Cómo se mantienen los autócratas… y mueren las democracias


Tradicionalmente se ha definido un autócrata como una persona que concentra todo el poder, sin ningún tipo de sujeción a restricciones legales externas, ni a mecanismos regulativos de control popular. Tal sería el caso de los monarcas tradicionales o los dictadores. El último que ostentó oficialmente el título de autócrata fue el Zar Nicolás II de Rusia.


En nuestros días el término autocracia ha ido evolucionando para definir más bien un régimen en el que sí existe un sistema de elecciones periódicas y se reconocen derechos individuales, pero en el que el gobernante puede neutralizar los mecanismos de control democrático, atacar a la oposición con el dominio de los medios de comunicación, poner el aparato del Estado a su servicio personal y esquivar los contrapesos que moderan el ejercicio del poder, tal y como se describe en el conocido libro Cómo mueren las democracias. Contamos con un número creciente de casos: Nicolás Maduro en Venezuela, Vladimir Putin en Rusia, Javier Milei en Argentina, Recep Tayyip Erdoğan en Turquía…

Donald Trump, el autócrata más reciente

Hoy en día el Presidente de EEUU personifica el caso más sonado de autocracia. No es algo que nos coja por sorpresa. Pero lo que sí es novedoso es la rapidez con la que la opinión pública norteamericana está alejándose de él, incluso entre muchos de sus votantes. Pero más sorprendente aún es el comentario de un columnista del New York Times, nada sospechoso de trumpista, que declara: “He detestado al menos tres cuartas partes de lo que ha hecho la administración Trump hasta ahora, pero posee una cualidad que no puedo evitar admirar: energía”. Paradójicamente quizá por eso muchas personas le seguirían votando, aun no estando de acuerdo con lo que hace.

Modus operandi

Y esta es precisamente el arma principal de cualquier aspirante a autócrata: el aplomo para afirmar con descaro lo que hasta entonces era una pura mentira, la capacidad para insultar, acosar a sus oponentes, inundar de afirmaciones rotundas los medios de comunicación, en particular internet, etc. Todo ello acompañado con un buen Manual de Resistencia, como nos propone Pedro Sánchez.

Un “maestro de la comunicación” como Adolf Hitler señalaba que los mensajes a transmitir debían ser simples: “Toda acción de propaganda tiene que ser necesariamente popular y adaptar su nivel intelectual a la capacidad receptiva del más limitado de aquellos a los cuales está destinada” (Mi lucha, Tomo 1, Cap. 6).

Y su ministro de propaganda, Josef Goebbels completaba la idea: «Repite una mentira con suficiente frecuencia y se convierte en verdad». En sus tristemente famosos 11 Principios de la Propaganda se expone un manual completo de manipulación comunicativa, algo que podemos ver en los medios y las redes sociales actuales y -lo que es peor- es usado por un amplio abanico de posiciones políticas.

Las recetas de Goebbels no están exentas de base científica. Los psicólogos sociales hablan del efecto de la “ilusión de verdad”. Desde 1977 diversos estudios han mostrado la tendencia a creer que una información falsa es correcta después de la exposición repetida a dicha información. La repetición hace que las declaraciones sean más fáciles de procesar en relación con las declaraciones nuevas, no repetidas, lo que lleva a las personas a creer que la conclusión repetida es más veraz.

Por qué se mantienen las autocracias

Se atribuye a Edmund Burke, político conservador irlandés del Siglo XVIII, la frase «Para que el mal triunfe solo se necesita que los hombre buenos no hagan nada».

David Bromwich -biógrafo de Burke- duda de su autoría y corrige la frase: “el silencio de los hombres buenos no es lo único necesario para el triunfo del mal. Las personas que promueven el mal… deben ser fuertes y decididas; y los tibios deben ser acobardados hasta la sumisión o estar dispuestos a sumarse».

Una reciente investigación publicada la semana pasada analiza qué aspectos de un sistema democrático las personas valoran más o menos. Según el estudio la existencia de elecciones libres y la libertad de expresión son los más valorados. Pero el control judicial independiente, la rendición de cuentas y el control parlamentario sobre los gobiernos reciben menos apoyos, sobre todo si se sopesan en relación con el bienestar económico. Estos últimos aspectos son precisamente por donde las autocracias inician su “voladura controlada” de la democracia.

Si además en las convocatorias electorales los partidos políticos alternativos que se presentan no parecen mejores sustitutos que el gobierno existente en cada momento, la pasividad de la población se hace más patente.

Ello no significa que el descontento y el sufrimiento de la ciudadanía disminuyan, pero sí que poco a poco las democracias vayan muriendo y se abra el camino a “soluciones” abiertamente dictatoriales sin necesidad de golpes de estado.

De ahí que deberíamos ser conscientes que sólo votar cada cierto tiempo no garantiza la democracia.

