Entre generaciones: análisis o espectáculo

Hace unos días me propusieron participar en un programa Televisivo de estos de “Tardeo”, Tertulias y Tópicos de Turno para hablar sobre el “enfrentamiento generacional” en España y si los mayores están (estamos) explotando a los jóvenes.

El Tema tiene todos los ingredientes para ser candidato a ocupar unos moviditos minutos de televisión, y después dejar paso al siguiente asunto que figura en el guión del programa -transmitido por el pinganillo a la presentadora de turno- saltando a una nueva cuestión que probablemente no tenga nada que ver con lo que se acaba de “debatir”.

Nada que objetar a mi posible participación en el programa, si no fuera porque también tenía que “aportar” al OTRO interlocutor que creara la polémica, en la figura de un hijo o hija cuyos ingresos fueran inferiores a los míos, garantizando así “la discusión”.

Por desgracia una cuestión de fondo tan preocupante y grave como es la quiebra del Estado del Bienestar en los países occidentales se quiere abordar bajo el formato frívolo de la bronca a la que nos tienen acostumbrados las tertulias televisivas, donde el espectáculo prima sobre la reflexión necesaria y está sometido al yugo de la “tiranía” del tiempo, siempre presente en la programación de las cadenas de televisión.

Se me dirá que más vale esto que nada, pero creo que un tratamiento superficial y reduccionista de cuestiones importantes lo que hace es dificultar en vez de ayudar al análisis reflexivo y el intercambio de propuestas para su solución. Tampoco vale la excusa que el medio televisivo tiene que tener “gancho” en la forma de bronca tertuliana y que por tanto el espectáculo debería ser imprescindible, aun a costa del rigor y -al fin y al cabo- de la verdad. Pero pienso que el rigor no tiene por qué ser aburrido.

Los elementos que se han transformado

El Estado del Bienestar, es decir la garantía de protección social que se construyó tras las IIª Guerra Mundial en los países occidentales, ha ido deteriorándose desde entonces por causas objetivas y por cambios en las políticas de los partidos políticos mayoritarios de esos países.

Los tres pilares de ese Estado del Bienestar -el estado, el mercado y las familias- han recibido fuertes sacudidas, que sobre todo a partir de los años 70 han ido dejando más desprotegidas a las nuevas generaciones. Las nuevas oleadas de generaciones de trabajadores se encuentran al albur de “sus propios méritos”, sin la red de apoyos de decenios anteriores.

Además, hemos pasado de una pirámide demográfica en la que la mayoría de la población se encontraba inmersa en el mercado de trabajo -al menos los llamados “cabezas de familia”- y pocos eran los jubilados -los llamados “clases pasivas”-, a una situación casi contraria.

Pero también la prolongación de la esperanza de vida, sobre todo en los estratos con mejor nivel socio-económico, han provocado una acumulación de riqueza en particular en forma de propiedad inmobiliaria.

El colapso en el mercado de la vivienda, debido a la casi desaparición de la oferta de las mismas, ha castigado a las generaciones de jóvenes que justo en este momento aspiraban a crear nuevos núcleos familiares y acceder a una vivienda propia.

Los partidos políticos mayoritarios hasta los años 70 y 80 han dejado que los mecanismos de protección se hayan ido desmantelando, reduciendo sus políticas a la proliferación de programas de subvenciones que no hacen sino perpetuar la inseguridad.

Todo ello ha llevado a una situación de extrema inseguridad laboral y financiera de dichas generaciones. Que nadie se sorprenda si éstas se han hecho más receptivas a propuestas políticas populistas, tanto de extrema izquierda como de extrema derecha.

El cáncer de la polarización mediática, política y social

El análisis de la dinámica económico y social revela que no se trata de una fractura entre generaciones en bloque sino de un empobrecimiento progresivo de ese Estado del Bienestar que, en el caso español sólo favorecía a una parte (los varones “cabezas de familia” y de estratos superiores), y cuyos mecanismos de protección han saltado por los aires al intentarlos aplicar a las siguientes generaciones.

Éstas se encuentran con un camino cada vez más empinado para alcanzar el estatus social que entonces parecía accesible. La frustración y la polarización con que medios de comunicación y políticos presentan el problema puede acabar desembocando en un resentimiento que expone a la juventud a las maniobras manipuladoras de los nuevos “salvadores”.

En nuestras manos está evitar que eso suceda. Las soluciones hay que buscarlas en políticas públicas que fomenten el desarrollo económico, más allá de la mera gestión de los mercados financieros, y de la formación avanzada de mano de obra que la proteja de los vaivenes de cambio económico y tecnológico. Para ello es imprescindible quererlo hacer, más allá de dedicarse a ganar las siguientes elecciones.

El próximo post dentro de dos martes, el 26 mayo 2026

Simplificarse la vida

¿Qué persona que tenga un trastero no ha descubierto que de pronto lo tiene tan lleno que no puede entrar para ver lo que hay en el fondo del mismo? En tales situaciones lo que solemos hacer es volver a cerrar la puerta y tratar de encontrar en otro lado lo que estábamos buscando. Hasta la próxima vez. Y pensamos: algún día tengo que ponerme manos a la obra con el trastero y tirar de una vez lo que no hace más que comer espacio.

Este síndrome del trastero lleno es la base del negocio de las empresas tecnológicas que primero nos regalan espacio de almacenamiento en la nube para que, una vez lo hemos llenado, nos pidan una pequeña cuota (al principio) para ampliarlo.

¿Habría que vaciar el trastero completamente?

En el año 2017 la escritora sueca de 84 años Margareta Magnusson escribió un libro rápidamente convertido en best-seller: El arte sueco de ordenar antes de morir. Si no lo amas tíralo; si no lo usas tíralo también. El libro proponía un método para irnos quitando de encima lo que ya no necesitábamos o queríamos. De esta forma no solo recuperábamos un espacio en nuestra vida sino que también evitábamos a nuestros herederos la ingrata tarea de tener que hacerlo ellos mismos. Margareta murió en marzo pasado a la edad de 92 años y su hija da testimonio que había dejado su vivienda completamente vaciada.

