¿Nos estamos hundiendo? I: la situación

El diluvio de [pseudo]informaciones con el que los medios de comunicación y los dirigentes políticos nos bombardean a diario, junto a la crispación social que fomenta, embota nuestra capacidad de atención y nos deja sumidos en una mezcla de irritación y desesperación.

Nos sentimos zarandeados igual que lo hacen las olas del mar, mientras intentamos asirnos a los restos del naufragio. La entrada en pánico nos lleva a veces a agarrarnos al cuello de otra persona, incluso aunque sospechemos que así ambos acabaremos en el fondo.

​Los árboles y el bosque

En esta situación es difícil tener una perspectiva clara de dónde estamos -poder formular con claridad el problema- que es sin embargo un paso previo imprescindible para ser capaz de buscar soluciones. Por eso es necesario remontar el vuelo y obtener una visión de conjunto.

En esencia, aun a riesgo de presentar un panorama demasiado resumido, nos encontramos inmersos en un cambio en profundidad en la historia de sociedades desarrolladas como la nuestra. Los nuevos elementos surgidos durante los últimos decenios del siglo XX impactan contra unas reglas de juego económicas, sociales y políticas que ya no sirven para encarar las nuevas tensiones.

​Un panorama demográfico transformado

Desde el punto de vista demográfico asistimos a la beneficiosa prolongación de los años de vida saludable, acompañada por una reducción de la natalidad en el mundo desarrollado y los países emergentes asiáticos. Sólo África sigue manteniendo tasas de natalidad altas, lo que se traduce en una creciente descompensación de la población entre regiones mundiales, con la consiguiente presión migratoria.

Pero en el seno de las sociedades occidentales un factor de avance como es la progresiva incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, gracias la mejora de los niveles educativos y las técnicas de control de la natalidad, no ha encontrado todavía una respuesta satisfactoria en el conjunto de la sociedad tanto dentro como fuera del hogar, lo que genera tensiones laborales y sociales sin resolver.

El impacto de la globalización

La irrupción de las nuevas tecnologías de la información, por un lado, y el abaratamiento del coste de los transportes (al menos antes de la pandemia), por otro, han provocado la deslocalización mundial en la fabricación de bienes y las cadenas de suministros: la “globalización”. El impacto en los mercados de trabajo de las sociedades desarrolladas ha sido demoledor y los gobiernos de éstas, tanto de “izquierdas” como de “derechas”, no han hecho esfuerzos sustanciales para ayudar a los “perdedores” de la globalización, más allá de poner en marcha subsidios de tipo clientelista.

En las sociedades desarrolladas, las élites financieras y tecnológicas (el 1% de la población) han multiplicado su cuota de riqueza, mientras las clases media y media-baja están sufriendo una seria disminución de sus ingresos y un deterioro profundo de su estatus social, alimentando así los populismos de izquierda y de derecha. En contraposición, extensas capas de población en los países emergentes están saliendo de la pobreza extrema, de modo que en conjunto la población mundial está viviendo una mejora de su nivel de vida.

​¿Cómo estamos reaccionando en un país como el nuestro?

Dicho con una sola palabra: MAL.

Ante encrucijadas como la actual la historia nos enseña que la situación puede resolverse en un sentido positivo -un avance de las sociedades en su conjunto- o una regresión social. El resultado no está dado de antemano sino que depende de si contamos con estructuras de participación social inclusivas o no, es decir que permitan el equilibrio de intereses entre diversos grupos sociales con unas reglas de juego democráticas y respetuosas con el adversario.

Se podría argumentar que “nuestras instituciones” están mostrando una “resiliencia” a prueba de fallos y por tanto no hay que ser alarmistas. Pero la acumulación de tensiones siempre da paso a un momento de ruptura en el que ya no hay vuelta atrás. Hay quien sigue pensando que “cuanto peor, mejor”, pero lo más probable es que sin soluciones constructivas “cuanto peor, será peor”.

