Covid-19 impactando en nuestro Estado de las Autonomías

Un entierro y tres Comunidades Autónomas

23 febrero 2020: casi un centenar de personas se congregan en el cementerio de El Salvador de Vitoria-Gasteiz para velar y el día siguiente enterrar a un hombre de 40 años. Los asistentes, que coinciden con una pareja llegada de Italia, vuelven después a sus lugares de residencia: Vitoria-Gasteiz en Álava, Casalarreina y Haro en La Rioja, y posteriormente Miranda de Ebro en Burgos. El coronavirus se extiende casi a la vez por tres Comunidades Autónomas. ¿Se coordinaron entonces los tres servicios sanitarios o posteriormente los de todas las CCAA? No (ver El País, 31 marzo 2020). ¿Por qué?

Lo cierto es que existe mejor coordinación a nivel europeo con una única Tarjeta Sanitaria Europea, válida en 31 países, que en España donde la tarjeta sanitaria de una Comunidad Autónoma no es operativa en ninguna de las otras 16. Eso sin hablar de las diferentes coberturas, medios y requisitos para una atención sanitaria que presume de ser “universal”. ¿Cómo es posible que el teléfono único de emergencias para toda Europa e incluso algunos países latinoamericanos sea el 112 y sin embargo tengamos un teléfono diferente para consultas sobre el coronavirus en cada una de las CCAA?

Sí, el señor Torra tenía razón

Claro que el estado de alarma invade competencias de las Comunidades Autónomas en materia de sanidad. El problema es que la ausencia de coordinación y entendimiento entre las mismas y con el gobierno central NO DEJABA OTRA ALTERNATIVA. Es que ni siquiera en esta situación se ha producido el menor esfuerzo o mostrado el menor interés de unos y otros por avanzar en una coordinación y consenso. En vez de coordinación sólo hay ordeno y mando poco eficaz del gobierno de Pedro Sánchez y por eso mismo los resultados son decepcionantes, cuando no trágicos para sanitarios, personas mayores, desempleados, autónomos, PyMEs, etc.

El ejemplo de Alemania

Alemania es el único país que según el Regional Authority Index goza de una descentralización superior a la española. Sin necesidad de estados de alarma han tomado decisiones unánimes entre el gobierno federal y los gobiernos regionales (Länder). Este “milagro“, como lo calificó la propia Angela Merkel, ha permitido poner en marcha políticas sanitarias más eficaces que en la mayoría de los países europeos. Pero no es un milagro. Es el resultado de años de coordinación en la sanidad y otros campos, de claridad en la distribución de competencias, de un Consejo Federal de los Länder que funciona y, sobre todo de sentirse un único país.

En España los gobiernos autonómicos controlan el 92,6% del gasto sanitario público, (datos 2018), que supone del 25% al 39% de los presupuestos de cada CCAA. ¿Se traduce esto en una atención sanitaria a la ciudadanía de más calidad y eficacia?

El Estado de las Autonomías: defectos y virtudes

De un gran ciclista ganador del Tour de Francia se decía, no sin cierta mala uva, que tenía todos los defectos de un gran campeón y ninguna de sus virtudes. De igual forma, nuestro Estado de las Autonomías parece tener todos los defectos de la descentralización y ninguna de sus virtudes.

El Estado de las Autonomías debería significar:

  • una mayor cercanía de la ciudadanía a la gestión de lo público,
  • una simplificación de los procedimientos de esa gestión,
  • un mayor reconocimiento a los distintos colectivos y sus rasgos propios, sean mayorías o minorías, y por todo ello
  • un enriquecimiento del conjunto de España derivado de la diversidad dentro de la lógica coordinación, respeto, solidaridad y suma de esfuerzos.

No hay espacio aquí para explorar los obstáculos que entorpecen la construcción de un Estado de las Autonomías enriquecedor. Sólo enumeraré varios problemas que trataré en futuras entregas:

  • Descentralización no equivale per se a más democracia
  • Gobiernos autónomos y locales están peor fiscalizados en su gestión por parte de la ciudadanía. De ahí que la corrupción de los políticos, no los funcionarios, haya estado mucho más extendida a esos niveles que a nivel central
  • Cargos y “asesores de confianza” en municipios, diputaciones y gobiernos autónomos se convierten en botín de los partidos políticos gobernantes, más cerca del caciquismo decimonónico que del gobierno de la ciudadanía
  • La izquierda española (si todavía tiene sentido hablar de izquierda hoy en día) ha caído de lleno en la trampa identitaria, ensalzando diferencias como rasgos excluyentes en vez de diversidades que suman
  • ¿Por qué es tan raquítico el número de “convenios” y “acuerdos de cooperación” horizontales entre CC.AA., que define el Art.145.2 de la Constitución?
  • Se ha dejado la política lingüística en manos del independentismo, que utiliza la lengua como instrumento segregador, con la pasividad cómplice de los sucesivos gobiernos centrales, como bien señala Mercè Vilarrubias (Por una Ley de Lenguas. Convivencia en el plurilingüismo).

Continuará.

Sociología política del coronavirus

Un mismo virus, un impacto diferente

El coronavirus se ha extendido por todo el mundo y sin embargo sus efectos van a ser -están siendo- muy distintos de un país a otro. Y no me refiero sólo a las tasas de contagio y mortalidad sino también a sus efectos en cadena en otros ámbitos.

Por qué los efectos son distintos

Aunque a menor escala (por ahora) el COVID-19 es lo que Acemoglu y Robinson definen como una coyuntura crítica:

“Es un gran acontecimiento o una confluencia de factores que trastorna el equilibrio económico o político existente en la sociedad. Una coyuntura crítica es una arma de doble filo que puede provocar un giro decisivo en la trayectoria de un país. (…) El hecho de comprender cómo la historia y las coyunturas críticas perfilan el camino de las instituciones económicas y políticas nos permite tener una teoría más completa de los orígenes de las diferencias en pobreza y prosperidad.”

