¿Estamos erradicando las desigualdades?


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Cuando la televisión se llena de anuncios de colonias o de publicidad moña de niños abrazando a sus tiernos abuelitos, sabemos que ya estamos sumergidos en la “magia” de la Navidad. También las ONGs aprovechan para pedirnos nuestra aportación monetaria, recordándonos la pobreza en el tercer mundo y las desigualdades en todo el planeta.

De hecho no pasa una semana sin que los medios de comunicación reseñen informes, estudios o encuestas sobre la precariedad que golpea a tal o cual colectivo. Pero con este bombardeo mediático ya no sé si nos estamos concienciando o nos estamos insensibilizando.

Porque no basta con constatar esas situaciones. Hay que ir más allá y analizar los mecanismos que generan y mantienen las desigualdades sociales y, sobre todo, poner en marcha soluciones que sean congruentes.

Leer entre estadísticas

Lo primero es entender bien lo que revelan las estadísticas sobre desigualdad, cómo se seleccionan y cómo hay que interpretarlas.

Hans Rosling -médico sueco, experto en salud internacional y estadístico- fue el autor principal de un libro que rápidamente se convirtió en best-seller, titulado Factfulness. Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo. Y por qué las cosas están mejor de lo que piensas.

En este libro, Rosling mostraba cómo en los últimos decenios la humanidad había progresado en lo que respecta a la situación socio-económica global, en contra de lo que se suele pensar. Dadas las pequeñas pero sustanciales mejoras de miles de millones de personas en países menos desarrollados de África y de Asia tenía razón… si miramos la situación en su conjunto.

La otra cara de la moneda, expuesta por economistas como Thomas Piketty, es que durante ese mismo tiempo las desigualdades habían crecido hasta extremos brutales y que una élite mundial había ido apropiándose de una parte cada vez mayor de la riqueza y de los resortes que perpetúan tales desigualdades.

Ambas dinámicas se han producido a la vez. Mientras millones de hogares en países del llamado Tercer Mundo han multiplicado por dos sus ingresos diarios -muchas veces desde uno a dos euros- el 1% de la élite mundial ha multiplicado su ya elevada riqueza por varios miles.

Pero solemos olvidarnos de la población que está entre uno y otro extremo. Se trata de los millones de personas de las clases medias y trabajadoras de los países occidentales. Son los grandes perjudicados por la dinámica económica instaurada desde los años 80 para acá: los que han visto cómo su capital profesional y laboral quedaba obsoleto, pero como no se les supone en riesgo de pobreza no son acreedores de recibir ayudas de las Administraciones Públicas; son los que esperaban progresar socialmente en el llamado Estado del Bienestar prometido tras la 2ª Guerra Mundial. Son los que se sienten dolorosamente olvidados.

A quién hay que dar la bofetada

Ahora viene la parte más difícil: saber quién es el culpable y por tanto cuál es la solución. Lo más simple es centrarse en el desigual reparto de riqueza y tratar de enderezarlo con una solución tipo Robin Hood: poner impuestos mayores a los super-ricos y así generar fondos para nutrir la denominada Renta Básica Universal o Ingreso Mínimo Vital. Desde luego, los desequilibrios de riqueza son escandalosos, reforzados por políticas fiscales regresivas que ahondan en vez de corregir tal desigualdad.

Como Hans Rosling alertaba en el capítulo 9 de su libro, centrarse en el quién pero no en el cómo de esta dinámica es en el mejor de los casos poner un parche estéril. Acabaríamos dando una bofetada a nuestra propia abuela por haber invertido sus pequeños ahorros en un fondo de inversión internacional.

¿El salario mínimo como solución?

Fijar un salario mínimo digno es de justicia. Pero si se toca únicamente esta tecla, los efectos en el conjunto de retribuciones salariales pueden ser nefastos. En el caso español, está provocando que un volumen creciente de trabajadores reciban salarios cada vez más cercanos al mínimo, independientemente de su preparación profesional o sus años de experiencia. No sólo es una injusticia. Es también un error que fomenta el sentirse olvidados y que alimenta actitudes políticas cercanas a la extrema derecha.

Soluciones despreciadas, pero imprescindibles

Se echa la culpa a las nuevas tecnologías. Pero éstas por sí mismas no crean efectos positivos o negativos. Depende de quién lidere sus aplicaciones, en qué campos y qué fines persigan. Si se deja en manos de las grandes multinacionales tecnológicas el resultado es una pérdida de puestos de trabajo cualificados y semi-cualificados.