El próximo post dentro de dos martes, el 13 mayo 2025

Cómo sentimos la economía

Cuando se trata de economía solemos oír hablar de “macro-magnitudes”: Producto Interior Bruto (PIB), renta, riqueza, crecimiento, consumo, etc. Y en el caso español, que nuestra economía “va como un cohete”y somos la envidia de Europa.

Si vamos tan bien, ¿cómo es posible que entre los países desarrollados tengamos la mayor tasa de pobreza infantil, sólo superados por EEUU? ¿Cómo, a pesar de una leve mejoría en los dos últimos años, tenemos un índice de desigualdad muy por encima del de otros países de nuestro entorno? ¿Y que el 81% de la población española afirme que en nuestro país existen muchas desigualdades?

La explicación de esta aparente contradicción es sencilla: mayor crecimiento económico no es mayor bienestar personal y familiar, en particular cuando el crecimiento va acompañado de una acumulación de la riqueza en un sector cada vez más reducido de la sociedad.

Tampoco la mejora de los ingresos aporta bienestar si éstos son temporales, precarios y sin continuidad, dependientes de ayudas públicas que exigen una tramitación burocrática opaca y que generan una ansiedad emocional galopante.

En palabras del historiador económico John Komlos:

No es la economía, sino cómo se siente la gente en la economía”

En España, ese sentimiento es profundamente negativo. Y no lo es tanto por los ingresos brutos que se puedan percibir sino sobre todo por el acceso cada vez más difícil a la vivienda, a la estabilidad financiera, a la aspiración a un empleo digno, etc.

Este sentimiento se acentúa cuando lo que ya no se tiene hoy se había tenido alguna vez en el pasado o cuando era algo que se esperaba conseguir con seguridad y no ha ocurrido así.

La aversión a la pérdida es uno de los sesgos cognitivos descritos por Daniel Kahneman y Amos Tversky y se refiere a la fuerte tendencia de las personas a preferir evitar pérdidas monetarias antes que conseguir ganancias monetarias equivalentes: las pérdidas pesan mucho más que las ganancias. Esto es aplicable no sólo a nivel personal sino también a nivel colectivo, en particular cuando hablamos de los beneficios sociales que constituyen el llamado Estado del Bienestar.

Ejercicio de cinismo dictatorial

Un ejemplo de cálculo basado en la aversión a la pérdida lo tenemos cuando hace unos años el círculo de asesores económicos de Xi Jinping, Secretario General del Partido Comunista de China, le aconsejó proporcionar apoyo económico a la población, con objeto de impulsar el consumo y fortalecer así el crecimiento económico. Pero en un discurso pronunciado en 2021, rechazó poner en marcha medidas de bienestar social (“welfarism”), afirmando: «Una vez que las prestaciones sociales suben, no vuelven a bajar». Es decir, si no se ha tenido nunca ni has dejado que se alimente la esperanza de tenerlo, se neutraliza la aversión a la pérdida, la frustración social y por tanto el riesgo a que surjan protestas. Sangrante.

El drama del Estado del Bienestar en España

Nuestro Estado del Bienestar se diseñó durante el periodo franquista, con dos características importantes:

  1. se construyó con un gran retraso respecto a lo ocurrido en otros países de la Europa Occidental, que arrancaron nada más acabar la IIª Guerra Mundial. Ello hizo que su construcción fuera muy incompleta y la irrupción del neo-liberalismo de los años ochenta nos pilló con un edificio a medio hacer
  2. la pieza fundamental -el sistema de pensiones- reservaba a los “padres de familia” varones una pensión muy generosa en comparación a los salarios percibidos antes de jubilarse. Todo ello a costa de que el entorno familiar, en particular las mujeres, asumieran la onerosa carga de cuidados de la población dependiente

Cuando los jubilados han empezado a ser muchos y los cotizantes menos el sistema ha empezado a hacer aguas, con un doble agravante:

  • los jubilados recientes -los “baby boomers”- reclaman que tienen los mismos derechos que quienes se han ido jubilando durante los decenios anteriores
  • las reformas llevadas a cabo durante los últimos años se han basado en ir reduciendo de forma cada vez más acentuada la “generosidad” del sistema: es decir la cuantía de la pensión es cada vez menor en comparación al salario percibido en el momento de la jubilación

Estamos ante una doble aversión a la pérdida: la de las generaciones que en estos años están pasando a la jubilación (en comparación con las generaciones anteriores), y la de las generaciones futuras cuya perspectiva de pensión se ve cada vez más oscura. Baste decir que según el análisis efectuado por el organismo estatal independiente AIRef la ‘generosidad’ de las pensiones tocará techo en 2029, para luego caer bruscamente hasta 2070: el porcentaje que supone la pensión media respecto al salario medio, disminuirá del 65,6% en 2023 al 56,7% en 2050 y el 53,7% en 2070.

Sin un nuevo contrato social, con políticas constructivas, la frustración está servida.

El próximo post dentro de dos martes el 29 abril 2025

“¿Me estás hablando a mí?”

