El misterio del votante cabreado

Cuando el 2 de diciembre de 2018 casi 400.000 andaluces votaron a Vox en las elecciones al parlamento andaluz (el 11% de los votos) el mismísimo Pablo Iglesias decretó una “alerta antifascista” y llamó a la movilización contra los “post-franquistas” de Vox.

Un programa del canal de televisión “La Sexta” se lo tomó en serio y en días posteriores se dedicó a localizar a los 44 votantes de ese partido en el “comunista” pueblo de Marinaleda. Pocos días después Cristina Pardo, directora del programa, no tuvo más remedio que pedir disculpas por semejante desatino.

​¿Hay 400.000 fascistas en Andalucía?

Quizá ese sea el contenido de las pesadillas que le asaltan a Pablo Iglesias por las noches. Aunque también parecería que fuera el sueño dorado que le permitiera decretar una alerta de tonos épicos contra el fascismo.

Pero la realidad parece ser más prosaica. Probablemente sean 400.000 andaluces hartos de un sistema democrático en el que la participación ciudadana se reduce a votar entre las alternativas pre-diseñadas por las cúpulas de los (dos) partidos políticos y nada más.

A posteriori es difícil saber si el color político del gobierno salido de cada convocatoria electoral se traduce en políticas, en especial en el terreno de la economía, diferentes a las que habría puesto en marcha un gobierno de color contrario.

​El votante cabreado

Estamos no ante el votante fascista sino ante el votante cabreado.

Este fenómeno no nace en diciembre de 2018, sino en mayo de 2014 cuando Podemos sorprendió en las elecciones al Parlamento Europeo al alcanzar el 8% de los votos. Este fue el primer aviso que el electorado español lanzaba contra el encorsetado sistema político-electoral.

En meses posteriores -diciembre de 2014- la media de encuestas otorgaba a Podemos su techo en intención de voto hasta alcanzar un 28%, situándose así en la elección preferida por parte de los encuestados.

No ha sido el único partido en ser el transmisor del cabreo electoral. En junio de 2018 la opción favorita de la media de encuestas recaía en Ciudadanos, con 27% de intención de voto.

​¿Qué fue de estos nuevos partidos?

La torpeza política de sus respectivos dirigentes sitúa a Unidas Podemos con una intención de voto del 11,6%, a fecha del 25 de febrero de 2022, y a Ciudadanos del 3,6%. Aunque en diferente cuantía, el hecho de que unos partidos nuevos llegaran en cierto momento a ser la opción preferida por los encuestados muestra que existe un sustancial cabreo de fondo entre los posibles votantes, Por desgracia la esperanza depositada en su día no encontró correspondencia en la talla política y el cumplimiento de promesas de aquéllos.

​¿Y Vox?

Con una intención actual de voto en torno al 19% según la media de encuestas, en mi opinión está cercano a su techo electoral, que yo sitúo no más allá del 20%. Debo decir que no es mi opción electoral preferida, pero lo que sí es seguro es que ese 20% no corresponde al porcentaje de fascistas en España: no hay más que echar una ojeada a cualquier encuesta de opinión sobre el régimen político preferido en nuestro país. Y lo más probable es que la trayectoria de Vox siga el mismo camino de ascenso-descenso de los dos casos anteriores.

​El misterio del votante cabreado

Lo que sí creo que constituye un misterio no es que esos porcentajes tan altos de intención de voto hayan ido a parar a partidos políticos con una historia tan reciente. Lo que de verdad es un misterio es que a pesar del fiasco protagonizado por éstos y la decadencia democrática del bipartidismo clásico todavía el votante español se siga acercando a las urnas cada vez que se le convoca.

Porque el problema no está en elegir a un partido o a otro. El problema reside en que los mecanismos de juego democrático, de transparencia y equilibrio de poderes, de independencia del poder judicial, de separación entre el legislativo y el ejecutivo están cada vez más oxidados. Porque cuando, por ejemplo, Unidas Podemos no aboga por la independencia del poder legislativo sino por “meter también la cuchara” en el reparto a dedo de magistrados del Consejo General del Poder Judicial, no vamos en la buena dirección.