Por qué fracasan los países, p.127

Así pues, los efectos dependen de las instituciones económicas y políticas de cada país en el momento del impacto.

Cómo nos ha pillado en el caso español

Pues con un gobierno débil (esto ya lo sabíamos desde el día que se constituyó), una institución monárquica en shock post-traumático, una sanidad que resultó no ser la mejor del mundo, un Estado de las Autonomías tensionado al máximo, una Unión Europea más invertebrada que nunca, una dolorosa remontada de la crisis económica del 2008, un mercado de trabajo precarizado y con más de un 13% de desempleo antes de la pandemia, un aparato judicial en la UCI, unas economías familiares maltrechas y una crispación política sin precedentes.

Dadas estas circunstancias no supone una sorpresa:

  • que el gobierno esté ejerciendo un liderazgo en ocasiones errático y contradictorio, con preocupantes ramalazos autoritarios;
  • que la única forma de que todas las Comunidades Autónomas actuaran en la misma (relativa) dirección haya sido decretando el Estado de Emergencia; (de esto hablaré más otro día)
  • que el seguimiento epidemiológico de la pandemia siga careciendo de datos fiables;
  • que el impacto en el sistema sanitario, en la tasa de contagios entre su personal y el número de fallecimientos en las residencias de ancianos haya sido devastador;
  • que nuestras preocupaciones empiecen a bascular del miedo a la pandemia al miedo a una nueva crisis económica.

Es como el boxeador que tras recibir un primer gancho que le ha dejado de rodillas sobre la lona recibiera ahora un segundo puñetazo.

Inseguridad, “depender de…” y los nuevos pobres

Este segundo puñetazo crearía un dramático impacto en la economía de los hogares. No se trata sólo de situaciones de deprivación sino también, y algunas veces sobre todo, la inseguridad y el no poder contar con medios propios: autónomos y pequeños empresarios abocados al cierre, asalariados en precario o amenazados de ERTEs, EREs o simplemente despidos.

Para muchos sectores tradicionales de trabajadores y clases medias empobrecidas no valen Rentas Básicas Universales o Ingresos Mínimos Vitales. Sienten que se les ha arrebatado la dignidad que provenía del esfuerzo que venían realizando estos últimos años y que merecía un reconocimiento social mejor. Son los llamados nuevos pobres creados por la crisis de 2008 y que pueden recibir un severo agravamiento en profundidad y extensión en la crisis que viene. Si además sienten que otros “más pobres” son los que reciben las ayudas, subvenciones y apoyos encontramos a los que la socióloga norteamericana Arlie Hochschild describía en su libro Extraños en su propia tierra: los “dejados atrás” que van alimentando una respuesta emocional no exenta de amargura. En Estados Unidos son los principales apoyos del Tea Party y del voto a Donald Trump.

¿Qué hacer?

A Napoleón Bonaparte se le atribuye la frase:

“Si quieres solucionar un problema, nombra un responsable; si quieres que el problema perdure, nombra una comisión”

Georges Clemenceau, primer ministro durante la Tercera República francesa, abundaba en lo mismo:

“Si quiere usted enterrar un problema, nombre una comisión”

En España esa comisión suele ser parlamentaria, ¿como la que se pretende para los “segundos Pactos de la Moncloa”?

Pero si el “responsable” que dice Napoleón es algún tipo de caudillo, que no cuenten conmigo.

¿Qué hacemos entonces? Necesitamos que desde la propia sociedad construyamos una coalición de sectores sociales que sume esfuerzos e intereses. No habrá pacto nacional sin una presión social que obligue a la mayor parte de nuestros representantes a buscar de verdad un consenso. Busquemos entre todos (jubilados, trabajadores, autónomos, pequeños y medianos empresarios y también grandes empresas si son ciertas sus declaraciones de estas semanas). Creemos asociaciones, estados de opinión, conversaciones, propuestas a discutir y negociar y facilitemos el pacto de la aludida comisión parlamentaria.

La tarea no es sencilla pero creo que no hay otro camino.

El próximo post dentro de dos martes, el 26 mayo 2020

En tu partido o en el mío

La pandemia del COVID-19 está poniendo en revisión muchos aspectos de nuestra convivencia, incluyendo la actuación de los partidos políticos y nuestra relación con ellos. De acuerdo, poca gente en España considera que “tiene” un partido político. Pero casi siempre hay alguno por el que sentimos menos antipatía y al que acabamos votando, aunque sólo sea para que no salga otro.

Nuestras emociones políticas

En los Barómetros del CIS no se pregunta cuál es el partido cuyo ideario u objetivos nos parecen más adecuados sino por cuál sentimos más simpatía”, apelando a nuestras emociones no a un cálculo más o menos frío y racional. Estamos próximos a tal o cual partido porque nos sentimos… [“vascos”, “progresistas”, “españoles”, “de nuestro pueblo”, “feministas”, “cristianos”, “libertarios”, etc.]. Tenemos además la ventaja que el abanico de partidos políticos es lo suficientemente amplio como para que la mayoría encuentre un acomodo emocional en alguno de ellos.

Hasta aquí todo bien, pero…

¿Qué haces con mi voto?

