Hablar de crisis en España no es novedad. Los enfoques van desde enmarcarla como parte de un cataclismo mundial y el “fin de la historia” a reducirla a las opiniones vertidas en una encuesta de opinión sobre la última polémica de turno.

A riesgo de añadir una explicación más, creo que es una cuestión que no se puede despachar con un “esto no va conmigo”, “no se puede hacer nada” o el simple “es lo que hay”.
Las dimensiones de la crisis
Hay cuatro elementos que configuran la situación:
- El choque entre instituciones: del Congreso con el Senado; del Poder Ejecutivo con el Poder Judicial, y con el Poder Legislativo; de la Fiscalía General del Estado con Consejo General del Poder Judicial; del Gobierno Central con los Gobiernos Autonómicos; del Presidente del Gobierno con el Jefe del Estado; etc.
- La precariedad socio-económica: una economía que no crece orgánicamente (en productividad, salarios reales, inversión, calidad del empleo o lucha contra la pobreza) sino que sólo “engorda”, junto a lo que se ha calificado como el hundimiento de lo básico: defensa, educación, sanidad y vivienda.
- La paralización del Gobierno central: una “producción legislativa” raquítica, canalizando las escasas iniciativas vía Decreto-Ley; descuidando la relación con sus socios europeos; acumulando asuntos sin resolver (apagón eléctrico, abandono de las infraestructuras, invasión de Ceuta, etc.); haciendo un ejercicio de resistencia personificada en su Presidente; y sobreviviendo a base de concesiones hacia sus apoyos nacionalistas e izquierdistas.
- El debilitamiento o desaparición de elementos INDISPENSABLES en todo sistema democrático como son los controles externos a las actividades tanto de los gobiernos como de las entidades privadas (los llamados pesos y contrapesos): ausencia de Presupuestos Generales del Estado, legalización del secreto de lo que se paga a las empresas farmacéuticas por las vacunas, desprecio a las obligatoriedad de transparencia por parte de las Administraciones Públicas, etc.; son otros tantos torpedos contra la línea de flotación del sistema democrático.
¿”Váyase señor González Sánchez”?
Durante años José M.ª Aznar, siendo líder de la oposición, hizo del “Váyase señor González” la bandera para acorralar al entonces Presidente de Gobierno hasta ganar en las urnas. Pero la tentación que tendría Núñez Feijoo de repetir esa estrategia no va a tener el mismo éxito.
Las encuestas electorales revelan que los votantes no se conforman con un posible cambio de gobierno si no existen las mínimas garantías de que la situación política y económica vaya a cambiar a mejor. No basta con repudiar lo que hay: se necesita que la alternativa que se presente sea atractiva. Pero el Partido Popular no ofrece una “hoja de servicios” que sea mejor que lo que hoy tenemos, ni ha hecho propuestas en ese sentido.
Por eso en una situación de choque político tan polarizado en las encuestas sólo mejoran -relativamente- quienes ofrecen una “enmienda a la totalidad”, es decir Vox.
¿A las puertas del fascismo?
La aparición de gobiernos controlados por partidos de extrema derecha, como el actual en Italia o el probable en la región alemana de Sajonia-Anhalt, parecería justificar la creación de cordones sanitarios contra el fascismo, figura cargada de romanticismo izquierdista que no sólo se está mostrando estéril sino que viene a justificar la imagen de “resistencia” cultivada por nuestro Presidente de Gobierno.
Lo cierto es que más allá de paralelismos superficiales con la Alemania de los años treinta, elementos fundamentales de aquella época no resisten una comparación: entonces Alemania estaba hundida por la crisis económica y las obligaciones financieras impuestas por los vencedores de la 1ª Guerra Mundial; las organizaciones sociales eran muy potentes pero enfrentadas, en particular por el choque entre socialistas y comunistas alentado por la Rusia de Stalin, etc.
El plantear la vida política española en términos de lucha entre Frentes (Popular contra Fascista) es algo que justifica y ayuda a sostener al débil Gobierno actual. Pero este “frentismo” supone en realidad mayor poder para los caudillos de cada bando y debilidad en el tejido social a lo largo y ancho de nuestro país.
Hiperpolitización estéril
En una reciente publicación titulada Hiperpolítica: politización extrema pero sin consecuencias políticas, su autor Anton Jäger señala cómo a partir de la crisis financiera de 2008 la intensidad de la actividad política ha aumentado de forma notable. Pero a la vez esa actividad no se transforma en un poder colectivo duradero, capaz de modificar las relaciones de poder, tanto a nivel estatal como económico: “El costo de la expresión política ha disminuido, al igual que el de la movilización. Sin embargo, cristalizar esta energía en estructuras duraderas, capaces de actuar a largo plazo y de transformar la movilización en decisiones políticas efectivas, resulta mucho más difícil”.
Mientras esa actividad no se traduzca en fortalecimiento de las instituciones políticas y sociales, en avances en el tejido social, no saldremos del impasse.
El próximo post dentro de dos partes, el 29 septiembre 2026








