La inseguridad laboral y el voto a los extremismos

Para oír este post.

¿Vuelve el fascismo?

En los países occidentales y en particular en España los partidos considerados de extrema derecha han ido ganando presencia en el electorado y en muchos casos forman parte de gobiernos regionales e incluso nacionales. Desde el otro lado del espectro político suenan señales de alarma y se alzan voces que reclaman la formación de frentes populares y cordones sanitarios contra lo que se considera el retorno del fascismo. ¿Y ya está? ¿Eso es todo? ¿No hay nada más que haya que tener en cuenta?

Afortunadamente contamos con un número creciente de estudios que van más allá y analizan cuál es el sustrato laboral, económico y social a partir del cual crece el voto a partidos de extrema derecha, aunque también de extrema izquierda.

El terreno abonado

La primera constatación es que el voto a los extremismos esta más relacionado con la situación de inseguridad laboral y financiera de las personas que con las opiniones que tengan sobre cuestiones culturales, de género o similares.


Inseguridad laboral se refiere no sólo a tener un contrato laboral temporal o a tiempo parcial sino también a las propias condiciones laborales: bajos salarios, falta de autonomía en el trabajo, minusvaloración de las capacidades del trabajador, verse abocados a trabajar como autónomos, exceso de horas extras, riesgo de pérdida del empleo, etc. Y todo esto no se refiere sólo a la situación vivida en el momento sino también a las amenazas que pesen en un futuro más o menos próximo. Algo similar ocurre con la inseguridad financiera y no tener que depender de ayudas públicas más o menos volátiles y complicadas de obtener orientadas a colectivos vulnerables, sino aspirar a una estabilidad basada en los propios recursos ya sean laborales o económicos.

El ejercicio de un oficio o una profesión se vacía de contenido, como el sociólogo norteamericano Richard Sennett señalaba hace casi treinta años: el capitalismo actual antepone la flexibilidad a los valores del compromiso y la lealtad que coronaban la ética del trabajo. La profesionalidad deja de existir para dar paso a una inestabilidad permanente en el desarrollo de las tareas dentro de la empresa, a base de equipos de proyectos que se crean y se deshacen continuamente.

En España

En contraste con la euforia oficial que proclama -basándose en datos macroeconómicos- que la economía española va como un tiro la realidad laboral para muchas personas arroja un panorama más oscuro: crecimiento de contratos de trabajo de fijos discontinuos y a tiempo parcial, contratos “indefinidos” que se rescinden antes de acabar el periodo de prueba, infrautilización de las capacidades laborales…

En comparación con el resto de países europeos la calidad del trabajo en España ha sufrido un fuerte deterioro durante los últimos años y persiste una alta rotación laboral. Si a esto se añade unos bajos salarios encontramos que un 11% de los trabajadores en España está en riesgo de pobreza.

Todo ello desemboca, según una encuesta de Gallup, en un alto estrés y falta de compromiso en el trabajo, lo que a su vez provoca que cuatro de cada diez trabajadores más jóvenes abandone su trabajo en menos de un año por los bajos salarios y falta de flexibilidad.

El impacto es desigual según el perfil social, de forma que migrantes, jóvenes y mujeres sufren en mayor medida en este panorama laboral.

Por otra parte las ofertas laborales se polarizan, de modo que se reducen los puestos intermedios, dinámica que corre paralela a la pérdida de status y reducción del peso relativo de la llamada clase media.

Traducción a voto radical

Lo sorprendente de este panorama es que el voto a los partidos políticos de extrema derecha o izquierda no haya crecido más de lo que lo ha hecho. La “oferta” electoral ha resumido su mensaje en señalar a “la casta” política como la culpable de la situación como hizo Podemos en su momento o los emigrantes, como hace ahora Vox.

En realidad la operación es la misma: señalar un culpable que es siempre “el otro”, de forma que el descontento de fondo fue capitalizado en un primer momento por la izquierda radical, para pasar después a la derecha.

Aun así el porcentaje de votos cosechado por uno u otro extremo está siendo notablemente más bajo que en otros países de nuestro entorno e incluso apunta a que ha tocado techo en ambas direcciones.

Probablemente ello se explica no porque haya mejorado el entorno laboral sino porque las ofertas electorales han ido perdiendo su impulso originario de cambio para sumirse en purgas y luchas internas, tal y como ocurrió entonces con Podemos o Sumar y ahora acontece en el seno de Vox.

También influye el hecho que los colectivos sociales más perjudicados son los de participación electoral baja (jóvenes) o nula (migrantes).

No son buenas noticias: el resentimiento permanece.

Estar o no estar… en guerra

Para oír este post

La guerra ya no es lo que era

Antes de posicionarse (“No a la guerra”), lo primero es saber de qué estamos hablando. Cuando Rusia invadió Ucrania hace más de cuatro años, Vladimir Putin no lo llamó una guerra sino una operación militar especial para “librar a ese país del fascismo”. Cuando Israel y Estados Unidos comenzaron a atacar Irán, Donald Trump lo llamó una operación militar para “liberar al mundo de un Estado terrorista”. Ahora que nos movemos por “relatos” y slogans, la terminología es lo que parece dominar el mundo de la comunicación y -por extensión- el de la política.

La guerra tiene, ¿o tenía?, sus protocolos

En la Edad Media un caballero que iba a la guerra no podía luchar contra plebeyos sino solamente contra otros caballeros. El Convenio de la Haya de 1907 establecía que no se debía comenzar una guerra “sin una advertencia previa y explícita, ya sea en forma de declaración de guerra motivada o de ultimátum con declaración de guerra condicional”. Esta regla fue consagrada en la Carta de las Naciones Unidas en 1945.

De esta forma la 1ª Guerra Mundial fue testigo de medio centenar de declaraciones formales de guerra, y unas cuantas más en el caso de la 2ª Guerra Mundial. Pero en el Siglo XXI las declaraciones de guerra ya no existen.

