El mundo al borde de…

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El secuestro del Presidente de Venezuela por parte del ejército norteamericano ha provocado un torrente de comentarios sobre hacia dónde camina el mundo actual y los interrogantes que se abren.

En realidad llevamos varios decenios acumulando problemas de diverso tipo que se nos están haciendo bola: la crisis económica de 2008, la pandemia de 2020, el envejecimiento demográfico, el impacto laboral de la manera como se aplican las nuevas tecnologías, la invasión rusa de Ucrania, el calentamiento global, el declive industrial de la Unión Europea, el comportamiento autocrático del actual Presidente de Estados Unidos, el ascenso de China, etc.

Muchos comentaristas coinciden en señalar que se está cerrando la época de estabilidad que arrancó al terminar la IIª Guerra Mundial y que la crisis actual nos llevará a un orden mundial diferente. Como advertía el pensador italiano Antonio Gramsci, “el viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Uno de estos monstruos sería claramente Donald Trump, que parece actuar a su antojo por encima de cualquier regla establecida y que ha desempolvado la famosa diplomacia de las cañoneras. Otro monstruo sería Vladimir Putin, con su uso extensivo de la llamada guerra híbrida contra Europa, que también practica Trump.

Aunque el mundo financiero no muestra una gran preocupación.

Ingredientes de la crisis

El imperio americano parece encontrarse en su fase de declive y el mundo se mueve hacia un nuevo reparto de áreas de influencia entre las grandes potencias. Lo que no sabemos muy bien es cuándo ni cómo, ni qué pinta tendrá el nuevo escenario. Hay muchos elementos que intervienen: desde el dominio de las fuentes de energía hasta el peso demográfico de cada país, pasando por el liderazgo tecnológico, la habilidad para forjar nuevas alianzas o la modernización de la capacidad militar.

Cómo no actuar

¿Qué debemos hacer? ¿Con quién hay que aliarse? ¿Contra quién hay que luchar? Antes de nada convendría tener presente que los momentos de crisis y decadencia pueden durar siglos. Y en ese tiempo los actores, sus alianzas y sus rupturas suelen atravesar profundas modificaciones.

Eso nos recuerda, por ejemplo, que en la historia del Antiguo Egipto el paso desde el Imperio Antiguo al Imperio Medio tardó unos caóticos 130 años. Del Imperio Medio al Imperio Nuevo la pesadilla duró 230 años. Y el declive final se alargó más de 400 años. Por tanto una idea a descartar es esperar pacientemente a que por sí mismo el “nuevo mundo aparezca”.

Pero desempolvar precedentes históricos de crisis anteriores, para tener pistas de lo que volvería a suceder en la actualidad tiene dos inconvenientes. El primero es no darse cuenta que las circunstancias son otras y por tanto el resultado puede ser totalmente distinto en nuestra situación. La historia NO se repite, aunque estemos tentados de creerlo y así reducir la incertidumbre y nuestra ansiedad.

El segundo error es creer que los acontecimientos corren inexorablemente en una dirección determinada y que no cabe que las personas podamos cambiar su curso. Carlos Marx nos advertía: Los hombres hacen su propia historia, aunque no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.”

Un buen ejemplo lo expone el historiador Volker Ulrich en su libro El fracaso de la república de Weimar, donde muestra cómo los distintos actores en la Alemania previa al ascenso de Hitler al poder tuvieron en sus manos la posibilidad de emprender un rumbo diferente.

Otro enfoque equivocado es el llamado preparacionismo: movimiento social de individuos o grupos que se preparan para todo tipo de emergencias, incluidas las perturbaciones sociales o políticas, haciendo hincapié en la autosuficiencia, e incluso construyendo refugios para sobrevivir a catástrofes del tipo que sean.

Una cosa es tener planes de acción para afrontar colectivamente catástrofes -naturales o no- y otra es centrarse en la supervivencia individualista, dando por sentado que es la única vía en los momentos de crisis; todo ello acompañado de un tufillo romántico que evoca películas tipo Mad Max.

Incertidumbre radical

El libro Incertidumbre radical El arte de tomar decisiones ante un futuro incierto, publicado ahora en España, puede guiarnos para actuar.

Una situación de incertidumbre se parece a cuando estamos metidos en una habitación sin luz y sólo los pequeños pasos, la atención a nuevos elementos y el no dar nada por sentado nos ayudarán a ir avanzando, a tientas sí, pero acercándonos poco a poco a la salida. En particular, no estar abiertos a lo nuevo es muchas veces la antesala del fracaso.

Debemos huir de dogmatismos y buscar la colaboración y no el enfrentamiento, que no tiene nada que ver con rendirse o dejarse llevar.

No es fácil, ya pero ¿alguna vez lo fue?