Cuando votamos al partido por el que “sentimos más simpatía” estamos también eligiendo a quien NOS REPRESENTA en los Parlamentos, Ayuntamientos o Cabildos. Estos representantes tienen el mandato de negociar políticas con otros partidos y/o gestionar los bienes colectivos. De un representante cabría esperar que de vez en cuando nos dijera qué está haciendo con nuestro voto (y con nuestros impuestos). Y no hablo de grandilocuentes programas gubernamentales sino de si están cumpliendo con su mandato. Me temo que, al menos en el Parlamento nacional, lo que contemplamos son peleas de guiñol que intentan jalear a los espectadores en vez de buscar acuerdos constructivos.

Partitocracia

El problema reside en que los partidos políticos tienen en España un poder excesivo: acaparan el poder legislativo (parlamentos), ejecutivo (gobiernos emanados de los parlamentos) y judicial (controlan el Consejo General del Poder Judicial y la Fiscalía General).

Pero además los partidos gobernantes en cada nivel acumulan cargos públicos y “asesores” hasta niveles desproporcionados, gozan de aforamientos, se financian en su mayor parte de las arcas públicas, y sus élites dirigentes gobiernan con mano de hierro sus organizaciones: control férreo de las listas electorales, control aún más férreo de los órganos internos de gobierno, de los dirigentes territoriales, etc. Se me dirá que la mayoría eligen al líder en “primarias”, pero después éste actúa casi como un reyezuelo: que cada uno piense en la actuación del líder del partido al que ha votado en las últimas elecciones. Más preocupante aún es que este comportamiento se reproduzca también en los “partidos nuevos (UP, Cs o Vox) o los nacionalistas.

Luz y taquígrafos: transparencia y rendición de cuentas

Hay quien concluiría que los partidos políticos deberían desaparecer. No puedo estar más en desacuerdo. Sería un error prescindir de nuestros representantes, y dejar la gestión de la política ¿en manos de quién…?

“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”

F.D. Roosevelt

Lo dicho por Roosevelt, en la recta final de la II Guerra Mundial y poco antes de su propia muerte, no se lo aplican nuestros partidos políticos. Pero la única forma de que la desafección de la ciudadanía hacia el sistema político en general y los partidos en particular no siga creciendo es contando con dos elementos de los cuales ya hablé en otra ocasión: la transparencia en lo que hacen como nuestros representantes y la responsabilización en las actuaciones.

No cambies de partido: cambia tu partido

Se puede hacer más. Quienes sean miembros de un partido político pueden reclamar que funcione hacia adentro como un organismo democrático, superando los modos autoritarios y de clientelismo interno que hoy día contemplamos.

Y los votantes preguntemos a nuestros representantes, en el Congreso de Diputados, en el Senado, en las cámaras autonómicas (por ejemplo, la Asamblea de Madrid) o los ayuntamientos (por ejemplo, Donostia-SanSebastián): “¿Qué haces con mi voto?”

Propongo enviar nuestras preguntas por correo a quien encabezara la candidatura que en su día votamos en cualquiera de los ámbitos aquí señalados. Espero que su dirección de correo electrónico esté disponible, no como ocurría con numerosos Diputados del Congreso, como ya señalé aquí. ¿Nos contestarán?

Ante el riesgo de despotismo asociémonos los ciudadanos, como aconsejaba Tocqueville en su visita a la entonces joven nación norteamericana:

“El despotismo … llama turbulentos e inquietos a los que tratan de unir sus fuerzas para la común prosperidad, y, cambiando el sentido natural de las palabras, denomina buenos ciudadanos a los que se encierran por entero en sí mismos. (…) El despotismo, peligroso en todos los tiempos, resulta mucho más temible en los democráticos.”

“No hay país donde las asociaciones sean más necesarias para impedir el despotismo de los partidos o la arbitrariedad del príncipe, que aquel cuyo estado social es democrático”

La democracia en América, v.2-p.2-c.4 y v.1-p.2-c.4

El próximo post dentro de dos martes, el 12 mayo 2020

Kit Primeros Auxilios contra Fake News

Las noticias falsas captan nuestra atención cuando:

  • proceden de una fuente próxima: persona o entidad conocida o prestigiada, o que refuerza nuestra forma de ver las cosas
  • nos impacta emocionalmente provocando miedo, indignación o compasión
  • aluden a personas, situaciones o lugares de nuestro entorno
  • lo hemos visto/oído muchas veces: todo el mundo lo dice

Quién lo ha dicho

Ojo con la gente inteligente. Pueden ser una autoridad en su campo y unos imbéciles fuera de él. Como señala David Robson,

“Las personas cultas e inteligentes son menos propensas a aprender de sus errores, por ejemplo, o a dejarse aconsejar por otros. Y, cuando se equivocan, tienen más capacidad para elaborar complejos argumentos que justifiquen su razonamiento, lo que hace que sus opiniones sean cada vez más dogmáticas. Peor aún, parecen tener un “punto ciego” más prejuicioso, en el sentido de que son menos capaces de identificar los fallos de su lógica.”

La trampa de la inteligencia. Por qué la gente inteligente hace tonterías y cómo evitarlo (p.14)

Entre las grandes mentes que cometieron grandes errores encontramos Premios Nobel como Kary Mullis (de Química, 1993), o genios universales como Arthur Conan Doyle, Albert Einstein, Thomas Edison, o el más reciente Steve Jobs, que trató su cancer “como él sabía” hasta que ya fue demasiado tarde.

¿Nos fiaríamos de la opinión de un agente de seguros para dirigir la selección nacional de futbol? ¿Y al revés? ¿Ser especialista en yogures es una buena cualificación para contratarle como actor principal en una serie de televisión? ¿Y al revés?

¿Fiarse de nosotros mismos?