Un ejemplo: el reto demográfico

Para responder al aumento de la esperanza de vida de las personas y no penalizar a los jubilados presentes y futuros se necesita ampliar la base de contribuyentes, es decir ampliar el mercado de trabajo en número, en cualificación y en estabilidad. En las sociedades occidentales la única vía para hacerlo es el esfuerzo en investigación, desarrollo e innovación, no a base de exenciones fiscales para quien haga algo, sino a partir del liderazgo activo de un estado emprendedor.

Basta con echar una ojeada a las cantidades que en España, en el marco de los Fondos Europeos NGEU, se destinan a la investigación y desarrollo o la mejora de los niveles educativos de la población española para ver que no vamos por la senda adecuada.

Continuará en el siguiente post.

El próximo post dentro de dos martes, el 20 julio 2021

Votando con el corazón [roto]

En una democracia es consustancial acudir a las urnas periódicamente. Hay quien creen que votamos demasiadas veces y hay quien piensa lo contrario. Pero a la hora de hablar sobre por qué votamos lo que votamos las discrepancias se disparan más y el debate se hace pasional. Se dice, aunque no comparto, que “nos merecemos los dirigentes que tenemos”, lo que viene a querer decir que votamos torpemente y después pasa lo que pasa.

Uno: por qué votamos lo que votamos

Existe toda una cadena causal que desemboca en la papeleta que elegimos.

En primer lugar nuestra capacidad para sopesar los pros y contras de cada opción electoral es bastante limitada, y eso suponiendo que cada partido hubiera explicado previamente cómo piensa lidiar con los principales problemas económicos, sociales o políticos.

Sólo un ejemplo. ¿Qué propone cada partido político sobre los 140.000 millones de euros (sí: 140.000.000.000 de euros; la propia cifra ya marea) que el Instrumento Europeo de Recuperación, «Next Generation EU» (NGEU) asigna a España para los próximos años? El NGEU marcará nuestra situación económica y de bienestar personal actual y futura, y la de nuestro entorno. ¿Cuántas discusiones familiares con nuestro cuñado “fachoso” o nuestra sobrina “podemita” hemos dedicado a este tema? Claro que el Parlamento español tampoco invirtió mucho más tiempo para debatir el Real Decreto-Ley que lo regula.

Dos: los temas públicos de debate

Las declaraciones de los políticos y los ecos cruzados continuos en los medios de comunicación y redes sociales nos marcan al común de los mortales la agenda de cuáles son los temas “de actualidad” que hay que debatir: desde Rocío Carrasco (Rociíto) hasta la familia real británica, pasando por la campaña de vacunación o las elecciones a la Comunidad de Madrid. Los temas que se nos ofrecen no son los que elegimos sino más bien los que puedan llamar más nuestra atención, en una espiral cada vez más sensacionalista, porque ya sabemos que la atención es un bien escaso y encima nos piden que la “prestemos“.

A partir de este carrusel mediático es como nos formamos una imagen de lo que ofrece cada alternativa política. Nuestras capacidades cognitivas son tan escasas como nuestra atención, además de sesgadas, por lo que sólo podemos retener unas pocas pinceladas para dibujar dicha imagen. ¿Qué rasgos seleccionar? Aquí viene el tercer elemento.

Y tres: las emociones como herramienta para tomar partido

No estamos para florituras, matizaciones o distingos. Tenemos que poder elegir con sencillez a qué carta quedarnos y el instrumento más socorrido para ello es echar mano de las emociones: nos gusta un partido o no nos gusta; nos cae bien o nos cae mal; estamos a favor o en contra; etc. Y si estamos a favor de un partido en un tema concreto casi seguro que estaremos también de acuerdo con él en cualquier otra cuestión; aunque lo habitual es estar más “en contra de…” que “a favor de…“. Esto viene alimentado por la crispación que políticos y medio de comunicación fomentan permanentemente.

