Comenzar un nuevo proyecto

¿A qué edad acaba nuestra presencia en la sociedad?

Cuando en 1870 el Canciller Bismarck creó el primer sistema de pensiones, empezó a extenderse en las sociedades occidentales la idea de que quien ya no trabaja deja de tener una función en la sociedad y pasa a ser una carga. Según la sociología funcionalista se inicia un proceso de retirada (“disengagement”) de la vida pública a partir de la edad del retiro y así irse aproximando al momento de la muerte. Se da por hecho que si lo que hacemos no entra en la Contabilidad Nacional ni se incluye en el Producto Interior Bruto, no estamos haciendo nada y somos unos estorbos y unos parásitos.

De unos años a esta parte la llamada “economía plateada” intenta rescatar el segmento de población hasta los 75 años, al señalar que son personas que todavía son útiles al menos como consumidores (¡!). Más allá… nada.

Estoy amortizado”

Hace unos meses se entrevistaba en un programa de televisión al escritor de 73 años Arturo Pérez-Reverte. Durante un buen rato desengranó su visión crítica sobre el deplorable panorama de la política española y tras ello el entrevistador le preguntó: “Y entonces, ¿qué?”. A lo que Arturo Pérez-Reverte respondió: “A la edad que tengo ya me da lo mismo. Estoy amortizado. Eso es problema de los jóvenes” (minuto 59 del vídeo).

En fechas parecidas el Premio Nobel de Economía en 2008 Paul Krugman, de 72 años de edad, se despedía de sus lectores cerrando una fructífera etapa de 25 años como columnista en el periódico The New York Times.

Parece como si artistas y científicos, aunque algo más tarde que la mayoría de la población, son también conscientes que han llegado a un punto en el que tienen que empezar a “desengancharse” de su participación en la sociedad porque ya no tienen nada nuevo que aportar.

¿Decadencia artística o la última gran obra?

Existe una discusión permanente que gira en torno a si en el terreno de la investigación científica y en el de las artes la calidad del trabajo aportado en los últimos años de vida son fruto de la decadencia intelectual o creativa, o más bien nos encontramos ante el remate glorioso de una trayectoria brillante. Si fuera el primer caso más valdría abstenerse, pero en la segunda opción ese último esfuerzo merecería la pena.

Es la “Opus Ultimum” que el crítico musical Alfred Einstein estudiaba en un artículo de hace casi 90 años, repasando una larga lista de compositores clásicos. En un libro más reciente (“Four Last Songs”) Linda y Michael Hutcheon analizaban los casos de autores de ópera como Giuseppe Verdi (87 años), Richard Strauss (85 años), Olivier Messiaen (83 años) y Benjamin Britten (63 años). Todos ellos parece que hicieron en los últimos años de su vida un esfuerzo extra para firmar una obra maestra, incluso considerada por muchos como “su” obra maestra. Un caso similar sería también el de Jacques Offenbach (61 años).

Un nuevo proyecto

Según Kevin Kelly, fundador de la revista Wired, podemos poner en marcha un “gran proyecto” cada cinco años. Para el común de los mortales no se trata de crear una obra maestra en cualquier campo del arte o una investigación científica merecedora del Premio Nobel. Tampoco debemos sentirnos obligados a dejar un legado intelectual o artístico por el cual las generaciones venideras nos van a recordar para siempre. Eso sería una ridícula vanidad.

Pero aun habiendo cumplido ya la edad “de retiro”, podemos seguir aportando nuestro esfuerzo para intentar mejorar la situación de la sociedad en la que vivimos. Formaría parte de lo que se viene denominando un “pacto intergeneracional”, en vez de pensar que “eso es problema de los jóvenes”.

Años con buena salud

Se me dirá que “llegados a cierta edad” ya no está uno más que para que le cuiden. En muchos casos puede ser así y no se trata de una situación envidiable.

Pero si tiramos de los datos estadísticos oficiales, en España a los 75 años la esperanza de vida de los varones es de más de 12 años y de las mujeres de 15 años. También se calcula que en promedio el número de años de vida con buena salud se igualaría en ambos sexos y sería cercano a los 8 ó 9 años.

Si hacemos caso a lo que decía Kevin Kelly, nos encontramos que con 75 años todavía tenemos tiempo en nuestra vida para poner en marcha casi un par de grandes proyectos.

¿Qué proyecto?

No se trata necesariamente de un GRAN proyecto: el tamaño es siempre relativo (Lucas 21:1-4). Confieso que tengo un par de proyectos en la cabeza, el primero de los cuales está ya en ebullición. Me está sirviendo de “manual” el libro de MBS Cómo empezar. Empieza a hacer algo que importe.