Depende. Nuestra cognición utiliza pequeños trucos que permiten procesar con rapidez la información que nos llega y así adoptar decisiones más rápidas. El problema es que pueden conducir a errores graves de interpretación y de comportamiento posterior. Son los llamados sesgos cognitivos que aplicamos continuamente, sin darnos cuenta. Por ejemplo el sesgo de confirmación es la tendencia a investigar o interpretar información que confirma nuestros puntos de vista. Así nos atrincheramos en nuestras posiciones para no salir de la zona de confort.

Activando alarmas: cuándo ponerse en guardia

  • Cuando algo nos infunde miedo: “Si recibes un correo…, ¡no lo abras, porque…!”
  • Cuando nos regalan algo: “El supermercado X regala un vale si envías el correo…”
  • Cuando nos hablan de conspiraciones mundiales: “Los [chinos / norteamericanos / rusos / extraterrestres / …] tienen un arma letal que…”
  • Cuando intentan explotar nuestras buenas intenciones: “Colabora en la lucha contra […] enviando tus datos [y donativo]… ¡pásalo!”

Mi añadido personal de alarmas

Por mi parte, sin que necesariamente se consideren recomendaciones, también pongo alarmas a mensajes tipo:

  • 15 trucos para…”
  • “Lo que tienes que hacer es…”
  • “La [pandemia] podría
  • Así son las…”
  • [Añadir aquí los de cada cual]

Qué hacer: kit personal

Cada vez hay más páginas web dedicadas a desmontar bulos y noticias falsas, como Maldito Bulo, Fake News Detector, Snopes o Newtral. Pero podemos crearnos nuestro kit personal compuesto por dos elementos principales.

1. Remontarse a la fuente

– Y esto que me envías ¿quién te lo ha mandado?
– Pues… ¡Uf…!

Pongamos en marcha un sistema de trazabilidad que permita el seguimiento de un producto o información a lo largo de su cadena desde su origen. Para los productos de consumo, es requisito facilitar la cadena alimentaria, es decir poder remontarse al origen de cada alimento pasando por todos los intermediarios hasta llegar al productor. En la investigación científica se va imponiendo la Reproducibilidad y repetibilidad y en el de las transacciones comerciales se habla también del Blockchain.

2. Triangular la información

Triangular es observar el mismo supuesto hecho o información desde otro punto de vista. Por ejemplo, si somos asiduos de un periódico determinado, veamos qué dice el periódico de la tendencia política contraria. Pero mi consejo es que hagamos nuestra propia búsqueda: obtendremos gratas sorpresas.

En internet está casi todo, aunque casi nunca está a la vista

Usemos un buscador (Google, Bing de Microsoft o DuckDuckGo que no guarda la información personal) con pequeños trucos para acotar la búsqueda: dos o tres palabras que diferencien lo que buscamos de todo lo demás, con o sin comillas, acotando las fechas y si es necesario usando un traductor on-line (el de Google maneja más de cien). La información buena no suele estar en la primera página de enlaces, sino casi seguro en las siguientes.

Al final, se trata de poner un poco de nuestra parte y no ser simples receptores de información. Activar una mirada crítica y no dejarse llevar es fundamental para no acabar siendo víctimas de algunos de estos fraudes o engaños.

Las peores fake news: las que nos abruman desinformando

En torno al coronavirus esta es la pandemia informativa que también estamos padeciendo:

El próximo post dentro de dos martes, el 28 abril 2020

Sociología contra coronavirus. 2ª parte


La paradoja de la pandemia

La fulminante extensión del coronavirus ha revelado que vivimos en un mundo globalizado, nos guste o no. Pero a la vez, ésta es la paradoja, estamos más separados que nunca unos de otros, no sólo físicamente confinados sino también y sobre todo fragmentados en nuestras sociedades nacionales, nuestras organizaciones supranacionales (Unión Europea) o mundiales.

Entre la Aldea global de la que nos hablaba hace más de medio siglo el sociólogo Marshall McLuhan y las acciones aisladas de los individuos, queda un vacío cada vez más profundo, desprovisto de relaciones Comunitarias Constructivas de Colaboración y Cooperación. Tomemos la situación española que estos días vivimos.

Valerosos gestos individuales…

Sé que la gente es solidaria y mantiene una gran empatía hacia sus semejantes, cuando cada tarde a las ocho oigo los aplausos desde centenares de ventanas y balcones expresando el apoyo al personal sanitario y de otro tipo que están en primera línea de la lucha contra el coronavirus. Tiene además el efecto positivo de reforzar nuestro sentimiento de pertenencia a un colectivo, de lo que ya nos hablaba el psicólogo Abraham Maslow, más allá de estrechas miras identitarias.

Sé que en nuestra sociedad hay imaginación e iniciativas con un gran potencial cuando me llegan centenares (literalmente) de videos, consejos y propuestas individuales para sobrellevar y superar los mil y un problemas que la pandemia nos plantea.

…pero hay que ir más allá delentre todos lo superaremos”. Sí pero ¿cómo?

Lo anterior es necesario… pero insuficiente. Las acciones corales, como los aplausos, y las iniciativas personales se quedan a medio camino de la Construcción Colectiva. Consiste en crear algo nuevo que cada uno individualmente no podríamos llevar a cabo. Hay que establecer nuevas relaciones basadas en valores compartidos, donde cada uno aporte su contribución diferencial a ese colectivo. Al ser más que la suma de las partes, podremos encontrar soluciones a problemas antes irresolubles. En una palabra, se trata de asociarse. Para el pensador y político francés Alexis de Tocqueville,

“Resulta evidente que si cada ciudadano, a medida que se va haciendo individualmente más débil y, por consiguiente, más incapaz de preservar por sí solo su libertad, no aprende el arte de unirse a sus semejantes para defenderla, la tiranía crecerá necesariamente con la igualdad.”

