Asociarse: por qué, para qué y cómo

Últimamente he insistido en la necesidad de asociarse para que la ciudadanía pueda intervenir con eficacia en la gestión de los asuntos públicos. Y se me ha preguntado que “cómo se come eso”.


“Defender nuestras instituciones democráticas”

En estos tiempos de populismo, discursos de odio, radicalización y crispación políticas surgen múltiples voces en “defensa de nuestras instituciones democráticas“. Pero esto dicho sin más es algo que se entiende mal, sobre todo cuando esas instituciones aparecen como vaciadas, ineficaces y desconectadas con los problemas y aspiraciones de la gente.

Propongo en cambio promover el diálogo y entendimiento entre grupos sociales, como fundamento y cimiento de esas instituciones democráticas. Se trata de recomponer la sociedad civil, estableciendo ese diálogo entre sectores sociales DIRECTAMENTE y no a través de la mediación viciada de los representantes políticos actuales. Fortaleceríamos así las bases de unas instituciones democráticas más sanas.

Mi muchas veces citado Alexis de Tocqueville decía:

“el despotismo, peligroso en todos los tiempos, resulta mucho más temible en los democráticos. No hay país donde las asociaciones sean más necesarias para impedir el despotismo de los partidos o la arbitrariedad del príncipe, que aquel cuyo estado social es democrático”.

La democracia en América

¿Asociarse? ¿Para qué?

No tenemos en España fama de ser muy dados a asociarnos, aunque es algo que se produce con más frecuencia de lo que parece. En general lo que hay es un asociacionismo basado en rasgos compartidos: los de mi profesión, los de mi edad, los de mi pueblo, los de mi equipo de fútbol, etc.

Esta dinámica es normal que se produzca, aunque no está exenta de peligros. Asociarse así puede llevar a excluir a quienes no comparten mis rasgos, a la falta de comunicación y al enfrentamiento entre grupos. Como he comentado en otro sitio, el asociacionismo identitario incrementa la polarización y las tensiones sociales. El ejemplo más notorio fue la República de Weimar, el régimen político de Alemania de 1918 a 1933, entre la hecatombe de la Primera Guerra Mundial y el advenimiento del nazismo. Una de las características más notables de ese periodo fue la floreciente vida asociativa. El ascenso nazi se apoyó en esa densa y polarizada sociedad civil.

De DEFENDER mis intereses a ATACAR los problemas

Mi propuesta es desarrollar la COLABORACIÓN TRANSVERSAL ENTRE ASOCIACIONESnaturales“.

Me explico con un ejemplo. ¿Cómo abordar el terrible drama de la muerte masiva de personas en las residencias de ancianos de estos meses? Habría cuatro maneras:

  • dejar en manos de los (partidos) políticos la búsqueda de soluciones: lo más probable es que se convierta en la enésima refriega de reproches mutuos y otro espectáculo bochornoso en los órganos de “representación” y medios de comunicación (mi voto en contra)
  • que los familiares de las personas afectadas inicien los procedimientos judiciales o no para pedir aclaraciones y responsabilidades (necesario, merecedor de todo nuestro apoyo, pero insuficiente debido al “atomismo”)
  • que las asociaciones que representan a los colectivos afectados pongan en marcha pronunciamientos, movilizaciones y acciones para la defensa de sus intereses: familiares de fallecidos, sindicatos del personal de las residencias, asociación de empresarios del ramo, médicos geriatras, colectivos de mayores, etc. (respetable, aunque se corre el riesgo del corporativismo, el choque entre bloques y caer en la trampa “identitaria“)
  • pero creo que es necesario la colaboración TRANSVERSAL ENTRE LOS COLECTIVOS Y ASOCIACIONES antes mencionados, de forma que se gane en fortaleza basada en la diversidad y en la amplitud de enfoques. Sin olvidar los intereses de cada colectivo, habría que ir más allá atacando los problemas y buscando soluciones justas y de consenso.

¿Se siguen necesitando entonces los (partidos) políticos?

La respuesta es . El asociacionismo “civil” no excluye la construcción para el conjunto de la sociedad de consensos políticos, por medio de los acuerdos entre partidos, y la creación de equipos (gobiernos) que administren la cosa pública.

