Sociedad con Covid-19 (IV): acciones colectivas

Estamos peor

Desde el punto de vista sanitario la segunda ola del Covid-19 parece ser más grave que la sufrida en primavera. A ello se añaden dos factores que la empeoran: la polarización entre partidos políticos y el agotamiento y hartazgo en amplios sectores de la sociedad.

No, dada la trifulca interminable entre las formaciones políticas, sinceramente no puede esperarse mucho de ellas a la hora de combatir la pandemia del Covid-19; al menos hasta que un cambio en el sistema representativo-electoral permita supervisar de verdad a los votados por parte de los votantes. Es como si nos hubiéramos quedado huérfanos.

Así, a la mayoría de los entrevistados en el Barómetro del CIS de este mes de septiembre, la política que estaba siguiendo el Gobierno actual para luchar contra el COVID-19 (pregunta 8) les merecía poca o ninguna confianza (56,8%), frente al 31,6% que les merecía mucha o bastante.

Los psicoanalistas hablarían de “la muerte del padre”, pero no es mi caso. Yo hablaría de un vacío social que se puede y se debe llenar. ¿Por quién? Por nosotros.

Es la hora de remontar construyendo

Se han realizado multitud de pronunciamientos por parte de asociaciones profesionales y ciudadanas, incluyendo críticas y llamamientos a gobernantes y partidos políticos para hacer las cosas de otra manera. Por desgracia sin resultados.

Hay que ir más allá y salir al paso de carencias que literalmente están segando vidas, impactando severamente en la salud de miles y miles de personas, hundiendo económicamente a centenares de miles de pequeñas empresas, trabajadores autónomos y hogares, horadando la confianza social y deteriorando la convivencia cotidiana y el bienestar personal.

Hemos hecho gestos solidarios con el personal sanitario y con los colectivos más vulnerables a la pandemia; hemos clamado por una acción positiva y coordinada de los poderes públicos. ¿Podemos hacer algo más? Sí, pero no de cualquier manera.

Creo que es el momento de plantear la batalla contra la pandemia a partir de redes de colaboración desde dentro de la sociedad civil y a dos niveles: el del asociacionismo y el de la incorporación de nuevos comportamientos grupales y colectivos.

Asociaciones civiles: ¡a sus puestos!

Echo en falta -más allá de los necesarios pronunciamientos- recibir de entidades solventes información clara y confiable sobre las medidas sanitarias que puedan frenar la expansión del virus, controlar sus efectos y reducir su impacto en el bienestar de las personas. ¿Alguien -me refiero a sociedades médicas o similares, no a tertulianos de televisión- ha explicado la eficacia de cada tipo de mascarilla, su mantenimiento adecuado, su uso cotidiano y su duración? Mi experiencia consultando media docena de farmacias cercanas a mi domicilio fue más deprimente… ¿Son más seguros los espacios al aire libre o las viviendas de 60 m2 de reducida ventilación donde conviven familias numerosas?

Echo también en falta información sencilla, asequible y solvente sobre la normativa dictada por las diferentes administraciones sobre confinamientos, uso de espacios colectivos, acceso a centros de salud, actuación en caso de contacto con personas contagiadas, cuarentenas, etc.

Junto a quienes pueden aportar la información citada existen también asociaciones de vecinos, de mayores y jubilados, de familias con hijos escolarizados, de profesionales de distintas ramas, etc. que podrían canalizar entre sus miembros las orientaciones recibidas. Pero la verdad es que carecemos de forma sistemática de esos canales transversales de colaboración. No contamos con un diálogo fluido entre las asociaciones de personal sanitario y las que agrupan a los usuarios del sistema de salud.

En otra página de esta web estoy incorporando poco a poco el listado de asociaciones y entidades que creo podrían ir tejiendo esa red de colaboraciones, en particular en lo que se refiere a la lucha contra el Covid-19. Todas las sugerencias serán bienvenidas.

Nuevos comportamientos sociales

El segundo nivel parte de la constatación de que los hábitos de protección contra la pandemia sólo se adquieren de forma grupal, no individual. Necesitamos apoyos sociales para mejorar comportamientos, no condenas. No pueden decirnos sin más que si hemos tenido contacto cercano con una persona contagiada nos confinemos en nuestro domicilio y ya está. ¿Y nuestro trabajo? ¿Quién lleva a los hijos al colegio? ¿Quién realiza las mil y una gestiones cotidianas? Facilitemos los hábitos y medidas saludables, evitando señalar a las víctimas como si fueran también culpables.

En el caso de nuestros país existe una significativa carencia de análisis e intervenciones serias sobre la dimensión grupal de la propagación del virus y las herramientas psico-sociológicas o conductuales para su contención. Las epidemias son fenómenos tan sociales como sanitarios. Pero, aparte de algunas encuestas de opinión, desconozco la existencia de esfuerzos por calibrar los mecanismos colectivos que intervienen o que pueden ponerse en práctica. No es ciencia infusa. Varios premios Nobel en los últimos años están dedicados a ello.

El próximo post dentro de dos martes, el 27 octubre 2020

Sociedad con Covid-19 (III): ¿de la solidaridad a la desconfianza?

Fuimos los más solidarios…

A pesar de la desinformación sistemática tanto en noticias como en datos… a pesar del penoso espectáculo de descoordinación entre administraciones públicas… a pesar del duro coste en vidas humanas, en particular entre los más vulnerables en residencias de mayores… a pesar del sacrificado trabajo del personal sanitario… a pesar del coste educativo, laboral y económico de sectores enteros… hemos sido el país más (esta vez sí) disciplinado del mundo en el confinamiento en el domicilio y el uso de mascarillas.

pero hemos tenido una gestión pública irresponsable

El juego interesado entre los partidos políticos -agravando las tensiones entre las CCAA y el gobierno central- desembocó en una dejación escalonada de las obligaciones de unos y otros, provocando un desconfinamiento irresponsable al comienzo del verano. Así lo señala un reciente estudio comparativo de nueve países publicado en la revista The Lancet, que señala al Reino Unido y a España como los países con peor gestión de la pandemia. Otro reciente artículo, esta vez del New York Times, se titula precisamente “La incompetencia de los políticos españoles puede ser tan mortal como la COVID-19“.