La democracia en América, vol. 2, parte 2, cap. 5

Sí, pero ¿el qué?

A los inicios del coronavirus en una comunidad de vecinos de mi barrio, con casi cien viviendas y un altísimo porcentaje de población “senior”, se le propuso a su Presidente organizarse para mantener desinfectadas las zonas de uso común (portal, pasillos, botones), usar individualmente los ascensores, etc. La respuesta fue que “no era su misión”. En contraste, algunas personas de ese mismo vecindario, en particular jóvenes (¿quién dijo que no eran solidarios?), se han ofrecido para ayudar a sus convecinos a la hora de hacer la compra, ir a la farmacia u otras tareas.

Estas pequeñas iniciativas de auto-organización, que ofrecen una simbiosis entre las habilidades y las aportaciones de cada uno nos harán ir más lejos y estar más unidos que nunca. Otros ejemplos podrían ser:

  • organizarse para mantener canales de comunicación limpios de “fake news”
  • apoyo empático a través de las redes sociales ¡o del simple teléfono!
  • crear redes que mantengan el contacto de lo que antes hacíamos cara a cara: desde las actividades del centro de mayores hasta los clubs de lectura; por no hablar más que de las relacionadas con la población mayor, hoy más vulnerable y aislada

Más allá del asociacionismo identitario

Una última nota de advertencia. Tenemos tendencia, y en los últimos tiempos más que nunca, a asociarnos con quienes son “como nosotros” (por género, etnia, lengua, edad, origen social o territorial). Nos empobreceríamos personal y socialmente, perdiendo la oportunidad de incrementar lo que los sociólogos llaman “capital social“.

El asociacionismo identitario incrementa la polarización y las tensiones sociales, de las que por desgracia estamos “sobrados” en nuestro país.

La República de Weimar fue el régimen político de Alemania entre 1918 y 1933, es decir entre la hecatombe de la Primera Guerra Mundial y el advenimiento del nazismo. Una de las características más notables de ese periodo fue la floreciente vida asociativa. Pero, señalan Acemoglu y Robinson,

“todo esto sucedía de acuerdo con posiciones sectarias. Incluso en los pueblos pequeños las asociaciones estaban divididas entre las de los católicos, los nacionalistas, los comunistas y los socialdemócratas. Un joven con simpatías nacionalistas pertenecería a clubes nacionalistas, acudiría a una iglesia nacionalista y probablemente socializaría y se casaría en el interior de estos círculos nacionalistas”

El pasillo estrecho, p.503-4

El ascenso de los nazis se aprovechó de esta densa y polarizada sociedad civil (idem, n.357)

El próximo post dentro de dos martes, el 14 abril 2020

Sociología contra el coronavirus

Por desgracia la forma como se ha encarado hasta hace poco la pandemia del coronavirus ha sido francamente mejorable, por decirlo con suavidad. Pero la sociología puede ayudar en esta situación y de eso va este post.

Factores sociológicos explican la diferente expansión del virus

El ritmo de expansión del coronavirus se calcula con el llamado número básico de reproducción (R) que es el producto de cuatro factores, uno de los cuales es el número de contactos sociales (piel con piel o intercambio de conversación a poca distancia) que una persona infectada tenga con otras personas. En un estudio realizado hace doce años en ocho países europeos se midió el número diario de contactos sociales de las personas. En Italia, por ejemplo, este número era más del doble que en Alemania, lo que puede en parte explicar el diferencial entre ambos países. España no estaba incluida en el estudio, aunque supongo que nos parecemos más a los italianos que a los alemanes.

Pero además de para analizar, la sociología sirve también para actuar.

Primera medida: reducir la exposición… ¡a los medios de comunicación!

Entre los medios de comunicación hay que incluir no sólo las cadenas de televisión sino también internet en todas sus formas: páginas web de periódicos, twitter, facebook, grupos de WhatsApp o blogs como éste. Internet tiene el peligro añadido sobre el periódico en papel de cada día que se mezclan “noticias” de diferentes fechas, de modo que mensajes contradictorios emitidos en tiempos distintos comparten la misma página web.

Los medios de comunicación compiten para atraer nuestra atención a base de pseudo-informaciones improvisadas (tertulianos), noticias más alarmantes que las de los otros medios y todo en forma de bombardeo constante. Esto nos provoca sucesivas fases: a) pánico; b) aturdimiento; y c) hartazgo. Todas ellas TÓXICAS.

Mis consejos:

  • Bloquear la exposición a noticias y medios de comunicación que nos generen miedo
  • Reducir el seguimiento a pocos medios: no nos traguemos todos los telediarios, por favor
  • Los dos puntos anteriores nos permitirán sacar tiempo para chequear las fuentes y saber quién emite el mensaje: no hay que fiarse sólo de los de “nuestra cuerda”, sino tratar de combinar fuentes opuestas y así formar nuestro propio criterio
  • En fin, rechazar toda imagen (personas, preferiblemente de rasgos orientales, con mascarillas en vías públicas) que nos invite a señalar culpables de la pandemia. No sólo es un crimen, también es un error. La epidemiología también ha mostrado que el famoso paciente cero no existe.