No vaciar sino “podar”

Yo pienso que no se trata de dejar nuestro espacio vital completamente vacío de elementos y menos aún si nos vamos acercando “a una cierta edad”. Aunque es a esa “edad” cuando nos solemos encontrar el trastero lleno, en realidad el problema viene de mucho antes. Pero hasta entonces pensábamos que nuestro tiempo y nuestras energías eran infinitos.

De hecho algunas teorías sobre la vejez plantean que una vez hemos terminado nuestra vida laboral lo que nos queda es irnos “desconectando” de la sociedad e ir dejando nuestro trastero completamente vacío.

No estoy de acuerdo. No se trata de hacer menos cosas per se sino de PODAR lo que nos sobra en la vida. Podar es eliminar aquellas ramas y hojas que en realidad están muertas pero absorben buena parte de nuestro espacio y nuestro tiempo: nos roban parte de nuestra energía.

A veces lo que sobra no es evidente. Pueden ser relaciones que desgastan más de lo que nutren (relaciones tóxicas), hábitos que nos retienen, miedos que ya no tienen sentido y puede que nunca lo tuvieron, etc.

Pero no es una cuestión de perder sino de habilitar espacio para lo que sí importa: nuestra tranquilidad, nuestras metas, una vida mejor. La otra mitad que da sentido al podar es que la energía de la planta o el árbol se redirige a las ramas y hojas con futuro y que mejoran nuestro bienestar.

Obstáculos

Admito que no es una tarea sencilla, ya que nos encontramos con varios obstáculos. El primero es tan importante como esto: ¿a qué queremos redirigir nuestro tiempo y nuestras energías?

El segundo es tan importante como el primero: a veces nuestra vida está tan llena de cosas -útiles o no- (muchas veces nos cuesta distinguirlo) que creemos que no hay nada que hacer. Es como un trastero tan lleno de cosas que no podemos ni entrar para eliminar lo qu es inútil.

Por qué deberíamos hacerlo

Tenemos recursos limitados. Lo sobrante es una pérdida de energía en banalidades o incluso peligrosas. Ponerse en marcha es una suerte de revolución, de rebelión, que empieza con nosotros mismos.

Cómo hacerlo

Aunque suene como el slogan de un anuncio, debemos empezar por creer en nosotros mismos como personas capaces de hacer algo que hasta ahora ni siquiera habíamos intentado. Probablemente más de uno nos sorprenderíamos de haber sido capaces de cambiar algo en nuestra vida y que, aunque al principio pueda parecer imposible, se ha hecho realidad.

Por eso la segunda palanca es comenzar por algo tangible, alcanzable en un plazo razonable y que pueda incluso ser rentable. Un ejemplo seria cortar la suscripción a tal o cual publicación, reducir los servicios contratados en nuestra plataforma de televisión por internet o cualquier otro agujero por el que se nos va el dinero mes a mes. En cuanto tengamos un pequeño momento para revisar nuestros gastos mensuales seguro que localizamos esos agujeros negros de nuestra economía personal.

El otro gran campo de pérdida de energías está en el campo de la atención. Las grandes empresas tecnológicas basan modelo de negocio en tener secuestrada nuestra atención. Y esto se extiende al campo de todos los medios de comunicación en general, y en especial de la comunicación social y política. Escapar de esa telaraña para poder vivir nuestra auténtica realidad personal exige una buena poda, que sí podríamos poner en marcha.

El próximo post dentro de dos partes, el 12 mayo 2026

La ocultación “progresista” del precio de los medicamentos

Para oir este post (en iVoox)

Mientras la economía mundial -no tanto la española- va recuperándose de los efectos de la pandemia del Covid y aunque se mantienen muchos de los interrogantes de fondo en el terreno sanitario, buena parte del terremoto político lo seguimos teniendo encima de la mesa.

Por una parte el Tribunal Supremo anunciaba la apertura del juicio oral del llamado caso Koldo por una presunta trama de mordidas en la venta de mascarillas durante la pandemia, con varias ramificaciones políticas incluyendo al partido del gobierno.

Negociaciones secretas para la compra de vacunas del Covid

La segunda gran polémica económico-política -esta vez a nivel mundial y en especial en el seno de la Unión Europea- tuvo que ver con el secretismo bajo el cual se negoció la compra de vacunas a las grandes farmacéuticas.

La Comisión Europea negoció con los grandes grupos farmacéuticos la compra a gran escala de vacunas para atajar la epidemia del Covid. Pero a finales de 2020 se produjo un gran revuelo cuando una ministra belga publicó en internet -aunque por breve tiempo- los precios pactados, que supuestamente eran secretos y protegidos por las propias cláusulas de confidencialidad de las negociaciones.

Nadie puso en duda que la parte de los acuerdos que detallaban los procedimientos que utilizaban las farmacéuticas para desarrollar y fabricar las vacunas debería estar sujeta a la confidencialidad, ya que revelaban un know how propio de las compañías.

Otra cosa era el precio pagado por cada dosis, que se reveló totalmente dispar según el acuerdo con la respectiva compañía. Su ocultación era no sólo un agravio para la ciudadanía europea -al fin y al cabo el pagador final de las vacunas- sino también probablemente un abuso hacia países en desarrollo con menor poder de compra, tanto en volumen como en compromisos a futuro. El secretismo, en particular en lo que se refiere a precios y compromisos de compra a futuros, era algo que se producía en la inmensa mayoría de los contratos.

La falta de transparencia fue criticada por el propio Tribunal General de la UE, y choca con la postura oficial de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que repetidas veces ha hecho de la transparencia de precios una prioridad de salud pública: Resolución WHA72.8 de mayo 2019, Directrices de fijación de precios de septiembre 2020, etc.

Pero estas críticas no han servido para mejorar la transparencia, tal y como años después nos ha seguido recordando en España la Asociación por el Acceso Justo al Medicamento.