En consecuencia al final votamos con el corazón, a pesar de que muchas veces el corazón no quede totalmente satisfecho.

​Por eso necesitamos representantes [políticos]…

Con este panorama es imposible que 47 millones de españoles nos pongamos de acuerdo ni siquiera en las cosas más básicas. De ahí la necesidad de elegir quien represente mejor los principales enfoques sociales y políticos (aunque sean emocionales), para que después esas personas lleguen a acuerdos y compromisos que hagan posible la gestión de los bienes comunes de toda la sociedad.

​…aunque no sea suficiente

¿Cómo es posible pasar del “me cae bien o me cae mal” a gestionar los 140 mil millones y muchísimas cosas fundamentales más, que ponemos en manos de nuestros representantes políticos? Es un salto en el vacío que da vértigo. Por eso hacen falta también otros ingredientes.

Se habla en primer lugar de un Estado de Derecho, es decir de fijar unas reglas democráticas que deben ser cumplidas por todos, empezando en particular por los representantes políticos. Y aquí hay que incluir una regulación más estricta de los propios partidos políticos que son en España excesivamente poderosos y poco democráticos externa e internamente.

En segundo lugar se habla de las “virtudes democráticas” que Levitsky y Ziblatt en su libro Cómo mueren las democracias denominan los dos guarda-raíles de la democracia; a saber: el respeto mutuo y la contención. ¿Qué nota sacan nuestros políticos en respeto mutuo y contención? Además hay que añadir los deberes de transparencia y rendición de cuentas ante los votantes ¿Qué tal por este lado?

Pero también tenemos nuestros deberes: la sociedad civil debe “atar más en corto” al Estado, por medio del asociacionismo y la participación. No insisto aquí más sobre este punto.

El próximo post dentro de dos martes, el 27 abril 2021

Sociología política del coronavirus

Un mismo virus, un impacto diferente

El coronavirus se ha extendido por todo el mundo y sin embargo sus efectos van a ser -están siendo- muy distintos de un país a otro. Y no me refiero sólo a las tasas de contagio y mortalidad sino también a sus efectos en cadena en otros ámbitos.

Por qué los efectos son distintos

Aunque a menor escala (por ahora) el COVID-19 es lo que Acemoglu y Robinson definen como una coyuntura crítica:

“Es un gran acontecimiento o una confluencia de factores que trastorna el equilibrio económico o político existente en la sociedad. Una coyuntura crítica es una arma de doble filo que puede provocar un giro decisivo en la trayectoria de un país. (…) El hecho de comprender cómo la historia y las coyunturas críticas perfilan el camino de las instituciones económicas y políticas nos permite tener una teoría más completa de los orígenes de las diferencias en pobreza y prosperidad.”

Por qué fracasan los países, p.127

Así pues, los efectos dependen de las instituciones económicas y políticas de cada país en el momento del impacto.

Cómo nos ha pillado en el caso español

Pues con un gobierno débil (esto ya lo sabíamos desde el día que se constituyó), una institución monárquica en shock post-traumático, una sanidad que resultó no ser la mejor del mundo, un Estado de las Autonomías tensionado al máximo, una Unión Europea más invertebrada que nunca, una dolorosa remontada de la crisis económica del 2008, un mercado de trabajo precarizado y con más de un 13% de desempleo antes de la pandemia, un aparato judicial en la UCI, unas economías familiares maltrechas y una crispación política sin precedentes.

Dadas estas circunstancias no supone una sorpresa:

  • que el gobierno esté ejerciendo un liderazgo en ocasiones errático y contradictorio, con preocupantes ramalazos autoritarios;
  • que la única forma de que todas las Comunidades Autónomas actuaran en la misma (relativa) dirección haya sido decretando el Estado de Emergencia; (de esto hablaré más otro día)
  • que el seguimiento epidemiológico de la pandemia siga careciendo de datos fiables;
  • que el impacto en el sistema sanitario, en la tasa de contagios entre su personal y el número de fallecimientos en las residencias de ancianos haya sido devastador;
  • que nuestras preocupaciones empiecen a bascular del miedo a la pandemia al miedo a una nueva crisis económica.