Hace casi medio siglo se estrenaba la película Taxi Driver, dirigida por Martin Scorsese, escrita por Paul Schrader y protagonizada por Robert De Niro. Éste encarnaba a un excombatiente de la guerra de Vietnam solitario e inestable, que debido a su insomnio crónico trabajaba como taxista en la turbia vida nocturna de la ciudad de Nueva York en los años 70.

Considerada una de las mejores películas de la historia del cine, cosechó diversos premios y nominaciones. Además, una escena y una frase se hicieron particularmente célebres. En ella Travis Bickle (Robert De Niro) practica ante el espejo cómo sacar con rapidez una pistola, mientras se dirige a un supuesto contrincante:

¿Hablas conmigo? ¿Me lo dices a mí? Dime, ¿Es a mí? Entonces, ¿A quién demonios le hablas si no es a mí? Aquí no hay nadie más que yo. ¿Con quién demonios crees que estás hablando?”

La escena en cuestión puede visualizarse aquí.

Medio siglo después

La conversión de un trabajador precario en el lobo solitario de extrema derecha que muestra la película no era un tema que preocupara mucho en el entorno socio-político de la España de 1976. Pero el precariado laboral se ha venido extendiendo en nuestras sociedades occidentales desde el inicio de los años 80. Hoy en día conocemos lo que es trabajar en plataformas digitales como las VTC (Bolt, Cabify, Uber, etc), o como riders (Deliveroo, Glovo, Uber Eats, etc). Estos trabajadores, al igual que muchos taxistas, cuidadores de personas dependientes, repartidores de Amazon, temporeros de la hostelería etc. son personas sin rostro, que deambulan sin trayectoria profesional y sin oportunidades de conseguir una vivienda: la mayoría jóvenes. El resentimiento crece poco a poco: «Los jóvenes no están dispuestos a trabajar para ser pobres; quieren un plan de vida y ahora no es posible», señalaba hace unos días un dirigente sindical.

¿Democracia o economía?

Hans van den Broek, profesor de Sociología de la Universidad de Oviedo y especialista en populismos de derechas, advierte que en la situación actual «los jóvenes no dan tanta importancia a la democracia y a vivir en una democracia».

Las últimas elecciones en Estados Unidos han mostrado que muchos jóvenes, aun sin cambiar su orientación ideológica, votaron a Donald Trump más preocupados por el estado de le economía que por las libertades políticas.

Cuando el juego democrático tal y como lo ejercen las élites políticas actuales no brinda a muchas personas una perspectiva de bienestar y seguridad económica, los valores democráticos empiezan a situarse en segundo plano, en particular para un número cada vez mayor de jóvenes. De ahí el crecimiento de las asociaciones conservadoras entre el alumnado de la universidad pública española, como ha relatado hace pocos días el diario “El País”.

Los deberes sin hacer

Las librerías de cualquier país occidental están repletas de libros denunciando la crisis de la democracia liberal, asaltada por ideologías populistas de extrema derecha. Pero, como señala el columnista de The Guardian Aditya Chakrabortty, las causas están más cerca: estos son los votantes que nuestros políticos han creado.

Peter Turchin, estudioso de los ciclos dinámicos de la historia, publicó hace un par de años Final de partida. Élites, contraélites y el camino a la desintegración política. Según este autor, las sociedades comienzan una fase de desintegración cuando se produce un doble fenómeno: el aumento de la pobreza, desigualdad y descontento de la mayoría de la población, a la vez que hay una “sobreproducción” de élites económicas que luchan por hacerse con las posiciones de poder. Comentando la victoria de Donald Trump en 2016 Turchin escribe: “Lo que le dio la presidencia a Trump fue una combinación de conflicto entre las élites y la capacidad de Trump por canalizar una corriente de descontento popular más extendida y virulenta de lo que muchos veían, o querían ver” (p.28). Ni qué decir tiene que este mismo análisis se aplica con más razón aún a su nueva victoria electoral de 2024.

Y en España…

La precariedad en países como España se ha hecho crónica: “nos estamos acostumbrando a que una cuarta parte de la población viva al borde del abismo”. Y esta situación prácticamente no ha mejorado desde el comienzo de la crisis de 2008, aunque la tendencia se viene dibujando desde varios decenios anteriores.

Sobre la lucha entre élites político-económicas para asaltar el poder y las administraciones públicas, basta contemplar cinco minutos de cualquier canal de televisión para constatar la cruda realidad.

Con ambos ingredientes en acción, avanzamos hacia la desintegración social. Y quienes creen que defender la democracia es luchar contra el populismo de extrema derecha, y se olvidan de luchar contra la precariedad creciente y la batalla entre las élites dominantes, no hacen sino alimentar esa dinámica histórica de la que habla Turchin.

Pero la deriva no es inevitable si actuamos en la dirección adecuada.

El próximo post dentro de dos martes, el 15 abril 2025