Segunda medida: estrategias para incorporar a nuestra vida cotidiana hábitos de prevención

Como muestra este vídeo, es muy difícil erradicar viejos hábitos (tocarse la cara) o incorporar otros nuevos (lavarse la cara y mantener distancias entre personas):

Pero se puede hacer. Mis consejos:

  • Crearnos registros (notas en papel) para conocer con objetividad las veces y circunstancias en las que nos hemos vuelto a tocar la cara, etc.
  • En nuestro entorno cercano: ayudarnos mutuamente a incorporar rutinas, como recordarnos el lavado de manos en momentos específicos acordados por todos
  • Adjuntar a rutinas cotidianas que ya tengamos (cada uno busque las suyas) los nuevos hábitos a incorporar

Tercera medida: la hora de la comunidad

Entre los “paquetes” de medidas gubernamentales y las acciones individuales hay un espacio a cubrir por las comunidades a las que pertenecemos.

Las autoridades de turno han pasado de la suficiencia (Nuestro sistema sanitario está perfectamente preparado”) a responsabilizarnos de lo que nos pueda pasar: (“¡No se toquen la cara!”,“¡no se den la mano!”), aunque haya quien como el primer ministro de Holanda demuestre tomarse a chiste lo que predica:

Pero además de lo que hagamos cada uno individualmente la acción colectiva en las organizaciones, empresas, servicios comunes y comunidades, es un factor esencial. Aquí van algunos ejemplos:

  • Las entidades bancarias deberían asegurarse que las pantallas táctiles de los cajeros automáticos no son fuente de transmisión del virus
  • Los supermercados deben ayudar para que los clientes no se aglomeren en las cajas o agarren las barras de los carritos de la compra con las manos desnudas
  • Las comunidades de vecinos deberían actuar sobre las zonas comunes evitando por ejemplo, que se comparta el ascensor entre personas de diferentes viviendas, o desinfectando con frecuencia picaportes del portal, botones de ascensor, pasamanos, etc.

Última medida: cambiando nuestra vida por un tiempo

La estrategia de “aplanamiento de la curva de contagio” con objeto de no colapsar los servicios sanitarios significa que el ciclo de crecimiento-decrecimiento de la pandemia se alarga en el tiempo. Por eso debemos poner en marcha nuevos contenidos en nuestra vida para nosotros y nuestro entorno, en particular la población más joven, con objeto de llenar los tiempos de ocio forzado y no acabar de los nervios.

El próximo post dentro de dos martes, el 31 de marzo

El miedo en política y cómo superarlo

En el entorno político actual estamos bombardeados con mensajes que tratan de infundirnos miedo:

  • a que los comunistas nos quiten lo que tenemos,
  • a que los fascistas nos quiten nuestra libertad,
  • a que los inmigrantes nos quiten el puesto de trabajo,
  • a que una “manada” nos viole,
  • a que el cambio climático nos destruya la naturaleza,
  • a que el coronavirus nos quite la vida,
  • a que…

El problema es que este cúmulo de mensajes va dirigido a nuestras reacciones emocionales más básicas (la primera el miedo) y nos paralizan o, lo que es peor, nos ponen ciegamente en manos de “caudillos”.

La forma más fácil de controlar a la gente es a través del miedo” (Arun Gandhi, nieto del Mahatma Gandhi)

“Temeros los unos a otros”

Se trata no ya del miedo a amenazantes elementos “externos”, sino sobre todo el miedo que podamos tener unos de otros. A eso parece que se dedican nuestros partidos políticos cuando predican “cordones sanitarios anti… [añadir la ideología o grupo social que convenga]” o llenan telediarios con ataques al adversario. Si la opinión que se tiene de los partidos políticos actuales es más bien “discretita“, el objetivo parece ser: “vótame a mí, que el otro es todavía peor“. Como señala la filósofa norteamericana y premio Príncipe de Asturias Martha Nussbaum en su libro La monarquía del miedo (no, no es sobre Felipe VI sino sobre el miedo como tirano):

Por medio de nuestra propensión básica al miedo, las sociedades democráticas son altamente vulnerables a la manipulación

Los miedos mutuos se retro-alimentan: “te tengo miedo, porque me atacas o me vas a atacar” -> “me pongo a la defensiva” -> “te sientes atacado y reaccionas” -> …Y EL CÍRCULO VICIOSO CONTINÚA Y CRECE.

“Pues han dicho en la tele…”

Cada vez que mi suegra comienza una frase con estas palabras los presentes intercambiamos miradas entre divertidas y alarmadas esperando escuchar alguna terrorífica “noticia”. A continuación iniciamos la clásica ronda de preguntas: ¿Pero, quién lo ha dicho? ¿En qué programa? ¿En qué cadena de televisión? Al final no sabemos si la fuente es la reseña del último Consejo de Ministros, un pseudo-docudrama de La Cuatro, una acalorada discusión en La Sexta entre habituales tertulianos políticos u otro tanto entre los no menos habituales de Sálvame de Luxe. Lo único que sacamos en “limpio” es que alimenta los miedos en que se nos quiere hacer vivir. Además la tal “noticia” se suele emitir con una rotundidad que apabulla. Como dijo Michel de Montaigne,

Nada se cree con mayor firmeza que aquello que se conoce menos; ni hay hombres más seguros de lo que dicen que los que nos refieren cosas fabulosas” (Ensayos, I, XXXI)

¿Es que el mundo va tan mal?

Hans Rosling fue un médico sueco dedicado a promover el uso de los datos para describir los avances sociales y económicos en el mundo. Durante los últimos dieciocho meses de su vida escribió un libro, Factfulness, en el que se muestra con hechos y datos que nuestra visión de las cosas es bastante más pesimista que la propia realidad. Incluso confeccionó un test para mostrar las nociones equivocadas de la mayoría de la gente, test que podemos pasar nosotros mismos aquí. En el libro concluía:

Resístete a culpar de cualquier cosa a un individuo o grupo de individuos. Porque el problema es que, cuando identificamos al malo de la película, ya no pensamos más. Y casi siempre es más complicado. Casi siempre hay múltiples causas interrelacionadas; un sistema. Si realmente quieres cambiar el mundo, tienes que entender cómo funciona en realidad y olvidarte de darle una bofetada a alguien en toda la cara” (p.255)

La ira y qué hacer con ella

Esto no significa que dejemos de sentirnos indignados ante el sufrimiento y la injusticia que padece todavía mucha gente en el mundo. Incluso puede que desate nuestra ira, pero que no debemos orientar haca el castigo del “malo de la película” sino hacia el restablecimiento de la igualdad y la dignidad de todos los seres humanos.