Pero hay que poner en práctica dos reglas no escritas, que Levitsky y Ziblatt llaman “guardarraíles de la democracia“: la tolerancia mutua y la contención institucional.

“La tolerancia mutua alude a la idea de que, siempre que nuestros adversarios acaten las reglas constitucionales, aceptamos que tienen el mismo derecho a existir, competir por el poder y gobernar que nosotros”.
(…)
“Una segunda norma crítica para la supervivencia de la democracia es lo que hemos venido en llamar “contención institucional“. “Contención” significa “autocontrol paciente, templanza y tolerancia” o “la acción de refrenarse de ejercer un derecho legal”. Para los fines que nos ocupan, podemos concebir la contención institucional como el evitar realizar acciones que, si bien respetan la ley escrita, vulneran a todas luces su espíritu”.

Cómo mueren las democracias

En los EE.UU. de Trump o la Rusia de Putin estos guardarraíles han saltado hechos pedazos. ¿Y en España?

El próximo post dentro de dos martes, el 21 julio 2020

Sociología política del coronavirus

Un mismo virus, un impacto diferente

El coronavirus se ha extendido por todo el mundo y sin embargo sus efectos van a ser -están siendo- muy distintos de un país a otro. Y no me refiero sólo a las tasas de contagio y mortalidad sino también a sus efectos en cadena en otros ámbitos.

Por qué los efectos son distintos

Aunque a menor escala (por ahora) el COVID-19 es lo que Acemoglu y Robinson definen como una coyuntura crítica:

“Es un gran acontecimiento o una confluencia de factores que trastorna el equilibrio económico o político existente en la sociedad. Una coyuntura crítica es una arma de doble filo que puede provocar un giro decisivo en la trayectoria de un país. (…) El hecho de comprender cómo la historia y las coyunturas críticas perfilan el camino de las instituciones económicas y políticas nos permite tener una teoría más completa de los orígenes de las diferencias en pobreza y prosperidad.”

Por qué fracasan los países, p.127

Así pues, los efectos dependen de las instituciones económicas y políticas de cada país en el momento del impacto.

Cómo nos ha pillado en el caso español

Pues con un gobierno débil (esto ya lo sabíamos desde el día que se constituyó), una institución monárquica en shock post-traumático, una sanidad que resultó no ser la mejor del mundo, un Estado de las Autonomías tensionado al máximo, una Unión Europea más invertebrada que nunca, una dolorosa remontada de la crisis económica del 2008, un mercado de trabajo precarizado y con más de un 13% de desempleo antes de la pandemia, un aparato judicial en la UCI, unas economías familiares maltrechas y una crispación política sin precedentes.

Dadas estas circunstancias no supone una sorpresa:

  • que el gobierno esté ejerciendo un liderazgo en ocasiones errático y contradictorio, con preocupantes ramalazos autoritarios;
  • que la única forma de que todas las Comunidades Autónomas actuaran en la misma (relativa) dirección haya sido decretando el Estado de Emergencia; (de esto hablaré más otro día)
  • que el seguimiento epidemiológico de la pandemia siga careciendo de datos fiables;
  • que el impacto en el sistema sanitario, en la tasa de contagios entre su personal y el número de fallecimientos en las residencias de ancianos haya sido devastador;
  • que nuestras preocupaciones empiecen a bascular del miedo a la pandemia al miedo a una nueva crisis económica.

Es como el boxeador que tras recibir un primer gancho que le ha dejado de rodillas sobre la lona recibiera ahora un segundo puñetazo.

Inseguridad, “depender de…” y los nuevos pobres

Este segundo puñetazo crearía un dramático impacto en la economía de los hogares. No se trata sólo de situaciones de deprivación sino también, y algunas veces sobre todo, la inseguridad y el no poder contar con medios propios: autónomos y pequeños empresarios abocados al cierre, asalariados en precario o amenazados de ERTEs, EREs o simplemente despidos.

