La fusión de la política y los medios de comunicación

Si algo ha quedado claro durante la celebración del juicio oral contra el Fiscal General del Estado (FGE) es que política y medios de comunicación se han soldado para formar una sola pieza donde se juegan las grandes batallas entre partidos y bloques ideológicos.

Los testigos cruciales han sido periodistas de uno u otro perfil, de modo que a las ya habituales respuestas de testigos e investigados del tipo “No lo recuerdo” o “No me consta” se ha ha añadido la de “Me acojo al secreto profesional”. Ya no hay periodistas neutrales, sino “de los nuestros” o “de ellos”.

De la verdad al relato

Porque lo importante no es descubrir la verdad sino conseguir que nuestro discurso se imponga al de los contrarios. Como escribía en uno de sus más famosos mensajes el FGE “si dejamos pasar el momento nos van a ganar el relato”.

Y para ganar el relato, el dominio de los medios de comunicación es esencial. Éstos tienen una gran influencia en determinar de qué temas se hablan y llegan al publico, el enfoque que reciben y la forma en que se van configurando las opiniones.

Monopolizar el oído de la audiencia es hoy en día la batalla más importante. El escritor Oscar Wilde, famoso más allá de su obra literaria por la agudeza de sus citas ampliamente difundidas, sentenciaba: “que hablen de uno es espantoso. Que no hablen, es peor”. Y el pintor español Salvador Dalí añadía: «que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mí aunque confieso que me gusta que hablen mal porque eso significa que las cosas me van muy bien».

Desde el gobierno a las redes sociales

Por eso hay que dedicar más tiempo a tuitear que a trabajar en el Ministerio que nos corresponda. Esto lo tiene claro el ministro Oscar Puente, famoso por su “trabajo” en X, antes Twitter. En sus primeros 19 días al frente del Ministerio había publicado ya 100 tweets. Su estilo es el clásico de este medio: no tiene reparo en usar una foto del metro de París para criticar el metro de Madrid; usa varias cuentas para auto-alabarse; emplea un estilo bravucón: «en las redes se juega duro y, si no lo haces, pasas desapercibido y eres irrelevante», dice; etc.

Oscar Puente, sin embargo, está muy lejos del maestro tuitero: Donald Trump. El Presidente norteamericano creó su propia red social al estilo Twitter: Truth Social. La “producción” de Trump en esta plataforma es abrumadora, aunque parece que no escribe más que el 5% de los tuits. Sus posts utilizan habitualmente inteligencia artificial y un lenguaje agrio y despectivo para intimidar a quienes no están de acuerdo con él.

TikTok en alza

Sin embargo, la tendencia actual va más allá de los clásicos tuits. Eso lo ha entendido perfectamente el otro guardia de corps del Presidente de Gobierno: el Ministro Bolaños, o “Super-Bolaños” como se auto-nombra en su reciente actuación en TikTok, un vídeo que rompe moldes y unas cuantas cosas más.

TikTok se ha convertido en la red social con mayor relevancia y presencia de “influencers” y todo tipo de personas deseosas de producir un impacto, en particular entre las generaciones jóvenes. Un reciente estudio ha analizado el estilo y alcance de los líderes políticos europeos en esta plataforma. No siempre ganan los que tienen más seguidores. Lo que importa en la práctica política en TikTok no es el tamaño de la marca política, sino la capacidad de crear contenidos que encajen en la lógica del algoritmo. Destacan figuras de la extrema derecha, como Giorgia Meloni o Viktor Orbán, pero también (¡o sorpresa!) Pedro Sánchez. El truco no es hablar de política sino de los temas que en cada momento son virales, como el cambio de hora, el último disco de Rosalía, etc.

TikTok y la extrema derecha suelen ir bien de la mano, como parece ocurrir también en Finlandia o en Suecia. Según el diario El País en España Vox tiene unos 750.000 seguidores en TikTok, más del doble que PSOE (150.000), Sumar (85.000) y PP (70.000) juntos.

En fin, tampoco despreciemos las tertulias televisivas

El número de horas de televisión acaparadas por tertulianos es abrumador, sólo comparable con el tiempo dedicado a los concursos sobre conocimientos simples y básicos o los realities.

Para Pablo Iglesias, líder de Podemos, la cuestión está clara: «el debate parlamentario no sirve; los verdaderos parlamentos son los platós de televisión«. Más aún, recientemente reconoció que había negociado con el Gobierno para situar en tertulias de RTVE a trabajadores de su empresa Canal Red.

Habida cuenta del espectáculo -cada vez más claramente orquestado- de las sesiones parlamentarias en nuestro país, parece que hay un intento consciente de emigrar del Congreso de los Diputados a TikTok y similares. Incluso blogs como éste empiezan a oler a viejunos.