Romper esta dinámica

Por eso, cuando recibamos algún mensaje que avive nuestros miedos propongo estos ejercicios:

  1. ¿Quién lanza el mensaje? ¿Le favorece que reaccionemos emocionalmente?: por ejemplo, votándole en las próximas elecciones, haciendo un donativo a…, dejándonos pegados a la pantalla de la tele (con o sin cortes publicitarios), etc.
  2. Cuanto más rotundo es el mensaje hay que fiarse menos de su contenido: ¿pueden consultarse las fuentes, los datos objetivos en los que se basa…?
  3. ¿El mensaje va dirigido a paralizar nuestro propio razonamiento y fomentar una respuesta emocional o ayuda a nuestra reflexión personal cotejando ese mensaje con otras fuentes alternativas?
  4. ¿Aumenta nuestro desagrado, odio, miedo, etc. hacia otras personas?

El próximo post dentro de dos martes, el 17 de marzo

Una democracia de mínimos

¿Vivimos en un régimen democrático?

Mal que les pese a los independentistas catalanes España forma parte del reducido pelotón de países del mundo que gozan de una democracia plena. Así lo señalan informes como Freedom in the World 2019 (Freedom House, Washington), The Global State of Democracy 2019 (International IDEA, Estocolmo), V-Dem Annual Democracy Report 2019 (Univ. Gotemburgo) o Democracy Index 2019 (EIU, The Economist).

Este último indicador nos incluye en esa (¿¡privilegiada!?) minoría del 5,7 % de la población mundial que vive en países de democracia plena.

Y sin embargo…

¿Por qué entonces los Barómetros mensuales del CIS nos recuerdan machaconamente que estamos cada vez más descontentos con “Los políticos en general, los partidos políticos y la política“, tal y como también constata el Informe sobre la Democracia en España 2018 de la Fundación Alternativas?

¿Es que somos quejicas por naturaleza y auto-críticos hasta la exasperación o hay algo más en esta aparente contradicción?

¿Cuáles son los ingredientes de una democracia plena?

Esos informes calculan el índice partiendo de cuatro elementos:

  1. la existencia de libertades y derechos civiles amplios
  2. la existencia de pluralismo político y procesos electorales libres
  3. la acción del gobierno
  4. la participación política de la ciudadanía

De los dos primeros andamos sobrados, con altas puntuaciones en estos informes.

Pero ¿qué pasa con la “acción del gobierno”?

Ahí puntuamos menos. No es de extrañar ya que que este elemento considera la existencia o no de instituciones independientes que controlen las actuaciones del gobierno, la transparencia y rendición de cuentas de sus acciones, el acceso público a la información, la existencia de corrupción, etc. Basta con echar una ojeada a los informes de la Fundación Civio, la AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) o la Oirescon (Oficina Independiente de Regulación y Supervisión de la Contratación) para constatar lo que sospechábamos.

¿Y el cuarto elemento, “la participación política de la ciudadanía?

Acemoglu y Robinson, autores del famoso libro Por qué fracasan los países, nos recuerdan en su obra más reciente, El pasillo estrecho, que para salir de la situación de barbarie las sociedades primitivas necesitan erigir un Estado “para controlar la violencia, hacer cumplir las leyes y proporcionar servicios públicos que son cruciales para una vida en la que las personas tienen poder para hacer elecciones y luchar por ellas” (p.16). Pero, añaden a renglón seguido, “una sociedad fuerte y movilizada es necesaria para controlar y encadenar al Estado fuerte“.

¿Tenemos esa sociedad? Mucho me temo que no. Como comentó el mismo Acemoglu en su reciente visita a España No cabe duda de que el tejido institucional español no es suficientemente inclusivo, necesita una reforma radical“. No existen organizaciones fuertes realmente autónomas que representen los intereses de tales o cuales sectores sociales, con capacidad para plantear a los poderes públicos sus demandas y, en particular que “aten en corto” la acción de los organismos del Estado.

Entendiendo la aparente contradicción

¿Cómo entonces se conjugan unos elementos y otros en nuestro sistema democrático? ¿Cómo conviven dos “ingredientes” potentes de la democracia plena con otros dos con resultados más pobres?

Vaya por delante que un régimen democrático requiere sin duda la existencia de partidos políticos. Éstos cumplen (o deberían) una doble función: la de representar las distintas corrientes de opinión y posturas políticas de una sociedad, y la de negociar y llegar a acuerdos entre los partidos para cimentar gobiernos estables y eficaces.

Un primer problema surge cuando los partidos políticos se convierten no en representantes sino en delegados, es decir una vez que votamos (que no elegimos) perdemos nuestra influencia sobre ellos (“vótame y olvídame”).

Y entonces, para que sigamos votando a algún partido, estamos sometidos a una excitación continua, una confrontación de papel escenificada en los telediarios y las tertulias “políticas”de los platós de televisión, que apela a nuestros miedos y fobias con objeto de intentar enfrentarnos unos contra otros, obligarnos a tomar partido (“o eres comunista o eres fascista”) y levantar barreras identitarias (“yo soy de los míos y los otros son los culpables de todos nuestros males”).