Para muchos sectores tradicionales de trabajadores y clases medias empobrecidas no valen Rentas Básicas Universales o Ingresos Mínimos Vitales. Sienten que se les ha arrebatado la dignidad que provenía del esfuerzo que venían realizando estos últimos años y que merecía un reconocimiento social mejor. Son los llamados nuevos pobres creados por la crisis de 2008 y que pueden recibir un severo agravamiento en profundidad y extensión en la crisis que viene. Si además sienten que otros “más pobres” son los que reciben las ayudas, subvenciones y apoyos encontramos a los que la socióloga norteamericana Arlie Hochschild describía en su libro Extraños en su propia tierra: los “dejados atrás” que van alimentando una respuesta emocional no exenta de amargura. En Estados Unidos son los principales apoyos del Tea Party y del voto a Donald Trump.

¿Qué hacer?

A Napoleón Bonaparte se le atribuye la frase:

“Si quieres solucionar un problema, nombra un responsable; si quieres que el problema perdure, nombra una comisión”

Georges Clemenceau, primer ministro durante la Tercera República francesa, abundaba en lo mismo:

“Si quiere usted enterrar un problema, nombre una comisión”

En España esa comisión suele ser parlamentaria, ¿como la que se pretende para los “segundos Pactos de la Moncloa”?

Pero si el “responsable” que dice Napoleón es algún tipo de caudillo, que no cuenten conmigo.

¿Qué hacemos entonces? Necesitamos que desde la propia sociedad construyamos una coalición de sectores sociales que sume esfuerzos e intereses. No habrá pacto nacional sin una presión social que obligue a la mayor parte de nuestros representantes a buscar de verdad un consenso. Busquemos entre todos (jubilados, trabajadores, autónomos, pequeños y medianos empresarios y también grandes empresas si son ciertas sus declaraciones de estas semanas). Creemos asociaciones, estados de opinión, conversaciones, propuestas a discutir y negociar y facilitemos el pacto de la aludida comisión parlamentaria.

La tarea no es sencilla pero creo que no hay otro camino.

El próximo post dentro de dos martes, el 26 mayo 2020

En tu partido o en el mío

La pandemia del COVID-19 está poniendo en revisión muchos aspectos de nuestra convivencia, incluyendo la actuación de los partidos políticos y nuestra relación con ellos. De acuerdo, poca gente en España considera que “tiene” un partido político. Pero casi siempre hay alguno por el que sentimos menos antipatía y al que acabamos votando, aunque sólo sea para que no salga otro.

Nuestras emociones políticas

En los Barómetros del CIS no se pregunta cuál es el partido cuyo ideario u objetivos nos parecen más adecuados sino por cuál sentimos más simpatía”, apelando a nuestras emociones no a un cálculo más o menos frío y racional. Estamos próximos a tal o cual partido porque nos sentimos… [“vascos”, “progresistas”, “españoles”, “de nuestro pueblo”, “feministas”, “cristianos”, “libertarios”, etc.]. Tenemos además la ventaja que el abanico de partidos políticos es lo suficientemente amplio como para que la mayoría encuentre un acomodo emocional en alguno de ellos.

Hasta aquí todo bien, pero…

¿Qué haces con mi voto?

Cuando votamos al partido por el que “sentimos más simpatía” estamos también eligiendo a quien NOS REPRESENTA en los Parlamentos, Ayuntamientos o Cabildos. Estos representantes tienen el mandato de negociar políticas con otros partidos y/o gestionar los bienes colectivos. De un representante cabría esperar que de vez en cuando nos dijera qué está haciendo con nuestro voto (y con nuestros impuestos). Y no hablo de grandilocuentes programas gubernamentales sino de si están cumpliendo con su mandato. Me temo que, al menos en el Parlamento nacional, lo que contemplamos son peleas de guiñol que intentan jalear a los espectadores en vez de buscar acuerdos constructivos.

Partitocracia

El problema reside en que los partidos políticos tienen en España un poder excesivo: acaparan el poder legislativo (parlamentos), ejecutivo (gobiernos emanados de los parlamentos) y judicial (controlan el Consejo General del Poder Judicial y la Fiscalía General).

Pero además los partidos gobernantes en cada nivel acumulan cargos públicos y “asesores” hasta niveles desproporcionados, gozan de aforamientos, se financian en su mayor parte de las arcas públicas, y sus élites dirigentes gobiernan con mano de hierro sus organizaciones: control férreo de las listas electorales, control aún más férreo de los órganos internos de gobierno, de los dirigentes territoriales, etc. Se me dirá que la mayoría eligen al líder en “primarias”, pero después éste actúa casi como un reyezuelo: que cada uno piense en la actuación del líder del partido al que ha votado en las últimas elecciones. Más preocupante aún es que este comportamiento se reproduzca también en los “partidos nuevos (UP, Cs o Vox) o los nacionalistas.

