¿Elecciones?: la casa por el tejado

El estallido de la corrupción en el PSOE tiene todos los ingredientes para convertirse en un caso paradigmático: dinero, sexo, poder, chantajes, comportamientos mafiosos, traiciones, grabaciones ocultas, investigaciones policiales, procedimientos judiciales, etc. cuyos detalles se nos van revelando poco a poco como en una novela por entregas. Ahora que se han puesto de moda las series de “true crime” una vez más se nos muestra que la realidad supera a la ficción. Sólo cabe esperar que lo que suele ser la guinda del pastel -el asesinato- no forme parte de este caso.

Por ahora hay un solo ganador: el universo mediático de la prensa, la radio, las tertulias televisivas, los creadores de memes, los de bulos, los comentaristas ingeniosos y/o sesudos de uno u otro bando, los vociferantes indignados, etc. Todos ellos han encontrado un auténtico filón que por ahora parece inagotable.

Lo que da de sí la alternancia en el gobierno

Al nivel de las propuestas para salir del atolladero la convocatoria de elecciones anticipadas es la “solución” que con más frecuencia se escucha. Hasta la Conferencia Episcopal apoya la propuesta.

El principal argumento en contra que ha esgrimido Pedro Sánchez es que no va a “entregar las riendas del país a una coalición del PP con Vox”. Curioso razonamiento cuando siempre se ha dicho que uno de los valores de las democracias sería permitir la alternancia en el poder. Sorprende además ese miedo a perder cuando las encuestas que publica el CIS dirigido por Tezanos señalan una ventaja creciente del PSOE sobre el PP.

La alternancia en el gobierno tiene en España un precedente histórico bien conocido: el llamado “Turnismo”. Sabido es que tras el fracaso de la 1ª República los partidos conservador y liberal, dirigidos por Cánovas y Sagasta, se turnaban en el poder amañando las elecciones para que el gobierno pasara del uno al otro, sin que la situación social y económica del país mejorara un ápice: más bien lo contrario.

¿Es que la alternancia entre PP y PSOE está suponiendo un beneficio para nuestro sistema político? En absoluto. Sus políticas económicas -las de verdad, no las de boquilla-, su (falta de) transparencia, su desprecio por los bienes públicos, su obstrucción a la participación política de los ciudadanos, etc. no se diferencian en lo esencial, como ya señalé en otra ocasión.

Y a nivel de prácticas corruptas estamos en la carrera del “tú más”, superando cada gobierno al anterior del bando contrario. Pero hay un aspecto incluso más preocupante de deterioro democrático: el desmontaje sistemático de la separación de poderes y colonización de los órganos de supervisión y contrapeso del poder político: el Banco de España, el Centro de Investigaciones Sociológicas, el Tribunal de Cuentas, la Fiscalía General del Estado, la composición del Tribunal supremo y del Tribunal Constitucional, etc. son otros tantos ejemplos de lo que Levitsky y Ziblatt señalan en su libro Cómo mueren las democracias.

La nefasta partitocracia

Hay quien achaca todos los males del sistema político al llamado “régimen del 78”, es decir el texto constitucional de nuestra democracia. En realidad la fecha del inicio de los problemas de verdad hay que situarla años después cuando sucesivas Leyes Orgánicas concentraron todo el poder en los partidos políticos, convertidos en simples máquinas electorales al servicio de líder de turno:


“El excesivo partidismo existente en el aparato estatal se corresponde con un evidente raquitismo de los partidos a nivel social; es decir, la pérdida de su posición en la sociedad civil se compensa con su decisiva presencia en las principales instituciones del Estado, y su falta de financiación privada con la financiación pública, principalmente de índole electoral y con criterios electorales, ya que se trata de partidos de electores»

A.X. López Mira El sistema político español (p.76)

Como también dijo Jordi Sevilla, antiguo ministro socialista, «el problema de España no es el bipartidismo, sino la partitocracia». Y no estamos hablando sólo de PP y PSOE, sino también de los “nuevos” partidos y los concentrados en Comunidades Autónomas específicas. Porque ¿qué partido está dispuesto a renunciar a ese poder, una vez alcanzado?

Por eso, si no hay transformaciones radicales en la forma como se configura el reparto de poderes y la participación de la ciudadanía en la política, ir a unas nuevas elecciones -sin más- es ahondar en el problema y comenzar a construir la casa por el tejado.

En un excelente libro David Van Reybrouck (Contra las elecciones. Cómo salvar la democracia) señala cómo las últimas elecciones confirman el auge de los populismos basados en el miedo y una amplia desconfianza hacia las élites, y se han convertido en concursos de popularidad en lugar de ser un contraste razonado de propuestas. El objetivo de las elecciones es entonces excluir a la gente del poder mediante la selección de una élite que les gobierne.

