Pedro Sánchez anunció en febrero pasado que el gobierno español quiere cambiar la edad a la que una persona podría acceder a una red social, pasando de los 14 años de la actualidad a los 16 años. Se añade así a los países que recientemente han implementado esta medida, con objeto de “proteger” a nuestros adolescentes de la exposición a un medio que se considera dañino.

Lo curioso del “nuevo” anuncio del Presidente del Gobierno español es que ya cinco meses antes el Congreso de Diputados había dado da luz verde a la tramitación de la ley orgánica para la protección de los menores en entornos digitales, como el propio ministerio dirigido por Bolaños proclamó en su momento. Ese proyecto de ley sigue condenado -como muchos otros- al limbo de las eternas tramitaciones parlamentarias.
Qué eficacia tienen estas medidas
El primer país que puso en marcha iniciativas legislativas de este tipo fue Australia, que aprobó a finales de 2025 medidas para impedir al acceso de los menores de 16 años a las redes sociales. Pero por ahora, el balance es bastante pesimista: siete de cada diez menores continúan en plataformas como Facebook, Instagram, Snapchat o TikTok.
¿Por qué? Existen varias razones. La primera es que los padres o tutores no quieren, no saben o no pueden controlar el acceso de sus hijos a esas plataformas. La segunda es que las plataformas son reacias, arrastran los pies o simplemente ponen en marcha medidas notoriamente ineficaces para comprobar la edad real de los usuarios. Al fin y al cabo buena parte de su negocio se basa en tener “enganchados” a la población adolescente y otros grupos sociales.
A su vez, los propios adolescentes encuentran en las redes sociales el canal para asomarse al mundo y compartir con usuarios similares un universo de contenidos, contactos, vivencias y tendencias. Existe ya una inercia muy difícil de revertir. Por eso, al menos en Australia, se tiene la esperanza que la siguiente generación de adolescentes estará mejor protegida para no caer en esas redes.
El alcance de las redes sociales
Se considera que el único segmento de población en peligro son los adolescentes. Es una tremenda equivocación. Recientes voces han señalado cómo la población mayor se empieza a comportar de forma similar dentro del mundo de las redes sociales.
Las redes vienen a llenar el vacío que se vive en las relaciones sociales, cuando una persona se siente sola o aislada. En cambio las “redes sociales” le abre un mundo, agradable, divertido, que colma la ilusión de participar y “formar parte de”. Todo ello gracias al algoritmo que le recrea un universo amigable, hecho a la medida de su perfil personal, que el propio algoritmo ha capturado y que es la base también para las acciones de micro-marketing y para alimentar de datos a la Inteligencia Artificial.
Pero hay más: las redes sociales desplazan a otros medios de comunicación, como canal para el consumo de noticias, tal y como recoge Reuters en su Digital News Report de 2026. Este fenómeno se registra en todos los tramos de edad: las “Redes” son la fuente para “conocer” lo que ocurre en el mundo.
Políticos y medios de comunicación, ¿están ayudando?
En otro post ya se comentó como los políticos se han lanzado con entusiasmo al uso de las “Redes sociales” como forma de comunicación propagandística personal o de ataque al oponente. Por eso parece contraproducente que aspiren a regular su acceso a los adolescentes cuando las usan con ese entusiasmo.
Los medios de comunicación “tradicionales” no son ajenos. Espacios televisivos como “Zapeando”, “Aruser@s”, “Todo es mentira” y la larga serie de espacios de tertulias de cotilleo rosa o no, se apoyan permanentemente en contenidos procedentes de las “Redes sociales”. Otra modalidad es la de los realities, que fomentan en el espectador su participación a través del uso de las “Redes sociales” correspondientes.
Encontramos por tanto cierto fariseísmo en políticos y medios de comunicación en lo referente a las “Redes”: las utilizan a fondo, para a renglón seguido declarar que son perniciosas para los adolescentes.
Pero como señala Enrique Dans, Profesor de Innovación en IE Business School, “el problema no son los adolescentes. Los adolescentes son, como mucho, el grupo en el que la enfermedad se manifiesta de forma más visible, más dramática y más incómoda para las familias. Pero la enfermedad es otra: un modelo industrial de extracción de atención basado en vigilancia masiva, perfilado psicológico, publicidad hipersegmentada y diseño adictivo. Un modelo que no pregunta cómo conectar mejor a las personas, sino cómo mantenerlas más tiempo mirando una pantalla, más irritadas, más polarizadas, más ansiosas, más predecibles y, sobre todo, más monetizables”.
Aquellas propuestas legislativas abordan algunos efectos superficiales, pero no el fondo. ¿Podemos ir más allá de la “foto de turno” y abordar el problema real?
El próximo post dentro de dos martes, el 7 julio 2026