Luz y taquígrafos: transparencia y rendición de cuentas

Hay quien concluiría que los partidos políticos deberían desaparecer. No puedo estar más en desacuerdo. Sería un error prescindir de nuestros representantes, y dejar la gestión de la política ¿en manos de quién…?

“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”

F.D. Roosevelt

Lo dicho por Roosevelt, en la recta final de la II Guerra Mundial y poco antes de su propia muerte, no se lo aplican nuestros partidos políticos. Pero la única forma de que la desafección de la ciudadanía hacia el sistema político en general y los partidos en particular no siga creciendo es contando con dos elementos de los cuales ya hablé en otra ocasión: la transparencia en lo que hacen como nuestros representantes y la responsabilización en las actuaciones.

No cambies de partido: cambia tu partido

Se puede hacer más. Quienes sean miembros de un partido político pueden reclamar que funcione hacia adentro como un organismo democrático, superando los modos autoritarios y de clientelismo interno que hoy día contemplamos.

Y los votantes preguntemos a nuestros representantes, en el Congreso de Diputados, en el Senado, en las cámaras autonómicas (por ejemplo, la Asamblea de Madrid) o los ayuntamientos (por ejemplo, Donostia-SanSebastián): “¿Qué haces con mi voto?”

Propongo enviar nuestras preguntas por correo a quien encabezara la candidatura que en su día votamos en cualquiera de los ámbitos aquí señalados. Espero que su dirección de correo electrónico esté disponible, no como ocurría con numerosos Diputados del Congreso, como ya señalé aquí. ¿Nos contestarán?

Ante el riesgo de despotismo asociémonos los ciudadanos, como aconsejaba Tocqueville en su visita a la entonces joven nación norteamericana:

“El despotismo … llama turbulentos e inquietos a los que tratan de unir sus fuerzas para la común prosperidad, y, cambiando el sentido natural de las palabras, denomina buenos ciudadanos a los que se encierran por entero en sí mismos. (…) El despotismo, peligroso en todos los tiempos, resulta mucho más temible en los democráticos.”

“No hay país donde las asociaciones sean más necesarias para impedir el despotismo de los partidos o la arbitrariedad del príncipe, que aquel cuyo estado social es democrático”

La democracia en América, v.2-p.2-c.4 y v.1-p.2-c.4

El próximo post dentro de dos martes, el 12 mayo 2020

El miedo en política y cómo superarlo

En el entorno político actual estamos bombardeados con mensajes que tratan de infundirnos miedo:

  • a que los comunistas nos quiten lo que tenemos,
  • a que los fascistas nos quiten nuestra libertad,
  • a que los inmigrantes nos quiten el puesto de trabajo,
  • a que una “manada” nos viole,
  • a que el cambio climático nos destruya la naturaleza,
  • a que el coronavirus nos quite la vida,
  • a que…

El problema es que este cúmulo de mensajes va dirigido a nuestras reacciones emocionales más básicas (la primera el miedo) y nos paralizan o, lo que es peor, nos ponen ciegamente en manos de “caudillos”.

La forma más fácil de controlar a la gente es a través del miedo” (Arun Gandhi, nieto del Mahatma Gandhi)

“Temeros los unos a otros”

Se trata no ya del miedo a amenazantes elementos “externos”, sino sobre todo el miedo que podamos tener unos de otros. A eso parece que se dedican nuestros partidos políticos cuando predican “cordones sanitarios anti… [añadir la ideología o grupo social que convenga]” o llenan telediarios con ataques al adversario. Si la opinión que se tiene de los partidos políticos actuales es más bien “discretita“, el objetivo parece ser: “vótame a mí, que el otro es todavía peor“. Como señala la filósofa norteamericana y premio Príncipe de Asturias Martha Nussbaum en su libro La monarquía del miedo (no, no es sobre Felipe VI sino sobre el miedo como tirano):

Por medio de nuestra propensión básica al miedo, las sociedades democráticas son altamente vulnerables a la manipulación

Los miedos mutuos se retro-alimentan: “te tengo miedo, porque me atacas o me vas a atacar” -> “me pongo a la defensiva” -> “te sientes atacado y reaccionas” -> …Y EL CÍRCULO VICIOSO CONTINÚA Y CRECE.