Cuando el Senado no legisla sino que pide al Gobierno que lo haga, estamos claramente saliéndonos del camino adecuado. Si este último lo hace a golpe de Real-Decreto Ley, posteriormente plebiscitado por las Cortes, tampoco es algo positivo.

Por eso no es de extrañar que en el Índice de Democracia elaborado anualmente por la EIU de The Economist, el año 2021 hayamos descendido a segunda división, situándonos ahora en el grupo de las Democracias deficientes.

No puedo acabar este post sin añadirme al apoyo al pueblo ucraniano en su lucha contra el invasor ruso.

El próximo post dentro de dos martes, el 15 marzo 2022

Arrojando luz sobre la electricidad

El mercado de la electricidad en España está sumido en una tormenta perfecta de sinsentidos encadenados: calentamiento global, mercado mayorista, mercado minorista, derechos de emisión de CO2, franjas horarias, factura de la luz incomprensible o que simplemente no llega…

Analicemos cada cosa una por una.

​El mercado mayorista ¿es de verdad un mercado?

Durante los últimos meses los medios de comunicación nos han mantenido en vilo con el precio diario del megavatio-hora (MWh) en el mercado mayorista.

¿Qué es?

El mercado mayorista es el punto de encuentro entre los productores de electricidad y los compradores mayoristas de la misma y del que sale el precio del megavatio-hora (MWh) para el día siguiente.

En el mercado mayorista de la electricidad hay un solo producto: megavatios-hora (MWh). Según la tecnología empleada el coste de producir los MWh es diferente e, inicialmente, llega a este mercado con precios distintos. Con tecnologías como la eólica o la solar, que no necesitan un gasto en combustible, los MWh llegan a precio cero. A partir de ahí, y para cubrir la demanda prevista, se van añadiendo MWh de otras fuentes (nuclear, hidroeléctrica), cuyos precios de partida van subiendo hasta llegar al más elevado que corresponde al producido en las centrales de ciclo combinado. Todos esos MWh componen la cesta de compra-venta de ese día.

​Un precio tramposo

¿Cómo se fija el precio del MWh en ese mercado? El precio, llamado de casación, es el que corresponde a la fuente de energía con el coste mayor de entre toda la oferta que se presenta ese día. Basta que el último MWh provenga de una central de ciclo combinado para que el precio de TODOS los MWh de ese día se vendan al precio de aquél. Éste es el sistema adoptado en 2012 por 19 países europeos siguiendo un modelo de “mercado marginalista”, basado en la teoría económica de la utilidad marginal, teoría duramente criticada por un número creciente de economistas (por ejemplo Mariana Mazzucato, en su libro “El valor de las cosas. Quién produce y quién gana en la economía global”). Incluso la presidenta de REE, organismo que opera este mercado, reconoce ahora que el sistema es “ineficiente”. Y mientras tanto el precio del MWh sigue a niveles estratosféricos.

¿A quién echar la culpa?

​Primer sospechoso: las centrales de ciclo combinado

Estas centrales utilizan como combustible el gas, cuyos precios internacionales se han disparado debido a varios factores: menor producción, caída de reservas, incremento de la demanda en particular de China (primer contaminador mundial) y manejos geo-estratégicos como los de Rusia con el suministro a Europa por medio de Gazprom o las posibles consecuencias del conflicto Marruecos-Argelia para el suministro de gas a España; etc.

Además, al ser el gas natural causante del “efecto invernadero” estas centrales tienen que pagar derechos de emisión del CO2 en un mercado sujeto a una fuerte especulación y precios disparados. Estaría bien que quien contamine pague más… si no fuera porque esos costes se trasladan íntegros a la factura de los clientes finales.

