Una auténtica avalancha de libros recientemente publicados intenta llamar nuestra atención sobre los peligros que acechan a la democracia (liberal). Entre los más conocidos está el de Levitsky y Ziblatt “Cómo mueren las democracias“, y basta darse una vuelta por la sección de “ensayo” o “no ficción” de cualquier librería para constatar la magnitud de este fenómeno editorial. Tertulias televisivas, periódicos, ciber-mensajes, etc. abundan en lo mismo.
El argumento básico es que el populismo de extrema derecha está engatusando a un número creciente de votantes e intenta colar como ciertas grandes mentiras y noticias falsas que se transmiten por las redes sociales y los medios de comunicación afines. Y eso es todo. De ahí que la última propuesta de regeneración democrática se centre en “desenmascarar” esos medios de comunicación exigiendo conocer “quién hay detrás”.
El remedio “democrático” que se nos pide es: vótame a mí (a mi partido / a mis siglas / a mi candidatura) porque yo soy el que creará un cordón sanitario anti-fascista que solucionará el problema. Y ya está.

¿Y ya está?
Pues la verdad es que el funcionamiento de las democracias occidentales poco a poco se va reduciendo a ese ritual en las urnas en las que el que gana se lo lleva todo: En dicho proceso los partidos políticos se convierten en puras maquinarias electorales; el poder ejecutivo fagotiza a los poderes legislativo y judicial; las votaciones y componendas se ganan por la mínima; la rendición de cuentas y la transparencia brillando por su ausencia, etc. En el libro citado se describe la forma en que las élites políticas van reventando desde dentro tales regímenes a base de retorcer las reglas del juego democrático y los mecanismos de control como la transparencia, la rendición de cuentas y el equilibrio de poderes; todo ello para beneficio propio y perpetuarse como sea en el Gobierno. La justificación es la de siempre: “el peligro que viene”. Y ya sabemos que el miedo es la mejor palanca para dominar a los pueblos.
Una “solución” que agrava el problema
En posts anteriores ya he señalado cómo esta dinámica empobrece el entramado democrático y, sobre todo, reduce el número de personas que consideran este sistema como útil y necesario.
Porque la precariedad laboral, la imposibilidad de encontrar una vivienda asequible para que los jóvenes puedan comenzar una trayectoria vital autónoma, el ridículo porcentaje de familias en situación de riesgo de pobreza que acceden a algún tipo de ayuda digna de las Administraciones Públicas, la sangría continua de fuga de cerebros porque en nuestro país no se encuentran puestos de trabajo acordes a la formación recibida, la indigna situación de más de la mitad de las personas jubiladas que perciben una pensión por debajo del salario mínimo, etc. son cuestiones que no encuentran eco en las políticas y planes desarrollados por el Gobierno Central o las Comunidades Autónomas, más allá de leyes estériles contraproducentes o declaraciones vacías y orientadas a atacar al partido contrario. [Omito las referencias que apoyan cada uno de los temas aquí aludidos para no recargar el texto, pero están a disposición de quien lo desee].
No hay más que contemplar cualquier telediario (da lo mismo la cadena que sea) para ver que durante largos minutos ninguno de los problemas apuntados merecen mención alguna, a no ser como arma arrojadiza contra el adversario político.
Dejados atrás
Cuando las energías se dedican a “defender” en abstracto la democracia o reducir esa defensa a votar a un partido y no a otro, estamos dejando atrás a quienes sufren el impacto del cambio tecnológico sin ayudas para ponerse al día o a quienes ven que el medio rural en el que han vivido siempre se desmorona o simplemente se puebla de granjas fotovoltaicas. Su dignidad como personas que han trabajado toda su vida y ahora son ignoradas sufre un duro quebranto y encima se les tacha de reaccionarias.
No hace falta recordar que de este caldo de cultivo surgen los votantes que apoyan las propuestas electorales tipo Donald Trump y similares. ¿Nos sorprende?
Sí, la democracia sí es necesaria
La regeneración democrática debería partir de buscar soluciones a los problemas mencionados. Y como de entrada no todo el mundo coincidirá en escoger la mejor solución, es necesario establecer un juego democrático que ayude a lograr consensos e incorporar también a “los otros” en unos nuevos contratos sociales.
Pero si defender la democracia es reducirla al marketing electoral y a que “el que gana se lo lleva todo”, estaremos abonando justo lo contrario de lo que decimos estar defendiendo.
Cuando quienes se dedican al juego de la polarización y la crispación lo hacen con ese afán -sí, los unos pero también los otros- uno empieza a dudar de la sinceridad “democrática” de sus propuestas y opina que hay que empezar por otro lado.
El próximo post, pasado el paréntesis de agosto, el martes 3 septiembre 2024