Nuestras reacciones post-confinamiento: de la sensación de liberación…

Tras las duras condiciones durante la primavera, la llegada del verano se ha vivido como una liberación, como una recompensa al sacrificio, como la vuelta a la “nueva normalidad“. Todo ello en el mismo contexto de desinformación y de guerra entre unos partidos políticos cuyo campo de batalla sigue siendo los medios de comunicación y los gobiernos central y autonómicos.

…al choque con la segunda ola de la pandemia…

Pero la realidad del Covid-19 ha tornado con mayor virulencia en un escenario mucho más complicado -comienzo del curso escolar, crisis económica, crispación política más aún si cabe- y descubriendo que las contingencias prometidas por las Administraciones Públicas habían quedado en papel mojado.

…a los comportamientos dispares…

Carlos Marx escribió hace más de siglo y medio que…

Los hombres [ahora se diría también “y las mujeres”] hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.

El 18 Brumario de Luis Bonaparte, cap.1

Esto es aplicable a nuestra actual situación en la que seguimos sin tener informaciones y directrices claras sobre cómo actuar. Recientemente lo he comprobado yo mismo cuando al preguntar en media docena de farmacias sobre qué tipo de mascarillas utilizar he obtenido seis respuestas totalmente dispares. Pero los ejemplos son continuos desde políticos y tertulianos, canalizados por los llamados medios de comunicación y las redes sociales.

No es de extrañar pues que los comportamientos de autoprotección ante el Covid-19 estén condicionados fuertemente por circunstancias socio-demográficas, tal y como señala un reciente estudio. Por eso antes de culpabilizar a unos u otros, más valdría conocer esas circunstancias y aplicar las medidas apropiadas. No será por falta de guías para ello (ver aquí, aquí o aquí).

…y a la desconfianza

Cuando se forma parte de un grupo social al que los medios de comunicación y redes sociales culpabilizan de la expansión del Covid-19 (jóvenes, mayores, migrantes, etc.) o temen consecuencias negativas (cuarentena domiciliaria o pérdida de actividad económica), la reacción inmediata puede ser el ocultamiento de las conductas o de los posibles síntomas, incluyendo el rechazo a pasar el test correspondiente.

Se alimenta así la espiral de la desconfianza, no sólo respecto a las Administraciones Públicas sino entre grupos sociales diferenciados. Las actitudes sociales negativas pueden ser incluso hacia quienes no lleven mascarilla u otros comportamientos externos. Según un estudio reciente en el Reino Unido, la fractura social derivada de esta dinámica está siendo más profunda que la que generó el referéndum del Brexit.

¿Vacunación?

No hay en España un estudio similar, pero sí conocemos las opiniones sobre una eventual vacunación. En una encuesta realizada para la FECYT, fundación pública del Ministerio de Ciencia e Innovación, sólo un 32% de los encuestados se muestra totalmente favorable a recibirla, el 36% estaría en una posición favorable, aunque con algunas reticencias, y el 23% muestra un nivel de reserva alto. Cifras parecidas ofrece el Barómetro del CIS de este mes de septiembre, cuando (pregunta 7) sólo el 44% dice estar dispuesto/a a vacunarse inmediatamente cuando se tenga la vacuna, frente a un 40% que responde negativamente.

Impacto social diferente del Covid-19 según cada país

En fin, no todos los países han visto su cohesión social afectada por el Coronavirus de la misma forma. Entre 14 países desarrollados una encuesta internacional del Pew Research Center revela que en España el 59% de la población piensa que el país está ahora más dividido que antes de la pandemia, pesimismo solamente superado por los Estados Unidos de Donald Trump.

¿Podemos hacer algo?

Sí.

El próximo post dentro de dos martes, el 13 octubre 2020

Sociedad con Covid-19 (II): por qué Radar Covid no funcionará

La anunciada App Radar Covid, ideada para teléfonos móviles con objeto de facilitar el rastreo de contagios entre personas, no va a dar resultado. Un experto en nuevas tecnologías tan reconocido como Enrique Dans se mostraba enfadado por el escaso eco que ha tenido en países como Japón, Italia, Australia, Francia Reino Unido o India. Creo que su enfado va a ser aún mayor en el caso de España.

¿Causas técnicas?

Como siempre, hay una confluencia de factores que se combinan para desembocar en el fracaso que se vislumbra.

Técnicamente la App requiere usar un smartpone con el Bluetooth siempre activado y, en el caso de teléfonos con Android, el geolocalizador también activado. Para que un teléfono así intercambie un código secreto con otro, han de estar al menos 15 minutos seguidos a una distancia menor de 2 metros. Se trata de condiciones algo restrictivas pero entendibles para no sobrecargar el sistema y que se acumulen los llamados falsos positivos.

En el caso de un segmento de edad de riesgo como es la población de mayores, la penetración de teléfonos móviles y en particular de smartphones es todavía insuficiente. Por otra parte “las graves deficiencias de accesibilidad de la aplicación …, que excluye de su uso a determinadas personas con discapacidad”, han sido también denunciadas por el CERMI.

En fin, a estas alturas ni siquiera es compatible con las Apps de otros países europeos.

Los problemas “antes de”

Buena parte de las Administraciones Públicas vienen en realidad “arrastrando los pies” con el Radar Covid. Me sorprende en primer lugar que sea el Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital quien haya liderado su implantación y no el Ministerio de Sanidad, aunque en las CCAA sean los departamentos de Salud los encargados de su gestión. Pero además se ha hecho de rogar para liberar su código fuente, retraso inaudito en este tipo de casos.

De igual forma en muchas de estas CCAA, al menos las que contabilizan un gran porcentaje de la población española, la actitud ha sido cualquier cosa menos entusiasta: esquiva -como en Euskadi, con una App “propia”-, dilatoria -como en Cataluña, Comunidad Valenciana o Madrid– o, a fecha de hoy “sin noticias” (Galicia, …)

No menos importante, la ausencia de una información completa, clara y oficial del funcionamiento de la App, en particular sobre cómo debemos actuar si recibimos un aviso, ha dado paso nuevamente a una riada de noticias heterogéneas, incompletas y a veces preocupantes en los medios de comunicación.