Es como el boxeador que tras recibir un primer gancho que le ha dejado de rodillas sobre la lona recibiera ahora un segundo puñetazo.

Inseguridad, “depender de…” y los nuevos pobres

Este segundo puñetazo crearía un dramático impacto en la economía de los hogares. No se trata sólo de situaciones de deprivación sino también, y algunas veces sobre todo, la inseguridad y el no poder contar con medios propios: autónomos y pequeños empresarios abocados al cierre, asalariados en precario o amenazados de ERTEs, EREs o simplemente despidos.

Para muchos sectores tradicionales de trabajadores y clases medias empobrecidas no valen Rentas Básicas Universales o Ingresos Mínimos Vitales. Sienten que se les ha arrebatado la dignidad que provenía del esfuerzo que venían realizando estos últimos años y que merecía un reconocimiento social mejor. Son los llamados nuevos pobres creados por la crisis de 2008 y que pueden recibir un severo agravamiento en profundidad y extensión en la crisis que viene. Si además sienten que otros “más pobres” son los que reciben las ayudas, subvenciones y apoyos encontramos a los que la socióloga norteamericana Arlie Hochschild describía en su libro Extraños en su propia tierra: los “dejados atrás” que van alimentando una respuesta emocional no exenta de amargura. En Estados Unidos son los principales apoyos del Tea Party y del voto a Donald Trump.

¿Qué hacer?

A Napoleón Bonaparte se le atribuye la frase:

“Si quieres solucionar un problema, nombra un responsable; si quieres que el problema perdure, nombra una comisión”

Georges Clemenceau, primer ministro durante la Tercera República francesa, abundaba en lo mismo:

“Si quiere usted enterrar un problema, nombre una comisión”

En España esa comisión suele ser parlamentaria, ¿como la que se pretende para los “segundos Pactos de la Moncloa”?

Pero si el “responsable” que dice Napoleón es algún tipo de caudillo, que no cuenten conmigo.

¿Qué hacemos entonces? Necesitamos que desde la propia sociedad construyamos una coalición de sectores sociales que sume esfuerzos e intereses. No habrá pacto nacional sin una presión social que obligue a la mayor parte de nuestros representantes a buscar de verdad un consenso. Busquemos entre todos (jubilados, trabajadores, autónomos, pequeños y medianos empresarios y también grandes empresas si son ciertas sus declaraciones de estas semanas). Creemos asociaciones, estados de opinión, conversaciones, propuestas a discutir y negociar y facilitemos el pacto de la aludida comisión parlamentaria.

La tarea no es sencilla pero creo que no hay otro camino.

El próximo post dentro de dos martes, el 26 mayo 2020

Una democracia de mínimos

¿Vivimos en un régimen democrático?

Mal que les pese a los independentistas catalanes España forma parte del reducido pelotón de países del mundo que gozan de una democracia plena. Así lo señalan informes como Freedom in the World 2019 (Freedom House, Washington), The Global State of Democracy 2019 (International IDEA, Estocolmo), V-Dem Annual Democracy Report 2019 (Univ. Gotemburgo) o Democracy Index 2019 (EIU, The Economist).

Este último indicador nos incluye en esa (¿¡privilegiada!?) minoría del 5,7 % de la población mundial que vive en países de democracia plena.

Y sin embargo…

¿Por qué entonces los Barómetros mensuales del CIS nos recuerdan machaconamente que estamos cada vez más descontentos con “Los políticos en general, los partidos políticos y la política“, tal y como también constata el Informe sobre la Democracia en España 2018 de la Fundación Alternativas?

¿Es que somos quejicas por naturaleza y auto-críticos hasta la exasperación o hay algo más en esta aparente contradicción?

