artefacto de internet. Un retraso en el inicio o desenvolvimiento de este aprendizaje tendrá sin duda consecuencias gravosas.

Los que peinamos canas (o ni eso como es mi caso) mantenemos un volumen de relaciones más estable y donde la necesidad de contactos más variados y extensos no suele ser tan prioritaria. Tenemos nuestro núcleo familiar y de amistades y la creación o exploración de nuevos lazos no es tan frecuente como en etapas anteriores de la vida.

No olvidemos sin embargo que entre los mayores existe también la pandemia de la soledad, agravada más todavía en las circunstancias actuales.

¿Y qué pasa en el caso de la juventud? Es el momento de “conocer gente” en entornos variados y abiertos, de ampliar los “vínculos débiles“, que abrirán las puertas a encontrar trabajo, descubrir nuevos entornos sociales o simplemente ligar. ¿Qué tal se hace eso sin salirse de Zoom o WhatsApp? Pero, eso sí, Mediaset nos suministra en “La isla de las tentaciones” u otros i-rrealities del estilo, una imagen en duro contraste con lo que permiten las medidas anti-coronavirus.

Según el Barómetro del CIS de enero de 2021 (p9), el 67% de los mayores de 55 años declaran que la pandemia les está afectando mucho o bastante en su vida social y de relaciones. Pero ese porcentaje se dispara incluso a casi el 80% entre la población de 18 a 54 años.

Invertir en relaciones sociales

Vaya por delante que desapruebo rotundamente la celebración de juergas semi-clandestinas, saltándose todas las medidas anti-contagios de las que los medios de comunicación se encargan de tenernos puntualmente “informados”.

Pero no, no basta con Zoom o video-conferencias similares. Nuestras relaciones sociales están sufriendo un deterioro que puede ser irreparable en sectores como la juventud. Es necesario cuidarlas, igual que se intenta proteger la salud o la economía.

El próximo post dentro de dos martes, el 16 febrero 2021

Advenimiento de la vacuna

El inicio de la distribución de las primeras vacunas contra el coronavirus coincide con otro advenimiento, dentro de la religión cristiana, el tiempo de la Navidad.

Adviento: la espera activa

En el ciclo litúrgico cristiano la Navidad viene antecedida por cuatro semanas de preparación activa, el Adviento. No se trata de esperar pasivamente a que alguien venga a sacarnos de nuestro marasmo y ruina, sino que nos hace también sujetos activos necesarios preparándonos para lo que viene (al menos en la interpretación católica).

“El que espera desespera”

Este refrán, según el Centro Virtual Cervantes, “alude al sufrimiento que padece quien vive en una esperanza incierta de conseguir lo que desea”. La peor situación se da cuando a la falta de certeza que se produzca el acontecimiento añadimos además una espera pasiva. El Adviento vimos que invitaba a una espera activa, que además tiene fecha fija.

¿Qué pasa si no se sabe cuándo acabará la espera? Peor aún es si nos dan una fecha, pero varios días después nos anuncian otra posterior o se desdicen de lo anunciado. ¿No sería una tortura que el 23 de diciembre nos dijeran que la Navidad “está a punto de llegar, pero se retrasará unos días“, “que nunca dijimos que fuera a ser el 25” o que “sin duda llegará a lo largo del primer semestre de 2021, al menos para la mayoría de la población“?

Todo esto recuerda a la obra de teatro de Samuel BeckettEsperando a Godot“: varios personajes consumidos de inanición esperan en los dos actos de la obra a que llegue un tal Godot, aunque no nos dicen ni quién es, ni por qué ni para qué. En ambos actos un niño llega con un mismo mensaje de Godot: “aparentemente, no vendrá hoy, pero vendrá mañana por la tarde“. Y así la obra podría continuar actos y actos… Lo llamaron teatro del absurdo, aunque no parece tan lejano al momento actual.

​Qué significa en nuestro caso esperar ACTIVAMENTE

En primer lugar se trata de reclamar transparencia informativa -aunque suene a broma- de los organismos y personas responsables de los recursos públicos: qué vacuna o vacunas se van a administrar; cuál es la operativa (número de dosis necesarias, tiempo de demora en sus efectos); grado de protección y porcentajes positivos esperados; efectos secundarios y colectivos incompatibles; ¿protege de todo tipo de mutaciones del virus?; ¿los vacunados pueden todavía contagiar?; etc. Nuevamente la falta de información fiable, sustituida por declaraciones realizadas al vuelo o uso de Twitter alimentan la desconfianza.