Farmacéuticas con dinero público

Como ya mostraba la economista Mariana Mazzucato en su libro El Estado emprendedor la mayoría de los fondos para investigación y desarrollo de nuevos fármacos proceden de las arcas públicas.

Este es el caso, por ejemplo, de la vacuna más conocida y utilizada en relación al cavid: la desarrollada por la empresa BioNTech, que a su vez alcanzó un acuerdo con la farmacéutica Pfizer para su fabricación y comercialización. BioNTech recibió casi 500 millones de euros de financiación pública -375 millones de euros del Ministerio de Investigación Alemán y un préstamo de 100 millones de euros del Banco Europeo de Inversiones- para la investigación y el desarrollo de la vacuna.

Este esfuerzo público ha sido completamente ignorado a la hora de ser revertido a la población.

La legislación española sobre el precio de los medicamentos

En España, desde el año 2023 se viene elaborando la reforma de la Ley de Garantías y Uso Racional de los Medicamentos, también conocida como Ley del Medicamento.

En el borrador de la norma disponible hace un año no solo se continuaba considerando como confidencial la información que facilitan las empresas farmacéuticas a Sanidad durante el proceso de negociación de precios de medicamentos, sino que el departamento dirigido por Mónica García daba un paso más allá para ocultar “la información que resulte de los acuerdos de financiación que se alcancen o de la aplicación de los mismos”. Como denuncia la Fundación Civio, esta medida significaría que nunca se podría saber cuánto dinero se paga realmente por cada nuevo medicamento que se incluya en la prestación farmacéutica pública.

Como la tramitación de esta reforma de ley sigue el camino a ninguna parte que llevan hoy en día la mayoría de las iniciativas parlamentarias, PSOE y SUMAR intentan blindar legalmente el secreto en los precios de los medicamentos colándolo en una ley sobre discapacidad.

La Asociación para el Acceso Justo al Medicamento señala la maniobra torticera de estos grupos parlamentarios al presentar la enmienda 259 como disposición final en el Proyecto de ley sobre Derechos de las Personas con Discapacidad. Así no pasaría por la Comisión de Sanidad del Congreso, metiéndolo en una Ley de amplio consenso social y evitando el debate.

El relato “progresista” habla de vulnerables por un lado pero favorece a los grandes oligopolios por el otro.

El próximo post dentro de dos martes, el 28 abril 2026.

La inseguridad laboral y el voto a los extremismos

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¿Vuelve el fascismo?

En los países occidentales y en particular en España los partidos considerados de extrema derecha han ido ganando presencia en el electorado y en muchos casos forman parte de gobiernos regionales e incluso nacionales. Desde el otro lado del espectro político suenan señales de alarma y se alzan voces que reclaman la formación de frentes populares y cordones sanitarios contra lo que se considera el retorno del fascismo. ¿Y ya está? ¿Eso es todo? ¿No hay nada más que haya que tener en cuenta?

Afortunadamente contamos con un número creciente de estudios que van más allá y analizan cuál es el sustrato laboral, económico y social a partir del cual crece el voto a partidos de extrema derecha, aunque también de extrema izquierda.

El terreno abonado

La primera constatación es que el voto a los extremismos esta más relacionado con la situación de inseguridad laboral y financiera de las personas que con las opiniones que tengan sobre cuestiones culturales, de género o similares.


Inseguridad laboral se refiere no sólo a tener un contrato laboral temporal o a tiempo parcial sino también a las propias condiciones laborales: bajos salarios, falta de autonomía en el trabajo, minusvaloración de las capacidades del trabajador, verse abocados a trabajar como autónomos, exceso de horas extras, riesgo de pérdida del empleo, etc. Y todo esto no se refiere sólo a la situación vivida en el momento sino también a las amenazas que pesen en un futuro más o menos próximo. Algo similar ocurre con la inseguridad financiera y no tener que depender de ayudas públicas más o menos volátiles y complicadas de obtener orientadas a colectivos vulnerables, sino aspirar a una estabilidad basada en los propios recursos ya sean laborales o económicos.

El ejercicio de un oficio o una profesión se vacía de contenido, como el sociólogo norteamericano Richard Sennett señalaba hace casi treinta años: el capitalismo actual antepone la flexibilidad a los valores del compromiso y la lealtad que coronaban la ética del trabajo. La profesionalidad deja de existir para dar paso a una inestabilidad permanente en el desarrollo de las tareas dentro de la empresa, a base de equipos de proyectos que se crean y se deshacen continuamente.

En España

En contraste con la euforia oficial que proclama -basándose en datos macroeconómicos- que la economía española va como un tiro la realidad laboral para muchas personas arroja un panorama más oscuro: crecimiento de contratos de trabajo de fijos discontinuos y a tiempo parcial, contratos “indefinidos” que se rescinden antes de acabar el periodo de prueba, infrautilización de las capacidades laborales…

En comparación con el resto de países europeos la calidad del trabajo en España ha sufrido un fuerte deterioro durante los últimos años y persiste una alta rotación laboral. Si a esto se añade unos bajos salarios encontramos que un 11% de los trabajadores en España está en riesgo de pobreza.

Todo ello desemboca, según una encuesta de Gallup, en un alto estrés y falta de compromiso en el trabajo, lo que a su vez provoca que cuatro de cada diez trabajadores más jóvenes abandone su trabajo en menos de un año por los bajos salarios y falta de flexibilidad.

El impacto es desigual según el perfil social, de forma que migrantes, jóvenes y mujeres sufren en mayor medida en este panorama laboral.

Por otra parte las ofertas laborales se polarizan, de modo que se reducen los puestos intermedios, dinámica que corre paralela a la pérdida de status y reducción del peso relativo de la llamada clase media.

Traducción a voto radical

Lo sorprendente de este panorama es que el voto a los partidos políticos de extrema derecha o izquierda no haya crecido más de lo que lo ha hecho. La “oferta” electoral ha resumido su mensaje en señalar a “la casta” política como la culpable de la situación como hizo Podemos en su momento o los emigrantes, como hace ahora Vox.