Además, según la Norma 54 del Protocolo Adicional I (de 1977) a los Convenios de Ginebra de 1945 “queda prohibido atacar, destruir, sustraer o inutilizar los bienes indispensables para la supervivencia de la población civil”. Aquí entrarían los ataques rusos a la red eléctrica de Ucrania para matar de frío a la población o los bombardeos de plantas desalinizadoras en el Golfo Pérsico.

Otra cosas también han cambiado. Ya no se trata de conquistar el país enemigo: en ese sentido la invasión rusa de Ucrania es una guerra “al antiguo estilo”. Una invasión terrestre tiene un elevado coste de vidas de soldados y mayor incluso en la opinión pública del país atacante. Por eso Donald Trump no quiere enviar tropas a Irán, mientras “anima” a la población iraní a rebelarse o a los kurdos a actuar.

La guerra ahora consiste en destruir al país contrario o dejarlo como “Estado fallido”. Esto es el caso de Iraq, Siria, Venezuela o Líbano entre otros. No hace falta anexionarse el territorio o derribar el régimen, al contrario de lo que proclamó -sin conseguirlo- Trump en Irán. Basta con dejar al contrario inutilizado. Ni siquiera hace falta destruir al ejército enemigo, sólo neutralizarlo.

Los tanques y otros vehículos terrestres han dejado paso a los misiles y en especial a los drones, que no solamente matan sino que sobre todo amedrentan a la población. Tampoco el foco se sitúa en las fuerzas de ataque enemigas sino en sus sistemas de defensa y sus infraestructuras. Todo ello forma parte de la llamada guerra híbrida.

En fin las guerras actuales están indisolublemente entrelazadas, en una especie de “globalización” bélico-económica, donde mientras con una mano se apoya la lucha contra un enemigo determinado con la otra se le compra petróleo y gas, como hace la Unión Europea con Rusia.

La guerra de la economía y la economía de la guerra

Cuando Trump secuestró al Presidente de Venezuela su propósito declarado era controlar el petróleo al igual que en el caso de Irán, aunque aquí el objetivo de Israel sea más bélico. Es significativo que el ataque sobre la isla iraní de Kharg, principal puerto de salida de su petróleo, haya respetado escrupulosamente las instalaciones petrolíferas, evitando el inmenso impacto que hubiera tenido en el precio del crudo y por ende en la economía mundial, comenzando por la norteamericana. Por esa misma razón, Trump ha levantado las sanciones sobre las exportaciones de petróleo de Rusia, lo que da a ésta un inesperado respiro para financiar su invasión de Ucrania.

La guerra es cara, como testimonia el hecho que aviones de combate norteamericanos están derribando drones iraníes con misiles que cuestan entre veinte y cuarenta veces más, lanzados desde aeronaves con costes operativos relativamente altos.

En esta situación convulsa, la acción bélica se convierte en palanca económica y la economía en campo de guerra.

De ahí que Irán contra-ataca intentando reventar el mercado del petróleo -y la economía mundial- en el Estrecho de Ormuz o bombardeando las instalaciones de las empresas tecnológicas en la zona. España no está mejor protegida del tsunami económico que se desencadenaría desde el Golfo Pérsico. Un informe del R.I. El Cano señala que ”la desconexión aparente de España respecto al crudo del Golfo es una ilusión métrica.

Mientras tanto la Unión Europea está exhibiendo una de las mayores divergencias de posiciones internas como no se había visto en muchos años. Cuando cada dirigente actúa pensando sólo en su electorado la debilidad es máxima.

El próximo post dentro de dos martes, el 31 marzo 2026

“No hablar con desconocidos”

Para oír este post

Para mucha gente esta frase todavía resonará como eco de nuestra infancia, cuando nuestros padres nos advertían del peligro que podría suponer que nos abordaran personas que no fueran familiares o allegados.

Confieso que últimamente soy más proclive a establecer pequeñas conversaciones con desconocidos, yo que de toda la vida me había considerado una persona reservada e incluso tímida. Medio en broma medio en serio siempre digo que quizá me esté haciendo viejo…

Hablar con desconocidos

En un mundo en el que el aislamiento y la soledad son una epidemia muy extendida, y más aún tras la pandemia del Covid, establecer pequeñas conversaciones con gente con la que jamás habíamos hablado puede ser una fuente de bienestar para nosotros y nuestros interlocutores.

De pronto quien está a centímetros de distancia de nosotros en el autobús o en el supermercado pasa de ser una pieza más del entorno a convertirse en una persona. Cuando le comentamos o preguntamos “Perdone, ¿sabe usted si faltan muchas paradas para llegar a…?” en muchos casos vamos a recibir una respuesta amable o empática, susceptible de desencadenar una breve conversación. Porque la mayoría de las personas suele experimentar una pequeña satisfacción debido a lo que sabe sobre la línea de autobús o simplemente el reconocimiento de que la consideramos una persona digna de respeto y consideración.

Podría parecer una tontería, pero no lo es. La falta de conexiones sociales que experimentamos en nuestro mundo actual está pidiendo a gritos estos pequeños chispazos de charlas informales.

He sido testigo -y a veces también participante- de cómo modestos intercambios iniciales han derivado en una charla amigable que ha durado unas cuantas paradas de autobús e incluso han evolucionado hacia auténticas tertulias colectivas.

Producen satisfacciones que más allá del momento dejan en los interlocutores un sentimiento de que vivimos en una sociedad de personas y no de bloques físicos que nos apretujamos cuando el autobús va lleno. Todo ello sin dejar de lado la necesaria prudencia a la hora de confiarse a ciegas a otra persona sobre la cual no sabemos hasta entonces prácticamente nada.

Cómo hacerlo

Además de la propia experiencia de cada uno, la psicóloga canadiense Gillian Sandstrom nos da algunas pistas para aprender a desencadenar pequeñas conversaciones con personas desconocidas.