Pero si algo positivo puede quedarnos de esta pandemia es que estamos aprendiendo, nos guste o no, que nuestra supervivencia y la de los que nos rodean depende más que nunca de nosotros mismos. La cascada de “delegaciones” (gobierno central > gobiernos autonómicos > ayuntamientos > centros de atención primaria > nosotros) a la hora de poner en marcha medidas antivirus deja en nuestras manos el kit de supervivencia.

Desde luego es algo a lo que no estamos muy acostumbrados. Cuando nos encontramos con un problema existe el impulso inicial de apelar a las instancias de la nación, cuanto más altas mejor. En la tradición norteamericana, por ejemplo, la tendencia es la contraria. Primero intento resolver el problema yo mismo, después con mis allegados, después con mi comunidad local, mi condado, mi estado, hasta llegar en caso extremo al gobierno federal. Este enfoque, no exento de inconvenientes, tiene sin embargo una gran ventaja: nos hace protagonistas activos en un movimiento de abajo arriba.

​Siente un vacunado a su mesa

En fechas navideñas, es un tema recurrente las campañas solidarias con los pobres y desfavorecidos. Por eso resulta escandaloso que, según la Universidad de Duke, Unicef y Airfinity, la Unión Europea haya reservado dosis para poder vacunar dos veces a su población, Gran Bretaña y EE.UU. cuatro veces a las suyas y Canadá hasta seis veces (The New York Times, 16 diciembre 2020).

En el otro extremo los países con rentas medias y bajas a penas llegarán a vacunar a un máximo del 40% de su población a finales de 2021, según expertos de la Johns Hopkins, eso sin hablar de los problemas de organización y logística.

No puedo dejar de evocar la obra maestra del cine español, la película Plácido, de Luis García Barlanga y Luis Azcona: un grupo de “bien-pensantes” de la España de la época organizan la campaña navideña “Siente un pobre a su mesa“, para hacer “obras de caridad”. Pero el protagonista, Plácido, intenta sin éxito que alguien le ayude a pagar el primer plazo de su motocarro, su único medio de vida, que finalmente le confiscan a pesar del uso abusivo que los “bien-pensantes” hacen de él en la cabalgata navideña.

La película está más de actualidad que nunca en este mundo globalizado.

El próximo post dentro de dos martes, el 5 enero 2021.

Navidad sin Navidades: ¿qué nos queda?

Ya estamos avisados de lo que NO podemos hacer estas Navidades (omito la lista para no comerme todo el espacio de este post). En el “frente” comercial ya hemos ido transitando por algunas fechas importadas de Estados Unidos como el Black Friday, el Small Business Saturday, el Cyber Monday y el Giving Tuesday; todo ello con mayor pena que gloria, sobre todo cuando la OCU nos previene que las supuestas rebajas en realidad están bastante amañadas.

Por otra parte continuamos con la persistente lluvia de promesas, ahora centradas en la vacunas para el Covid-19. El resultado es un aumento de desconfianza entre la población española. Así según el Barómetro del CIS correspondiente al mes de noviembre (pregunta 6) sólo el 37% de la población estaría dispuesta a vacunarse inmediatamente cuando se tenga la vacuna, frente a un 47% que se niega a hacerlo y un 16% que albergan dudas.

En otra encuesta también del CIS en el mismo mes de noviembre sobre los Efectos y consecuencias del coronavirus (II), las respuestas obtenidas son más claras (pregunta 8): sólo el 32,5% estaría dispuesto a vacunarse inmediatamente, frente al 55,2% que preferiría esperar a conocer los efectos o el 8,4% que no estaría dispuesto a vacunarse en ningún caso.

No obstante, quizá no haya que ser tan pesimistas. Este tipo de opiniones suele evolucionar hacia una mayor aceptación a medida que las campañas de vacunación se despliegan y se va despejando la nube de la desinformación.

¡Felices sombrías fiestas!

Pero más cerca en el tiempo se acerca una Navidad sin grandes reuniones familiares, sin pasar unos días en la segunda residencia o en la costa, sin fiestorros en Fin de Año, sin…, sin… Ya que este verano no ha sido lo que esperábamos, teníamos la vaga esperanza de una Navidades como las de toda la vida.

El gran problema es que llueve sobre mojado. Arrastramos una temporada en la que al coste en vidas y económico se añade un impacto psicológico y relacional que puede dejar una dolorosa y profunda huella.