En realidad la operación es la misma: señalar un culpable que es siempre “el otro”, de forma que el descontento de fondo fue capitalizado en un primer momento por la izquierda radical, para pasar después a la derecha.

Aun así el porcentaje de votos cosechado por uno u otro extremo está siendo notablemente más bajo que en otros países de nuestro entorno e incluso apunta a que ha tocado techo en ambas direcciones.

Probablemente ello se explica no porque haya mejorado el entorno laboral sino porque las ofertas electorales han ido perdiendo su impulso originario de cambio para sumirse en purgas y luchas internas, tal y como ocurrió entonces con Podemos o Sumar y ahora acontece en el seno de Vox.

También influye el hecho que los colectivos sociales más perjudicados son los de participación electoral baja (jóvenes) o nula (migrantes).

No son buenas noticias: el resentimiento permanece.

Estar o no estar… en guerra

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La guerra ya no es lo que era

Antes de posicionarse (“No a la guerra”), lo primero es saber de qué estamos hablando. Cuando Rusia invadió Ucrania hace más de cuatro años, Vladimir Putin no lo llamó una guerra sino una operación militar especial para “librar a ese país del fascismo”. Cuando Israel y Estados Unidos comenzaron a atacar Irán, Donald Trump lo llamó una operación militar para “liberar al mundo de un Estado terrorista”. Ahora que nos movemos por “relatos” y slogans, la terminología es lo que parece dominar el mundo de la comunicación y -por extensión- el de la política.

La guerra tiene, ¿o tenía?, sus protocolos

En la Edad Media un caballero que iba a la guerra no podía luchar contra plebeyos sino solamente contra otros caballeros. El Convenio de la Haya de 1907 establecía que no se debía comenzar una guerra “sin una advertencia previa y explícita, ya sea en forma de declaración de guerra motivada o de ultimátum con declaración de guerra condicional”. Esta regla fue consagrada en la Carta de las Naciones Unidas en 1945.

De esta forma la 1ª Guerra Mundial fue testigo de medio centenar de declaraciones formales de guerra, y unas cuantas más en el caso de la 2ª Guerra Mundial. Pero en el Siglo XXI las declaraciones de guerra ya no existen.

Además, según la Norma 54 del Protocolo Adicional I (de 1977) a los Convenios de Ginebra de 1945 “queda prohibido atacar, destruir, sustraer o inutilizar los bienes indispensables para la supervivencia de la población civil”. Aquí entrarían los ataques rusos a la red eléctrica de Ucrania para matar de frío a la población o los bombardeos de plantas desalinizadoras en el Golfo Pérsico.

Otra cosas también han cambiado. Ya no se trata de conquistar el país enemigo: en ese sentido la invasión rusa de Ucrania es una guerra “al antiguo estilo”. Una invasión terrestre tiene un elevado coste de vidas de soldados y mayor incluso en la opinión pública del país atacante. Por eso Donald Trump no quiere enviar tropas a Irán, mientras “anima” a la población iraní a rebelarse o a los kurdos a actuar.

La guerra ahora consiste en destruir al país contrario o dejarlo como “Estado fallido”. Esto es el caso de Iraq, Siria, Venezuela o Líbano entre otros. No hace falta anexionarse el territorio o derribar el régimen, al contrario de lo que proclamó -sin conseguirlo- Trump en Irán. Basta con dejar al contrario inutilizado. Ni siquiera hace falta destruir al ejército enemigo, sólo neutralizarlo.

Los tanques y otros vehículos terrestres han dejado paso a los misiles y en especial a los drones, que no solamente matan sino que sobre todo amedrentan a la población. Tampoco el foco se sitúa en las fuerzas de ataque enemigas sino en sus sistemas de defensa y sus infraestructuras. Todo ello forma parte de la llamada guerra híbrida.

En fin las guerras actuales están indisolublemente entrelazadas, en una especie de “globalización” bélico-económica, donde mientras con una mano se apoya la lucha contra un enemigo determinado con la otra se le compra petróleo y gas, como hace la Unión Europea con Rusia.

La guerra de la economía y la economía de la guerra

Cuando Trump secuestró al Presidente de Venezuela su propósito declarado era controlar el petróleo al igual que en el caso de Irán, aunque aquí el objetivo de Israel sea más bélico. Es significativo que el ataque sobre la isla iraní de Kharg, principal puerto de salida de su petróleo, haya respetado escrupulosamente las instalaciones petrolíferas, evitando el inmenso impacto que hubiera tenido en el precio del crudo y por ende en la economía mundial, comenzando por la norteamericana. Por esa misma razón, Trump ha levantado las sanciones sobre las exportaciones de petróleo de Rusia, lo que da a ésta un inesperado respiro para financiar su invasión de Ucrania.

La guerra es cara, como testimonia el hecho que aviones de combate norteamericanos están derribando drones iraníes con misiles que cuestan entre veinte y cuarenta veces más, lanzados desde aeronaves con costes operativos relativamente altos.

En esta situación convulsa, la acción bélica se convierte en palanca económica y la economía en campo de guerra.

De ahí que Irán contra-ataca intentando reventar el mercado del petróleo -y la economía mundial- en el Estrecho de Ormuz o bombardeando las instalaciones de las empresas tecnológicas en la zona. España no está mejor protegida del tsunami económico que se desencadenaría desde el Golfo Pérsico. Un informe del R.I. El Cano señala que ”la desconexión aparente de España respecto al crudo del Golfo es una ilusión métrica.

Mientras tanto la Unión Europea está exhibiendo una de las mayores divergencias de posiciones internas como no se había visto en muchos años. Cuando cada dirigente actúa pensando sólo en su electorado la debilidad es máxima.

El próximo post dentro de dos martes, el 31 marzo 2026

“No hablar con desconocidos”

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Para mucha gente esta frase todavía resonará como eco de nuestra infancia, cuando nuestros padres nos advertían del peligro que podría suponer que nos abordaran personas que no fueran familiares o allegados.