Los problemas “después de”

Una vez puedan quedar solventadas las cuestiones citadas más arriba, supongamos haber recibido en nuestro smartpone un aviso que indica que alguien con quien hemos estado en las dos últimas semanas a menos de dos metros de distancia y durante más de quince minutos, ha emitido el aviso de haber dado positivo en un test sobre el Covid-19. ¿Qué hacer?

Menudo marrón, he recibido una alerta de posible contagio”. Ante nosotros se abre un abismo de toma de decisiones. El primer paso sería dirigirse a nuestro Centro de Atención Primaria (CAP) para comunicar nuestra situación. Para que los CAP no se colapsen, como ya se temen en Madrid o en la Comunidad Valenciana, casi seguro que no nos citarán para un PCR sino más bien que observemos una cuarentena de dos semanas en nuestro domicilio. ¿Lo haríamos? ¿Qué pasa con nuestro trabajo? ¿Y hay que avisar a las personas con las que hemos tenido contacto recientemente, empezando por nuestros familiares y amigos?

Si en otro caso nos han hecho una prueba y ésta ha resultado positiva, debemos solicitar al CAP que pida al gobierno central un código que introduciríamos en nuestro smartphone. Así se emite una señal para que los contactos (últimas dos semanas X dos metros X quince minutos) reciban el “marrón“. Los primeros serán nuestros familiares y amigos cercanos, con la correspondiente “mala conciencia” por nuestra parte.

Entre la sensación de culpabilidad y la falsa seguridad

En conjunto, la dinámica que se crea no es la de “arrimar el hombro todo el mundo” para mejorar la trazabilidad del virus, sino más bien la sensación de que recae en nuestras manos solitarias la responsabilidad de que no se propague.

En el otro extremo el confiar la tarea a un artefacto tecnológico como es la App Radar Covid puede hacernos incurrir en el sesgo de ilusión de control: la App ya se encarga de todo y por eso podemos relajar nuestro estado de alerta personal.

Una vez más, el comportamiento individual es responsabilidad de cada uno, pero cambiar los comportamientos colectivos es tarea del conjunto de la sociedad y de los administradores de los recursos públicos.

El próximo “post” dentro de dos martes, el 29 septiembre 2020

Sociedad con Covid-19 (I): nuestros comportamientos

¿Por qué estamos como estamos?

La segunda oleada de Covid-19 es un hecho en España, justo cuando nos habíamos “ilusionado” con “volver” a una nueva (A)normalidad. Como es habitual, existe un abanico de causas.

La primera, compartida con muchos otros países, es que seguimos sin tener ni idea de los mecanismos de infección, transmisión y entorno social que influyen en la extensión y latencia de esta pandemia. Cuando creíamos, y nunca mejor dicho lo de “creer”, que habíamos aplastado la curva de contagios y el verano nos traería un merecido descanso la realidad ha sido la contraria.

En segundo lugar, y esto es más específico del caso español, tras cumplir un confinamiento mucho más riguroso que el de otros países -con el correspondiente coste psicológico, social y económico- pensábamos que el sacrificio realizado nos había hecho merecedores de una nueva (¿?) normalidad. Parece que seguimos siendo un país de extremos y otra vez hemos pasado del uno al otro: del duro confinamiento a una relajación supuestamente mayor que en otros países.

La tercera razón, también propia, es aún más preocupante: la dejación de las Administraciones Públicas en su papel de formuladoras de políticas, buscadoras de consensos, administradoras de los recursos públicos y ejecutoras eficaces. Los recursos prometidos -mejores datos epidemiológicos, equipos de rastreadores, reforzamiento de los servicios sanitarios, gestión coordinada de las residencias de mayores, preparación de los centros escolares ante el nuevo curso, etc.- han brillado por su ausencia. En la desescalada hemos contemplado el triste espectáculo de pasarse la pelota del gobierno central a los autonómicos, de éstos a los centros de atención primaria, a los centros escolares o a las residencias de mayores, y en fin a la propia ciudadanía, cuya situación nunca había contado pero que ahora resulta ser la culpable de los nuevos brotes.

Comportamientos colectivos: ¿como dos gotas de agua?

Hay muchos aspectos a desentrañar para intentar salir de estos atolladeros, pero el que hoy quiero tratar es el de esos comportamientos colectivos, dejando para sucesivas entregas otras cuestiones igualmente importantes.

Contemplando este verano una bonita cascada de montaña acudió a mi [calenturienta] mente sociológica la comparación entre el flujo de agua y nuestro comportamiento colectivo. No hay dos gotas de agua que sigan exactamente la misma trayectoria, ni se puede determinar de antemano ninguna de esas trayectorias. Pero en conjunto la corriente de agua sigue un camino uniforme, general y predecible, que depende de factores estructurales como el desnivel del terreno, las superficies, el caudal, etc.

Cascada Parque Natural de Redes (Asturias)

Lo que quiero decir es que aunque cada uno somos responsables de nuestros actos, los comportamientos colectivos obedecen a otros factores que sí son regulables por normas sociales. Éstas serán eficaces si se basan en un análisis de la realidad social y se elaboran basadas en consensos amplios.

Y además las personas cumplimos más

Aunque las personas una a una somos más o menos moralmente decentes y responsables -o no-, la resultante colectiva depende más de las presiones y necesidades que soportamos y del cumplimiento de las normas sociales imperantes.

Siempre cuento que cuando hace años no existían los radares en las carreteras españolas me llamaba la atención cómo los mismos automovilistas franceses que respetaban escrupulosamente la velocidad máxima en su país en cambio se “desmelenaban” cuando pasaban a España. ¿Es que mutaban a seres “malos” cuando atravesaban la frontera? No, lo que cambiaba eran los incentivos para respetar las normas. Es decir en Francia se les detectaba y sancionaba pero en España no.