“Pues han dicho en la tele…”

Cada vez que mi suegra comienza una frase con estas palabras los presentes intercambiamos miradas entre divertidas y alarmadas esperando escuchar alguna terrorífica “noticia”. A continuación iniciamos la clásica ronda de preguntas: ¿Pero, quién lo ha dicho? ¿En qué programa? ¿En qué cadena de televisión? Al final no sabemos si la fuente es la reseña del último Consejo de Ministros, un pseudo-docudrama de La Cuatro, una acalorada discusión en La Sexta entre habituales tertulianos políticos u otro tanto entre los no menos habituales de Sálvame de Luxe. Lo único que sacamos en “limpio” es que alimenta los miedos en que se nos quiere hacer vivir. Además la tal “noticia” se suele emitir con una rotundidad que apabulla. Como dijo Michel de Montaigne,

Nada se cree con mayor firmeza que aquello que se conoce menos; ni hay hombres más seguros de lo que dicen que los que nos refieren cosas fabulosas” (Ensayos, I, XXXI)

¿Es que el mundo va tan mal?

Hans Rosling fue un médico sueco dedicado a promover el uso de los datos para describir los avances sociales y económicos en el mundo. Durante los últimos dieciocho meses de su vida escribió un libro, Factfulness, en el que se muestra con hechos y datos que nuestra visión de las cosas es bastante más pesimista que la propia realidad. Incluso confeccionó un test para mostrar las nociones equivocadas de la mayoría de la gente, test que podemos pasar nosotros mismos aquí. En el libro concluía:

Resístete a culpar de cualquier cosa a un individuo o grupo de individuos. Porque el problema es que, cuando identificamos al malo de la película, ya no pensamos más. Y casi siempre es más complicado. Casi siempre hay múltiples causas interrelacionadas; un sistema. Si realmente quieres cambiar el mundo, tienes que entender cómo funciona en realidad y olvidarte de darle una bofetada a alguien en toda la cara” (p.255)

La ira y qué hacer con ella

Esto no significa que dejemos de sentirnos indignados ante el sufrimiento y la injusticia que padece todavía mucha gente en el mundo. Incluso puede que desate nuestra ira, pero que no debemos orientar haca el castigo del “malo de la película” sino hacia el restablecimiento de la igualdad y la dignidad de todos los seres humanos.

Romper esta dinámica

Por eso, cuando recibamos algún mensaje que avive nuestros miedos propongo estos ejercicios:

  1. ¿Quién lanza el mensaje? ¿Le favorece que reaccionemos emocionalmente?: por ejemplo, votándole en las próximas elecciones, haciendo un donativo a…, dejándonos pegados a la pantalla de la tele (con o sin cortes publicitarios), etc.
  2. Cuanto más rotundo es el mensaje hay que fiarse menos de su contenido: ¿pueden consultarse las fuentes, los datos objetivos en los que se basa…?
  3. ¿El mensaje va dirigido a paralizar nuestro propio razonamiento y fomentar una respuesta emocional o ayuda a nuestra reflexión personal cotejando ese mensaje con otras fuentes alternativas?
  4. ¿Aumenta nuestro desagrado, odio, miedo, etc. hacia otras personas?

El próximo post dentro de dos martes, el 17 de marzo

Una democracia de mínimos

¿Vivimos en un régimen democrático?

Mal que les pese a los independentistas catalanes España forma parte del reducido pelotón de países del mundo que gozan de una democracia plena. Así lo señalan informes como Freedom in the World 2019 (Freedom House, Washington), The Global State of Democracy 2019 (International IDEA, Estocolmo), V-Dem Annual Democracy Report 2019 (Univ. Gotemburgo) o Democracy Index 2019 (EIU, The Economist).

Este último indicador nos incluye en esa (¿¡privilegiada!?) minoría del 5,7 % de la población mundial que vive en países de democracia plena.