Habría un camino diferente si los gobiernos -apoyados en un nuevo pacto social- impulsaran y encabezaran políticas alternativas, invirtiendo en programas de innovación, con apoyo a sectores coyunturalmente desfavorecidos, reciclaje profesional para todas las edades, políticas activas de fomento del empleo, servicios de colocación, etc.

Nada de esto estamos viendo en Europa y menos en nuestro país.

El próximo post dentro de dos martes, el 6 enero 2026

Por qué hay tanta corrupción en España

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No pasa un día sin que los medios de comunicación nos traigan nuevos casos de corrupción, sobre todo en el ámbito político. Sus protagonistas cubren todo el espectro de orientaciones ideológicas. A veces se les intenta tratar como “manzanas podridas” aunque también se habla de corrupción generalizada de entidades o partidos.

Y no se trata sólo de casos de enriquecimiento individual. Porque cuando el dinero va a parar a las arcas de un partido o al círculo de sus allegados el beneficio para el líder o la cúpula directiva es evidente. Ese fue el caso del famoso escándalo de los EREs en Andalucía.

Si fuera tan fácil…

Hay quien quiere reducir la cuestión simplemente a que existen algunos “individuos malos” –líderes políticos o no- y nada más. Con detenerlos, juzgarlos y encarcelarlos, problema resuelto.

También hay quien dice que el problema es que todos somos corruptos, cuando por ejemplo pagamos en negro al fontanero. Estaríamos entonces ante un “problema sociológico”: por tanto no habría nada que hacer excepto resignarnos… y seguir pagando en negro.

Las bases de la corrupción

Pero si se quiere acabar con esta lacra o al menos reducirla, debemos transformar algunos elementos que hoy por hoy forman parte del funcionamiento político español.

Lo público (ya) no es de todos

El primer elemento es el hecho de la apropiación partidista de lo público. Cuando un partido político se hace con el poder ejecutivo -a nivel nacional, autonómico o municipal- cree que desde ese momento todo el aparato y los recursos administrativos son suyos y de nadie más. La transparencia, la rendición de cuentas, el sometimiento a organismos independientes fiscalizadores, etc. de pronto van desapareciendo.

Además tales Administraciones vuelven la espalda al ciudadano de a pie por medio de la ciber-burocracia, las citas previas imposibles de conseguir o la forma secreta como operan los algoritmos que deciden por ejemplo quién tiene derecho y quién no a recibir el bono social.

Lo público ya no es de todos.

Hace ahora diez años durante el juicio contra Iñaki Urdangarían, la Fiscalía del Estado argumentaba que eso de que “Hacienda somos todos”no era más que un slogan publicitario sin ninguna implicación jurídica. Hacienda es sólo del gobierno y los suyos.

La única institución que hoy por hoy parece entender que su legitimidad se basa en la soberanía del pueblo español es el actual monarca, no el anterior.

Reducir la democracia a las urnas

El segundo elemento que facilita la corrupción es considerar que la victoria en las urnas -o la coalición que se monte- otorga una patente de corso al gobierno resultante para que haga y deshaga a su antojo: las urnas me legitiman para todo, incluyendo la corrupción.

Si no existen los llamados pesos y contrapesos de un sistema democrático las urnas pueden ser antesala de una autocracia o, como en Alemania en 1933, de una dictadura.

Por desgracia el partido que se encuentra en la oposición y reclama elecciones no nos promete un cambio de funcionamiento en este terreno, sino más bien más de lo mismo.

La polarización y los nuestros

¿Pero es que los votantes de un partido, sea al que sea, no ven que los integrantes de su cúpula dirigente tienen las manos manchadas? O menos aún, ¿no ven que lo que prometieron durante la campaña electoral o cuando estaban en la oposición ha desaparecido de su quehacer actual?

Según los teóricos del sistema democrático basado en el llamado “votante racional” esos votantes castigarían tales comportamientos dejando de votar a “su” partido.

Eso podría ocurrir si los votantes estuvieran informados de las propuestas y programas electorales. Pero la realidad es que la adhesión a la figura del líder y el peso de los componentes emocionales y la orientación ideológica se imponen por encima de la más mínima reflexión sobre las propuestas de programas, actuaciones o políticas.

España es uno de los países más enfangados en la polarización de la vida política, junto a sonados casos como el de Estados Unidos.

No hay debates políticos, sólo criticas a la conducta personal del oponente. Se profundiza en lo que va fracturando la sociedad: cultivando el frentismo, erigiendo “cordones sanitarios contra…”, resucitando los fantasmas de la guerra civil o del dictador casi olvidado…