Cambiando comportamientos

Hace un par de años Damon Centola explicaba en un excelente libro cómo se difundían los comportamientos (How Behavior Spreads. The Science of Complex Contagions). Porque mientras pandemias víricas o fake news se transmiten rápidamente a través de redes sociales extensas y basadas en vínculos débiles u ocasionales, el cambio de comportamiento de las personas o las organizaciones (por ejemplo la difusión de una nueva tecnología) necesita redes más densas y concentradas, compuestas por interlocutores cercanos y confiables con quienes nos relacionamos con frecuencia.

Es decir, podemos difundir una “noticia” o un virus por medio de contactos ocasionales (las redes sociales en internet o una celebración multitudinaria familiar) pero sólo modificaremos nuestros comportamientos o incorporaremos una nueva tecnología si un número suficiente de personas de nuestro entorno cercano también lo han hecho: por ejemplo cargar en nuestro móvil una nueva App para multi-video-conferencias o usar mascarillas de forma sistemática.

No nos engañemos. Los “llamamientos” de las autoridades públicas o la foto con mascarilla que una “influencer” añade a su colección de fotos playeras en su cuenta de internet son postureo inútil.

En su lugar existe un arsenal de instrumentos que van desde los famosos “empujoncitos” (nudges) de Carl Sunstein y Richard Thaler a las estrategias del llamado marketing social.

Sólo se necesitan dos cosas: querer hacerlo y contar con la gente.

El próximo post dentro de dos martes, el 15 septiembre 2020

Más allá de los 70 años

La música y la vida

Me gusta concebir la vida como una pieza musical: una canción pop o una sinfonía clásica. Lo fascinante de la música es la posibilidad de disfrutarla momento a momento sin lamentar que hayan pasado ya los primeros compases. No paramos a mitad de la canción para pedir al intérprete que repita la primera parte de la misma, sino que seguimos experimentando las emociones que nos produce según pasan los segundos o los minutos. Es un intervalo de tiempo que no lamentamos que haya transcurrido, porque el placer está en ese paso del tiempo.

En nuestra vida somos a la vez audiencia e intérprete. A lo largo de la misma puede haber momentos musicales tristes o dramáticos. Incluso podemos desafinar de vez en cuando. Pero espero también que haya momentos de alegría y serenidad. Y debemos intentar que suene lo mejor posible, porque sólo la interpretamos una vez. Y como damos un único concierto, tenemos que ser comprensivos con nosotros mismos, ya que no hemos tenido muchos ensayos -más bien ninguno- antes del estreno.

Siete decenios

Todo esto viene a cuento porque hace menos de un mes cumplí siete decenios de mi vida. ¿Y ya está? ¿Esto es todo?

Según las estadísticas, en la mitad de los países del mundo la esperanza de vida al nacer de los varones está por debajo de esta cifra. Quizá por eso haya quien a mi alrededor me aconseje tomarme las cosas con calma y disfrutar relajadamente de los años que me quedan.

Desde aquí hasta el último acorde

No sé los años que aún “me quedan”, aunque me gustaría pensar que al menos un par de decenios más. Nunca se sabe. Pienso en la muerte no como un momento horrible que hay que “esperar” con resignación, sino como el acorde final que sonará al cabo de equis compases.

Pero el tiempo que transcurra hasta entonces lo podemos aprovechar para desplegar un nuevo tema melódico que me gustaría dedicar a dejar a las siguientes generaciones un mundo mejor del que tenemos ahora mismo.

Ingredientes: la parte personal

Y entonces surge la pregunta: ¿esto, cómo se hace?

Hay una parte personal, compuesta por los temas y herramientas con los que cada uno puede contribuir de forma propia y única, pero no por ello de manera menos importante, para un resultado que sin duda será colectivo o no será. En mi caso particular mantengo mi pasión por el análisis de la realidad social y, desde principios de este año (formando parte de la batería de propósitos para el año nuevo) la publicación de este blog que va desgranando lo que pienso sobre diversos aspectos que me preocupan de la sociedad en la que vivimos. Eso sí, la libertad de expresión conlleva la posibilidad de recibir críticas, cosa que ya he recibido y -si respetuosas- serán siempre bienvenidas.

Ingredientes: la parte colectiva

Pero hay también una indispensable parte colectiva de colaboración y suma de esfuerzos entre intérpretes diversos. La clave aquí está en tener en cuenta que cada uno aportará un instrumento musical que puede ser diferente: no se puede obligar ni tiene sentido que todos toquemos la guitarra eléctrica, el acordeón o el violonchelo. Eso sonaría bastante tostón, por muy políticamente correcto que a alguien le pueda parecer.

La diversidad sonora requiere también que de alguna forma haya comunicación entre los intérpretes: respetar la afinación, los tiempos, el momento de cada instrumento, etc.

Más aún. En la música clásica se habla de la forma sonata como esquema típico de exposición de los materiales sonoros, que incluye las variaciones sobre un tema, el contrapunto entre melodías diferentes, etc. Es decir, todo menos la uniformidad, contribuyendo así a la creación de una pieza musical que nos llega y nos llena. Por supuesto, contamos también -de vez en cuando- con los solistas en tanto en cuanto contribuyen al resultado final.

Asociarse

De aquí mi insistencia en la necesidad de asociarse y tender puentes entre colectivos diferentes, como señalaba en otro lado.

Uno puede darse de alta en asociaciones de tipo profesional, en el seno de las cuales compartir recursos, ideas, experiencias y -por qué no- crear una voz colectiva para participar en la vida social. Pero también cabe compartir rasgos comunes ligados a la edad, la situación laboral o cualquier otro aspecto en el que nos podamos identificar.

En fin, en muchos casos queremos contribuir a una causa social, resolver un problema sangrante o incluso promover un tipo de política para la colectividad de la que formamos parte, desde las ONGs (de las que hablaré otro día) hasta los partidos políticos.

Si miramos a nuestro alrededor encontraremos oportunidades para todo ello. La clave está en que asociarse no sea excluir al otro, sino tender puentes entre distintos.

El próximo post, dentro de seis martes -tras el paréntesis veraniego-, el 1 septiembre 2020

Asociarse: por qué, para qué y cómo

Últimamente he insistido en la necesidad de asociarse para que la ciudadanía pueda intervenir con eficacia en la gestión de los asuntos públicos. Y se me ha preguntado que “cómo se come eso”.