Confieso que últimamente soy más proclive a establecer pequeñas conversaciones con desconocidos, yo que de toda la vida me había considerado una persona reservada e incluso tímida. Medio en broma medio en serio siempre digo que quizá me esté haciendo viejo…

Hablar con desconocidos

En un mundo en el que el aislamiento y la soledad son una epidemia muy extendida, y más aún tras la pandemia del Covid, establecer pequeñas conversaciones con gente con la que jamás habíamos hablado puede ser una fuente de bienestar para nosotros y nuestros interlocutores.

De pronto quien está a centímetros de distancia de nosotros en el autobús o en el supermercado pasa de ser una pieza más del entorno a convertirse en una persona. Cuando le comentamos o preguntamos “Perdone, ¿sabe usted si faltan muchas paradas para llegar a…?” en muchos casos vamos a recibir una respuesta amable o empática, susceptible de desencadenar una breve conversación. Porque la mayoría de las personas suele experimentar una pequeña satisfacción debido a lo que sabe sobre la línea de autobús o simplemente el reconocimiento de que la consideramos una persona digna de respeto y consideración.

Podría parecer una tontería, pero no lo es. La falta de conexiones sociales que experimentamos en nuestro mundo actual está pidiendo a gritos estos pequeños chispazos de charlas informales.

He sido testigo -y a veces también participante- de cómo modestos intercambios iniciales han derivado en una charla amigable que ha durado unas cuantas paradas de autobús e incluso han evolucionado hacia auténticas tertulias colectivas.

Producen satisfacciones que más allá del momento dejan en los interlocutores un sentimiento de que vivimos en una sociedad de personas y no de bloques físicos que nos apretujamos cuando el autobús va lleno. Todo ello sin dejar de lado la necesaria prudencia a la hora de confiarse a ciegas a otra persona sobre la cual no sabemos hasta entonces prácticamente nada.

Cómo hacerlo

Además de la propia experiencia de cada uno, la psicóloga canadiense Gillian Sandstrom nos da algunas pistas para aprender a desencadenar pequeñas conversaciones con personas desconocidas.

Lo ideal es utilizar lugares públicos (transporte colectivo, supermercados, parques concurridos, etc.) pero con suficiente espacio para intercambiar una pequeña charla. Además, como dice Sandstrom, elijamos un lugar que ofrezca un tiempo limitado para ambos, por ejemplo el andén del tren de cercanías o la cola de una caja del súper, en lugar del comienzo de un vuelo transatlántico. Es decir no lo intentemos en un sitio en el que que el interlocutor se sienta “sin escapatoria” de un pesado que le cae encima. Por ello también evitemos lugares solitarios, que pueden crear temor a la persona a la que nos estamos dirigiendo.

No abordemos a personas ocupadas en ese momento: cuando están hablando con otros, leyendo un libro, en el instante de estar cruzando una calle, etc.

Comencemos aludiendo a algo que compartimos: los frenazos bruscos del autobús, la elección de la marca ideal de cereales para el desayuno…, aportando de nuestro lado una pequeña información que rompa el hielo, pero no “contando nuestra vida”.

Pero si encima compartimos una actividad determinada -una conferencia o un cursillo a los que acudimos o las clases de Pilates a las que estamos apuntados- el entorno facilita a la interacción.

Ser receptivos a lo que dice nuestro interlocutor: ser capaz de apreciar a la otra persona, sus opiniones, las vivencias o sentimientos que desee manifestar… Y mostremos nuestra empatía: a veces un ligero toque en el antebrazo transmite nuestro apoyo de forma eficaz, aunque depende de las circunstancias del momento.

En la mayoría de los casos los estudios empíricos han registrado una respuesta positiva abrumadora. Pero cuando la otra persona no muestra interés o puede sentirse incómoda la insistencia por nuestra parte se convierte en algo incómodo que debemos evitar.

Practicar

Mi propuesta es marcarse objetivos de, por ejemplo, un número de intentos al día o a la semana, sobre todo en personas que como yo somos más bien propensas a vivir en nuestro propio mundo; u observando el entorno que nos rodea sin interactuar con otras personas.

Tanto en estos casos, como en cualquier otro en general, hemos de considerar la posibilidad que la otra persona no quiera intercambiar más que frases imprescindibles y nada más. El respeto a su esfera es esencial, lo que a veces es algo que hay que saber aprender con la práctica. Si hemos seguido las reglas antes descritas el número de estos casos será reducido.

Lo que sí aseguro es que esta práctica ayuda a nuestro bienestar y al de las otras personas, y quizá sea el comienzo de alguna larga amistad.

El próximo post dentro de dos martes, el 17 marzo 2026

Las infraestructuras como valor estratégico

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Sólo cuando se producen catástrofes como las inundaciones de la DANA en 2024 o el descarrilamiento y choque de dos trenes de alta velocidad en Ademuz, nos acordamos que el diseño y mantenimiento de las infraestructuras de un país tienen una importancia crítica.

Advertencias no escuchadas

En lo que se refiere a las infraestructuras ferroviarias ya en marzo de 2022 el Banco Europeo de Inversiones, al conceder a Adif un préstamo de 90 millones de euros, aludía a que “la renovación de obras e instalaciones de la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla se encuentran al final de su vida útil, y el objetivo [del préstamo era] mantener los altos estándares de disponibilidad, fiabilidad y seguridad requeridos para este tipo de infraestructura.

Se habla sobretodo del precio en vidas humanas debido a la falta de mantenimiento, pero también cabe contabilizar el impacto en los suministros necesarios para la actividad económica.

Los transportes forman parte de las denominadas infraestructuras críticas. Junto al ferrocarril, la red de carreteras españolas ofrece un panorama preocupante. Según un artículo publicado en julio pasado en la revista de la Dirección General de Tráfico “más de la mitad (el 52%) de las carreteras españolas presentan firmes con deficiencias graves o muy graves, con un total de 34.000 kilómetros que necesitan intervención urgente, a través de actuaciones que deberían llevarse a cabo en un plazo inferior a un año.