Lo ideal es utilizar lugares públicos (transporte colectivo, supermercados, parques concurridos, etc.) pero con suficiente espacio para intercambiar una pequeña charla. Además, como dice Sandstrom, elijamos un lugar que ofrezca un tiempo limitado para ambos, por ejemplo el andén del tren de cercanías o la cola de una caja del súper, en lugar del comienzo de un vuelo transatlántico. Es decir no lo intentemos en un sitio en el que que el interlocutor se sienta “sin escapatoria” de un pesado que le cae encima. Por ello también evitemos lugares solitarios, que pueden crear temor a la persona a la que nos estamos dirigiendo.

No abordemos a personas ocupadas en ese momento: cuando están hablando con otros, leyendo un libro, en el instante de estar cruzando una calle, etc.

Comencemos aludiendo a algo que compartimos: los frenazos bruscos del autobús, la elección de la marca ideal de cereales para el desayuno…, aportando de nuestro lado una pequeña información que rompa el hielo, pero no “contando nuestra vida”.

Pero si encima compartimos una actividad determinada -una conferencia o un cursillo a los que acudimos o las clases de Pilates a las que estamos apuntados- el entorno facilita a la interacción.

Ser receptivos a lo que dice nuestro interlocutor: ser capaz de apreciar a la otra persona, sus opiniones, las vivencias o sentimientos que desee manifestar… Y mostremos nuestra empatía: a veces un ligero toque en el antebrazo transmite nuestro apoyo de forma eficaz, aunque depende de las circunstancias del momento.

En la mayoría de los casos los estudios empíricos han registrado una respuesta positiva abrumadora. Pero cuando la otra persona no muestra interés o puede sentirse incómoda la insistencia por nuestra parte se convierte en algo incómodo que debemos evitar.

Practicar

Mi propuesta es marcarse objetivos de, por ejemplo, un número de intentos al día o a la semana, sobre todo en personas que como yo somos más bien propensas a vivir en nuestro propio mundo; u observando el entorno que nos rodea sin interactuar con otras personas.

Tanto en estos casos, como en cualquier otro en general, hemos de considerar la posibilidad que la otra persona no quiera intercambiar más que frases imprescindibles y nada más. El respeto a su esfera es esencial, lo que a veces es algo que hay que saber aprender con la práctica. Si hemos seguido las reglas antes descritas el número de estos casos será reducido.

Lo que sí aseguro es que esta práctica ayuda a nuestro bienestar y al de las otras personas, y quizá sea el comienzo de alguna larga amistad.

El próximo post dentro de dos martes, el 17 marzo 2026

Las infraestructuras como valor estratégico

Para oír este post

Sólo cuando se producen catástrofes como las inundaciones de la DANA en 2024 o el descarrilamiento y choque de dos trenes de alta velocidad en Ademuz, nos acordamos que el diseño y mantenimiento de las infraestructuras de un país tienen una importancia crítica.

Advertencias no escuchadas

En lo que se refiere a las infraestructuras ferroviarias ya en marzo de 2022 el Banco Europeo de Inversiones, al conceder a Adif un préstamo de 90 millones de euros, aludía a que “la renovación de obras e instalaciones de la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla se encuentran al final de su vida útil, y el objetivo [del préstamo era] mantener los altos estándares de disponibilidad, fiabilidad y seguridad requeridos para este tipo de infraestructura.

Se habla sobretodo del precio en vidas humanas debido a la falta de mantenimiento, pero también cabe contabilizar el impacto en los suministros necesarios para la actividad económica.

Los transportes forman parte de las denominadas infraestructuras críticas. Junto al ferrocarril, la red de carreteras españolas ofrece un panorama preocupante. Según un artículo publicado en julio pasado en la revista de la Dirección General de Tráfico “más de la mitad (el 52%) de las carreteras españolas presentan firmes con deficiencias graves o muy graves, con un total de 34.000 kilómetros que necesitan intervención urgente, a través de actuaciones que deberían llevarse a cabo en un plazo inferior a un año.

En lo que se refiere a los embalses, la Asociación de Ingenieros de Caminos denunciaba hace cuatro meses que España afronta un grave déficit de seguridad hidráulica: 3 de cada 4 presas estatales sin plan de emergencia implantado y 1 de cada 3 necesita refuerzo estructural.

Respecto a la protección de las infraestructuras eléctricas, el apagón de abril de 2025 es una muestra de la vulnerabilidad de las mismas.

Pero si hay una infraestructura crítica de primer nivel es la red internet. Esta vez era la Comisión Mixta (Congreso-Senado) de Seguridad Nacional la que advertía que España dispone de capacidades «relevantes» en materia de ciberseguridad, tanto en el ámbito público como en el privado, pero están «dispersas» y «con distintos niveles de madurez», y su coexistencia genera «solapamientos, duplicidades e ineficiencias».

Nuevas amenazas: el cambio climático

A los tradicionales riesgos para la seguridad nacional como el terrorismo internacional, la proliferación de armas de destrucción masiva o el crimen organizado se suman en la actualidad dos nuevas grandes amenazas.

La primera se refiere a los fenómenos extremos y no previstos derivados del cambio climático. La proliferación de incendios, inundaciones o el sometimiento de las infraestructuras a condiciones no esperadas son ejemplos de los riesgos que no habían sido tenidos en cuenta hasta ahora.

Un reciente informe explicaba por qué los modelos económicos utilizados por gobiernos, bancos centrales e inversores subestimaban cada vez más los riesgos climáticos, generando así una falsa sensación de seguridad. En idéntico sentido se pronunciaba la Agencia Europea de Medio Ambiente: Europa no está preparada para el rápido crecimiento de los riesgos climáticos.

La guerra híbrida

La segunda nueva amenaza es la llamada guerra híbrida (a veces llamada zona gris de las relaciones internacionales), en la que el enemigo con medios no convencionales apunta a instalaciones básicas de forma que las infraestructuras críticas son cada vez más blanco de ataques, lo que provoca graves interrupciones en los servicios esenciales. Rusia es el mejor ejemplo, pero no el único.

