Hace unos días Mario Draghi, el que fue Presidente del Banco Central Europeo y Primer Ministro italiano, presentó un informe sobre la situación de la competitividad en Europa. En él señalaba la necesidad de que la Unión Europea dedicara grandes inversiones en innovación y para mejora de la competitividad o, en su defecto, que se resignara a “sufrir una lenta agonía” ante la pujanza de Estados Unidos y de China.

Los comentarios en torno a este informe coinciden en la gravedad de la situación, aunque también se señalan algunos aspectos que han recibido menos atención que la deseada.
Un ejemplo del retraso europeo -y de la complacencia con el estado de cosas- es el de la industria del automóvil. Las principales empresas europeas han decidido ralentizar la fabricación de vehículos eléctricos justo en el momento en que los constructores chinos los producen con mucho mayor calidad y a mitad de precio; y además con una presencia creciente de fábricas en territorio Comunitario, en lo que ya se llama el caballo de Troya de los coches eléctricos chinos. Esta presencia en la UE evitaría cualquier política de imposición de aranceles, como sucede también en territorio mejicano en lo que respecta al mercado de Estados Unidos debido al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).
Draghi propone en su informe hasta 170 medidas para enderezar la situación, que giran en torno a las inversiones, las políticas migratorias, la regulación de la competencia, la cualificación de la mano de obra, el cambio climático, la deriva demográfica, etc.
A quién corresponde tomar la iniciativa
La pregunta del millón es quién debe llevar adelante las propuestas, o si va a ser el enésimo informe condenado a dormir en el fondo de un cajón de la mesa de muchos responsables a lo largo y ancho de toda Europa.
Desde luego, las instituciones comunitarias ya han señalado con el dedo a los gobiernos de los Estados Miembros. En efecto esas instituciones nunca han ido más allá de emitir regulaciones y prohibiciones sobre el mercado más o menos único, pero no están diseñadas para pilotar o liderar políticas activas en el terreno industrial o económico.
Un cambio de rumbo como el que propone el informe Draghi sólo es posible si se trata de un plan a largo plazo, liderado por el gobierno de turno y contando con un amplio consenso de las fuerzas económicas, sin dejar atrás a ninguno de los sectores sociales que pueden perder sus ventajas comparativas en ese proceso.
Tenemos ejemplos históricos recientes de ese tipo de transformación. La economista
Mariana Mazzucato mostró en su libro “El Estado emprendedor”, cómo los sucesivos gobiernos de
Estados Unidos habían liderado activamente el desarrollo de las nuevas tecnologías durante la segunda mitad del siglo XX, con la consiguiente pujanza económica que ha reportado. En Japón, y tras el golpe traumático de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, el Ministerio de Comercio Internacional e Industria (MITI) lideró desde 1949 a 2001 la política y crecimiento económico del país, convirtiéndolo en la cuarta potencia mundial. El ejemplo actual de este tipo de procesos lo tenemos como es sabido en la
China contemporánea, a pesar de los aspectos sociales y políticos regresivos de tal modelo.
¿Los Estados Miembros?
Sin duda son éstos quienes tienen que “ponerse las pilas” si queremos revertir la lenta agonía en la que Europa está sumida.
¿Qué gobiernos están en situación de liderar tales políticas? Desde luego debería ser al menos un puñado de grandes socios Comunitarios, por medio de una acción común o al menos paralela. Un pequeño repaso deja un estrecho margen a la esperanza.
En Alemania el gobierno de coalición actual (la llamada coalición del semáforo: rojos, amarillos y verdes) atraviesa un proceso de parálisis creciente, con más problemas internos que los que le acechan desde fuera.
En Francia, el resultado de las recientes elecciones ha dado paso a un gobierno de extrema debilidad, situación también sufrida por la propia oposición de izquierdas.
En Italia, el gobierno de coalición de Giorgia Meloni ha echado mano de un tacticismo cotidiano para lograr seguir manteniendo una mínima estabilidad.
En España, la extrema debilidad del gobierno actual, ya comentada en otro lugar, le lleva a pasar de puntillas por cada cuestión de calado, sin ni siquiera apostar con convicción por los Presupuestos Generales del Estado para 2025, amenazando con seguir gobernando «con o sin el legislativo«.
Lo que nos queda
El intelectual comunista Antonio Gramsci, encarcelado por Mussolini en 1926 y fallecido en 1937 en la propia cárcel dedicó todo ese tiempo a escribir los llamados Cuadernos de la cárcel, una de cuyas frases más famosa debería seguir resonando en nuestras mentes: “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”. Esa voluntad inexistente en los gobiernos sí debería poder anidar en nosotros mismos.
El próximo post dentro de dos martes, el 1 octubre 2024
