El anterior post describía la crisis política en España. Éste aborda las razones/raíces de ese estado de cosas. Y partimos de la evolución reciente de los países occidentales.

Un poquito de historia
La finalización de la Segunda Guerra Mundial (1945) abrió paso a una época de fuerte crecimiento económico, que superó el clima conflictivo de años anteriores garantizando unos mínimos de protección social para el conjunto de la población -incluyendo las pensiones- y unas reglas de control de las grandes empresas. Fue el llamado Estado del Bienestar. Ello permitió una expansión demográfica sin precedentes: la generación de los “baby boomers”. Ese nivel de prosperidad se concentró en el mundo occidental, en parte a costa de los países del Tercer Mundo.
En la España de Franco estas dinámicas se retrasaron entre diez y veinte años respecto al resto de Europa Occidental. Además, la ideología conservadora concentró los beneficios del Estado del Bienestar en los “cabezas de familia” como sostenedores de la estructura familiar, puntal del Régimen.
En los años ochenta las políticas neoliberales de Reagan y Thatcher empezaron a desmontar la supervisión de las actividades -sobre todo financieras- de las grandes empresas. Tales políticas fueron practicadas tanto por gobiernos conservadores como social-demócratas en todos los países occidentales (incluida España). Esa falta de controles desembocó en la Gran Crisis económico-financiera de 2008.
En paralelo se desarrollaron otros dos fenómenos. Por un lado las grandes multinacionales descubrieron que la producción agrícola e industrial era más barata si provenía de países del Tercer Mundo, incluyendo el abaratamiento de la cadena de suministros. Así, el estatus socio-económico de las clases trabajadoras y medias del Primer Mundo sufrió un deterioro, sintiendo amargamente haber sido dejados atrás.
Además la pirámide demográfica se fue dando la vuelta: menos nacimientos sosteniendo una población mayor creciente. El impacto sobre el Estado del Bienestar, sobre todo en las pensiones, es demoledor. En el caso español se revela imposible extender las ventajas de los “cabezas de familia” a toda la población sin un replanteamiento a fondo del sistema.
Mientras, la estructura de los hogares ha cambiado drásticamente (más pequeños o unipersonales), sin crecimiento de la oferta de viviendas; y la prolongación de la esperanza de vida retrasa la transmisión de la riqueza entre generaciones, aumentando el número de problemas sin resolver.
Desigualdad y pobreza
El resultado es que en países como el nuestro las desigualdades sociales se han disparado. Peor aún: la pobreza se ha extendido a capas más extensas de la sociedad, incluso teniendo un puesto de trabajo. La cuestión no es tanto si hay gente más rica, sino sobre todo que hay MÁS GENTE pobre.
Quien se fija sólo en la desigualdad propone aumentar impuestos a los ricos para sufragar ingresos mínimos vitales de capas de población más empobrecidas. Este tipo de medidas, muy tentadoras para los que únicamente piensan en las próximas elecciones, son estériles a medio plazo, perpetúan las situaciones de pobreza y no crean riqueza.
Nuestra economía no crece: sólo engorda
Las cifras globales de crecimiento económico ocultan que éste se produce por el mero aumento del número de trabajadores pero con salarios reales más bajos, rallando en la pobreza.
Desde la crisis de 2008 los motores económicos de la inversión y la productividad han ido cayendo respecto a la media europea, que a su vez está por debajo de la norteamericana.
Nuestra economía crece en sectores con peor productividad (servicios personales), presionando a una baja en los salarios, con una mano de obra cada vez peor cualificada (ver informe PISA) o con poco encaje en lo demandado por las empresas. El tipo de crecimiento económico nos aleja cada vez más de los países innovadores y punteros.
Lo que puede hacerse… si se quiere
Más allá del cortoplacismo electoral de los partidos políticos, se necesita una acción gubernamental que lidere el desarrollo económico en sectores innovadores, apoyado en la incentivación de la inversión productiva y en la elevación sustancial de la cualificación de la mano de obra. No es algo nuevo: en su momento ya lo hicieron países como Estados Unidos, Japón o China.
Otros elementos son también indispensables:
- una política activa de construcción de viviendas,
- la ordenación no buenista de las corrientes migratorias,
- una reforma fiscal que no castigue el crecimiento nominal de los salarios,
- planes de protección social transparentes y consensuados que tomen en cuenta las transformaciones demográficas, empezando por el sistema de pensiones, etc.
Son las bases para una nueva refundación social, como en su momento -salvando las necesarias distancias- se plasmó en los Pactos de la Moncloa, de hace ahora casi medio siglo.
La mayoría de sectores sociales y económicos estaría dispuesta a contribuir a esta “refundación”, si superamos la exasperación hiperpolítica que partidos y medios de comunicación nos quieren imponer. Pero no, no es ganar las próximas elecciones.
El próximo post dentro de dos martes, el 13 octubre 2026