​Manipulando la composición de la oferta

Pero las centrales de ciclo combinado aportan un volumen reducido de MWh del mercado mayorista, aunque siempre forman parte del mismo. ¿Cómo es posible? Manipulando el volumen procedente de las centrales hidroeléctricas, tal y como revelaba el diario Cinco Días. Operaciones como las de Iberdrola en los embalses de Ricobayo (Zamora) y Valdecañas (Cáceres) han desatado la voz de alarma. No parece algo nuevo. Así los productores de energía venden a precios de centrales de ciclo combinado lo que producen a coste (casi) cero en nucleares, eólica e hidroeléctricas.

​¿Por qué lo llaman mercado cuando quieren decir… “yo me lo guiso y yo me lo como”?

Al oligopolio de los productores de electricidad (Endesa, Iberdrola, Naturgy, etc.) corresponde las principales comercializadoras que compran en ese mercado mayorista y que… son filiales de aquéllas. Es cambiarse el dinero de un bolsillo al otro. Cuando el precio mayorista sube sólo sufren las comercializadoras independientes y, por supuesto, los clientes finales particulares cuya factura está en relación directa o indexada con el precio mayorista.

Nuestro país sufre el oligopolio más duro de Europa. Así un reciente estudio de la Comisión Europea señalaba a España como el país con mayor número de barreras a la competencia en electricidad.

Todavía hay más: las ventas bilaterales

Pues bien. Ni siquiera las comercializadoras propiedad de las grandes eléctricas pagan al MWh al precio fijado diariamente, sino muy por debajo. Son los llamados contratos bilaterales, al margen del mercado mayorista. Como cuenta el diario Cinco Días el 76% de lo que Endesa produce se lo vende a su propia comercializadora a unos 50 euros/MWh, Iberdrola hace lo propio con la suya a 75-80 euros/MWh, la mitad del precio oficial.

¿Puertas giratorias? ¿Sánchez-Galán y el caso Villarejo? Suficiente por hoy.

El próximo post dentro de dos martes, el 12 octubre 2021.

Desde los fondos europeos… ¿hasta nuestros bolsillos?

140.000 millones de euros vienen hacia nosotros, asignados por el Fondo Next Generation de la Unión europea (Fondo NGEU) a España. ¿Por qué no nos volvemos locos de alegría ante semejante noticia?

Coincidiendo con el centenario del nacimiento del director de cine español Luis García Berlanga,, hay quien piensa que esa lluvia de millones pasará tan de largo por España como hacían los norteamericanos en su genial película “Bienvenido Mister Marshall”. Pero no, esos millones, -al menos 70.000 de ellos a fondo perdido- parece que de verdad llegarán.

​Planes, planes, planes…

Tenemos el Plan de Acción de Economía Circular (PAEC) 2021-23 (116 medidas, 8 ejes), que se enmarca en la Estrategia Española de Economía Circular 2030; el Programa de Estabilidad 2021-24, cuya última actualización ha sido severamente criticada por el organismo público Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF); el paquete de 11.000 millones de euros para medidas extraordinarias de apoyo a la solvencia empresarial en respuesta a la pandemia; el Plan España 2050 (9 grandes desafíos, 200 propuestas, 50 objetivos, 678 páginas); y finalmente el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (4 ejes, 10 políticas palanca, 30 componentes, 348 páginas), que es la herramienta de (di)gestión del Fondo NGEU.

​Un poco de economía

No, no pretendo que nadie se lea esta montaña de planes, porque es algo bastante aburrido. Pero siguiendo la famosa frase que llevó a Bill Clinton a la Presidencia norteamericana, “Es la economía, estúpido”. Así que más vale que dediquemos un poco de tiempo a la cuestión.

¿Qué va a pasar con esa cifra mareante de millones que nos van a caer del cielo europeo? ¿Qué llegará a nuestros bolsillos y cómo? La verdad es que nos estamos jugando nuestro presente y nuestro futuro y el de nuestros hijos, por lo que cabría esperar que nuestros representantes políticos dedicaran algo de tiempo a la cuestión.