Según la encuesta del CIS antes citada sobre los Efectos y consecuencias del coronavirus (II), un 42% de las personas entrevistadas declaran que la crisis del coronavirus ha afectado a su familia en sus relaciones y formas de vivir, y un 34% en aspectos emocionales (pregunta 2aMT).

El impacto a nivel más personal está siendo también devastador (pregunta 4): el 62% de los entrevistados se sienten más ansiosos; el 48% más irritables; el 64% más agobiados; el 74% más intranquilos; el 49% más asustados; el 28% con más insomnio o dificultades para dormir; el 49% más temerosos o con miedo; el 58% más desilusionados; o el 38% más apáticos. Sin embargo sólo el 27% declara que su salud [física] ha empeorado (pregunta 6).

¿Y los jóvenes?

Según esta misma encuesta el 63% piensa que los sectores de población más afectados son los mayores o las personas de edad intermedia. Menos de un 8% cree que los más afectados son los jóvenes (pregunta 3). Es más, un 62% cree que son los jóvenes los más indisciplinados con las normas de protección del coronavirus (pregunta 21).

Siento discrepar de la opinión mayoritaria.

Aunque los medios de comunicación son muy dados a airear las fiestas clandestinas en las que no se respeta ninguna de las pautas anti-Covid-19, en su inmensa mayoría no están protagonizadas por jóvenes sino más bien por individuos en edad madura. Los pocos datos estadísticos fiables sobre situaciones en las que ha habido contagios colectivos se refieren en su mayoría a acontecimientos familiares de diverso tipo y no reuniones de jóvenes.

Añadamos a ello el desmoronamiento de las oportunidades de trabajo para los jóvenes, las disfunciones en la vida académica y la reducción o desaparición de los entornos habituales de socialización para los jóvenes, y comprobaremos el altísimo impacto que la pandemia está ejerciendo sobre este colectivo.

No es de extrañar que los jóvenes entre 18 y 24 años se sientan tanto o más ansiosos, irritables, agobiados, intranquilos, asustados, temerosos, desilusionados o apáticos que el resto de la población, como refleja la encuesta comentada. Incluso declaran que su salud [física] ha empeorado en el 32% de los casos, frente al 27,5% del conjunto de la población.

Diversos estudios internacionales [las referencias están a disposición de quien lo desee] apuntan en la misma dirección.

Entonces, ¿qué nos queda?

Pues nos queda todo lo que había quedado sepultado bajo la avalancha comercial, mediática y de apariencias que parece que nos exigía mostrarnos “felices y con buenos sentimientos” por ser LAS NAVIDADES. Parecerá un tópico, pero no lo es. Porque además no es sencillo, entre otras cosas porque no estamos acostumbrados a ello. ¿Y qué es eso que había quedado debajo? La respuesta, en manos de cada uno.

El próximo post dentro de dos martes, el 22 diciembre 2020

¿Vacunados…? de espanto

Si algo está meridianamente probado es la dificultad por conocer el origen, comportamiento, difusión y efectos del coronavirus. Los artículos que van apareciendo en revistas de reconocido prestigio científico nos van dando piezas sueltas -no siempre contrastadas- de un puzzle inmenso del que tardaremos años en obtener una fotografía (provisional) de conjunto. Las leyes del avance científico son machaconas a este respecto, a pesar de todos los Tweets del mundo.

Disparando a ciegas

No nos distinguimos en España por contar con un análisis fiable de lo que son las políticas públicas. La opacidad de las administraciones a todos los niveles, la facilidad para decir hoy una cosa y mañana la contraria por parte de quienes están al frente de las mismas, el anuncio de planes a bombo y platillo que no sabemos en qué quedan, etc., obligan a ser desconfiados sobre la eficacia de las medidas tomadas contra la pandemia.

No existe ninguna prueba seria sobre la relación entre las medidas de confinamiento perimetral y toques de queda y la evolución de las cifras de contagiados, hospitalizados o fallecidos en cada área donde se han decretado: NINGUNA. Lo que sí ocurre es que cuando sube el número de contagios se decretan medidas, sólo de prohibir que no de actuar proactivamente, y más pronto o más tarde las cifras bajarán. ¿Hay una relación causa-efecto? Si el tema no fuera tan serio, habría que reírse.

No existe el menor rigor a la hora de comparar los resultados de unas áreas con otras. Los efectos son erráticos y pueden llegar incluso a ser contraproducentes.