En lo que se refiere a los embalses, la Asociación de Ingenieros de Caminos denunciaba hace cuatro meses que España afronta un grave déficit de seguridad hidráulica: 3 de cada 4 presas estatales sin plan de emergencia implantado y 1 de cada 3 necesita refuerzo estructural.

Respecto a la protección de las infraestructuras eléctricas, el apagón de abril de 2025 es una muestra de la vulnerabilidad de las mismas.

Pero si hay una infraestructura crítica de primer nivel es la red internet. Esta vez era la Comisión Mixta (Congreso-Senado) de Seguridad Nacional la que advertía que España dispone de capacidades «relevantes» en materia de ciberseguridad, tanto en el ámbito público como en el privado, pero están «dispersas» y «con distintos niveles de madurez», y su coexistencia genera «solapamientos, duplicidades e ineficiencias».

Nuevas amenazas: el cambio climático

A los tradicionales riesgos para la seguridad nacional como el terrorismo internacional, la proliferación de armas de destrucción masiva o el crimen organizado se suman en la actualidad dos nuevas grandes amenazas.

La primera se refiere a los fenómenos extremos y no previstos derivados del cambio climático. La proliferación de incendios, inundaciones o el sometimiento de las infraestructuras a condiciones no esperadas son ejemplos de los riesgos que no habían sido tenidos en cuenta hasta ahora.

Un reciente informe explicaba por qué los modelos económicos utilizados por gobiernos, bancos centrales e inversores subestimaban cada vez más los riesgos climáticos, generando así una falsa sensación de seguridad. En idéntico sentido se pronunciaba la Agencia Europea de Medio Ambiente: Europa no está preparada para el rápido crecimiento de los riesgos climáticos.

La guerra híbrida

La segunda nueva amenaza es la llamada guerra híbrida (a veces llamada zona gris de las relaciones internacionales), en la que el enemigo con medios no convencionales apunta a instalaciones básicas de forma que las infraestructuras críticas son cada vez más blanco de ataques, lo que provoca graves interrupciones en los servicios esenciales. Rusia es el mejor ejemplo, pero no el único.

Qué se está haciendo en España y qué no

Cada vez que se produce un desastre en una infraestructura esencial o crítica, los medios de comunicación y las élites políticas reducen el acontecimiento a la enésima trifulca entre partidos, y más cuando hay víctimas mortales.

Es más sencillo y sensacionalista contabilizar las muertes producidas por la catástrofe que las vidas salvadas por un mantenimiento adecuado de las infraestructuras. En este caso no hay nombres ni apellidos concretos ni es fácil trazar una relación directa entre mantenimiento y beneficiarios.

Pero lo que NO estamos haciendo es transponer la Directiva Europea de 2022 relativa a la resiliencia de las entidades críticas, cuya fecha límite para incorporar a la legislación española era octubre de 2024. Bruselas nos dio un plazo añadido de dos meses más para hacerlo, que también ha sido ignorado.

En mayo de 2025 el Ministro del Interior anunció -por fin- la redacción de un anteproyecto de ley para reforzar la «Protección y Resiliencia» de las infraestructuras críticas, que incluía la transposición de la Directiva europea y cuyo texto está disponible en la web del Ministerio.

A fecha de hoy, el anteproyecto parece seguir durmiendo en el cajón de algún despacho gubernamental, al igual que otras docenas de proyectos que tampoco ven la luz. Habida cuenta de la raquítica producción legislativa de los últimos años y la enésima prórroga de Presupuestos Generales del Estado, seguiremos teniendo, por desgracia, unas infraestructuras desprotegidas.

El próximo post dentro de dos martes, el 3 marzo 2026.

Tras la tragedia ferroviaria

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El accidente ferroviario de Ademuz segó la vida de 46 personas y sumió en un tremendo dolor a sus familias y allegados. Pocos días después, en una especie de amarga “réplica”, se produjeron dos accidentes en la red de Rodalies de Cataluña, resultando muerto un maquinista en prácticas.

Para quienes no hemos tenido una relación directa personal con estos sucesos, los medios de comunicación nos han ido confeccionando un relato de lo sucedido, que poco a poco ha ido pasando de la descripción cronológica de los hechos y las circunstancias individuales de algunas de las víctimas, a la investigación de las causas de fondo y la atribución de responsabilidades (o la evitación de las mismas).

Todos esos elementos han convertido el accidente de Ademuz en fuertemente “noticiable. En el contexto de la tensa situación política del país y polarización de las opiniones, la tragedia humana se convierte rápidamente en un problema político de primera magnitud, donde los medios de comunicación y las declaraciones de las élites políticas caldean una vez más el ambiente enrarecido que respiramos. Si además estamos en pleno carrusel electoral -aunque por ahora sólo de elecciones autonómicas- la sensación que nos produce es que nuevamente tenemos más de lo mismo.

Una dinámica envenenada

En efecto, cuando un hecho de tal gravedad como el accidente ferroviario cae en manos del tandem formado por las élites políticas y los medios de comunicación, de una dolorosa noticia pasamos al conflicto político y de ahí al intento de sacar réditos electorales.

Fuera de ese tandem se nos relega a ser meros espectadores de la enésima bronca entre partidos. Aunque siempre hay algún tertuliano televisivo que nos echa la culpa: “no haberlos votado”, nos dicen.

Pero como he señalado varias veces en este blog, no votamos lo que queremos, sino lo que nos ponen a elegir entre un muestrario de listas electorales cerradas y bloqueadas, confeccionadas por las cúpulas de los partidos y compuestas por personas que deben a su jefe el que les haya puesto allí y no a los votantes.

Además, la polarización fomentada por el tandem antes aludido, nos aboca a votar no a favor de un partido sino en contra del opuesto, que nos han jaleado para que le odiemos.

¿Es que no hay otra alternativa?

Como ciudadanos de a pie no se trata de ponernos a indagar por nuestra cuenta si en los Presupuestos Generales del Estado hay una asignación para el mantenimiento de las infraestructuras del AVE, ni la formalización de los contratos, ni si los informes de actuación están correctos.

Se puede hacer otra cosa.