Porque no se trata de gastar sin más los 70.000 millones. Hace años ya tuvimos un pésimo precedente cuando en los albores de la crisis económica de 2008 el presidente Zapatero destinó 8.000 millones a obras municipales urgentes para crear empleo, al más puro estilo de “candidez-estupidez” política. Daba lo mismo: su partido le respaldó sin fisuras, aunque fue la antesala de una severa derrota electoral en 2011.

En el caso actual se han planteado serias dudas sobre la capacidad de la Administración Pública para gestionar dichos fondos, con el riesgo de una fuerte burocratización y politización, y tensando las estructuras administrativas al límite. Parece que llueve sobre mojado, sobre todo dados los retrasos en la gestión de otros planes que hay en marcha. Contrasta este control político con la gestión profesional e independiente adoptada por otros países como Italia.

​¿A quién van a ir estos miles de millones?

Una manera de deducirlo es observando las reacciones de los diversos posibles receptores. Por un lado los bancos y grandes empresas se deshacen en elogios. En cambio se ha producido un aluvión de críticas por parte de las pequeñas y medianas empresas. Vista la gestión centralizada planteada por el gobierno español, es fácil adivinar qué orientación se va a dar.

Más importante es si el impacto del Fondo NGEU va a ser profundo y de futuro. Puede ser un parche para salir del paso o sentar las bases para un desarrollo sólido. Para que esto suceda son necesarios dos elementos clave: a) la inversión en investigación, desarrollo e innovación; y b) invertir en capital humano.

En el primer caso no se trata de utilizar las viejas prácticas de “incentivos fiscales” para las empresas que dediquen algo a la investigación. Como ha mostrado la economista Mariana Mazzucato en su famoso libro “El Estado emprendedor”, los grandes avances tecnológicos que además han creado crecimiento económico son los que han sido liderados activamente por el Estado. Por desgracia no parece que eso vaya a suceder en España.

¿Y la inversión en capital humano? Es justamente lo opuesto a mantener a millones de jóvenes con empleos precarios, temporales y sin un futuro claro. Eso fue lo que la ministra Yolanda Díaz criticaba de la empresa española. Claro que quizá habría tenido que empezar por el propio sector público, que presenta porcentajes de empleo temporal aún mayores.

Se insiste una y otra vez en dedicar buena parte del Fondo NGEU en la digitalización de las empresas. Pero también se ha señalado que “si la digitalización se utiliza para sustituir empleos por máquinas y no para mejorar la productividad de las personas, el resultado social será desastroso”.

Todo esto, ¿por qué no está en el centro de los debates políticos? Creo que nos van a regalar pescado en vez de enseñarnos a pescar. Según el proverbio chino:

«Regala un pescado a una persona y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y le alimentarás para el resto de su vida»

El próximo post dentro de dos martes, el 6 julio 2021

Sociedad con Covid-19 (I): nuestros comportamientos

¿Por qué estamos como estamos?

La segunda oleada de Covid-19 es un hecho en España, justo cuando nos habíamos «ilusionado» con «volver» a una nueva (A)normalidad. Como es habitual, existe un abanico de causas.

La primera, compartida con muchos otros países, es que seguimos sin tener ni idea de los mecanismos de infección, transmisión y entorno social que influyen en la extensión y latencia de esta pandemia. Cuando creíamos, y nunca mejor dicho lo de «creer», que habíamos aplastado la curva de contagios y el verano nos traería un merecido descanso la realidad ha sido la contraria.

En segundo lugar, y esto es más específico del caso español, tras cumplir un confinamiento mucho más riguroso que el de otros países -con el correspondiente coste psicológico, social y económico- pensábamos que el sacrificio realizado nos había hecho merecedores de una nueva (¿?) normalidad. Parece que seguimos siendo un país de extremos y otra vez hemos pasado del uno al otro: del duro confinamiento a una relajación supuestamente mayor que en otros países.

