La vida es como una carrera de 400 metros vallas: superamos una dificultad y pocas zancadas después nos encontramos con la siguiente. Siempre digo que más vale que sigamos teniendo vallas que saltar, porque de otra forma sólo nos quedaría el final de la carrera…
En nuestras sociedades el problema es que la altura a las que están esas vallas es diferente según el estatus socio-económico de cada uno. Peor aún: para muchas personas una valla más alta de lo habitual hace que la siguiente sea más alta todavía, de forma que las desventajas sociales que se sufren en una cierta fase de la vida nos colocan en peores circunstancias para afrontar los siguientes retos. En el extremo contrario, ciertas ventajas de partida -por ejemplo un origen social más confortable- nos hacen más fácil abordar los retos educativos o laborales posteriores. Es lo que muchos autores denominan la acumulación de ventajas o desventajas a lo largo de la vida.

Después de un obstáculo el siguiente: el caso de España
Por desgracia en nuestro país el comienzo de las desigualdades lo encontramos en las primeras fases de la vida: en el entorno familiar y social. Porque resulta inadmisible que, como denuncia la UNICEF, España sea el país de Unión Europea con los mayores niveles de pobreza infantil con un 27,8% de niños y adolescentes en esta situación, y ocupando el puesto 36 de 39 en el conjunto de países de la OCDE.
La siguiente fase que acentúa las desigualdades la encontramos en el sistema educativo: según el último informe de la OCDE España lidera la UE en abandono escolar pese a ser paradójicamente el país con más horas lectivas. La causa que se encuentra más asociada a este fracaso escolar es el entorno familiar y el nivel de estudios de los padres.
Las carencias educativas son la antesala de la inestabilidad laboral. Desde hace ya más de dos años la recuperación nominal de empleo se está produciendo a costa de la precariedad en el mismo. La reforma laboral aprobada en 2022, con el objetivo de reducir la temporalidad del empleo, ha agotado sus efectos que además sólo se hicieron notar en el sector privado pero no en el público. A pesar de que en un primer momento se incrementaron los contratos indefinidos, éstos se canalizaron más bien hacia la modalidad de fijos discontinuos, que no perciben prestación por desempleo en los periodos de no-trabajo, o acababan en despidos más tempranos y baratos.
La siguiente valla a superar es la acumulación de años de cotización necesarios para conseguir una pensión digna. Sobre el papel el sistema de pensiones español es muy generoso, pero sólo para quienes logran cumplir con todos y cada uno de los requisitos que la reciente reforma de las pensiones ha ido endureciendo. Nuevamente nos encontramos con otro escalón más de las desigualdades sociales. El sistema se hace más cuesta arriba para los jóvenes que llevan acumulando desventajas por las continuas entradas y salidas del mercado de trabajo y para un alto porcentaje de mujeres.
En el tramo final de la vida, la última broma pesada la encontramos al constatar que la situación socio-económica se traduce también en más años de vida, y por tanto más años de cobro de la pensión para unos pero no para otros. Y entre los supervivientes las diferencias de renta se acentúan entre unas personas jubiladas y otras, acumulando así el conjunto de desventajas que se han ido recopilando a lo largo de la vida, como revela la Encuesta Financiera de las Familias que elabora el Banco de España.
¿Se puede enderezar esta situación?
Sí. Existen varios momentos a lo largo de la trayectoria de vida en que es posible intervenir para reducir la altura acumulada de las vallas que tienen que afrontar los sectores más desfavorecidos.
El primero de ellos sería la entrada en el sistema educativo y el desarrollo del alumnado en los primeros ciclos del mismo. Pero -al contrario- y según se puede leer recientemente en el diario El País el sistema educativo segrega y amplía las diferencias en función del origen social.
El segundo momento de intervención lo brinda la posibilidad de gestionar activamente la ayuda a los trabajadores en la mejora de sus perfiles laborales y la búsqueda de un puesto de trabajo adecuado. Pero esta labor, que en España debería realizar el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), brilla por su ausencia.
Finalmente, se debería contar con un sistema de protección social, pieza central de los Estados occidentales del Bienestar, cuyo fin es paliar esas diferencias socio-económicas. Según un informe publicado hace tres meses por la Fundación la Caixa, en comparación con otros sistemas europeos de protección social “el sistema español es más pequeño, se centra más en las prestaciones económicas contributivas y es menos redistributivo”.
Sin comentarios.
El próximo post dentro de dos martes, el 26 diciembre 2023
