¿Merece la pena luchar contra la mafia?

El pasado 14 de julio un tribunal de Roma condenó a Francesco Bidognetti -capo del clan de los Casalesi de la Camorra napolitana- y a su abogado Michele Santonastaso a un año y medio de cárcel por haber amenazado de muerte a los periodistas Roberto Saviano y Rosaria Capacchione, durante una de las sesiones de un proceso que se había celebrado 17 años antes.

La Camorra -variante mafiosa de la región italiana de la Campania- está catalogada como el tercer grupo de crimen organizado más grande del mundo. Además del narcotráfico, la Camorra se centra también en la contratación pública y el blanqueo de capitales, y sus clanes están infiltrados en el entramado político de las áreas en las que actúan.

¿Héroe nacional?

Calificado por el escritor Umberto Eco como un héroe nacional, Roberto Saviano es un periodista y escritor napolitano que con 27 años publicó en 2006 la novela Gomorra, en la que describe los negocios de la Camorra, basándose en hechos reales. La gran repercusión de la novela le valió a Saviano amenazas de muerte de camorristas. Desde entonces ha necesitado escolta policial y en 2008 tuvo que abandonar Italia. Él mismo reconoce que su vida ha sido un infierno: “Me han robado la vida, me han aplastado”, declaraba roto entre sollozos al oír la sentencia del tribunal de Roma, abrazado a su abogado.

Mafia: de tutelar a los desprotegidos a extorsionar a la población

En su orígenes sicilianos la Mafia era una confederación dedicada a la protección y el ejercicio autónomo de la ley (justicia vigilante): cuando los poderes públicos no quieren o no pueden proteger a la ciudadanía, surgen los clanes mafiosos para cubrir ese vacío. Desde ese inicio evolucionaron rápidamente al clientelismo, el crimen organizado, la extorsión, el asesinato y la penetración en los entresijos de las Administraciones Públicas y la alianza con el poder político y económico. Películas como “El Padrino, segunda parte” o “Gangs of New York” describen esos inicios en el contexto de la ciudad de Nueva York.

Pero no sólo en Italia

Las ramificaciones mafiosas se extienden por el mundo. El propio Saviano señalaba ya hace años que el país europeo más vinculado a la Camorra era sin duda España: “Es allí donde la Camorra ha establecido sus gigantescos negocios relacionados con el narcotráfico y el blanqueo de capitales ilícitos del sector inmobiliario”. Tan era así que los camorristas llamaban a la Costa del Sol Costa Nostra (‘nuestra costa’).

Un documental emitido en la televisión en 2019 revelaba cómo Barcelona se había convertido en el centro neurálgico de sus operaciones en toda la costa mediterránea. Un capo afirmaba: «La independencia de Catalunya es un telón para operar sin hacer ruido».

Cómo luchar contra la mafia

Las organizaciones criminales temen que se hable de ellas, que alguien lo cuente, más que cualquier otra cosa. El problema es la credibilidad que los políticos y medios de comunicación otorgan a quien lo cuenta. Tal y como reconoce el propio Saviano, “para que te crean hay que morir, como Falcone, o arriesgarse a morir. ¿En qué mundo vivimos?».

En un entorno de escándalos de corrupción continuos como el que vivimos actualmente en nuestro país parece que los negocios turbios de la mafia no son más que un episodio más, a los que no se les otorga mayor importancia, en especial si ninguna formación política puede sacar un rédito electoral de la cuestión. Los casos de corrupción en el seno de las formaciones políticas son también para la mafia un buen telón para operar sin hacer ruido.

No es el único obstáculo.

Cuando un año después del asesinato de dos guardias civiles en Barbate por parte de narcotraficantes, los familiares siguen denunciando la falta de medios, materiales y efectivos, gritando ante la Comandancia de Cádiz «No fue accidente, orden negligente» sabemos que las dificultades están más de este lado, que del opuesto.

Y haber tenido que esperar 17 años para que un tribunal emita una sentencia condenatoria es tener sentado en el banquillo, no a los denunciados, sino el periodista denunciante durante todo ese tiempo. En España la lentitud de la maquinaria de la justicia -por no hablar de la politización de sus principales organismos- es un regalo para el crimen organizado.

Roberto Saviano ha pagado con el infierno en que se convirtió su vida el coraje de denunciar lo que todos sabían pero a nadie le interesaba destapar. Esta omertá la vemos también en España cuando, por ejemplo, todos conocen de abusos sexuales en las organizaciones políticas o en la contratación irregular de “amigas” o familiares de políticos.

Saviano, «condenado» a vivir bajo protección policial, ha aconsejado a quienes quieran seguir investigando sobre el crimen organizado que no lo hagan solos: «Formad una red. No pongáis en juego solo vuestro cuerpo. No seáis ilusos», advierte.

