La inseguridad laboral y el voto a los extremismos

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¿Vuelve el fascismo?

En los países occidentales y en particular en España los partidos considerados de extrema derecha han ido ganando presencia en el electorado y en muchos casos forman parte de gobiernos regionales e incluso nacionales. Desde el otro lado del espectro político suenan señales de alarma y se alzan voces que reclaman la formación de frentes populares y cordones sanitarios contra lo que se considera el retorno del fascismo. ¿Y ya está? ¿Eso es todo? ¿No hay nada más que haya que tener en cuenta?

Afortunadamente contamos con un número creciente de estudios que van más allá y analizan cuál es el sustrato laboral, económico y social a partir del cual crece el voto a partidos de extrema derecha, aunque también de extrema izquierda.

El terreno abonado

La primera constatación es que el voto a los extremismos esta más relacionado con la situación de inseguridad laboral y financiera de las personas que con las opiniones que tengan sobre cuestiones culturales, de género o similares.


Inseguridad laboral se refiere no sólo a tener un contrato laboral temporal o a tiempo parcial sino también a las propias condiciones laborales: bajos salarios, falta de autonomía en el trabajo, minusvaloración de las capacidades del trabajador, verse abocados a trabajar como autónomos, exceso de horas extras, riesgo de pérdida del empleo, etc. Y todo esto no se refiere sólo a la situación vivida en el momento sino también a las amenazas que pesen en un futuro más o menos próximo. Algo similar ocurre con la inseguridad financiera y no tener que depender de ayudas públicas más o menos volátiles y complicadas de obtener orientadas a colectivos vulnerables, sino aspirar a una estabilidad basada en los propios recursos ya sean laborales o económicos.

El ejercicio de un oficio o una profesión se vacía de contenido, como el sociólogo norteamericano Richard Sennett señalaba hace casi treinta años: el capitalismo actual antepone la flexibilidad a los valores del compromiso y la lealtad que coronaban la ética del trabajo. La profesionalidad deja de existir para dar paso a una inestabilidad permanente en el desarrollo de las tareas dentro de la empresa, a base de equipos de proyectos que se crean y se deshacen continuamente.

En España

En contraste con la euforia oficial que proclama -basándose en datos macroeconómicos- que la economía española va como un tiro la realidad laboral para muchas personas arroja un panorama más oscuro: crecimiento de contratos de trabajo de fijos discontinuos y a tiempo parcial, contratos “indefinidos” que se rescinden antes de acabar el periodo de prueba, infrautilización de las capacidades laborales…

En comparación con el resto de países europeos la calidad del trabajo en España ha sufrido un fuerte deterioro durante los últimos años y persiste una alta rotación laboral. Si a esto se añade unos bajos salarios encontramos que un 11% de los trabajadores en España está en riesgo de pobreza.

Todo ello desemboca, según una encuesta de Gallup, en un alto estrés y falta de compromiso en el trabajo, lo que a su vez provoca que cuatro de cada diez trabajadores más jóvenes abandone su trabajo en menos de un año por los bajos salarios y falta de flexibilidad.

El impacto es desigual según el perfil social, de forma que migrantes, jóvenes y mujeres sufren en mayor medida en este panorama laboral.

Por otra parte las ofertas laborales se polarizan, de modo que se reducen los puestos intermedios, dinámica que corre paralela a la pérdida de status y reducción del peso relativo de la llamada clase media.

Traducción a voto radical

Lo sorprendente de este panorama es que el voto a los partidos políticos de extrema derecha o izquierda no haya crecido más de lo que lo ha hecho. La “oferta” electoral ha resumido su mensaje en señalar a “la casta” política como la culpable de la situación como hizo Podemos en su momento o los emigrantes, como hace ahora Vox.

En realidad la operación es la misma: señalar un culpable que es siempre “el otro”, de forma que el descontento de fondo fue capitalizado en un primer momento por la izquierda radical, para pasar después a la derecha.

Aun así el porcentaje de votos cosechado por uno u otro extremo está siendo notablemente más bajo que en otros países de nuestro entorno e incluso apunta a que ha tocado techo en ambas direcciones.

Probablemente ello se explica no porque haya mejorado el entorno laboral sino porque las ofertas electorales han ido perdiendo su impulso originario de cambio para sumirse en purgas y luchas internas, tal y como ocurrió entonces con Podemos o Sumar y ahora acontece en el seno de Vox.

También influye el hecho que los colectivos sociales más perjudicados son los de participación electoral baja (jóvenes) o nula (migrantes).

No son buenas noticias: el resentimiento permanece.