“Defender nuestras instituciones democráticas”

En estos tiempos de populismo, discursos de odio, radicalización y crispación políticas surgen múltiples voces en “defensa de nuestras instituciones democráticas“. Pero esto dicho sin más es algo que se entiende mal, sobre todo cuando esas instituciones aparecen como vaciadas, ineficaces y desconectadas con los problemas y aspiraciones de la gente.

Propongo en cambio promover el diálogo y entendimiento entre grupos sociales, como fundamento y cimiento de esas instituciones democráticas. Se trata de recomponer la sociedad civil, estableciendo ese diálogo entre sectores sociales DIRECTAMENTE y no a través de la mediación viciada de los representantes políticos actuales. Fortaleceríamos así las bases de unas instituciones democráticas más sanas.

Mi muchas veces citado Alexis de Tocqueville decía:

“el despotismo, peligroso en todos los tiempos, resulta mucho más temible en los democráticos. No hay país donde las asociaciones sean más necesarias para impedir el despotismo de los partidos o la arbitrariedad del príncipe, que aquel cuyo estado social es democrático”.

La democracia en América

¿Asociarse? ¿Para qué?

No tenemos en España fama de ser muy dados a asociarnos, aunque es algo que se produce con más frecuencia de lo que parece. En general lo que hay es un asociacionismo basado en rasgos compartidos: los de mi profesión, los de mi edad, los de mi pueblo, los de mi equipo de fútbol, etc.

Esta dinámica es normal que se produzca, aunque no está exenta de peligros. Asociarse así puede llevar a excluir a quienes no comparten mis rasgos, a la falta de comunicación y al enfrentamiento entre grupos. Como he comentado en otro sitio, el asociacionismo identitario incrementa la polarización y las tensiones sociales. El ejemplo más notorio fue la República de Weimar, el régimen político de Alemania de 1918 a 1933, entre la hecatombe de la Primera Guerra Mundial y el advenimiento del nazismo. Una de las características más notables de ese periodo fue la floreciente vida asociativa. El ascenso nazi se apoyó en esa densa y polarizada sociedad civil.

De DEFENDER mis intereses a ATACAR los problemas

Mi propuesta es desarrollar la COLABORACIÓN TRANSVERSAL ENTRE ASOCIACIONESnaturales“.

Me explico con un ejemplo. ¿Cómo abordar el terrible drama de la muerte masiva de personas en las residencias de ancianos de estos meses? Habría cuatro maneras:

  • dejar en manos de los (partidos) políticos la búsqueda de soluciones: lo más probable es que se convierta en la enésima refriega de reproches mutuos y otro espectáculo bochornoso en los órganos de “representación” y medios de comunicación (mi voto en contra)
  • que los familiares de las personas afectadas inicien los procedimientos judiciales o no para pedir aclaraciones y responsabilidades (necesario, merecedor de todo nuestro apoyo, pero insuficiente debido al “atomismo”)
  • que las asociaciones que representan a los colectivos afectados pongan en marcha pronunciamientos, movilizaciones y acciones para la defensa de sus intereses: familiares de fallecidos, sindicatos del personal de las residencias, asociación de empresarios del ramo, médicos geriatras, colectivos de mayores, etc. (respetable, aunque se corre el riesgo del corporativismo, el choque entre bloques y caer en la trampa “identitaria“)
  • pero creo que es necesario la colaboración TRANSVERSAL ENTRE LOS COLECTIVOS Y ASOCIACIONES antes mencionados, de forma que se gane en fortaleza basada en la diversidad y en la amplitud de enfoques. Sin olvidar los intereses de cada colectivo, habría que ir más allá atacando los problemas y buscando soluciones justas y de consenso.

¿Se siguen necesitando entonces los (partidos) políticos?

La respuesta es . El asociacionismo “civil” no excluye la construcción para el conjunto de la sociedad de consensos políticos, por medio de los acuerdos entre partidos, y la creación de equipos (gobiernos) que administren la cosa pública.

Pero hay que poner en práctica dos reglas no escritas, que Levitsky y Ziblatt llaman “guardarraíles de la democracia“: la tolerancia mutua y la contención institucional.

“La tolerancia mutua alude a la idea de que, siempre que nuestros adversarios acaten las reglas constitucionales, aceptamos que tienen el mismo derecho a existir, competir por el poder y gobernar que nosotros”.
(…)
“Una segunda norma crítica para la supervivencia de la democracia es lo que hemos venido en llamar “contención institucional“. “Contención” significa “autocontrol paciente, templanza y tolerancia” o “la acción de refrenarse de ejercer un derecho legal”. Para los fines que nos ocupan, podemos concebir la contención institucional como el evitar realizar acciones que, si bien respetan la ley escrita, vulneran a todas luces su espíritu”.

Cómo mueren las democracias

En los EE.UU. de Trump o la Rusia de Putin estos guardarraíles han saltado hechos pedazos. ¿Y en España?

El próximo post dentro de dos martes, el 21 julio 2020

Noticias basura – Junk News

Las fake news (noticias falsas) son hoy en día tema recurrente, pero tanto o más importante es hablar también de sus parientes cercanos: las noticias basura o junk news.

¿Qué son?

La inmensa mayoría de lo que se nos ofrece como “noticia” en los medios de comunicación son en realidad contenidos con una bajísima carga informativa, por no decir tóxica. Basta dar un pequeño repaso por los diarios “serios” en su versión digital (sólo recojo “El País”, “El Mundo”. “Expansión” y “Cinco Días”) para encontrarnos titulares como los siguientes:

Medios de comunicación que se retroalimentan

La primera característica es que el mercado de las noticias se retroalimenta continuamente: las televisiones comentan lo que aparece en los periódicos, en twitter se critica lo dicho en televisión, otras redes sociales se hacen eco de lo (re)twitteado, personajes y organismos salen al paso de lo que resuena en la redes, los periódicos publican esas declaraciones… y vuelta a empezar. Y en medio de esa cámara de ecos estamos nosotros, a punto de (y a veces deseando) quedarnos sordos.