El próximo post dentro de dos martes, el 8 julio 2025

La quiebra político-social

Hace ya casi treinta años el sociólogo francés Alain Touraine (Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2010) nos avisaba que a diferencia de como se estructuraban las sociedades tradicionales o la sociedad industrial de hacía dos siglos, en el momento presente existe una desconexión radical entre el mundo de la economía -cada vez más globalizada y gobernada por acciones fuera de nuestro alcance- y las estructuras sociales locales en las que vivimos, totalmente alejadas de aquel mundo. Ya no tenemos un papel que defina lo que somos en relación al entorno económico y buscamos identificarnos bajo otras dimensiones: ”Cuanto más difícil resulta definirse como ciudadano o trabajador en esta sociedad globalizada, más tentador es hacerlo por la etnia, la religión o las creencias, el género o las costumbres”, señala Touraine.

La economía pasa “por encima de nuestras cabezas” y ya no somos personas que nos identificamos con nuestro papel como trabajadores, empresarios o en relación con la actividad económica.

Se produce así un divorcio entre el mundo de la economía y el de las identidades culturales. ¿A qué intervención podemos aspirar para cambiar el estado de la economía globalizada si no tenemos relación con otros colectivos perjudicados, ya que no son de nuestra etnia, de nuestra forma de pensar, de nuestro género o de nuestro origen geográfico?

La macroeconomía y “nuestra” microeconomía

A esta ruptura se suma más recientemente la que existe entre la gran economía y la precariedad en la que está inmersa una parte creciente de la población. De nada nos consuela que la economía “vaya como un tiro” si tenemos problemas para llegar a fin de mes o constatamos que nuestro progreso social está truncado. Como señala la economista Mariana Mazzucato “los datos macroeconómicos pueden ser buenos, pero cuando los salarios se estancan, los empleos son precarios, la vivienda es inaccesible y los servicios públicos se deterioran, es normal que la gente se rebele. Y si no hay un proyecto claro y esperanzador desde el progresismo, el fascismo llena ese vacío”.

Un tercer divorcio, entre el juego político y la realidad socio-económica

En España, pero también en la mayoría de los países occidentales, la vida y la dinámica político-electoral funciona cada vez más a la espalda de la realidad cotidiana de sectores sociales cada vez más extensos. ¿Qué tiene que ver el cruce de acusaciones de corrupción, de judicialización de la práctica política, de refriega de insultos, condenas e indignatitis, con la economía de las familias y los jóvenes que no pueden aspirar a trabajos cualificados, viviendas dignas o pensiones suficientes?

Ningún partido en el panorama político español establece puentes reales -no propagandísticos- entre esa situación social y propuestas y programas reales que se elaboren, discutan y aprueben en las instancias parlamentarias. Cuando las formaciones políticas aluden a problemas “sociales” se utilizan como meras armas arrojadizas contra el otro sin mostrar interés real por entrar en la raíz de los asuntos más allá de la bronca correspondiente. Cuando ya no tienen una utilidad mediática o electoralista desaparecen de la agenda pública de temas a tratar y menos aún de resolver.

Dejados atrás

Pero ignorar los problemas no significa que no existan y menos aún que no se estén agudizando y afectando a colectivos más numerosos. No cabe enumerar aquí las cuestiones candentes y sin resolver, ya que son bien conocidas por la mayoría de nosotros.

Pero sí es importante tener conciencia que el sentimiento de muchas personas de estar siendo dejadas atrás está ahí, en especial cuando creen ver -casi siempre con razón- que las ayudas y planes de apoyo se orientan más en función de esas identidades culturales y no por la precaria situación socio-económica pura y dura vivida, sin etiquetas identitarias añadidas.

Cuando los partidos políticos actuales en España están construidos como meras maquinarias electorales y de confrontación con el otro, la relación entre el juego político y la realidad social está pendiente de un hilo a punto de quebrarse.

Pero aún. Las únicas ofertas electorales que trazan una relación entre la precariedad social y una supuesta alternativa política que expulse a las castas y élites de arriba -dedicadas al mero juego político- son los populismos en los que se basan los extremismos de derecha o de izquierda. Sabemos que lo que prometen es mentira y en realidad sólo traen destrucción. La actuación de Donald Trump en el arranque de su segundo mandato es un buen ejemplo. Pero estas “propuestas” cuentan con apoyos, debido a que las alternativas que se dicen democráticas han ido dejando a su espalda un vacío y una amargura que son caldo de cultivo para los populismos, aunque después nos indignemos y nos rasgemos las vestiduras.

¿Podemos “remendar” ese roto político/social apunto de la quiebra? Sí, pero no empecemos otra vez la casa por el tejado electoralista.

El próximo post dentro de dos martes, el 24 junio 2025