Qué se está haciendo en España y qué no

Cada vez que se produce un desastre en una infraestructura esencial o crítica, los medios de comunicación y las élites políticas reducen el acontecimiento a la enésima trifulca entre partidos, y más cuando hay víctimas mortales.

Es más sencillo y sensacionalista contabilizar las muertes producidas por la catástrofe que las vidas salvadas por un mantenimiento adecuado de las infraestructuras. En este caso no hay nombres ni apellidos concretos ni es fácil trazar una relación directa entre mantenimiento y beneficiarios.

Pero lo que NO estamos haciendo es transponer la Directiva Europea de 2022 relativa a la resiliencia de las entidades críticas, cuya fecha límite para incorporar a la legislación española era octubre de 2024. Bruselas nos dio un plazo añadido de dos meses más para hacerlo, que también ha sido ignorado.

En mayo de 2025 el Ministro del Interior anunció -por fin- la redacción de un anteproyecto de ley para reforzar la «Protección y Resiliencia» de las infraestructuras críticas, que incluía la transposición de la Directiva europea y cuyo texto está disponible en la web del Ministerio.

A fecha de hoy, el anteproyecto parece seguir durmiendo en el cajón de algún despacho gubernamental, al igual que otras docenas de proyectos que tampoco ven la luz. Habida cuenta de la raquítica producción legislativa de los últimos años y la enésima prórroga de Presupuestos Generales del Estado, seguiremos teniendo, por desgracia, unas infraestructuras desprotegidas.

El próximo post dentro de dos martes, el 3 marzo 2026.

Tras la tragedia ferroviaria

Para oír este post.

El accidente ferroviario de Ademuz segó la vida de 46 personas y sumió en un tremendo dolor a sus familias y allegados. Pocos días después, en una especie de amarga “réplica”, se produjeron dos accidentes en la red de Rodalies de Cataluña, resultando muerto un maquinista en prácticas.

Para quienes no hemos tenido una relación directa personal con estos sucesos, los medios de comunicación nos han ido confeccionando un relato de lo sucedido, que poco a poco ha ido pasando de la descripción cronológica de los hechos y las circunstancias individuales de algunas de las víctimas, a la investigación de las causas de fondo y la atribución de responsabilidades (o la evitación de las mismas).

Todos esos elementos han convertido el accidente de Ademuz en fuertemente “noticiable. En el contexto de la tensa situación política del país y polarización de las opiniones, la tragedia humana se convierte rápidamente en un problema político de primera magnitud, donde los medios de comunicación y las declaraciones de las élites políticas caldean una vez más el ambiente enrarecido que respiramos. Si además estamos en pleno carrusel electoral -aunque por ahora sólo de elecciones autonómicas- la sensación que nos produce es que nuevamente tenemos más de lo mismo.

Una dinámica envenenada

En efecto, cuando un hecho de tal gravedad como el accidente ferroviario cae en manos del tandem formado por las élites políticas y los medios de comunicación, de una dolorosa noticia pasamos al conflicto político y de ahí al intento de sacar réditos electorales.

Fuera de ese tandem se nos relega a ser meros espectadores de la enésima bronca entre partidos. Aunque siempre hay algún tertuliano televisivo que nos echa la culpa: “no haberlos votado”, nos dicen.

Pero como he señalado varias veces en este blog, no votamos lo que queremos, sino lo que nos ponen a elegir entre un muestrario de listas electorales cerradas y bloqueadas, confeccionadas por las cúpulas de los partidos y compuestas por personas que deben a su jefe el que les haya puesto allí y no a los votantes.

Además, la polarización fomentada por el tandem antes aludido, nos aboca a votar no a favor de un partido sino en contra del opuesto, que nos han jaleado para que le odiemos.

¿Es que no hay otra alternativa?

Como ciudadanos de a pie no se trata de ponernos a indagar por nuestra cuenta si en los Presupuestos Generales del Estado hay una asignación para el mantenimiento de las infraestructuras del AVE, ni la formalización de los contratos, ni si los informes de actuación están correctos.

Se puede hacer otra cosa.

En primer lugar, en el caso que nos ocupa, víctimas y familiares han comenzado a formar en Huelva una plataforma de afectados del ALVIA, siguiendo el ejemplo de las que se crearon (Asociación Plataforma Víctimas ALVIA 04155 y APAFAS) en el año 2013, tras el terrible accidente ferroviario de Santiago de Compostela: entonces de las 224 personas que viajaban en aquel tren Alvia, 144 resultaron heridas y 80 fallecieron.

Han tenido que pasar 11 años antes de dictarse la sentencia judicial del caso.

Ir más allá

La recién creada plataforma de Huelva ha recibido también el apoyo de una asociación de abogados especializada en accidentes y responsabilidad civil (Anava-RC).

El camino esbozado apunta a resarcir en lo posible a las víctimas directas y dilucidar las responsabilidades penales que hubiera lugar.

Pero si nos quedamos ahí, la historia del accidente de Santiago constituye un frustrante precedente, ya que ha demostrado que los problemas de fondo no se han resuelto y los accidentes se repiten.

Es necesario que las Administraciones Públicas y quienes ocupan cargos en las mismas den cuenta de sus actuaciones, pero no después de las tragedias. Para conseguirlo no basta con “pedirlo” ni tampoco votar al partido alternativo en la próxima convocatoria electoral.

Organizarse, conectar y actuar

El camino pasa por CONSTRUIR CONEXIONES EN EL SENO DE LA SOCIEDAD CIVIL, que obliguen a los poderes públicos a la transparencia y la rendición de cuentas. En lo que se refiere al accidente de Ademuz, junto a la plataforma que aglutinaría a las víctimas del mismo y sus apoyos jurídicos, existen otros actores sociales que tienen mucho que decir cada uno en su vertiente: las entidades profesionales de ingenieros de caminos, los sindicatos de maquinistas, los organismos independientes que fiscalizan las actuaciones públicas, las asociaciones de usuarios de los servicios ferroviarios y un largo etcétera.