El segundo problema es que los partidos, en particular los mayoritarios, acumulan un exceso de poder interno (sus cúpulas someten a una férrea disciplina a sus cargos públicos y parlamentarios) así como externo: copando las Administraciones Públicas, contratando “personal de confianza”, acaparando subvenciones públicas para organizaciones o fundaciones propias, nombrando los miembros del Consejo General del Poder Judicial (¿dónde ha quedado la separación de los poderes -legislativo, ejecutivo y judicial- de la que hablaba Montesquieu?), etc.

Más vale ir pensando qué hacer sin esperar a lo que digan nuestros “representantes”.

El próximo post dentro de dos martes, el 3 de marzo

¿Nos “pone” votar en un referéndum?

Por lo que podemos deducir de la historia reciente de los referéndum en España, no nos “pone” mucho. Así, desde el referéndum para la ratificación de la Constitución española (diciembre 1978), a la actualidad el mayor porcentaje de votantes fue precisamente entonces: un 67 %. Después ha ido cayendo incluso hasta cuotas del 28 %, como en el caso de la ratificación del Estatuto de Autonomía de Galicia (diciembre 1980). El último referéndum fue precisamente el de la ratificación del polémico Estatuto de Autonomía de Cataluña en junio de 2006, donde la participación ni siquiera llegó a la mitad: 48,8 %.

El dudoso récord lo ostenta el referéndum sobre la franquista Ley Orgánica del Estado (diciembre 1966), con un 89 % de (¿voluntaria?) participación: ¡bravo campeón!

¿Y si el nuestro fuera el voto decisivo para decantar un referéndum?

Muchas decisiones claves que se toman en el Parlamento español exigen mayorías cualificadas de dos tercios, tres quintos o mayorías absolutas. Pero en un referéndum bastaría con un solo voto para aprobar o rechazar lo que se someta a votación, sin porcentajes mínimos de participación ni mayorías cualificadas. Así lo recomienda la llamada Comisión de Venecia. Se trata de un consejo más bien arriesgado, sobre todo cuando nos jugamos un texto constitucional, un estatuto de autonomía, la pertenencia o no a la Unión Europea (Brexit, 2016), al Reino Unido (Escocia, 2014), a Canadá (Quebec, 1980 y 1995) o a la OTAN (España, 1986).

¿Qué hubiera pasado si tan solo el 1,9 % de los votantes en el referéndum del Brexit hubieran cambiado el “irse” por el “quedarse” en la UE? Pues que el Reino Unido seguiría siendo parte de la misma. ¿No es esto jugársela a cara o cruz? Cuando el entonces Primer Ministro británico David Cameron convocó el referéndum del Brexit confiaba en tener una “moneda trucada” para callar al ala anti-europea de su propio partido y además lograr concesiones especiales de sus socios europeos. Logró el efecto contrario: partir la sociedad británica en dos, tener que dimitir, quemar las opciones de su sucesora Theresa May, reavivar el impulso independentista de Escocia, etc. Las lágrimas de cocodrilo vertidas en su libro For The Record no le eximen de uno de los mayores errores de la historia reciente del Reino Unido.

El referéndum de la OTAN

David Cameron tenía que haber aprendido de un caso de marketing manipulativo donde los haya: el del referéndum para la permanencia de España en la OTAN. En efecto, en cuatro años el gobierno socialista de Felipe González pasó del “¡O-TAN, NO!” -sencillo, sonoro y breve- a darle la vuelta por completo y plantear un referéndum con la siguiente texto:

“El Gobierno considera conveniente, para los intereses nacionales, que España permanezca en la Alianza Atlántica [¿ya no es la OTAN?], y acuerda que dicha permanencia se establezca en los siguientes términos: (…) ¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?”

¿Cómo oponerse a lo que “considera conveniente para los intereses nacionales” el Gobierno de un Felipe González en el cenit de su poder político, y que lejos de ser neutral se implicó a fondo en la campaña para obtener el e incluso amenazó con su dimisión?

Años después parece que esos “términos acordados por el Gobierno de la Nación” para permanecer en la OTAN no se han cumplido o lo han hecho de forma superficial.

Referéndum: ¿democracia o manipulación?

Toda vía de participación de la ciudadanía en la gestión y decisiones de lo público es siempre una buena noticia y sin duda debe impulsarse. Pero un referéndum es instrumento de participación cuando está previsto de antemano y no si se plantea:

  • cuando al mandatario de turno le viene bien;
  • sobre la cuestión que le interesa y no sobre otras posibles;
  • poniendo toda la maquinaria a su disposición para influir en el resultado; y
  • aguardando el momento en que la opinión pública le es favorable.

¿Por qué la Constitución española fue sometida a referéndum en 1978, pero la modificación introducida por Rodríguez Zapatero en 2011 no? Probablemente porque sospechaba que iba a perder la votación, además de que el marco jurídico se lo permitiera.

¿Y en Cataluña?

Por eso también es errónea (y manipuladora) la idea de permitir un referéndum sobre la independencia en Cataluña, argumentando que “lo más probable es que salga que no” y “así zanjamos la cuestión”.

Con datos del Centre d’Estudis de Opinió de la Generalitat (el “CIS” catalán) este planteamiento valdría entre diciembre 2014 y febrero 2016, entre octubre 2016 y junio 2017, en febrero 2018, o entre julio y noviembre 2019; pero no en junio 2016, octubre 2017 o entre abril 2018 y marzo 2019. ¿No es demencial?

Incluso según parece, los independentistas planeaban un segundo referéndum si el primero resultaba fallido para ellos. Sin comentarios.

El próximo post dentro de dos martes, el 18 de febrero