Podemos tomar como el ejemplo el caso de los confinamientos perimetrales en la Comunidad de Madrid durante los “puentes” de noviembre, que provocaron un aumento de los contagios en los municipios de su zona norte, debido a la afluencia de visitantes de la capital. Otro efecto no esperado es el pico de viandantes a las 6 de la mañana en el centro de Madrid, que es la hora a la que muchos deben esperar para volver a casa, en vez de a las 2 ó 3 habitual los fines de semana. Mientras tanto ha habido que “confinarse” en casa de un amigo debido al toque de queda. ¿Más seguridad?

De las dudas científicas a la desinformación oficial

La última oleada desinformativa gira en torno al advenimiento “ya mismo” de un supuesto diluvio de vacunas anti Covid-19.

“Cada vez que Donald Trump, Vladimir Putin o Pedro Sánchez anuncian la inminencia de una vacuna salgo corriendo a la farmacia a comprar mascarillas y después encerrarme en casa”

Las primeras reacciones entre la opinión pública son más bien de recelo, como prueban los sondeos de opinión realizados en España y otros países de nuestro entorno.

¿Es que somos anti-vacunas? De hecho España es uno de los países donde se tiene una mayor confianza en los progresos y avances científicos y el movimiento anti-vacunas es casi inexistente.

No entraré aquí en repetir lo que los foros de la comunidad científica reflejan en torno a lo que hasta ahora se sabe de cada una de la vacunas. Pero lo que sí echa a uno para atrás es precisamente ese ruido mediático que sólo favorece a la cotización de las acciones de las multinacionales farmacéuticas: entre los anuncios -que no informes científicos- de los aspirantes a su fabricación, los medios de comunicación preparados para otro tsunami de junk news y los responsables políticos promotores (y a la vez supuestos vigilantes) de la desinformación, no es de extrañar que un número creciente de personas candidatas a recibir la vacuna prefiera “esperar y ver”. Con la información actual, creo que es la postura más coherente.

Pero es que además las promesas televisadas de un futuro de rosas casi a la vuelta de la esquina socavan el esfuerzo necesario HOY de mantener comportamientos adecuados anti-pandemia y que no arrasen a la vez con el tejido económico.

El kit personal que sí funciona

Mientras tanto es necesario mantener nuestro programa preventivo para nosotros mismos y nuestro entorno.

  1. Como el principal medio de transmisión del coronavirus son los aerosoles (partículas microscópicas que permanecen en el aire durante horas), lo primero es frecuentar ambientes con aire renovado con frecuencia, bien porque nosotros los ventilamos o porque lo hacen otros. Ejemplo: autobuses y metro están bastante más ventilados que los supermercados. Por la misma razón, huir de las aglomeraciones.
  2. Las mascarillas siguen siendo imprescindibles, utilizadas correctamente.
  3. Lavarnos BIEN las manos: es muy difícil controlar cuándo nos tocamos ojos, nariz o boca.

No hay herramienta única o perfecta, pero el uso combinado de las anteriores reduce significativamente el riesgo de contagio.

P.S.:

He omitido los enlaces, citas y bibliografía que apoyan lo escrito con el fin de no sobrecargar el texto, aunque están a disposición de quien lo desee.

El próximo post dentro de dos martes, el 8 diciembre 2020

¿Son adecuadas las medidas contra la Covid-19?

Incompletas

Asistimos a una escalada en las medidas para combatir la segunda ola de Covid-19. En el mejor de los casos son medidas muy incompletas. Es como si construyéramos un taburete con dos patas o incluso con una sola. El batacazo está garantizado. Repasemos.

Aerosoles

La comunidad científica (no cargaré esto de citas, aunque están a disposición de quien las solicite) ha demostrado hasta la saciedad que un elemento clave de la transmisión del virus son los aerosoles, partículas microscópicas que transportan el virus y perduran flotando durante horas en el aire que podemos respirar.

Mascarillas

Por eso es clave el uso correcto de mascarillas, pero todavía estamos esperando indicaciones claras, uniformes y oficiales sobre sus tipos, protección que brindan, uso y reciclaje. El Ministerio de Consumo prometió hace un mes poner un poco de orden en la comercialización de mascarillas. Pero van un poco atrasados…

Aire limpio

Otra pieza clave complementaria es la renovación del aire en todo tipo de locales, no sólo las aulas de los colegios. Confieso que he adquirido un pequeño aparato que mide entre otras cosas las partes por millón (ppm) de CO2 en el aire, que es un indicador bastante aproximado de la calidad del mismo. Todavía no he encontrado ningún supermercado o local de aforos permitidos que presente cifras mínimamente “decorosas” de la calidad de su aire. Quizá muevan el aire, pero desde luego no se renueva, lo que indica con claridad que los aerosoles pululan a sus anchas, con su carga probable de virus.