Desconozco si en este caso estos actores se han puesto en marcha para conectar, como se forman las conexiones neuronales que desarrollan nuestro cerebro, pero en este caso para crear una sociedad civil fuerte que “ate en corto” al Estado, sea cual sea el partido político gobernante.

En países de nuestro entorno este tipo de dinámicas no son desconocidas, pero en España tenemos un fuerte déficit.

El próximo post dentro de dos martes, el 17 febrero 2026

El mundo al borde de…

Para oír este post

El secuestro del Presidente de Venezuela por parte del ejército norteamericano ha provocado un torrente de comentarios sobre hacia dónde camina el mundo actual y los interrogantes que se abren.

En realidad llevamos varios decenios acumulando problemas de diverso tipo que se nos están haciendo bola: la crisis económica de 2008, la pandemia de 2020, el envejecimiento demográfico, el impacto laboral de la manera como se aplican las nuevas tecnologías, la invasión rusa de Ucrania, el calentamiento global, el declive industrial de la Unión Europea, el comportamiento autocrático del actual Presidente de Estados Unidos, el ascenso de China, etc.

Muchos comentaristas coinciden en señalar que se está cerrando la época de estabilidad que arrancó al terminar la IIª Guerra Mundial y que la crisis actual nos llevará a un orden mundial diferente. Como advertía el pensador italiano Antonio Gramsci, “el viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Uno de estos monstruos sería claramente Donald Trump, que parece actuar a su antojo por encima de cualquier regla establecida y que ha desempolvado la famosa diplomacia de las cañoneras. Otro monstruo sería Vladimir Putin, con su uso extensivo de la llamada guerra híbrida contra Europa, que también practica Trump.

Aunque el mundo financiero no muestra una gran preocupación.

Ingredientes de la crisis

El imperio americano parece encontrarse en su fase de declive y el mundo se mueve hacia un nuevo reparto de áreas de influencia entre las grandes potencias. Lo que no sabemos muy bien es cuándo ni cómo, ni qué pinta tendrá el nuevo escenario. Hay muchos elementos que intervienen: desde el dominio de las fuentes de energía hasta el peso demográfico de cada país, pasando por el liderazgo tecnológico, la habilidad para forjar nuevas alianzas o la modernización de la capacidad militar.

Cómo no actuar

¿Qué debemos hacer? ¿Con quién hay que aliarse? ¿Contra quién hay que luchar? Antes de nada convendría tener presente que los momentos de crisis y decadencia pueden durar siglos. Y en ese tiempo los actores, sus alianzas y sus rupturas suelen atravesar profundas modificaciones.

Eso nos recuerda, por ejemplo, que en la historia del Antiguo Egipto el paso desde el Imperio Antiguo al Imperio Medio tardó unos caóticos 130 años. Del Imperio Medio al Imperio Nuevo la pesadilla duró 230 años. Y el declive final se alargó más de 400 años. Por tanto una idea a descartar es esperar pacientemente a que por sí mismo el “nuevo mundo aparezca”.

Pero desempolvar precedentes históricos de crisis anteriores, para tener pistas de lo que volvería a suceder en la actualidad tiene dos inconvenientes. El primero es no darse cuenta que las circunstancias son otras y por tanto el resultado puede ser totalmente distinto en nuestra situación. La historia NO se repite, aunque estemos tentados de creerlo y así reducir la incertidumbre y nuestra ansiedad.

El segundo error es creer que los acontecimientos corren inexorablemente en una dirección determinada y que no cabe que las personas podamos cambiar su curso. Carlos Marx nos advertía: Los hombres hacen su propia historia, aunque no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.”

Un buen ejemplo lo expone el historiador Volker Ulrich en su libro El fracaso de la república de Weimar, donde muestra cómo los distintos actores en la Alemania previa al ascenso de Hitler al poder tuvieron en sus manos la posibilidad de emprender un rumbo diferente.

Otro enfoque equivocado es el llamado preparacionismo: movimiento social de individuos o grupos que se preparan para todo tipo de emergencias, incluidas las perturbaciones sociales o políticas, haciendo hincapié en la autosuficiencia, e incluso construyendo refugios para sobrevivir a catástrofes del tipo que sean.

Una cosa es tener planes de acción para afrontar colectivamente catástrofes -naturales o no- y otra es centrarse en la supervivencia individualista, dando por sentado que es la única vía en los momentos de crisis; todo ello acompañado de un tufillo romántico que evoca películas tipo Mad Max.

Incertidumbre radical

El libro Incertidumbre radical El arte de tomar decisiones ante un futuro incierto, publicado ahora en España, puede guiarnos para actuar.

Una situación de incertidumbre se parece a cuando estamos metidos en una habitación sin luz y sólo los pequeños pasos, la atención a nuevos elementos y el no dar nada por sentado nos ayudarán a ir avanzando, a tientas sí, pero acercándonos poco a poco a la salida. En particular, no estar abiertos a lo nuevo es muchas veces la antesala del fracaso.

Debemos huir de dogmatismos y buscar la colaboración y no el enfrentamiento, que no tiene nada que ver con rendirse o dejarse llevar.

No es fácil, ya pero ¿alguna vez lo fue?

El próximo post dentro de dos martes, el 3 febrero 2026

Jubilados vs. Retirados

Para oir este post

El “baile” del Año Nuevo

Hace unos días hemos comenzado oficialmente un Nuevo Año. Recalco lo de oficial porque en verdad lo único nuevo al dar las doce en el reloj de la Puerta del Sol es la entrada en vigor de nuevas normas administrativas de diverso tipo, aunque la realidad social por sí misma no habría cambiado.

Esos cambios oficiales no se han producido a la vez en todos lados. Por ejemplo Canarias entró en el Nuevo Año una hora después que la Península y Baleares. Nueva Zelanda lo había hecho 12 horas antes y Nueva York 6 horas después.

Más aún. Para 1.400 millones de chinos el año nuevo comienza el 17 de febrero. 2.000 millones de musulmanes estrenan año el 17 de junio y 1.200 millones de hindúes no celebrarán el Dwali o Año Nuevo hasta el 8 de noviembre.