El fenómeno no es nuevo. Hace casi treinta años la historia de los “líos de faldas” del Presidente Clinton recorrió los flujos de información de entonces de forma soterrada para de golpe convertirse en noticia que se hinchó hasta el extremo, como cuenta Steven Johnson:

“La cobertura de una historia trae consigo más cobertura hasta llegar a una especie de salón de los espejos donde los pequeños incidentes o las mínimas acusaciones se amplifican hasta convertirse en Grandes Acontecimientos”

Sistemas emergentes. O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software, c.4

Por desgracia tenemos un ejemplo cercano, aunque en otro campo: el Covid-19. En efecto, los procesos de brote, difusión, contagio y amplificación son similares a los que siguen las pandemias, tal y como explicaba el matemático y epidemiólogo Adam Kucharski en su premonitorio libro The Rules of Contagion. Why Things Spread – and Why They Stop.

A más ruido, menos contenido

Cuanto más alto es el volumen, menos son los sonidos (ruidos) en los que poder centrar nuestra atención. Tampoco esto es nuevo. El premio Nobel de economía Herbert Simon escribía hace medio siglo:

“En un mundo abundante en información, la riqueza de información se traduce en una escasez de otra cosa: una escasez de aquello que la información consume. Lo que consume es bastante obvio: la atención de sus destinatarios. Por ello, una riqueza de información crea una pobreza de atención y una necesidad de asignar esa atención eficientemente entre la sobreabundancia de fuentes de información que podrían consumirla”.

Designing Organizations For An Information-Rich World, 1971

La delgada línea entre información y propaganda

Cuando los contenidos son pocos, pobres y muy repetidos, ¿qué tenemos? Ahora me remonto un siglo:

“Toda propaganda eficaz debe concretarse sólo a muy pocos puntos y saberlos explotar como apotegmas hasta que el último hijo del pueblo pueda formarse una idea de aquello que se persigue. En el momento en que la propaganda sacrifique ese principio o quiera hacerse múltiple, quedará debilitada su eficacia por la sencilla razón de que la masa no es capaz de retener ni asimilar todo lo que se le ofrece. Y con esto sufre detrimento el éxito, para acabar a la larga por ser completamente nulo.”

Adolf Hitler, Mi lucha, V1,c6

Lo que Hitler hacía con la radio lo repitió Richard Nixon con la televisión -pocas cosas pero muy repetidas- según escribió hace medio siglo Joe McGinniss en su best-seller de marketing político Cómo se vende un presidente.

La política actual parece seguir estando en el mismo escenario que entonces. Así, para Pablo Iglesias, líder de Podemos, “el debate parlamentario no sirve; los verdaderos parlamentos son los platós de televisión“. Pablo Iglesias añadió las redes sociales a la televisión, como hizo en su día Barak Obama y posteriormente Donald Trump con la ayuda, rayando en lo criminal, de Facebook y Cambridge Analytica.

Dos remedios

Al ser consumidores de noticias deberíamos seguir el consejo de los nutricionistas: adoptar una dieta variada y equilibrada. Por un lado no nos sobre-expongamos al ruido mediático. Igual que nos aconsejan “no picotear entre comidas” debemos fijarnos de antemano en qué momentos vamos a ver las tele-noticias o leer el periódico digital y no estar continuamente bombardeados.

Por otro lado introduzcamos en nuestro menú alguna diversidad, es decir una fuente de información de orientación ideológica distinta a las nuestras habituales. Este ejercicio intelectual nos hará ganar una perspectiva más amplia, muy necesaria en los tiempos actuales.

El otro remedio que propongo es que, al menos un vez a la semana, tratemos de remontarnos a la fuente originaria de una noticia que haya corrido como la pólvora por los distintos medios. En esta labor de investigación nos encontraremos con muchas sorpresas.

El próximo post dentro de dos martes, el 7 julio 2020

Las lenguas en nuestro Estado de las Autonomías

De Babel a Pentecostés

Hace unos días se celebró la fiesta cristiana de Pentecostés. El libro de los Hechos de los apóstoles (2,1-8) nos cuenta que:

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente (…) se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse (…)La gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: «(…) ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa?»”

Pentecostés cierra así un ciclo que se abrió cuando el Dios Yahveh confundió el lenguaje de la gente que estaba construyendo la ciudad y torre de Babel, impidiendo su edificación desde el momento en que cada cual no pudo entenderse con su prójimo (Génesis, 11,1-9).

¿Una o muchas lenguas?

Lo maravilloso de Pentecostés es que para que todos se entendieran no fue necesario que hablaran la misma lengua (en aquella época podría haber sido el latín, lengua del imperio romano, o cualquier otra lengua más extendida): cada uno hablaba y entendía en su “lengua nativa. El Espíritu Santo introdujo una especie de traducción simultánea o multilingüismo, respetando a la vez la lengua materna de cada uno.

Porque una lengua es algo más que la suma de un vocabulario y unas reglas gramaticales. Es un patrimonio y vehículo sociocultural de una comunidad de hablantes. De ahí quizá el fracaso del esperanto, lengua técnicamente impecable pero sin raíces culturales ni sociales.

Nuestras lenguas oficiales

En España no tenemos una lengua oficial española, tenemos cuatro: el castellano, el catalá, el euskara y el galego. No somos los únicos en el mundo. El plurilingüismo es una realidad más universal de lo que algunos desearían. De hecho existen 7.117 lenguas vivas, para un mundo de 194 estados. Tampoco somos los únicos en tener varias lenguas oficiales. Suiza, Canadá o Luxemburgo son ejemplos de una gestión inteligente de su riqueza lingüística, por hablar sólo de países comparables al nuestro. Una torpe gestión, en cambio, se puede encontrar en Bélgica (¡vaya!).

Pero en España en vez de ser vehículos de comunicación se está intentando convertir nuestras lenguas en armas de agresión, de segregación, de supremacismo y de odio. ¿Cómo es posible?