En primer lugar, en el caso que nos ocupa, víctimas y familiares han comenzado a formar en Huelva una plataforma de afectados del ALVIA, siguiendo el ejemplo de las que se crearon (Asociación Plataforma Víctimas ALVIA 04155 y APAFAS) en el año 2013, tras el terrible accidente ferroviario de Santiago de Compostela: entonces de las 224 personas que viajaban en aquel tren Alvia, 144 resultaron heridas y 80 fallecieron.

Han tenido que pasar 11 años antes de dictarse la sentencia judicial del caso.

Ir más allá

La recién creada plataforma de Huelva ha recibido también el apoyo de una asociación de abogados especializada en accidentes y responsabilidad civil (Anava-RC).

El camino esbozado apunta a resarcir en lo posible a las víctimas directas y dilucidar las responsabilidades penales que hubiera lugar.

Pero si nos quedamos ahí, la historia del accidente de Santiago constituye un frustrante precedente, ya que ha demostrado que los problemas de fondo no se han resuelto y los accidentes se repiten.

Es necesario que las Administraciones Públicas y quienes ocupan cargos en las mismas den cuenta de sus actuaciones, pero no después de las tragedias. Para conseguirlo no basta con “pedirlo” ni tampoco votar al partido alternativo en la próxima convocatoria electoral.

Organizarse, conectar y actuar

El camino pasa por CONSTRUIR CONEXIONES EN EL SENO DE LA SOCIEDAD CIVIL, que obliguen a los poderes públicos a la transparencia y la rendición de cuentas. En lo que se refiere al accidente de Ademuz, junto a la plataforma que aglutinaría a las víctimas del mismo y sus apoyos jurídicos, existen otros actores sociales que tienen mucho que decir cada uno en su vertiente: las entidades profesionales de ingenieros de caminos, los sindicatos de maquinistas, los organismos independientes que fiscalizan las actuaciones públicas, las asociaciones de usuarios de los servicios ferroviarios y un largo etcétera.

Desconozco si en este caso estos actores se han puesto en marcha para conectar, como se forman las conexiones neuronales que desarrollan nuestro cerebro, pero en este caso para crear una sociedad civil fuerte que “ate en corto” al Estado, sea cual sea el partido político gobernante.

En países de nuestro entorno este tipo de dinámicas no son desconocidas, pero en España tenemos un fuerte déficit.

El próximo post dentro de dos martes, el 17 febrero 2026

El mundo al borde de…

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El secuestro del Presidente de Venezuela por parte del ejército norteamericano ha provocado un torrente de comentarios sobre hacia dónde camina el mundo actual y los interrogantes que se abren.

En realidad llevamos varios decenios acumulando problemas de diverso tipo que se nos están haciendo bola: la crisis económica de 2008, la pandemia de 2020, el envejecimiento demográfico, el impacto laboral de la manera como se aplican las nuevas tecnologías, la invasión rusa de Ucrania, el calentamiento global, el declive industrial de la Unión Europea, el comportamiento autocrático del actual Presidente de Estados Unidos, el ascenso de China, etc.

Muchos comentaristas coinciden en señalar que se está cerrando la época de estabilidad que arrancó al terminar la IIª Guerra Mundial y que la crisis actual nos llevará a un orden mundial diferente. Como advertía el pensador italiano Antonio Gramsci, “el viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Uno de estos monstruos sería claramente Donald Trump, que parece actuar a su antojo por encima de cualquier regla establecida y que ha desempolvado la famosa diplomacia de las cañoneras. Otro monstruo sería Vladimir Putin, con su uso extensivo de la llamada guerra híbrida contra Europa, que también practica Trump.

Aunque el mundo financiero no muestra una gran preocupación.

Ingredientes de la crisis

El imperio americano parece encontrarse en su fase de declive y el mundo se mueve hacia un nuevo reparto de áreas de influencia entre las grandes potencias. Lo que no sabemos muy bien es cuándo ni cómo, ni qué pinta tendrá el nuevo escenario. Hay muchos elementos que intervienen: desde el dominio de las fuentes de energía hasta el peso demográfico de cada país, pasando por el liderazgo tecnológico, la habilidad para forjar nuevas alianzas o la modernización de la capacidad militar.

Cómo no actuar

¿Qué debemos hacer? ¿Con quién hay que aliarse? ¿Contra quién hay que luchar? Antes de nada convendría tener presente que los momentos de crisis y decadencia pueden durar siglos. Y en ese tiempo los actores, sus alianzas y sus rupturas suelen atravesar profundas modificaciones.

Eso nos recuerda, por ejemplo, que en la historia del Antiguo Egipto el paso desde el Imperio Antiguo al Imperio Medio tardó unos caóticos 130 años. Del Imperio Medio al Imperio Nuevo la pesadilla duró 230 años. Y el declive final se alargó más de 400 años. Por tanto una idea a descartar es esperar pacientemente a que por sí mismo el “nuevo mundo aparezca”.

Pero desempolvar precedentes históricos de crisis anteriores, para tener pistas de lo que volvería a suceder en la actualidad tiene dos inconvenientes. El primero es no darse cuenta que las circunstancias son otras y por tanto el resultado puede ser totalmente distinto en nuestra situación. La historia NO se repite, aunque estemos tentados de creerlo y así reducir la incertidumbre y nuestra ansiedad.

El segundo error es creer que los acontecimientos corren inexorablemente en una dirección determinada y que no cabe que las personas podamos cambiar su curso. Carlos Marx nos advertía: Los hombres hacen su propia historia, aunque no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.”

Un buen ejemplo lo expone el historiador Volker Ulrich en su libro El fracaso de la república de Weimar, donde muestra cómo los distintos actores en la Alemania previa al ascenso de Hitler al poder tuvieron en sus manos la posibilidad de emprender un rumbo diferente.

Otro enfoque equivocado es el llamado preparacionismo: movimiento social de individuos o grupos que se preparan para todo tipo de emergencias, incluidas las perturbaciones sociales o políticas, haciendo hincapié en la autosuficiencia, e incluso construyendo refugios para sobrevivir a catástrofes del tipo que sean.