La tercera razón, también propia, es aún más preocupante: la dejación de las Administraciones Públicas en su papel de formuladoras de políticas, buscadoras de consensos, administradoras de los recursos públicos y ejecutoras eficaces. Los recursos prometidos -mejores datos epidemiológicos, equipos de rastreadores, reforzamiento de los servicios sanitarios, gestión coordinada de las residencias de mayores, preparación de los centros escolares ante el nuevo curso, etc.- han brillado por su ausencia. En la desescalada hemos contemplado el triste espectáculo de pasarse la pelota del gobierno central a los autonómicos, de éstos a los centros de atención primaria, a los centros escolares o a las residencias de mayores, y en fin a la propia ciudadanía, cuya situación nunca había contado pero que ahora resulta ser la culpable de los nuevos brotes.

Comportamientos colectivos: ¿como dos gotas de agua?

Hay muchos aspectos a desentrañar para intentar salir de estos atolladeros, pero el que hoy quiero tratar es el de esos comportamientos colectivos, dejando para sucesivas entregas otras cuestiones igualmente importantes.

Contemplando este verano una bonita cascada de montaña acudió a mi [calenturienta] mente sociológica la comparación entre el flujo de agua y nuestro comportamiento colectivo. No hay dos gotas de agua que sigan exactamente la misma trayectoria, ni se puede determinar de antemano ninguna de esas trayectorias. Pero en conjunto la corriente de agua sigue un camino uniforme, general y predecible, que depende de factores estructurales como el desnivel del terreno, las superficies, el caudal, etc.

Cascada Parque Natural de Redes (Asturias)

Lo que quiero decir es que aunque cada uno somos responsables de nuestros actos, los comportamientos colectivos obedecen a otros factores que sí son regulables por normas sociales. Éstas serán eficaces si se basan en un análisis de la realidad social y se elaboran basadas en consensos amplios.

Y además las personas cumplimos más

Aunque las personas una a una somos más o menos moralmente decentes y responsables -o no-, la resultante colectiva depende más de las presiones y necesidades que soportamos y del cumplimiento de las normas sociales imperantes.

Siempre cuento que cuando hace años no existían los radares en las carreteras españolas me llamaba la atención cómo los mismos automovilistas franceses que respetaban escrupulosamente la velocidad máxima en su país en cambio se «desmelenaban» cuando pasaban a España. ¿Es que mutaban a seres «malos» cuando atravesaban la frontera? No, lo que cambiaba eran los incentivos para respetar las normas. Es decir en Francia se les detectaba y sancionaba pero en España no.

Cambiando comportamientos

Hace un par de años Damon Centola explicaba en un excelente libro cómo se difundían los comportamientos (How Behavior Spreads. The Science of Complex Contagions). Porque mientras pandemias víricas o fake news se transmiten rápidamente a través de redes sociales extensas y basadas en vínculos débiles u ocasionales, el cambio de comportamiento de las personas o las organizaciones (por ejemplo la difusión de una nueva tecnología) necesita redes más densas y concentradas, compuestas por interlocutores cercanos y confiables con quienes nos relacionamos con frecuencia.

Es decir, podemos difundir una «noticia» o un virus por medio de contactos ocasionales (las redes sociales en internet o una celebración multitudinaria familiar) pero sólo modificaremos nuestros comportamientos o incorporaremos una nueva tecnología si un número suficiente de personas de nuestro entorno cercano también lo han hecho: por ejemplo cargar en nuestro móvil una nueva App para multi-video-conferencias o usar mascarillas de forma sistemática.

No nos engañemos. Los «llamamientos» de las autoridades públicas o la foto con mascarilla que una «influencer» añade a su colección de fotos playeras en su cuenta de internet son postureo inútil.

En su lugar existe un arsenal de instrumentos que van desde los famosos «empujoncitos» (nudges) de Carl Sunstein y Richard Thaler a las estrategias del llamado marketing social.

Sólo se necesitan dos cosas: querer hacerlo y contar con la gente.

El próximo post dentro de dos martes, el 15 septiembre 2020