Atropellando el derecho de los hablantes

Se ha pretendido adscribir las lenguas a los territorios y/o a las administraciones centrales, autonómicas o locales. Pero la lengua es un DERECHO DE LOS HABLANTES, que deberían poder usar su lengua materna o en la que se sientan más cómodos de entre las lenguas oficiales reconocidas en su “vecindad administrativa”. Junto al derecho de los hablantes están las obligaciones de las instituciones del Estado y las administraciones públicas de promover su uso, en particular en la relación de los ciudadanos con éstas, pero también en su protección y fomento no discriminatorio. El BOE se publica en las cuatro lenguas oficiales: ¿por qué no se pueden usar también en el Parlamento central o en el Museo del Prado?

Dejación de los gobiernos centrales y manipulación independentista

Pero los gobiernos centrales, tanto del PSOE como del PP, han dejado en manos de los partidos independentistas, en particular en Cataluña, la gestión (= represión) de la diversidad lingüística en España. Esa dejación es la venta de nuestra riqueza lingüística por un plato de lentejas (hoy estoy bíblico: Génesis, 25,27-34), o sea los votos que vienen bien para mantenerse en la poltrona de la Moncloa.

Y a su vez el independentismo está tratando de utilizar la lengua como arma de división e imposición política, asimilando lengua a territorio para así fabricar una “identidad” que no tiene base social ni lingüística, pero que atropella los derechos de mayorías (o minorías, da lo mismo) de la población.

Envidia del bilingüismo

En mi última visita a la Cartuja de Valldemossa, en Mallorca, paseando por sus terrazas coincidimos con un grupo de personas que hablaban en mallorquín (¿balear?, ¿catalán?). Al entablar conversación con ellas lo hicimos en la lengua que compartíamos, el castellano, sin que nadie se sintiera incómodo o forzado. La verdad es que no pude evitar expresar mi envidia por quienes podían pasar de una lengua a otra con esa naturalidad que he encontrado en multitud de ocasiones. Eso sin hablar de los efectos positivos que normalmente se atribuyen al bilingüismo, desde la capacidad para asimilar nuevas lenguas… ¡a la prevención del Alzheimer!

Referencia

Muchas ideas de este post se inspiran en el poco conocido pero revelador libro de Mercè Vilarrubias Por una Ley de Lenguas. Convivencia en el plurilingüismo.

El próximo post dentro de dos martes, el 23 junio 2020.

Covid-19 impactando en nuestro Estado de las Autonomías

Un entierro y tres Comunidades Autónomas

23 febrero 2020: casi un centenar de personas se congregan en el cementerio de El Salvador de Vitoria-Gasteiz para velar y el día siguiente enterrar a un hombre de 40 años. Los asistentes, que coinciden con una pareja llegada de Italia, vuelven después a sus lugares de residencia: Vitoria-Gasteiz en Álava, Casalarreina y Haro en La Rioja, y posteriormente Miranda de Ebro en Burgos. El coronavirus se extiende casi a la vez por tres Comunidades Autónomas. ¿Se coordinaron entonces los tres servicios sanitarios o posteriormente los de todas las CCAA? No (ver El País, 31 marzo 2020). ¿Por qué?

Lo cierto es que existe mejor coordinación a nivel europeo con una única Tarjeta Sanitaria Europea, válida en 31 países, que en España donde la tarjeta sanitaria de una Comunidad Autónoma no es operativa en ninguna de las otras 16. Eso sin hablar de las diferentes coberturas, medios y requisitos para una atención sanitaria que presume de ser “universal”. ¿Cómo es posible que el teléfono único de emergencias para toda Europa e incluso algunos países latinoamericanos sea el 112 y sin embargo tengamos un teléfono diferente para consultas sobre el coronavirus en cada una de las CCAA?

Sí, el señor Torra tenía razón

Claro que el estado de alarma invade competencias de las Comunidades Autónomas en materia de sanidad. El problema es que la ausencia de coordinación y entendimiento entre las mismas y con el gobierno central NO DEJABA OTRA ALTERNATIVA. Es que ni siquiera en esta situación se ha producido el menor esfuerzo o mostrado el menor interés de unos y otros por avanzar en una coordinación y consenso. En vez de coordinación sólo hay ordeno y mando poco eficaz del gobierno de Pedro Sánchez y por eso mismo los resultados son decepcionantes, cuando no trágicos para sanitarios, personas mayores, desempleados, autónomos, PyMEs, etc.

El ejemplo de Alemania

Alemania es el único país que según el Regional Authority Index goza de una descentralización superior a la española. Sin necesidad de estados de alarma han tomado decisiones unánimes entre el gobierno federal y los gobiernos regionales (Länder). Este “milagro“, como lo calificó la propia Angela Merkel, ha permitido poner en marcha políticas sanitarias más eficaces que en la mayoría de los países europeos. Pero no es un milagro. Es el resultado de años de coordinación en la sanidad y otros campos, de claridad en la distribución de competencias, de un Consejo Federal de los Länder que funciona y, sobre todo de sentirse un único país.

En España los gobiernos autonómicos controlan el 92,6% del gasto sanitario público, (datos 2018), que supone del 25% al 39% de los presupuestos de cada CCAA. ¿Se traduce esto en una atención sanitaria a la ciudadanía de más calidad y eficacia?

El Estado de las Autonomías: defectos y virtudes

De un gran ciclista ganador del Tour de Francia se decía, no sin cierta mala uva, que tenía todos los defectos de un gran campeón y ninguna de sus virtudes. De igual forma, nuestro Estado de las Autonomías parece tener todos los defectos de la descentralización y ninguna de sus virtudes.

El Estado de las Autonomías debería significar:

  • una mayor cercanía de la ciudadanía a la gestión de lo público,
  • una simplificación de los procedimientos de esa gestión,
  • un mayor reconocimiento a los distintos colectivos y sus rasgos propios, sean mayorías o minorías, y por todo ello
  • un enriquecimiento del conjunto de España derivado de la diversidad dentro de la lógica coordinación, respeto, solidaridad y suma de esfuerzos.