El próximo post dentro de dos martes, el 1 abril 2025

A vueltas con el edadismo


Un tema cada vez más recurrente en los medios de comunicación es el del edadismo. El Diccionario de la Lengua Española lo define como la “discriminación por razón de edad, especialmente de las personas mayores o ancianas”. Y por discriminar el Diccionario entiende “seleccionar excluyendo” o también “dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc”. A su vez el Diccionario define anciano como una persona “de mucha edad”. ¿No huele esta descripción también un poco a edadismo?

Cabe el peligro de entender el edadismo como una mera actitud personal contra los mayores. El propio CIS publicó hace pocos días una encuesta sobre el tema. En el titular de su nota de prensa proclamaba que el 68,9% de los encuestados cree que los mayores de 65 años tienen “muchos o bastantes problemas”.

Para periódicos como El País lo importante es que el 58,6% de los mayores de 65 años cree que los hijos les atienden peor que antes. Otros medios de comunicación son aún más rotundos: “la mayoría de los mayores de 65 años opina que los hijos ahora cuidan peor a los padres”. Y rtve se fija en que uno de cada tres mayores se siente ignorado por su edad.

Lo curioso del caso es que el propio CIS reconoce unas líneas más abajo de su nota de prensa que son los jóvenes los que estrían peor: en relación con la situación de los jóvenes menores de 35, el porcentaje aumenta ya que un 82,5% considera que tienen “muchos o bastantes problemas”. ¿Es que esto ya no sería edadismo?

Más. Para el CIS personas mayores son las que tienen más de 65 años, es decir atribuye a la edad cronológica una situación social determinada. Y en esa misma línea pregunta sobre situaciones vividas susceptibles de discriminación… sólo a las personas de 65 y más años. Si la persona entrevistada tiene 64 años, no es objeto de atención por parte del CIS. Y en el otro extremo, reserva otro bloque de preguntas para menores de 35 años. Es decir da por hecho que la edad cronológica es la que determina tu situación en la vida y la sociedad.

El CIS no es el único organismo que discrimina en sus encuestas según la edad. Por ejemplo las encuestas periódicas de Eurostat sobre digitalización de la sociedad incluye a personas hasta los 74 años. Y el INE hace lo propio, aunque en sección aparte se añaden datos referidos a personas de 75 y más años. La brecha digital desaparece de un plumazo.

La edad, incluso, sería la causa de la orientación ideológica y de voto de las personas. Es lo que remacha la encuesta del CIS al preguntar si la edad influye en el comportamiento y/u orientación política de las personas (P.17 y siguientes).

Se cae aquí en el error de dar por válida la edad cronológica como factor clave, sin tener en cuenta cómo las generaciones y cohortes de población viven los momentos históricos de forma diferente y son estas vivencias más determinantes que los años que figuran en el DNI.

En el caso reciente de las elecciones generales de Alemania, se ha llamado la atención en hecho que el voto a cada partido ha sido diferente según la edad de los votantes, Pero la polarización del voto ha sido mucho mayor en territorios como la antigua Alemania del Este, pero eso parece que importa menos.

Edadismo institucional

¿Es el edadismo una cuestión de actitud de las personas, o está institucionalizado en infinidad de marcos normativos?

En la sociedad actual la edad cronológica nos marca derechos y obligaciones, ventajas y desventajas, prerrogativas y prohibiciones cuyo único fundamento es el creer que el número de años determina lo que podemos y no podemos hacer. La lista es demasiado larga para enumerarla aquí, pero desde las ayudas sociales a los periodos de renovación del carnet de conducir el abanico es extenso.

Cuando los discursos oficiales -o los relatos como se dice ahora- atribuyen al edadismo a la actitud particular de las personas y nos olvidamos de las normas incrustadas en el entorno institucional estamos cometiendo un grave error de apreciación y también dejando sin resolver situaciones injustas.

En fin, ¿tengo derecho a opinar sobre el edadismo?

Habrá quien me recrimine que no me rasgo las vestiduras en contra de los micro-edadismos verbales (“A tu edad…”) que oímos con frecuencia, y que parece que son los únicos problemas importantes. O que practico una especie de apropiación cultural a la inversa porque no soy de ese colectivo. La verdad es que sí lo soy pero eso no me da más derecho que nadie.

En este sentido es refrescante la declaración del actor Rupert Everett: “Nunca he estado de acuerdo con que solo los actores gais podamos hacer papeles gais”.

El próximo post dentro de dos martes, el 18 marzo 2025