El próximo post dentro de dos martes, el 3 febrero 2026

Jubilados vs. Retirados

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El “baile” del Año Nuevo

Hace unos días hemos comenzado oficialmente un Nuevo Año. Recalco lo de oficial porque en verdad lo único nuevo al dar las doce en el reloj de la Puerta del Sol es la entrada en vigor de nuevas normas administrativas de diverso tipo, aunque la realidad social por sí misma no habría cambiado.

Esos cambios oficiales no se han producido a la vez en todos lados. Por ejemplo Canarias entró en el Nuevo Año una hora después que la Península y Baleares. Nueva Zelanda lo había hecho 12 horas antes y Nueva York 6 horas después.

Más aún. Para 1.400 millones de chinos el año nuevo comienza el 17 de febrero. 2.000 millones de musulmanes estrenan año el 17 de junio y 1.200 millones de hindúes no celebrarán el Dwali o Año Nuevo hasta el 8 de noviembre.

El año escolar comienza en septiembre y no enero y muchas empresas cierran sus cuentas anuales el día 31 pero no del mes de diciembre sino de marzo.

El calendario y nuestra vida

Todo esto viene a cuento porque en las sociedades occidentales las normativas oficiales basadas meramente en el calendario y la cronología tienen un impacto drástico en la realidad de muchas personas. De hecho todo el transcurso de nuestra vida está dividido en tres grandes etapas cronológicas: la de formación, la de producción y la de retiro.

La primera etapa está centrada en prepararnos laboral, personal y socialmente para entrar en la siguiente. Esta fase central -la más importante en las sociedades capitalistas- es la del trabajo y la creación de un nuevo hogar. Finalmente, el momento de la jubilación supone un nuevo giro radical en nuestras vidas.

Pero año tras año las transiciones entre esas etapas se hacen cada vez más borrosas. Y sin embargo seguimos encorsetados en derechos y obligaciones atribuidos a cada una de ellas. Por ejemplo, a partir de cierta edad se supone que ya hay que estar trabajando, haberse emancipado de los padres, tener pareja, ir pensando en tener hijos, etc. No se espera que uno siga estudiando o no cumpla alguno de los requisitos anteriores..

Jubilados = inútiles

Para muchos, la jubilación es el momento de comenzar a no hacer nada, al menos algo productivo o positivo. Así se ven a sí mismos -y también son vistos por otros- un número creciente de personas, número que no deja de aumentar dada la evolución demográfica.

Se les acusa de ser una carga, con pensiones que se llevan la parte del león de los Presupuestos Generales del Estado y con necesidades de cuidados que acaparan los recursos públicos sanitarios y los de su entorno familiar.

Sólo resultarían útiles como simples consumidores de productos y servicios de la llamada “economía plateada”: empresas privadas dedicadas a viajes tipo Imserso, cuidados personales, seguros de vida, hipotecas inversas, cremas de rejuvenecimiento, tecnologías de monitorización domiciliaria de personas dependientes, etc. El objetivo -nada filantrópico- es como siempre el beneficio empresarial.

Actitudes de renuncia

Es absurdo creer que el abandono del mercado de trabajo asalariado significa el fin de la capacidad de aportar y ser útil a la sociedad más allá del papel de consumidor “plateado”. Además de ser expulsados de muchos ámbitos sociales (“No es país para viejos”) los propios interesados pueden interiorizar esa exclusión de dos modos. El primero es echándose a un lado de forma voluntaria porque ya hemos hecho bastante: “los problemas se los dejo a los que vengan detrás; yo a disfrutar de mi bien ganada jubilación”.

La segunda forma es pensar que ya nunca volveremos a estar en la cumbre que en su día alcanzamos. Y por tanto es mejor que nos retiremos porque nos compararíamos negativamente con nuestro yo triunfador de entonces.

Ese triunfo tiene fechas diferentes según la profesión. Un deportista alcanza la cumbre antes de cumplir cuarenta años. Muchos Premios Nobel hacen su “gran” aportación en los primeros años de su carrera. Pero el instante de la jubilación nada tiene que ver con la evolución de nuestras capacidades.

Según investigaciones recientes no hay una única forma de inteligencia humana. La inteligencia fluida se refiere a las operaciones mentales usadas para resolver problemas novedosos y se deteriora con la edad a partir de los 20 años.

La inteligencia cristalizada usaría métodos de resolución de problemas previamente adquiridos y a menudo culturalmente definidos. Se adquiere a través de la educación y las experiencias vividas. Se mantiene más o menos estable hasta los 40 años donde puede incrementarse o no dependiendo de los conocimientos adquiridos a lo largo de la vida.

La madurez es entender en qué fase estamos y ser capaces de reorientar nuestra actividad aprovechando mejor una u otra inteligencia. Cierto, hay que reciclarse. Pero mejoraríamos nuestro bienestar personal y nuestra aportación a la sociedad si al menos lo intentamos.

El próximo post dentro de dos martes, el 20 enero 2026