En realidad donde estaríamos más seguros es al aire libre. pero la recomendación (o futura obligación) es precisamente la contraria: quedarse en casa o salir sólo para ir y volver de algún supermercado o local similar con esas “purezas” de aire.

Entonces, ¿por qué los gobiernos tienen solo una medida “estrella”, el confinamiento?

Aunque no existe prueba ninguna que el confinamiento per se frene la pandemia, lo que se hace es matar moscas a cañonazos. Lo más probable es que tenga una reducida eficacia si se trata una medida aislada: sin mejoras en los datos epidemiológicos, sin trazadores de los contagios o sin reforzamiento de los servicios sanitarios. Se nos queda el taburete con una sola pata.

Pero es la medida más cómoda. En vez de poner en marcha de forma proactiva recursos coordinados, lo más fácil es prohibir a la población hacer cosas. En España tenemos costumbre de pseudo-combatir los problemas a base de “aumentar las penas” incluidas en la legislación en vez de poner medios para su cumplimiento.

Además está el argumento infalible: lo hacen todos los gobiernos de países comparables. Ya sabemos que los gobiernos sólo reaccionan cuando tienen un problema en las manos que se convierte en político al ser susceptible de crítica por parte de la oposición, de los medios de comunicación o de la opinión pública. Pero, ¿quién se atreve a meterse a la vez con Pedro Sánchez, Angel Merkel, Emmanuel Macron, Boris Johnson, etc?

Contraproducentes

No hace falta ser un experto en ciencias sociales y del comportamiento para saber que las sociedades son sistemas cuyas partes están conectadas entre sí. Cuando se modifica un elemento, otros se recolocarán de forma muchas veces no prevista. Por ejemplo: si se decreta un confinamiento perimetral, las interacciones dentro de ese perímetro es probable que se hagan más intensas. Si las formas de ocio no se canalizan de forma adecuada sino simplemente se prohíben, las reacciones pueden ser sorpresivas. Si se vislumbra la amenaza de un confinamiento domiciliario, se disparará la adquisición de productos “de primera necesidad”. Si no existe una comunicación clara proveniente de una autoridad en la que se confíe, las redes sociales y otros medios de comunicación se llena de noticias falsas. Si no puedo salir al campo con los niños me los llevo al centro comercial. Etc.

Practicar una escalada de confinamientos cada vez más exigentes sin tener en cuenta los efectos colaterales es actuar de forma inconsciente e incluso temeraria.

Agotamiento y falsa seguridad

Medidas tan restrictivas y prolongadas, y sin compensaciones en el terreno del ocio y de los comportamientos de relación con los demás, colman nuestra capacidad colectiva de resistencia (lejos quedaron los aplausos de las 8 de la tarde). Cargar las tintas en las medidas de confinamiento como la única estrategia de facto provoca el estricto cumplimiento en esa faceta y la relajación en las demás: cumplo con lo que me obligan y del resto ya veré.

¿Y la economía?

Esos cañonazos no sólo matan moscas, sino también una economía como la nuestra en la que los servicios ocupan una importancia esencial, y en donde autónomos y pequeñas empresas cargan con la mayor parte de la generación de empleo.

Esta vez no hablaré de las alternativas.

El próximo post dentro de dos martes, el 24 noviembre 2020

Sociedad con Covid-19 (V): la bolsa o la vida

La elección

En plena pandemia se nos obliga a elegir entre hundir sectores económicos enteros o condenarnos a un contagio masivo y en buena parte letal por Covid-19.

Esta disyuntiva me recuerda la película, y novela, La decisión de Sophie: en pleno holocausto judío un oficial nazi obliga a una madre polaca a “elegir” a cual de sus dos hijos enviar a la muerte para evitar que maten a los dos. Con una magistral interpretación de Meryl Streep, la escena cumbre de la película puede verse aquí. Lo grave no es solamente que uno de los hijos perezca sino que Sophie queda marcada para siempre por una culpa moralmente imposible pero real.

Más recientemente hemos sido sometidos a otra elección tramposa cuando en la crisis de 2008 se nos planteó “elegir” entre austeridad o colapso económico. Pero lo que en realidad tuvimos fue austeridad MÁS colapso económico.

Salud o economía

¿De verdad tenemos que “elegir” entre salvar la economía o salvar nuestras vidas? Los datos disponibles sobre la experiencia en distintos países nos dicen que no son opciones alternativas, sino que -como el caso español muestra hasta ahora- se puede perder a la vez la batalla en la sanidad y en la economía.