Y sin embargo…

¿Por qué entonces los Barómetros mensuales del CIS nos recuerdan machaconamente que estamos cada vez más descontentos con “Los políticos en general, los partidos políticos y la política“, tal y como también constata el Informe sobre la Democracia en España 2018 de la Fundación Alternativas?

¿Es que somos quejicas por naturaleza y auto-críticos hasta la exasperación o hay algo más en esta aparente contradicción?

¿Cuáles son los ingredientes de una democracia plena?

Esos informes calculan el índice partiendo de cuatro elementos:

  1. la existencia de libertades y derechos civiles amplios
  2. la existencia de pluralismo político y procesos electorales libres
  3. la acción del gobierno
  4. la participación política de la ciudadanía

De los dos primeros andamos sobrados, con altas puntuaciones en estos informes.

Pero ¿qué pasa con la “acción del gobierno”?

Ahí puntuamos menos. No es de extrañar ya que que este elemento considera la existencia o no de instituciones independientes que controlen las actuaciones del gobierno, la transparencia y rendición de cuentas de sus acciones, el acceso público a la información, la existencia de corrupción, etc. Basta con echar una ojeada a los informes de la Fundación Civio, la AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) o la Oirescon (Oficina Independiente de Regulación y Supervisión de la Contratación) para constatar lo que sospechábamos.

¿Y el cuarto elemento, “la participación política de la ciudadanía?

Acemoglu y Robinson, autores del famoso libro Por qué fracasan los países, nos recuerdan en su obra más reciente, El pasillo estrecho, que para salir de la situación de barbarie las sociedades primitivas necesitan erigir un Estado “para controlar la violencia, hacer cumplir las leyes y proporcionar servicios públicos que son cruciales para una vida en la que las personas tienen poder para hacer elecciones y luchar por ellas” (p.16). Pero, añaden a renglón seguido, “una sociedad fuerte y movilizada es necesaria para controlar y encadenar al Estado fuerte“.

¿Tenemos esa sociedad? Mucho me temo que no. Como comentó el mismo Acemoglu en su reciente visita a España No cabe duda de que el tejido institucional español no es suficientemente inclusivo, necesita una reforma radical“. No existen organizaciones fuertes realmente autónomas que representen los intereses de tales o cuales sectores sociales, con capacidad para plantear a los poderes públicos sus demandas y, en particular que “aten en corto” la acción de los organismos del Estado.

Entendiendo la aparente contradicción

¿Cómo entonces se conjugan unos elementos y otros en nuestro sistema democrático? ¿Cómo conviven dos “ingredientes” potentes de la democracia plena con otros dos con resultados más pobres?

Vaya por delante que un régimen democrático requiere sin duda la existencia de partidos políticos. Éstos cumplen (o deberían) una doble función: la de representar las distintas corrientes de opinión y posturas políticas de una sociedad, y la de negociar y llegar a acuerdos entre los partidos para cimentar gobiernos estables y eficaces.

Un primer problema surge cuando los partidos políticos se convierten no en representantes sino en delegados, es decir una vez que votamos (que no elegimos) perdemos nuestra influencia sobre ellos (“vótame y olvídame”).

Y entonces, para que sigamos votando a algún partido, estamos sometidos a una excitación continua, una confrontación de papel escenificada en los telediarios y las tertulias “políticas”de los platós de televisión, que apela a nuestros miedos y fobias con objeto de intentar enfrentarnos unos contra otros, obligarnos a tomar partido (“o eres comunista o eres fascista”) y levantar barreras identitarias (“yo soy de los míos y los otros son los culpables de todos nuestros males”).

El segundo problema es que los partidos, en particular los mayoritarios, acumulan un exceso de poder interno (sus cúpulas someten a una férrea disciplina a sus cargos públicos y parlamentarios) así como externo: copando las Administraciones Públicas, contratando “personal de confianza”, acaparando subvenciones públicas para organizaciones o fundaciones propias, nombrando los miembros del Consejo General del Poder Judicial (¿dónde ha quedado la separación de los poderes -legislativo, ejecutivo y judicial- de la que hablaba Montesquieu?), etc.

Más vale ir pensando qué hacer sin esperar a lo que digan nuestros “representantes”.

El próximo post dentro de dos martes, el 3 de marzo