El próximo post dentro de dos martes, el 9 diciembre 2025

Elecciones vs. Democracia

Para una persona no habituada al espectáculo cotidiano de declaraciones y contra-declaraciones políticas en los medios de comunicación españoles, supongo que será una sorpresa encontrarse con la aparente coincidencia de posturas de los dos principales partidos políticos españoles: ambos reclaman elecciones anticipadas, sobre la base de constatar que el gobierno de turno se encuentra en fase terminal o está corrompido. El PSOE lo reclama en la Comunidad Valenciana y el PP respecto al gobierno central.

El argumento sería impecable si no fuera porque se exigen elecciones allí donde, además de estar en ese momento en la oposición, las encuestas vaticinan que mejorará el porcentaje de votos que apoyan las posiciones propias. Casualmente, allí donde se ocupa la posición de poder aquel argumento se desdeña y ningunea.

No nos encontramos con políticos con espíritu democrático sino políticos con intereses mezquinos de medrar o -al revés- de mantener el sillón a toda costa.

Cuando las elecciones no son democracia

La mera convocatoria a las urnas no significa de ningún modo que estemos gozando de un régimen democrático. Si no hay mecanismos para controlar lo que hacen las Administraciones Públicas, si los gobiernos no están sometidos al escrutinio de organismos independientes, si no existe separación real de poderes, si no hay transparencia, etc. esto no es un régimen democrático. Sólo votar cada cierto tiempo no garantiza la democracia.

Además, en el caso español la utilización de papeletas cerradas y bloqueadas significa que no estamos eligiendo a nuestros representantes, sino sólo votando a quienes las cúpulas de los partidos realmente han elegido, es decir “a los nuestros” (= a los suyos).

La alternancia (¿?) en el poder

Se argumenta también que una forma de controlar lo que hacen los gobiernos es la amenaza de perder las siguientes elecciones si no ponen en marcha actuaciones por el bien de la ciudadanía.

Por desgracia este mecanismo indirecto de control democrático ha dejado de ser relevante, si es que alguna vez lo fue. En primer lugar porque el día siguiente de la fecha de los comicios comienza la campaña para la siguiente convocatoria a las urnas. Este estado permanente de confrontación electoral no ayuda mucho al debate sereno de políticas reales para avanzar. Y como lo importante no son las actuaciones sino los “relatos” que llenan los medios de comunicación, al ciudadano de a pie se le ocultan los hechos bajo una maraña de declaraciones y contra-declaraciones, tertulias televisivas, bulos, etc. Todo ello con el objetivo de polarizar las opiniones, que es la forma más sencilla de atacar y defenderse; aunque la más dañina para un sistema democrático.

De alternancias en el poder tenemos en España una gran experiencia. Durante la Restauración monárquica del Siglo XIX (1871-1921) los partidos conservador y liberal se turnaban en el gobierno, apoyándose en un sistema que hundía sus raíces en la corrupción electoral, el clientelismo y el caciquismo, algunos de cuyos ecos resuenan en nuestros oídos actuales. Desde luego, democracia había poca, aunque hubiera votaciones en urnas.

Políticas ¿diferentes?

En otro lugar ya señalé que los grandes ejes de las políticas del PSOE y el PP -no las declaraciones para la galería, sino las actuaciones de verdad- en áreas como las relaciones internacionales, las políticas económicas, los mecanismos de participación ciudadana, etc. se parecen más de lo que aparentan los medios de comunicación. Fácilmente PP y PSOE compartirían un 90% de su ADN.

El 10% restante, en particular en el terreno de los derechos individuales basados en rasgos identitarios de unos y otros grupos sociales, se exacerba al máximo para tratar de ofrecer un “perfil diferente” para el consumo de las bases de cada partido. Una vez más esta polarización carcome las bases de un sistema democrático.

Cambio de época

Esta situación en España es en muchos aspectos similar a la que encontramos en otros países europeos de nuestro entorno, pero también en el norte y el sur de América. Son sociedades cuyos años de prosperidad tras las Segunda Guerra Mundial están tocando a su fin, dando paso a partir de la década de los 80 a un creciente empobrecimiento de muchas capas de trabajadores antes cualificados y también de una buena parte de las llamadas “clases medias”. Se genera un sentimiento de pérdida cuando no perciben que los poderes públicos y otros segmentos sociales son sensibles a su situación, alimentando así posiciones políticas radicales, en particular hacia la derecha.

Precisamente gran parte de las bases electorales de PSOE y PP “pertenecen” a aquella época de bienestar, mientras que las nuevas generaciones de jóvenes ven pero no participan de tal prosperidad, sea cual sea la explicación que cada uno quiera dar.

Este proceso no es imparable. Requiere un nuevo “contrato social” entre distintos sectores sociales, cuya articulación debería ser tarea de las formaciones políticas, en vez de jugar con las urnas.

El próximo post dentro de dos martes, el 25 noviembre 2025