Existe un abanico de actuaciones en positivo que pueden llevarse a cabo para luchar en ambos frentes y que hasta el momento han brillado por su ausencia. Pero empecemos antes por lo que que es necesario erradicar.

Torpezas a evitar

Hay quien todavía cree que “lanzar mensajes de optimismo” es una buena política, algo que recuerda la famosa frase de Zapatero en 2008: “No hay riesgo de crisis económica”.

La segunda torpeza es gastar las ayudas económicas de forma indiscriminada, sin planes estructurales para combatir la temporalidad y el desempleo, como ha señalado recientemente la AIRef.

La desinformación mata; también al consumo

La tercera torpeza es la negligencia en emitir información oficial, veraz y contrastada sobre la evolución de la pandemia y los instrumentos para combatirla. Dejar que este terreno sea ocupado por mensajes en Twitter, tertulianos de televisión o la polución desinformativa de los medios de comunicación y las redes sociales es crear incertidumbre, miedo, ansiedad y desconfianza.

En el terreno sanitario se producen comportamientos equivocados: mal uso de las mascarillas (¿sabemos ya lo que dura cada tipo de mascarillas?), o no respeto de las normas de interacción social, movilidad, protección personal y grupal, etc.

En el terreno económico el primer efecto del desconcierto es el frenazo brusco del consumo de los hogares. Como ya sucedió en 2008 la primera reacción es “ahorrar para lo que pueda venir”. El riesgo al despido en un empleo fijo, tener un trabajo temporal, ser autónomo o depender de un subsidio son situaciones que empujan a reducir el consumo en todos los capítulos posibles.

Recuperación económica: en V, en L o en K

Mucho se está hablando sobre la potencial recuperación económica post-Covid. Los economistas plantean varios modelos, simbolizados por letras. No incluyo la U o la W para no liarlo más.

La recuperación en V -la más optimista- contempla un rebote casi instantáneo, para volver a la situación de partida, a la “nueva normalidad”. Esta visión no sólo es incierta, en particular para el caso español, sino que fomenta el quietismo (las cosas volverán a su cauce por sí mismas) y la ansiedad porque el rebote no acaba de llegar.

La recuperación en L pronostica unos duros años económicos por delante, arrastrándonos por el suelo de la crisis económica durante no se sabe cuánto tiempo.

La recuperación en K prevé que habrá ganadores -trazo de la K hacia arriba- y perdedores pues esta crisis dará un nuevo vuelco a sectores enteros de la economía. ¿De qué depende situarse en el trazo ascendente o descendente de la K?

La pasividad mata la economía

Dependerá de la puesta en marcha de políticas activas y coordinadas, basadas en acuerdos políticos y sociales. No nos engañemos: estamos ante una crisis económica igual o más grave que la de 2008. Y para que tras aquella estocada la actual no sea la puntilla el esfuerzo de concertación social y política debe ser sustancial.

La concertación debería tener dos ejes. El primero se basa en el apoyo decidido tanto a los sectores que pueden liderar la recuperación como a los que exigirán una restructuración importante (digitalización, reasignación de recursos a actividades más productivas, etc.). Ello debería ir acompañado de una acción gubernamental que modernice la creación de nuevas empresas, el acceso al crédito de las Pymes y autónomos, etc.

El segundo eje debería dirigirse a dotar de cobertura asistencial a los sectores de población que más están sufriendo el impacto: recualificación laboral, subsidios en tiempo y forma…

¿Estaremos a la altura de la tarea?

El próximo post dentro de dos martes, el 10 noviembre 2020

Sociedad con Covid-19 (IV): acciones colectivas

Estamos peor

Desde el punto de vista sanitario la segunda ola del Covid-19 parece ser más grave que la sufrida en primavera. A ello se añaden dos factores que la empeoran: la polarización entre partidos políticos y el agotamiento y hartazgo en amplios sectores de la sociedad.

No, dada la trifulca interminable entre las formaciones políticas, sinceramente no puede esperarse mucho de ellas a la hora de combatir la pandemia del Covid-19; al menos hasta que un cambio en el sistema representativo-electoral permita supervisar de verdad a los votados por parte de los votantes. Es como si nos hubiéramos quedado huérfanos.

Así, a la mayoría de los entrevistados en el Barómetro del CIS de este mes de septiembre, la política que estaba siguiendo el Gobierno actual para luchar contra el COVID-19 (pregunta 8) les merecía poca o ninguna confianza (56,8%), frente al 31,6% que les merecía mucha o bastante.