Estar o no estar… en guerra

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La guerra ya no es lo que era

Antes de posicionarse (“No a la guerra”), lo primero es saber de qué estamos hablando. Cuando Rusia invadió Ucrania hace más de cuatro años, Vladimir Putin no lo llamó una guerra sino una operación militar especial para “librar a ese país del fascismo”. Cuando Israel y Estados Unidos comenzaron a atacar Irán, Donald Trump lo llamó una operación militar para “liberar al mundo de un Estado terrorista”. Ahora que nos movemos por “relatos” y slogans, la terminología es lo que parece dominar el mundo de la comunicación y -por extensión- el de la política.

La guerra tiene, ¿o tenía?, sus protocolos

En la Edad Media un caballero que iba a la guerra no podía luchar contra plebeyos sino solamente contra otros caballeros. El Convenio de la Haya de 1907 establecía que no se debía comenzar una guerra “sin una advertencia previa y explícita, ya sea en forma de declaración de guerra motivada o de ultimátum con declaración de guerra condicional”. Esta regla fue consagrada en la Carta de las Naciones Unidas en 1945.

De esta forma la 1ª Guerra Mundial fue testigo de medio centenar de declaraciones formales de guerra, y unas cuantas más en el caso de la 2ª Guerra Mundial. Pero en el Siglo XXI las declaraciones de guerra ya no existen.

Además, según la Norma 54 del Protocolo Adicional I (de 1977) a los Convenios de Ginebra de 1945 “queda prohibido atacar, destruir, sustraer o inutilizar los bienes indispensables para la supervivencia de la población civil”. Aquí entrarían los ataques rusos a la red eléctrica de Ucrania para matar de frío a la población o los bombardeos de plantas desalinizadoras en el Golfo Pérsico.

Otra cosas también han cambiado. Ya no se trata de conquistar el país enemigo: en ese sentido la invasión rusa de Ucrania es una guerra “al antiguo estilo”. Una invasión terrestre tiene un elevado coste de vidas de soldados y mayor incluso en la opinión pública del país atacante. Por eso Donald Trump no quiere enviar tropas a Irán, mientras “anima” a la población iraní a rebelarse o a los kurdos a actuar.

La guerra ahora consiste en destruir al país contrario o dejarlo como “Estado fallido”. Esto es el caso de Iraq, Siria, Venezuela o Líbano entre otros. No hace falta anexionarse el territorio o derribar el régimen, al contrario de lo que proclamó -sin conseguirlo- Trump en Irán. Basta con dejar al contrario inutilizado. Ni siquiera hace falta destruir al ejército enemigo, sólo neutralizarlo.

Los tanques y otros vehículos terrestres han dejado paso a los misiles y en especial a los drones, que no solamente matan sino que sobre todo amedrentan a la población. Tampoco el foco se sitúa en las fuerzas de ataque enemigas sino en sus sistemas de defensa y sus infraestructuras. Todo ello forma parte de la llamada guerra híbrida.

En fin las guerras actuales están indisolublemente entrelazadas, en una especie de “globalización” bélico-económica, donde mientras con una mano se apoya la lucha contra un enemigo determinado con la otra se le compra petróleo y gas, como hace la Unión Europea con Rusia.

La guerra de la economía y la economía de la guerra

Cuando Trump secuestró al Presidente de Venezuela su propósito declarado era controlar el petróleo al igual que en el caso de Irán, aunque aquí el objetivo de Israel sea más bélico. Es significativo que el ataque sobre la isla iraní de Kharg, principal puerto de salida de su petróleo, haya respetado escrupulosamente las instalaciones petrolíferas, evitando el inmenso impacto que hubiera tenido en el precio del crudo y por ende en la economía mundial, comenzando por la norteamericana. Por esa misma razón, Trump ha levantado las sanciones sobre las exportaciones de petróleo de Rusia, lo que da a ésta un inesperado respiro para financiar su invasión de Ucrania.

La guerra es cara, como testimonia el hecho que aviones de combate norteamericanos están derribando drones iraníes con misiles que cuestan entre veinte y cuarenta veces más, lanzados desde aeronaves con costes operativos relativamente altos.

En esta situación convulsa, la acción bélica se convierte en palanca económica y la economía en campo de guerra.

De ahí que Irán contra-ataca intentando reventar el mercado del petróleo -y la economía mundial- en el Estrecho de Ormuz o bombardeando las instalaciones de las empresas tecnológicas en la zona. España no está mejor protegida del tsunami económico que se desencadenaría desde el Golfo Pérsico. Un informe del R.I. El Cano señala que ”la desconexión aparente de España respecto al crudo del Golfo es una ilusión métrica.

Mientras tanto la Unión Europea está exhibiendo una de las mayores divergencias de posiciones internas como no se había visto en muchos años. Cuando cada dirigente actúa pensando sólo en su electorado la debilidad es máxima.

El próximo post dentro de dos martes, el 31 marzo 2026

“No hablar con desconocidos”

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Para mucha gente esta frase todavía resonará como eco de nuestra infancia, cuando nuestros padres nos advertían del peligro que podría suponer que nos abordaran personas que no fueran familiares o allegados.