Una cosa es tener planes de acción para afrontar colectivamente catástrofes -naturales o no- y otra es centrarse en la supervivencia individualista, dando por sentado que es la única vía en los momentos de crisis; todo ello acompañado de un tufillo romántico que evoca películas tipo Mad Max.

Incertidumbre radical

El libro Incertidumbre radical El arte de tomar decisiones ante un futuro incierto, publicado ahora en España, puede guiarnos para actuar.

Una situación de incertidumbre se parece a cuando estamos metidos en una habitación sin luz y sólo los pequeños pasos, la atención a nuevos elementos y el no dar nada por sentado nos ayudarán a ir avanzando, a tientas sí, pero acercándonos poco a poco a la salida. En particular, no estar abiertos a lo nuevo es muchas veces la antesala del fracaso.

Debemos huir de dogmatismos y buscar la colaboración y no el enfrentamiento, que no tiene nada que ver con rendirse o dejarse llevar.

No es fácil, ya pero ¿alguna vez lo fue?

El próximo post dentro de dos martes, el 3 febrero 2026

Jubilados vs. Retirados

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El “baile” del Año Nuevo

Hace unos días hemos comenzado oficialmente un Nuevo Año. Recalco lo de oficial porque en verdad lo único nuevo al dar las doce en el reloj de la Puerta del Sol es la entrada en vigor de nuevas normas administrativas de diverso tipo, aunque la realidad social por sí misma no habría cambiado.

Esos cambios oficiales no se han producido a la vez en todos lados. Por ejemplo Canarias entró en el Nuevo Año una hora después que la Península y Baleares. Nueva Zelanda lo había hecho 12 horas antes y Nueva York 6 horas después.

Más aún. Para 1.400 millones de chinos el año nuevo comienza el 17 de febrero. 2.000 millones de musulmanes estrenan año el 17 de junio y 1.200 millones de hindúes no celebrarán el Dwali o Año Nuevo hasta el 8 de noviembre.

El año escolar comienza en septiembre y no enero y muchas empresas cierran sus cuentas anuales el día 31 pero no del mes de diciembre sino de marzo.

El calendario y nuestra vida

Todo esto viene a cuento porque en las sociedades occidentales las normativas oficiales basadas meramente en el calendario y la cronología tienen un impacto drástico en la realidad de muchas personas. De hecho todo el transcurso de nuestra vida está dividido en tres grandes etapas cronológicas: la de formación, la de producción y la de retiro.

La primera etapa está centrada en prepararnos laboral, personal y socialmente para entrar en la siguiente. Esta fase central -la más importante en las sociedades capitalistas- es la del trabajo y la creación de un nuevo hogar. Finalmente, el momento de la jubilación supone un nuevo giro radical en nuestras vidas.

Pero año tras año las transiciones entre esas etapas se hacen cada vez más borrosas. Y sin embargo seguimos encorsetados en derechos y obligaciones atribuidos a cada una de ellas. Por ejemplo, a partir de cierta edad se supone que ya hay que estar trabajando, haberse emancipado de los padres, tener pareja, ir pensando en tener hijos, etc. No se espera que uno siga estudiando o no cumpla alguno de los requisitos anteriores..

Jubilados = inútiles

Para muchos, la jubilación es el momento de comenzar a no hacer nada, al menos algo productivo o positivo. Así se ven a sí mismos -y también son vistos por otros- un número creciente de personas, número que no deja de aumentar dada la evolución demográfica.

Se les acusa de ser una carga, con pensiones que se llevan la parte del león de los Presupuestos Generales del Estado y con necesidades de cuidados que acaparan los recursos públicos sanitarios y los de su entorno familiar.

Sólo resultarían útiles como simples consumidores de productos y servicios de la llamada “economía plateada”: empresas privadas dedicadas a viajes tipo Imserso, cuidados personales, seguros de vida, hipotecas inversas, cremas de rejuvenecimiento, tecnologías de monitorización domiciliaria de personas dependientes, etc. El objetivo -nada filantrópico- es como siempre el beneficio empresarial.

Actitudes de renuncia

Es absurdo creer que el abandono del mercado de trabajo asalariado significa el fin de la capacidad de aportar y ser útil a la sociedad más allá del papel de consumidor “plateado”. Además de ser expulsados de muchos ámbitos sociales (“No es país para viejos”) los propios interesados pueden interiorizar esa exclusión de dos modos. El primero es echándose a un lado de forma voluntaria porque ya hemos hecho bastante: “los problemas se los dejo a los que vengan detrás; yo a disfrutar de mi bien ganada jubilación”.

La segunda forma es pensar que ya nunca volveremos a estar en la cumbre que en su día alcanzamos. Y por tanto es mejor que nos retiremos porque nos compararíamos negativamente con nuestro yo triunfador de entonces.

Ese triunfo tiene fechas diferentes según la profesión. Un deportista alcanza la cumbre antes de cumplir cuarenta años. Muchos Premios Nobel hacen su “gran” aportación en los primeros años de su carrera. Pero el instante de la jubilación nada tiene que ver con la evolución de nuestras capacidades.

Según investigaciones recientes no hay una única forma de inteligencia humana. La inteligencia fluida se refiere a las operaciones mentales usadas para resolver problemas novedosos y se deteriora con la edad a partir de los 20 años.

La inteligencia cristalizada usaría métodos de resolución de problemas previamente adquiridos y a menudo culturalmente definidos. Se adquiere a través de la educación y las experiencias vividas. Se mantiene más o menos estable hasta los 40 años donde puede incrementarse o no dependiendo de los conocimientos adquiridos a lo largo de la vida.

La madurez es entender en qué fase estamos y ser capaces de reorientar nuestra actividad aprovechando mejor una u otra inteligencia. Cierto, hay que reciclarse. Pero mejoraríamos nuestro bienestar personal y nuestra aportación a la sociedad si al menos lo intentamos.

El próximo post dentro de dos martes, el 20 enero 2026