¿Cuáles son los ingredientes de una democracia plena?

Esos informes calculan el índice partiendo de cuatro elementos:

  1. la existencia de libertades y derechos civiles amplios
  2. la existencia de pluralismo político y procesos electorales libres
  3. la acción del gobierno
  4. la participación política de la ciudadanía

De los dos primeros andamos sobrados, con altas puntuaciones en estos informes.

Pero ¿qué pasa con la “acción del gobierno”?

Ahí puntuamos menos. No es de extrañar ya que que este elemento considera la existencia o no de instituciones independientes que controlen las actuaciones del gobierno, la transparencia y rendición de cuentas de sus acciones, el acceso público a la información, la existencia de corrupción, etc. Basta con echar una ojeada a los informes de la Fundación Civio, la AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) o la Oirescon (Oficina Independiente de Regulación y Supervisión de la Contratación) para constatar lo que sospechábamos.

¿Y el cuarto elemento, “la participación política de la ciudadanía?

Acemoglu y Robinson, autores del famoso libro Por qué fracasan los países, nos recuerdan en su obra más reciente, El pasillo estrecho, que para salir de la situación de barbarie las sociedades primitivas necesitan erigir un Estado “para controlar la violencia, hacer cumplir las leyes y proporcionar servicios públicos que son cruciales para una vida en la que las personas tienen poder para hacer elecciones y luchar por ellas” (p.16). Pero, añaden a renglón seguido, “una sociedad fuerte y movilizada es necesaria para controlar y encadenar al Estado fuerte“.

¿Tenemos esa sociedad? Mucho me temo que no. Como comentó el mismo Acemoglu en su reciente visita a España No cabe duda de que el tejido institucional español no es suficientemente inclusivo, necesita una reforma radical“. No existen organizaciones fuertes realmente autónomas que representen los intereses de tales o cuales sectores sociales, con capacidad para plantear a los poderes públicos sus demandas y, en particular que “aten en corto” la acción de los organismos del Estado.

Entendiendo la aparente contradicción

¿Cómo entonces se conjugan unos elementos y otros en nuestro sistema democrático? ¿Cómo conviven dos “ingredientes” potentes de la democracia plena con otros dos con resultados más pobres?

Vaya por delante que un régimen democrático requiere sin duda la existencia de partidos políticos. Éstos cumplen (o deberían) una doble función: la de representar las distintas corrientes de opinión y posturas políticas de una sociedad, y la de negociar y llegar a acuerdos entre los partidos para cimentar gobiernos estables y eficaces.

Un primer problema surge cuando los partidos políticos se convierten no en representantes sino en delegados, es decir una vez que votamos (que no elegimos) perdemos nuestra influencia sobre ellos (“vótame y olvídame”).

Y entonces, para que sigamos votando a algún partido, estamos sometidos a una excitación continua, una confrontación de papel escenificada en los telediarios y las tertulias “políticas”de los platós de televisión, que apela a nuestros miedos y fobias con objeto de intentar enfrentarnos unos contra otros, obligarnos a tomar partido (“o eres comunista o eres fascista”) y levantar barreras identitarias (“yo soy de los míos y los otros son los culpables de todos nuestros males”).

El segundo problema es que los partidos, en particular los mayoritarios, acumulan un exceso de poder interno (sus cúpulas someten a una férrea disciplina a sus cargos públicos y parlamentarios) así como externo: copando las Administraciones Públicas, contratando “personal de confianza”, acaparando subvenciones públicas para organizaciones o fundaciones propias, nombrando los miembros del Consejo General del Poder Judicial (¿dónde ha quedado la separación de los poderes -legislativo, ejecutivo y judicial- de la que hablaba Montesquieu?), etc.

Más vale ir pensando qué hacer sin esperar a lo que digan nuestros “representantes”.

El próximo post dentro de dos martes, el 3 de marzo