Confieso que últimamente soy más proclive a establecer pequeñas conversaciones con desconocidos, yo que de toda la vida me había considerado una persona reservada e incluso tímida. Medio en broma medio en serio siempre digo que quizá me esté haciendo viejo…

Hablar con desconocidos

En un mundo en el que el aislamiento y la soledad son una epidemia muy extendida, y más aún tras la pandemia del Covid, establecer pequeñas conversaciones con gente con la que jamás habíamos hablado puede ser una fuente de bienestar para nosotros y nuestros interlocutores.

De pronto quien está a centímetros de distancia de nosotros en el autobús o en el supermercado pasa de ser una pieza más del entorno a convertirse en una persona. Cuando le comentamos o preguntamos “Perdone, ¿sabe usted si faltan muchas paradas para llegar a…?” en muchos casos vamos a recibir una respuesta amable o empática, susceptible de desencadenar una breve conversación. Porque la mayoría de las personas suele experimentar una pequeña satisfacción debido a lo que sabe sobre la línea de autobús o simplemente el reconocimiento de que la consideramos una persona digna de respeto y consideración.

Podría parecer una tontería, pero no lo es. La falta de conexiones sociales que experimentamos en nuestro mundo actual está pidiendo a gritos estos pequeños chispazos de charlas informales.

He sido testigo -y a veces también participante- de cómo modestos intercambios iniciales han derivado en una charla amigable que ha durado unas cuantas paradas de autobús e incluso han evolucionado hacia auténticas tertulias colectivas.

Producen satisfacciones que más allá del momento dejan en los interlocutores un sentimiento de que vivimos en una sociedad de personas y no de bloques físicos que nos apretujamos cuando el autobús va lleno. Todo ello sin dejar de lado la necesaria prudencia a la hora de confiarse a ciegas a otra persona sobre la cual no sabemos hasta entonces prácticamente nada.

Cómo hacerlo

Además de la propia experiencia de cada uno, la psicóloga canadiense Gillian Sandstrom nos da algunas pistas para aprender a desencadenar pequeñas conversaciones con personas desconocidas.

Lo ideal es utilizar lugares públicos (transporte colectivo, supermercados, parques concurridos, etc.) pero con suficiente espacio para intercambiar una pequeña charla. Además, como dice Sandstrom, elijamos un lugar que ofrezca un tiempo limitado para ambos, por ejemplo el andén del tren de cercanías o la cola de una caja del súper, en lugar del comienzo de un vuelo transatlántico. Es decir no lo intentemos en un sitio en el que que el interlocutor se sienta “sin escapatoria” de un pesado que le cae encima. Por ello también evitemos lugares solitarios, que pueden crear temor a la persona a la que nos estamos dirigiendo.

No abordemos a personas ocupadas en ese momento: cuando están hablando con otros, leyendo un libro, en el instante de estar cruzando una calle, etc.

Comencemos aludiendo a algo que compartimos: los frenazos bruscos del autobús, la elección de la marca ideal de cereales para el desayuno…, aportando de nuestro lado una pequeña información que rompa el hielo, pero no “contando nuestra vida”.

Pero si encima compartimos una actividad determinada -una conferencia o un cursillo a los que acudimos o las clases de Pilates a las que estamos apuntados- el entorno facilita a la interacción.

Ser receptivos a lo que dice nuestro interlocutor: ser capaz de apreciar a la otra persona, sus opiniones, las vivencias o sentimientos que desee manifestar… Y mostremos nuestra empatía: a veces un ligero toque en el antebrazo transmite nuestro apoyo de forma eficaz, aunque depende de las circunstancias del momento.

En la mayoría de los casos los estudios empíricos han registrado una respuesta positiva abrumadora. Pero cuando la otra persona no muestra interés o puede sentirse incómoda la insistencia por nuestra parte se convierte en algo incómodo que debemos evitar.

Practicar

Mi propuesta es marcarse objetivos de, por ejemplo, un número de intentos al día o a la semana, sobre todo en personas que como yo somos más bien propensas a vivir en nuestro propio mundo; u observando el entorno que nos rodea sin interactuar con otras personas.

Tanto en estos casos, como en cualquier otro en general, hemos de considerar la posibilidad que la otra persona no quiera intercambiar más que frases imprescindibles y nada más. El respeto a su esfera es esencial, lo que a veces es algo que hay que saber aprender con la práctica. Si hemos seguido las reglas antes descritas el número de estos casos será reducido.

Lo que sí aseguro es que esta práctica ayuda a nuestro bienestar y al de las otras personas, y quizá sea el comienzo de alguna larga amistad.

El próximo post dentro de dos martes, el 17 marzo 2026