El próximo post tras el paréntesis de agosto, el martes 2 septiembre 2025

La trampa de las redes sociales

Por qué estamos enganchados

En otro lugar comentaba cómo las redes sociales llenan de manera superficial y distorsionada el gran vacío de soledad de las sociedades actuales. La soledad no es un fenómeno que se circunscriba a las personas mayores o se dé en entornos en los que las estructuras familiares tengan menos importancia, como puede ocurrir en los países anglosajones. De hecho un reciente estudio detectaba que en España uno de cada cuatro jóvenes entre 16 y 29 años declaraban sentirse en una situación de soledad, situación que se agravaba más en el caso de las chicas. Otros estudios apuntan en la misma dirección.

Los años de confinamiento debido a la pandemia del COVID han ahondado más aún en esta situación, en particular en la generación que en su desarrollo personal y social debería haber estado explorando el mundo de las relaciones sociales y la creación de redes de amistad durante esos años: una etapa que difícilmente puede experimentarse a otras edades.

Síndrome FOMO

No te lo puedes perder”; “Lo más visto”; “De lo que todo el mundo habla”; “Las redes echan humo”… Estas proclamas y otras similares que recibimos diariamente nos advierten que no nos podemos quedar fuera de tal o cual corriente de comentarios supuestamente masivos. Es el síndrome del miedo a quedarse al margen de lo que aparentemente está sucediendo en el mundo, de quedarse fuera de juego cuando el resto de la humanidad va en otra dirección. El síndrome FOMO -por sus siglas en inglés (“Fear of missing out”)- sería «una aprehensión generalizada a que otros puedan estar viviendo experiencias gratificantes de las que uno está ausente». Y se nos dice que la única forma de no quedarnos al margen es estar metidos hasta las cejas en la redes sociales, ser seguidores (“followers”) de todos los famosos e “influencers” que podamos.

Los medios de comunicación tradicionales no son ajenos

A esta exagerada importancia otorgada a las redes sociales contribuyen también los medios de comunicación tradicionales, en particular las cadenas de televisión. Hay programas (“Zapeando”, “Aruser@s”, etc.) que se dedican en buena parte a comentar con tono jocoso pequeños clips procedentes de TikTok o redes similares: vídeos de “gatitos”, de niños o adultos dándose un buen golpetazo, etc. El contexto o la procedencia de lo que se muestra no importa. Lo principal es que se trata de un filón inagotable.

De las risas a los haters

En el otro extremo una práctica que parece extendida es criticar sin piedad a una persona más o menos famosa. Es la ciber-inquisición, a veces practicada por diversas corrientes “identitarias”. Pero no hay “celebrity” que no tenga un número sustancial de odiadores o haters.

Un caso reciente lo hemos vivido alrededor del futbolista Álvaro Morata, como si un penalti fallado fuera más importante que no haber sido capaz la selección nacional de fútbol de adelantarse en el marcador durante los largos minutos de juego reglamentarios. Otra vez los medios de comunicación tradicionales amplificaron hasta la extenuación la marea de haters contra el futbolista, aunque estos mismos medios no fueron capaces de decirnos de cuántos haters se trataba. Lo que sí sabemos es que no hubo más que UN detenido.

Pero el impacto sobre la persona “señalada” por ciber-inquisidores y medios de comunicación no es baladí. En Corea del Sur, por ejemplo, la epidemia de suicidios de jóvenes actrices empieza a ser más que preocupante.

Nuestra mejor cara… y la de los demás

Quien participa en una red social lo hace en lo fundamental para “ver y que te vean”. Y la imagen propia que tratamos de transmitir no va a ser precisamente la foto más horrorosa que tengamos en el móvil, sino justamente lo contrario. Es un terreno en el que en comparación con el ejército de influencers, celebrities y pibones profesionales tenemos todas las de perder, por mucho que nos esforcemos. Pero ello no impide que nos sintamos deprimidos si el eco de nuestra imagen en la redes sociales sólo cosecha comentarios negativos o simplemente no positivos.

“Altamente vulnerable pero extremadamente rentable”

Hace tres meses Sarah Wynn-Williams, ex-directora de Políticas Públicas Globales de Facebook, testificaba ante un comité del Senado de EEUU sobre algunas de las prácticas carroñeras que la red social llevaba a cabo para aumentar sus ganancias.

Facebook anima a quienes están en su red a publicar un “selfie” como parte de su perfil. En el caso del segmento de chicas entre 13 y 17 años cuando se detectaba que habían borrado dicha foto, se infería acertadamente que se sentirían deprimidas o tristes. Entonces Facebook aprovechaba para informar a los anunciantes sobre los estados emocionales de las adolescentes para ofrecer, por ejemplo, productos de belleza. Según reconocían en el seno del propio gigante tecnológico se trataba de un grupo de personas que era “altamente vulnerable pero extremadamente rentable”.

El próximo post dentro de dos martes, el 22 julio 2025