Cuando el pasado 5 de octubre el Presidente del Gobierno convocó las elecciones, en su cabeza no estaba la renovación de las Cámaras sino exigir un plebiscito sobre su persona: “debemos lograr que el Parlamento nos dote de una mayoría
mucho más amplia progresista”, ya que “los intereses de la gente de a pie son pisoteados en el Parlamento”.

Para Pedro Sánchez hace tiempo que el Parlamento es una molestia que hay que orillar, intentando gobernar a golpe de medidas que no tengan que pasar por el Congreso. No es de extrañar que la legislatura que ahora termina sea la de menos leyes aprobadas de la democracia (79 en total) y Sánchez sea quien más ha recurrido a los reales decretos-leyes desde su llegada a La Moncloa: 189, aunque una docena no han sido convalidados.
El Parlamento ha dejado de ser el terreno en el que los distintos sectores de la sociedad, a través de quienes les representan en esa institución, expresan sus posiciones e intentan llegar a acuerdos para llevar a cabo políticas que beneficien a la mayoría, sin olvidar las aspiraciones legítimas de las minorías.
Pero no existe esa representación. Los parlamentarios están ahí porque el jefe de filas correspondiente les ha asignado en un puesto dentro de la lista de la papeleta electoral. El hecho de que haya circunscripciones electorales por provincias para nada significa que la voz de los electores de esa provincia vaya a ser oída.
Tampoco se intenta ya llegar a consensos. Sólo se trata de una aritmética parlamentaria que permita al líder establecer su dominio, lo más extensamente posible a costa de saltarse cualquier pretensión de gobernar para el conjunto del país.
El ganador se lo lleva todo
Como en su día cantaba el grupo sueco ABBA, el que gana arrasa con todo. Los plebiscitos y los referéndum tienen esa “ventaja”. Desde hace tiempo quien ocupa el gobierno central ha dejado de pactar con la oposición el nombramiento de los cargos directivos de las agencias y organismos que deberían supervisar y controlar la labor de las administraciones públicas. Este tipo de prácticas degeneradas es un cáncer mortal para las democracias.
Sánchez nos tiene acostumbrados al culto a la personalidad por encima de las políticas concretas. De ahí el fomentar el carácter plebiscitario del 29-N. El problema es que “al otro lado” el interés es exactamente el mismo: el plan del PP es potenciar la apariencia de elección binaria para azuzar el voto útil: o Sánchez o Feijóo.
Por eso en ambos bandos se pretende reducir al máximo la “competencia” existente a su izquierda o a su derecha, según se trate: Sánchez pretende fagocitar a los grupos a su izquierda, empezando por los integrantes del nuevo Frente Amplio y el PP intenta lo mismo con Vox.
Lo de menos es el programa electoral o los nombres que aparecen en las papeletas de votación, más allá de “relatos” vacíos de contenido y llenos de manipulación. Ya sabemos que los puestos de las listas electorales -cerradas y bloqueadas- se reparten entre los leales al líder.
Mientras tanto, todo vale: desde la utilización del fallecimiento de Mari Carmen Abascal pocos días después de ser desahuciada, hasta los problemas con la justicia de personas del entorno del Presidente del Gobierno. De políticas e iniciativas concretas -que no se den de tortas con lo que de verdad unos y otros (no) han hecho estando en el gobierno- en realidad nada.
Los próximos plebiscitos internacionales
Este otoño contempla también otros enfrentamientos “en la cumbre”. El 25 de octubre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro chocarán en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil.
El 3 de noviembre los norteamericanos elegirán los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 de los 100 del Senado, en una polémica campaña que representa un auténtico plebiscito en torno a Donald Trump.
Este personaje representa la quintaesencia de la transición de un régimen democrático a uno autárquico, retorciendo hasta el extremo los recursos del poder en beneficio propio, dominando el relato e inundando de exabruptos las redes sociales. Es un triste “modelo” que, lejos de una aparente oposición a sus políticas, intenta ser copiado por personas como Pedro Sánchez o algunos de sus más TikTokeros ministros.
Y en el próximo año tenemos un rosario de citas electorales en diversos países europeos, que suponen otras tantas oportunidades de interferencias por parte de Rusia, como fue el caso del referéndum por el Brexit.
Poco a poco nos vamos acercando a la polarización extrema, cuando unos y otros ya no apuestan por avanzar políticas colectivas sino solamente a ganar o perder. En un entorno mundial bajo esa perspectiva, para un país como España e incluso para un continente como Europa se trata de una dinámica que sólo ofrece un futuro de disgregación y decadencia.
El próximo post dentro de dos martes, el 27 octubre 2026








