Los pavorosos incendios de Ávila, Madrid y Toledo que hace algo más de un mes acapararon la atención de los medios de comunicación han ido cediendo protagonismo mediático a la gravísima invasión de la ciudad de Ceuta.

Existe la posibilidad que el problema de los incendios forestales vuelva a caer en el olvido… hasta la siguiente oleada de catástrofes en el medio rural. Pero es necesario analizar el conjunto de factores que concurren: el cambio climático; la falta de políticas públicas adecuadas; la “industrialización” del sector primario; y los usos sociales y nuestra relación con la naturaleza y el mundo rural.
Cambios medio-ambientales
Los incendios forestales no son algo nuevo, y menos en nuestro país. Pero el cambio climático, más intensivo en la Europa occidental y mediterránea que en otras zonas del mundo, produce fenómenos extremos que van desde las sequías agudas a las olas de calor, y cuya combinación provoca una más fácil propagación de incendios de masas forestales.
Los incendios comienzan con los presupuestos
Disfrazadas de postureo ecologista, las políticas públicas -o la falta de ellas- son las primeras responsables de los incendios. Como señala Enrique Dans “un bosque abandonado, con biomasa acumulada, caminos impracticables, cortafuegos degradados, masas forestales homogéneas y núcleos urbanos pegados a la vegetación no es naturaleza protegida: es combustible esperando una ignición”.
Pero además la estructura de los presupuestos de los ayuntamientos pequeños agrava esa situación. Se financian en mayor medida con la recaudación del IBI -bienvenidas las segundas residencias- y menos por su reducido número de habitantes empadronados.
Junto a ello las explotaciones agrícolas y ganaderas se hacen intensivas -empujadas por la creciente competencia de productos importados-, dejando el uso del suelo rural a “granjas” solares, parques eólicos, centros de datos o simplemente abandonándolo a su suerte.
La especialización agropecuaria no es un fenómeno exclusivo de los países desarrollados, sino una tendencia mundial, con cadenas de suministro frágiles, como es el caso del grano tras la invasión de Ucrania o los fertilizantes tras el bloqueo del estrecho de Ormuz.
Hemos pasado de vivir en la naturaleza a “visitarla” en tromba
Nuestra relación con la naturaleza ha cambiado profundamente, aunque hay que distinguir según los grupos de población:
- quienes viven todo el año en municipios rurales: personas mayores sin otra alternativa habitacional, que todavía viven en la naturaleza y que durante los incendios han intentado permanecer en sus viviendas, como único y último refugio;
- quienes viven en ciudades, pero todavía conservan “la casa del pueblo”, y son una generación puente entre el mundo rural y el urbano;
- quienes tienen segundas viviendas, en urbanizaciones que han invadido los entornos rurales y que se “visitan” en vacaciones o fines de semana, alterando y desequilibrando flora y fauna. Un caso notorio es el de la utilización de arizónicas como setos en los chalets, que se han revelado como combustible idóneo para los incendios;
- los turistas ocasionales, que suelen concentrarse en puntos y fechas que colapsan entornos rurales concretos: son los usuarios del “turismo rural”, que bajo un “relato” de amor por la naturaleza, en realidad la estrangulan. El caso más llamativo es el de los “pueblos más bonitos de España”, declarados como bienes de interés cultural en la categoría de conjunto histórico. Un enclave con menos de cien habitantes habituales puede soportar centenares de miles de visitantes cada año. Ejemplos paradigmáticos son Candelario en Salamanca o la isla de Tabarca en Alicante.
En esta misma línea, el turismo de “avistamiento” de cetáceos o de osos en el Pirineo, disfrazado de turismo sostenible, se propone como forma de impulso económico de las zonas rurales.
Otros ejemplos delirantes son las colas para alcanzar la cumbre del Everest, para acceder a la Playa de las Catedrales en la costa de Lugo o la congestión de los Parques Nacionales estadounidenses.
Qué hacer
El primer paso es recuperar el respeto al mundo rural. Y ese respeto implica devolver la voz a sus habitantes. ¿Cuántos parlamentarios o senadores proceden del mundo rural? Muy pocos. Incluso en los parlamentos autonómicos la representación rural brilla por su ausencia. Al ajustarse las circunscripciones electorales a cada provincia el mundo rural se diluye y desaparece bajo los representantes de las ciudades. ¿Podría tener sentido crear circunscripciones electorales interprovinciales basadas en el tamaño de los municipios?
Pero la cuestión de fondo a debatir es que nuestra relación con la naturaleza ha cambiado para siempre. Podemos hacer de ella un “parque temático”, o dejar que las dinámicas de la economía capitalista vayan produciendo su efecto. Como señalaba Carlos Marx “todo progreso, realizado en la agricultura capitalista, no es solamente un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar la tierra” (El Capital, Tomo 1, cap. XIII).
Pero también podemos crear otras dinámicas, si sabemos contar con la envejecida y menguante población rural.
El próximo post dentro de dos martes, el 15 septiembre 2026








