Adelantándome una semana a la celebración de las elecciones estadounidenses ya escribí las razones por las que los votantes de Donald Trump le apoyaban. En ese momento todavía no sabíamos cual iba a ser la candidatura ganadora, que resultó triunfante no sólo para alcanzar la Presidencia de la nación sino también para conseguir la mayoría absoluta en la Cámara de Representantes y en el Senado.
Más perdedora (Harris) que ganador (Trump)
Donald Trump sumó alrededor de 2,5 millones más de votos que cuatro años antes. Pero más importante fue para el resultado las pérdidas de Kamala Harris: obtuvo alrededor de 7 millones de votos menos en comparación con los conseguidos por el Presidente Biden en 2020. La mayoría de éstos optaron por quedarse en casa y no ir a votar.
Como sucede cada vez con mayor frecuencia en las democracias occidentales, y en particular en España, los abstencionistas suelen ser el factor clave para el resultado electoral. Millones de votantes dieron la espalda a los planteamientos del Partido Demócrata, quizá porque previamente se sentían abandonados –dejados atrás– por ese mismo partido.
Sin embargo encontramos una excepción. En el estado de Arizona, el demócrata Rubén Gallego ganó el puesto de senador con un margen de más del 2% de votos, allí donde Kamala Harris había perdido por un margen superior al 5% de los votos.

La razón del éxito fue sencilla: entender lo que los votantes sentían. “Los hombres latinos sienten que su trabajo es proporcionar seguridad a su familia — seguridad económica y seguridad física, Y cuando eso se ve comprometido, comienzan a mirar a su alrededor”, declaraba Gallego en un spot de la campaña.
Y ahora, ¿qué va a pasar?
Tras la victoria de Trump esto es lo que se preguntan medio horrorizados millones de defensores de la democracia en España y en el resto de Europa. Pero como dice el filósofo Fernando Savater “Los seres humanos libres nunca preguntan qué va a pasar sino qué vamos a hacer”.
Pues parece que se está dispuesto a seguir haciendo lo de siempre: echar la culpa al partido contrario. Porque nos hemos olvidado rápidamente de lo que ha significado el vuelco en la política norteamericana, como si no fuera con nosotros y volvemos a concentrarnos en las trifulcas locales de luchas -no por el poder- sino por el botín asociado a ocupar puesto políticos y controlar las Administraciones Públicas.
Cuando el devastador impacto de la DANA en cientos de miles de españoles parecía que iba a obligar a una cierta “tregua” hasta que se avanzara en la recuperación de la situación material y psicológica de los afectados, e incluso recuperar los cadáveres aún sin localizar, la crispación entre partidos ha vuelto a estallar en una guerra sucia y unos pactos contra natura que se han trasladado también a las instituciones europeas, con ocasión de la aprobación de los miembros de la nueva Comisión Europea. “Lo ocurrido en el Levante ha demostrado que la población necesita dirigentes sólidos, que generen confianza”, leemos en el periódico Cinco Días. Peo la DANA ha vuelto a mostrar la crisis de liderazgo de los políticos actuales en nuestro país.
Por eso no es de extrañar que en el Barómetro del CIS correspondiente al mes de noviembre a la pregunta de cuál es el primer problema de España en estos momentos, un 37,6% de los ciudadanos responda espontáneamente que los políticos, expresado en una variedad de formulaciones diferentes.
Ignorantes, condenados a repetir la historia
«Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo» escribía el filósofo George Santayana. Por eso viene muy bien a cuento la reciente publicación en España del libro de Siegmund Ginzberg titulado Síndrome 1933. En él el autor subraya los paralelismos entre el año de acceso de Hitler a la cancillería de Alemania y los tiempos actuales. En la presentación del libro leemos: “Una campaña electoral permanente, acuerdos de coalición insólitos, partidos que no son ni de izquierdas ni de derechas sino «del pueblo», voces que se alzan para acallar a la prensa, polarización y discursos de odio, etc.” ¿Nos suena?
Quizá por eso Ginzberg nos recuerda que el mismísimo Papa Francisco dedicó más de la mitad de los nueve minutos de la audiencia concedida a Pedro Sánchez a recomendarle la lectura de este libro (p.14).
Échale la culpa a…
Mientras tanto seguimos con las descalificaciones mutuas, como si se tratara de galgos o podencos. También se puede recurrir a la canción de Rita Hayworth en Gilda que nos aconsejaba “echar la culpa a [poner aquí las siglas del partido de los otros]” («Put The Blame On Mame») mientras interpretaba un strip-tease de sus brazos. Eso sí, nos arriesgamos a llevarnos la bofetada más famosa de la historia del cine, de mano(s) de su marido en la película, interpretado por Glenn Ford.
El próximo post dentro de dos martes, el 10 diciembre 2024