El año escolar comienza en septiembre y no enero y muchas empresas cierran sus cuentas anuales el día 31 pero no del mes de diciembre sino de marzo.

El calendario y nuestra vida

Todo esto viene a cuento porque en las sociedades occidentales las normativas oficiales basadas meramente en el calendario y la cronología tienen un impacto drástico en la realidad de muchas personas. De hecho todo el transcurso de nuestra vida está dividido en tres grandes etapas cronológicas: la de formación, la de producción y la de retiro.

La primera etapa está centrada en prepararnos laboral, personal y socialmente para entrar en la siguiente. Esta fase central -la más importante en las sociedades capitalistas- es la del trabajo y la creación de un nuevo hogar. Finalmente, el momento de la jubilación supone un nuevo giro radical en nuestras vidas.

Pero año tras año las transiciones entre esas etapas se hacen cada vez más borrosas. Y sin embargo seguimos encorsetados en derechos y obligaciones atribuidos a cada una de ellas. Por ejemplo, a partir de cierta edad se supone que ya hay que estar trabajando, haberse emancipado de los padres, tener pareja, ir pensando en tener hijos, etc. No se espera que uno siga estudiando o no cumpla alguno de los requisitos anteriores..

Jubilados = inútiles

Para muchos, la jubilación es el momento de comenzar a no hacer nada, al menos algo productivo o positivo. Así se ven a sí mismos -y también son vistos por otros- un número creciente de personas, número que no deja de aumentar dada la evolución demográfica.

Se les acusa de ser una carga, con pensiones que se llevan la parte del león de los Presupuestos Generales del Estado y con necesidades de cuidados que acaparan los recursos públicos sanitarios y los de su entorno familiar.

Sólo resultarían útiles como simples consumidores de productos y servicios de la llamada “economía plateada”: empresas privadas dedicadas a viajes tipo Imserso, cuidados personales, seguros de vida, hipotecas inversas, cremas de rejuvenecimiento, tecnologías de monitorización domiciliaria de personas dependientes, etc. El objetivo -nada filantrópico- es como siempre el beneficio empresarial.

Actitudes de renuncia

Es absurdo creer que el abandono del mercado de trabajo asalariado significa el fin de la capacidad de aportar y ser útil a la sociedad más allá del papel de consumidor “plateado”. Además de ser expulsados de muchos ámbitos sociales (“No es país para viejos”) los propios interesados pueden interiorizar esa exclusión de dos modos. El primero es echándose a un lado de forma voluntaria porque ya hemos hecho bastante: “los problemas se los dejo a los que vengan detrás; yo a disfrutar de mi bien ganada jubilación”.

La segunda forma es pensar que ya nunca volveremos a estar en la cumbre que en su día alcanzamos. Y por tanto es mejor que nos retiremos porque nos compararíamos negativamente con nuestro yo triunfador de entonces.

Ese triunfo tiene fechas diferentes según la profesión. Un deportista alcanza la cumbre antes de cumplir cuarenta años. Muchos Premios Nobel hacen su “gran” aportación en los primeros años de su carrera. Pero el instante de la jubilación nada tiene que ver con la evolución de nuestras capacidades.

Según investigaciones recientes no hay una única forma de inteligencia humana. La inteligencia fluida se refiere a las operaciones mentales usadas para resolver problemas novedosos y se deteriora con la edad a partir de los 20 años.

La inteligencia cristalizada usaría métodos de resolución de problemas previamente adquiridos y a menudo culturalmente definidos. Se adquiere a través de la educación y las experiencias vividas. Se mantiene más o menos estable hasta los 40 años donde puede incrementarse o no dependiendo de los conocimientos adquiridos a lo largo de la vida.

La madurez es entender en qué fase estamos y ser capaces de reorientar nuestra actividad aprovechando mejor una u otra inteligencia. Cierto, hay que reciclarse. Pero mejoraríamos nuestro bienestar personal y nuestra aportación a la sociedad si al menos lo intentamos.

El próximo post dentro de dos martes, el 20 enero 2026

¿Estamos erradicando las desigualdades?


Para oír este post

Cuando la televisión se llena de anuncios de colonias o de publicidad moña de niños abrazando a sus tiernos abuelitos, sabemos que ya estamos sumergidos en la “magia” de la Navidad. También las ONGs aprovechan para pedirnos nuestra aportación monetaria, recordándonos la pobreza en el tercer mundo y las desigualdades en todo el planeta.

De hecho no pasa una semana sin que los medios de comunicación reseñen informes, estudios o encuestas sobre la precariedad que golpea a tal o cual colectivo. Pero con este bombardeo mediático ya no sé si nos estamos concienciando o nos estamos insensibilizando.

Porque no basta con constatar esas situaciones. Hay que ir más allá y analizar los mecanismos que generan y mantienen las desigualdades sociales y, sobre todo, poner en marcha soluciones que sean congruentes.

Leer entre estadísticas

Lo primero es entender bien lo que revelan las estadísticas sobre desigualdad, cómo se seleccionan y cómo hay que interpretarlas.

Hans Rosling -médico sueco, experto en salud internacional y estadístico- fue el autor principal de un libro que rápidamente se convirtió en best-seller, titulado Factfulness. Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo. Y por qué las cosas están mejor de lo que piensas.

En este libro, Rosling mostraba cómo en los últimos decenios la humanidad había progresado en lo que respecta a la situación socio-económica global, en contra de lo que se suele pensar. Dadas las pequeñas pero sustanciales mejoras de miles de millones de personas en países menos desarrollados de África y de Asia tenía razón… si miramos la situación en su conjunto.

La otra cara de la moneda, expuesta por economistas como Thomas Piketty, es que durante ese mismo tiempo las desigualdades habían crecido hasta extremos brutales y que una élite mundial había ido apropiándose de una parte cada vez mayor de la riqueza y de los resortes que perpetúan tales desigualdades.