Los psicoanalistas hablarían de “la muerte del padre”, pero no es mi caso. Yo hablaría de un vacío social que se puede y se debe llenar. ¿Por quién? Por nosotros.

Es la hora de remontar construyendo

Se han realizado multitud de pronunciamientos por parte de asociaciones profesionales y ciudadanas, incluyendo críticas y llamamientos a gobernantes y partidos políticos para hacer las cosas de otra manera. Por desgracia sin resultados.

Hay que ir más allá y salir al paso de carencias que literalmente están segando vidas, impactando severamente en la salud de miles y miles de personas, hundiendo económicamente a centenares de miles de pequeñas empresas, trabajadores autónomos y hogares, horadando la confianza social y deteriorando la convivencia cotidiana y el bienestar personal.

Hemos hecho gestos solidarios con el personal sanitario y con los colectivos más vulnerables a la pandemia; hemos clamado por una acción positiva y coordinada de los poderes públicos. ¿Podemos hacer algo más? Sí, pero no de cualquier manera.

Creo que es el momento de plantear la batalla contra la pandemia a partir de redes de colaboración desde dentro de la sociedad civil y a dos niveles: el del asociacionismo y el de la incorporación de nuevos comportamientos grupales y colectivos.

Asociaciones civiles: ¡a sus puestos!

Echo en falta -más allá de los necesarios pronunciamientos- recibir de entidades solventes información clara y confiable sobre las medidas sanitarias que puedan frenar la expansión del virus, controlar sus efectos y reducir su impacto en el bienestar de las personas. ¿Alguien -me refiero a sociedades médicas o similares, no a tertulianos de televisión- ha explicado la eficacia de cada tipo de mascarilla, su mantenimiento adecuado, su uso cotidiano y su duración? Mi experiencia consultando media docena de farmacias cercanas a mi domicilio fue más deprimente… ¿Son más seguros los espacios al aire libre o las viviendas de 60 m2 de reducida ventilación donde conviven familias numerosas?

Echo también en falta información sencilla, asequible y solvente sobre la normativa dictada por las diferentes administraciones sobre confinamientos, uso de espacios colectivos, acceso a centros de salud, actuación en caso de contacto con personas contagiadas, cuarentenas, etc.

Junto a quienes pueden aportar la información citada existen también asociaciones de vecinos, de mayores y jubilados, de familias con hijos escolarizados, de profesionales de distintas ramas, etc. que podrían canalizar entre sus miembros las orientaciones recibidas. Pero la verdad es que carecemos de forma sistemática de esos canales transversales de colaboración. No contamos con un diálogo fluido entre las asociaciones de personal sanitario y las que agrupan a los usuarios del sistema de salud.

En otra página de esta web estoy incorporando poco a poco el listado de asociaciones y entidades que creo podrían ir tejiendo esa red de colaboraciones, en particular en lo que se refiere a la lucha contra el Covid-19. Todas las sugerencias serán bienvenidas.

Nuevos comportamientos sociales

El segundo nivel parte de la constatación de que los hábitos de protección contra la pandemia sólo se adquieren de forma grupal, no individual. Necesitamos apoyos sociales para mejorar comportamientos, no condenas. No pueden decirnos sin más que si hemos tenido contacto cercano con una persona contagiada nos confinemos en nuestro domicilio y ya está. ¿Y nuestro trabajo? ¿Quién lleva a los hijos al colegio? ¿Quién realiza las mil y una gestiones cotidianas? Facilitemos los hábitos y medidas saludables, evitando señalar a las víctimas como si fueran también culpables.

En el caso de nuestros país existe una significativa carencia de análisis e intervenciones serias sobre la dimensión grupal de la propagación del virus y las herramientas psico-sociológicas o conductuales para su contención. Las epidemias son fenómenos tan sociales como sanitarios. Pero, aparte de algunas encuestas de opinión, desconozco la existencia de esfuerzos por calibrar los mecanismos colectivos que intervienen o que pueden ponerse en práctica. No es ciencia infusa. Varios premios Nobel en los últimos años están dedicados a ello.

El próximo post dentro de dos martes, el 27 octubre 2020

Sociedad con Covid-19 (III): ¿de la solidaridad a la desconfianza?