No hay espacio aquí para explorar los obstáculos que entorpecen la construcción de un Estado de las Autonomías enriquecedor. Sólo enumeraré varios problemas que trataré en futuras entregas:

  • Descentralización no equivale per se a más democracia
  • Gobiernos autónomos y locales están peor fiscalizados en su gestión por parte de la ciudadanía. De ahí que la corrupción de los políticos, no los funcionarios, haya estado mucho más extendida a esos niveles que a nivel central
  • Cargos y “asesores de confianza” en municipios, diputaciones y gobiernos autónomos se convierten en botín de los partidos políticos gobernantes, más cerca del caciquismo decimonónico que del gobierno de la ciudadanía
  • La izquierda española (si todavía tiene sentido hablar de izquierda hoy en día) ha caído de lleno en la trampa identitaria, ensalzando diferencias como rasgos excluyentes en vez de diversidades que suman
  • ¿Por qué es tan raquítico el número de “convenios” y “acuerdos de cooperación” horizontales entre CC.AA., que define el Art.145.2 de la Constitución?
  • Se ha dejado la política lingüística en manos del independentismo, que utiliza la lengua como instrumento segregador, con la pasividad cómplice de los sucesivos gobiernos centrales, como bien señala Mercè Vilarrubias (Por una Ley de Lenguas. Convivencia en el plurilingüismo).

Continuará.

Sociología política del coronavirus

Un mismo virus, un impacto diferente

El coronavirus se ha extendido por todo el mundo y sin embargo sus efectos van a ser -están siendo- muy distintos de un país a otro. Y no me refiero sólo a las tasas de contagio y mortalidad sino también a sus efectos en cadena en otros ámbitos.

Por qué los efectos son distintos

Aunque a menor escala (por ahora) el COVID-19 es lo que Acemoglu y Robinson definen como una coyuntura crítica:

“Es un gran acontecimiento o una confluencia de factores que trastorna el equilibrio económico o político existente en la sociedad. Una coyuntura crítica es una arma de doble filo que puede provocar un giro decisivo en la trayectoria de un país. (…) El hecho de comprender cómo la historia y las coyunturas críticas perfilan el camino de las instituciones económicas y políticas nos permite tener una teoría más completa de los orígenes de las diferencias en pobreza y prosperidad.”

Por qué fracasan los países, p.127

Así pues, los efectos dependen de las instituciones económicas y políticas de cada país en el momento del impacto.

Cómo nos ha pillado en el caso español

Pues con un gobierno débil (esto ya lo sabíamos desde el día que se constituyó), una institución monárquica en shock post-traumático, una sanidad que resultó no ser la mejor del mundo, un Estado de las Autonomías tensionado al máximo, una Unión Europea más invertebrada que nunca, una dolorosa remontada de la crisis económica del 2008, un mercado de trabajo precarizado y con más de un 13% de desempleo antes de la pandemia, un aparato judicial en la UCI, unas economías familiares maltrechas y una crispación política sin precedentes.

Dadas estas circunstancias no supone una sorpresa:

  • que el gobierno esté ejerciendo un liderazgo en ocasiones errático y contradictorio, con preocupantes ramalazos autoritarios;
  • que la única forma de que todas las Comunidades Autónomas actuaran en la misma (relativa) dirección haya sido decretando el Estado de Emergencia; (de esto hablaré más otro día)
  • que el seguimiento epidemiológico de la pandemia siga careciendo de datos fiables;
  • que el impacto en el sistema sanitario, en la tasa de contagios entre su personal y el número de fallecimientos en las residencias de ancianos haya sido devastador;
  • que nuestras preocupaciones empiecen a bascular del miedo a la pandemia al miedo a una nueva crisis económica.

Es como el boxeador que tras recibir un primer gancho que le ha dejado de rodillas sobre la lona recibiera ahora un segundo puñetazo.

Inseguridad, “depender de…” y los nuevos pobres

Este segundo puñetazo crearía un dramático impacto en la economía de los hogares. No se trata sólo de situaciones de deprivación sino también, y algunas veces sobre todo, la inseguridad y el no poder contar con medios propios: autónomos y pequeños empresarios abocados al cierre, asalariados en precario o amenazados de ERTEs, EREs o simplemente despidos.

Para muchos sectores tradicionales de trabajadores y clases medias empobrecidas no valen Rentas Básicas Universales o Ingresos Mínimos Vitales. Sienten que se les ha arrebatado la dignidad que provenía del esfuerzo que venían realizando estos últimos años y que merecía un reconocimiento social mejor. Son los llamados nuevos pobres creados por la crisis de 2008 y que pueden recibir un severo agravamiento en profundidad y extensión en la crisis que viene. Si además sienten que otros “más pobres” son los que reciben las ayudas, subvenciones y apoyos encontramos a los que la socióloga norteamericana Arlie Hochschild describía en su libro Extraños en su propia tierra: los “dejados atrás” que van alimentando una respuesta emocional no exenta de amargura. En Estados Unidos son los principales apoyos del Tea Party y del voto a Donald Trump.

¿Qué hacer?

A Napoleón Bonaparte se le atribuye la frase:

“Si quieres solucionar un problema, nombra un responsable; si quieres que el problema perdure, nombra una comisión”

Georges Clemenceau, primer ministro durante la Tercera República francesa, abundaba en lo mismo:

“Si quiere usted enterrar un problema, nombre una comisión”

En España esa comisión suele ser parlamentaria, ¿como la que se pretende para los “segundos Pactos de la Moncloa”?

Pero si el “responsable” que dice Napoleón es algún tipo de caudillo, que no cuenten conmigo.

¿Qué hacemos entonces? Necesitamos que desde la propia sociedad construyamos una coalición de sectores sociales que sume esfuerzos e intereses. No habrá pacto nacional sin una presión social que obligue a la mayor parte de nuestros representantes a buscar de verdad un consenso. Busquemos entre todos (jubilados, trabajadores, autónomos, pequeños y medianos empresarios y también grandes empresas si son ciertas sus declaraciones de estas semanas). Creemos asociaciones, estados de opinión, conversaciones, propuestas a discutir y negociar y facilitemos el pacto de la aludida comisión parlamentaria.

La tarea no es sencilla pero creo que no hay otro camino.

El próximo post dentro de dos martes, el 26 mayo 2020