Ambas dinámicas se han producido a la vez. Mientras millones de hogares en países del llamado Tercer Mundo han multiplicado por dos sus ingresos diarios -muchas veces desde uno a dos euros- el 1% de la élite mundial ha multiplicado su ya elevada riqueza por varios miles.

Pero solemos olvidarnos de la población que está entre uno y otro extremo. Se trata de los millones de personas de las clases medias y trabajadoras de los países occidentales. Son los grandes perjudicados por la dinámica económica instaurada desde los años 80 para acá: los que han visto cómo su capital profesional y laboral quedaba obsoleto, pero como no se les supone en riesgo de pobreza no son acreedores de recibir ayudas de las Administraciones Públicas; son los que esperaban progresar socialmente en el llamado Estado del Bienestar prometido tras la 2ª Guerra Mundial. Son los que se sienten dolorosamente olvidados.

A quién hay que dar la bofetada

Ahora viene la parte más difícil: saber quién es el culpable y por tanto cuál es la solución. Lo más simple es centrarse en el desigual reparto de riqueza y tratar de enderezarlo con una solución tipo Robin Hood: poner impuestos mayores a los super-ricos y así generar fondos para nutrir la denominada Renta Básica Universal o Ingreso Mínimo Vital. Desde luego, los desequilibrios de riqueza son escandalosos, reforzados por políticas fiscales regresivas que ahondan en vez de corregir tal desigualdad.

Como Hans Rosling alertaba en el capítulo 9 de su libro, centrarse en el quién pero no en el cómo de esta dinámica es en el mejor de los casos poner un parche estéril. Acabaríamos dando una bofetada a nuestra propia abuela por haber invertido sus pequeños ahorros en un fondo de inversión internacional.

¿El salario mínimo como solución?

Fijar un salario mínimo digno es de justicia. Pero si se toca únicamente esta tecla, los efectos en el conjunto de retribuciones salariales pueden ser nefastos. En el caso español, está provocando que un volumen creciente de trabajadores reciban salarios cada vez más cercanos al mínimo, independientemente de su preparación profesional o sus años de experiencia. No sólo es una injusticia. Es también un error que fomenta el sentirse olvidados y que alimenta actitudes políticas cercanas a la extrema derecha.

Soluciones despreciadas, pero imprescindibles

Se echa la culpa a las nuevas tecnologías. Pero éstas por sí mismas no crean efectos positivos o negativos. Depende de quién lidere sus aplicaciones, en qué campos y qué fines persigan. Si se deja en manos de las grandes multinacionales tecnológicas el resultado es una pérdida de puestos de trabajo cualificados y semi-cualificados.

Habría un camino diferente si los gobiernos -apoyados en un nuevo pacto social- impulsaran y encabezaran políticas alternativas, invirtiendo en programas de innovación, con apoyo a sectores coyunturalmente desfavorecidos, reciclaje profesional para todas las edades, políticas activas de fomento del empleo, servicios de colocación, etc.

Nada de esto estamos viendo en Europa y menos en nuestro país.

El próximo post dentro de dos martes, el 6 enero 2026

Por qué hay tanta corrupción en España

Para oír este post

No pasa un día sin que los medios de comunicación nos traigan nuevos casos de corrupción, sobre todo en el ámbito político. Sus protagonistas cubren todo el espectro de orientaciones ideológicas. A veces se les intenta tratar como “manzanas podridas” aunque también se habla de corrupción generalizada de entidades o partidos.

Y no se trata sólo de casos de enriquecimiento individual. Porque cuando el dinero va a parar a las arcas de un partido o al círculo de sus allegados el beneficio para el líder o la cúpula directiva es evidente. Ese fue el caso del famoso escándalo de los EREs en Andalucía.

Si fuera tan fácil…

Hay quien quiere reducir la cuestión simplemente a que existen algunos “individuos malos” –líderes políticos o no- y nada más. Con detenerlos, juzgarlos y encarcelarlos, problema resuelto.

También hay quien dice que el problema es que todos somos corruptos, cuando por ejemplo pagamos en negro al fontanero. Estaríamos entonces ante un “problema sociológico”: por tanto no habría nada que hacer excepto resignarnos… y seguir pagando en negro.

Las bases de la corrupción

Pero si se quiere acabar con esta lacra o al menos reducirla, debemos transformar algunos elementos que hoy por hoy forman parte del funcionamiento político español.

Lo público (ya) no es de todos

El primer elemento es el hecho de la apropiación partidista de lo público. Cuando un partido político se hace con el poder ejecutivo -a nivel nacional, autonómico o municipal- cree que desde ese momento todo el aparato y los recursos administrativos son suyos y de nadie más. La transparencia, la rendición de cuentas, el sometimiento a organismos independientes fiscalizadores, etc. de pronto van desapareciendo.

Además tales Administraciones vuelven la espalda al ciudadano de a pie por medio de la ciber-burocracia, las citas previas imposibles de conseguir o la forma secreta como operan los algoritmos que deciden por ejemplo quién tiene derecho y quién no a recibir el bono social.

Lo público ya no es de todos.

Hace ahora diez años durante el juicio contra Iñaki Urdangarían, la Fiscalía del Estado argumentaba que eso de que “Hacienda somos todos”no era más que un slogan publicitario sin ninguna implicación jurídica. Hacienda es sólo del gobierno y los suyos.

La única institución que hoy por hoy parece entender que su legitimidad se basa en la soberanía del pueblo español es el actual monarca, no el anterior.

Reducir la democracia a las urnas

El segundo elemento que facilita la corrupción es considerar que la victoria en las urnas -o la coalición que se monte- otorga una patente de corso al gobierno resultante para que haga y deshaga a su antojo: las urnas me legitiman para todo, incluyendo la corrupción.

Si no existen los llamados pesos y contrapesos de un sistema democrático las urnas pueden ser antesala de una autocracia o, como en Alemania en 1933, de una dictadura.

Por desgracia el partido que se encuentra en la oposición y reclama elecciones no nos promete un cambio de funcionamiento en este terreno, sino más bien más de lo mismo.