Fuimos los más solidarios…

A pesar de la desinformación sistemática tanto en noticias como en datos… a pesar del penoso espectáculo de descoordinación entre administraciones públicas… a pesar del duro coste en vidas humanas, en particular entre los más vulnerables en residencias de mayores… a pesar del sacrificado trabajo del personal sanitario… a pesar del coste educativo, laboral y económico de sectores enteros… hemos sido el país más (esta vez sí) disciplinado del mundo en el confinamiento en el domicilio y el uso de mascarillas.

pero hemos tenido una gestión pública irresponsable

El juego interesado entre los partidos políticos -agravando las tensiones entre las CCAA y el gobierno central- desembocó en una dejación escalonada de las obligaciones de unos y otros, provocando un desconfinamiento irresponsable al comienzo del verano. Así lo señala un reciente estudio comparativo de nueve países publicado en la revista The Lancet, que señala al Reino Unido y a España como los países con peor gestión de la pandemia. Otro reciente artículo, esta vez del New York Times, se titula precisamente “La incompetencia de los políticos españoles puede ser tan mortal como la COVID-19“.

Nuestras reacciones post-confinamiento: de la sensación de liberación…

Tras las duras condiciones durante la primavera, la llegada del verano se ha vivido como una liberación, como una recompensa al sacrificio, como la vuelta a la “nueva normalidad“. Todo ello en el mismo contexto de desinformación y de guerra entre unos partidos políticos cuyo campo de batalla sigue siendo los medios de comunicación y los gobiernos central y autonómicos.

…al choque con la segunda ola de la pandemia…

Pero la realidad del Covid-19 ha tornado con mayor virulencia en un escenario mucho más complicado -comienzo del curso escolar, crisis económica, crispación política más aún si cabe- y descubriendo que las contingencias prometidas por las Administraciones Públicas habían quedado en papel mojado.

…a los comportamientos dispares…

Carlos Marx escribió hace más de siglo y medio que…

Los hombres [ahora se diría también “y las mujeres”] hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.

El 18 Brumario de Luis Bonaparte, cap.1

Esto es aplicable a nuestra actual situación en la que seguimos sin tener informaciones y directrices claras sobre cómo actuar. Recientemente lo he comprobado yo mismo cuando al preguntar en media docena de farmacias sobre qué tipo de mascarillas utilizar he obtenido seis respuestas totalmente dispares. Pero los ejemplos son continuos desde políticos y tertulianos, canalizados por los llamados medios de comunicación y las redes sociales.

No es de extrañar pues que los comportamientos de autoprotección ante el Covid-19 estén condicionados fuertemente por circunstancias socio-demográficas, tal y como señala un reciente estudio. Por eso antes de culpabilizar a unos u otros, más valdría conocer esas circunstancias y aplicar las medidas apropiadas. No será por falta de guías para ello (ver aquí, aquí o aquí).

…y a la desconfianza

Cuando se forma parte de un grupo social al que los medios de comunicación y redes sociales culpabilizan de la expansión del Covid-19 (jóvenes, mayores, migrantes, etc.) o temen consecuencias negativas (cuarentena domiciliaria o pérdida de actividad económica), la reacción inmediata puede ser el ocultamiento de las conductas o de los posibles síntomas, incluyendo el rechazo a pasar el test correspondiente.

Se alimenta así la espiral de la desconfianza, no sólo respecto a las Administraciones Públicas sino entre grupos sociales diferenciados. Las actitudes sociales negativas pueden ser incluso hacia quienes no lleven mascarilla u otros comportamientos externos. Según un estudio reciente en el Reino Unido, la fractura social derivada de esta dinámica está siendo más profunda que la que generó el referéndum del Brexit.

¿Vacunación?

No hay en España un estudio similar, pero sí conocemos las opiniones sobre una eventual vacunación. En una encuesta realizada para la FECYT, fundación pública del Ministerio de Ciencia e Innovación, sólo un 32% de los encuestados se muestra totalmente favorable a recibirla, el 36% estaría en una posición favorable, aunque con algunas reticencias, y el 23% muestra un nivel de reserva alto. Cifras parecidas ofrece el Barómetro del CIS de este mes de septiembre, cuando (pregunta 7) sólo el 44% dice estar dispuesto/a a vacunarse inmediatamente cuando se tenga la vacuna, frente a un 40% que responde negativamente.

Impacto social diferente del Covid-19 según cada país

En fin, no todos los países han visto su cohesión social afectada por el Coronavirus de la misma forma. Entre 14 países desarrollados una encuesta internacional del Pew Research Center revela que en España el 59% de la población piensa que el país está ahora más dividido que antes de la pandemia, pesimismo solamente superado por los Estados Unidos de Donald Trump.

¿Podemos hacer algo?

Sí.

El próximo post dentro de dos martes, el 13 octubre 2020