La polarización y los nuestros

¿Pero es que los votantes de un partido, sea al que sea, no ven que los integrantes de su cúpula dirigente tienen las manos manchadas? O menos aún, ¿no ven que lo que prometieron durante la campaña electoral o cuando estaban en la oposición ha desaparecido de su quehacer actual?

Según los teóricos del sistema democrático basado en el llamado “votante racional” esos votantes castigarían tales comportamientos dejando de votar a “su” partido.

Eso podría ocurrir si los votantes estuvieran informados de las propuestas y programas electorales. Pero la realidad es que la adhesión a la figura del líder y el peso de los componentes emocionales y la orientación ideológica se imponen por encima de la más mínima reflexión sobre las propuestas de programas, actuaciones o políticas.

España es uno de los países más enfangados en la polarización de la vida política, junto a sonados casos como el de Estados Unidos.

No hay debates políticos, sólo criticas a la conducta personal del oponente. Se profundiza en lo que va fracturando la sociedad: cultivando el frentismo, erigiendo “cordones sanitarios contra…”, resucitando los fantasmas de la guerra civil o del dictador casi olvidado…

La fusión de la política y los medios de comunicación

Si algo ha quedado claro durante la celebración del juicio oral contra el Fiscal General del Estado (FGE) es que política y medios de comunicación se han soldado para formar una sola pieza donde se juegan las grandes batallas entre partidos y bloques ideológicos.

Los testigos cruciales han sido periodistas de uno u otro perfil, de modo que a las ya habituales respuestas de testigos e investigados del tipo “No lo recuerdo” o “No me consta” se ha ha añadido la de “Me acojo al secreto profesional”. Ya no hay periodistas neutrales, sino “de los nuestros” o “de ellos”.

De la verdad al relato

Porque lo importante no es descubrir la verdad sino conseguir que nuestro discurso se imponga al de los contrarios. Como escribía en uno de sus más famosos mensajes el FGE “si dejamos pasar el momento nos van a ganar el relato”.

Y para ganar el relato, el dominio de los medios de comunicación es esencial. Éstos tienen una gran influencia en determinar de qué temas se hablan y llegan al publico, el enfoque que reciben y la forma en que se van configurando las opiniones.

Monopolizar el oído de la audiencia es hoy en día la batalla más importante. El escritor Oscar Wilde, famoso más allá de su obra literaria por la agudeza de sus citas ampliamente difundidas, sentenciaba: “que hablen de uno es espantoso. Que no hablen, es peor”. Y el pintor español Salvador Dalí añadía: «que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mí aunque confieso que me gusta que hablen mal porque eso significa que las cosas me van muy bien».

Desde el gobierno a las redes sociales

Por eso hay que dedicar más tiempo a tuitear que a trabajar en el Ministerio que nos corresponda. Esto lo tiene claro el ministro Oscar Puente, famoso por su “trabajo” en X, antes Twitter. En sus primeros 19 días al frente del Ministerio había publicado ya 100 tweets. Su estilo es el clásico de este medio: no tiene reparo en usar una foto del metro de París para criticar el metro de Madrid; usa varias cuentas para auto-alabarse; emplea un estilo bravucón: «en las redes se juega duro y, si no lo haces, pasas desapercibido y eres irrelevante», dice; etc.

Oscar Puente, sin embargo, está muy lejos del maestro tuitero: Donald Trump. El Presidente norteamericano creó su propia red social al estilo Twitter: Truth Social. La “producción” de Trump en esta plataforma es abrumadora, aunque parece que no escribe más que el 5% de los tuits. Sus posts utilizan habitualmente inteligencia artificial y un lenguaje agrio y despectivo para intimidar a quienes no están de acuerdo con él.

TikTok en alza

Sin embargo, la tendencia actual va más allá de los clásicos tuits. Eso lo ha entendido perfectamente el otro guardia de corps del Presidente de Gobierno: el Ministro Bolaños, o “Super-Bolaños” como se auto-nombra en su reciente actuación en TikTok, un vídeo que rompe moldes y unas cuantas cosas más.

TikTok se ha convertido en la red social con mayor relevancia y presencia de “influencers” y todo tipo de personas deseosas de producir un impacto, en particular entre las generaciones jóvenes. Un reciente estudio ha analizado el estilo y alcance de los líderes políticos europeos en esta plataforma. No siempre ganan los que tienen más seguidores. Lo que importa en la práctica política en TikTok no es el tamaño de la marca política, sino la capacidad de crear contenidos que encajen en la lógica del algoritmo. Destacan figuras de la extrema derecha, como Giorgia Meloni o Viktor Orbán, pero también (¡o sorpresa!) Pedro Sánchez. El truco no es hablar de política sino de los temas que en cada momento son virales, como el cambio de hora, el último disco de Rosalía, etc.

TikTok y la extrema derecha suelen ir bien de la mano, como parece ocurrir también en Finlandia o en Suecia. Según el diario El País en España Vox tiene unos 750.000 seguidores en TikTok, más del doble que PSOE (150.000), Sumar (85.000) y PP (70.000) juntos.

En fin, tampoco despreciemos las tertulias televisivas

El número de horas de televisión acaparadas por tertulianos es abrumador, sólo comparable con el tiempo dedicado a los concursos sobre conocimientos simples y básicos o los realities.

Para Pablo Iglesias, líder de Podemos, la cuestión está clara: «el debate parlamentario no sirve; los verdaderos parlamentos son los platós de televisión«. Más aún, recientemente reconoció que había negociado con el Gobierno para situar en tertulias de RTVE a trabajadores de su empresa Canal Red.

Habida cuenta del espectáculo -cada vez más claramente orquestado- de las sesiones parlamentarias en nuestro país, parece que hay un intento consciente de emigrar del Congreso de los Diputados a TikTok y similares. Incluso blogs como éste empiezan a oler a viejunos.

El próximo post dentro de dos martes, el 9 diciembre 2025