Las Nuevas Tecnologías y nosotros (y 2)

El post de hace dos martes remitía a éste las propuestas de acción para navegar por el mundo internet.

Hay tres niveles sobre los que podemos y debemos intervenir, con diferentes alcances y herramientas necesarias: a nivel global, a nivel de una sociedad concreta, y a nivel personal y de relaciones en nuestro entorno directo.

La ordenación mundial del espacio internet

Cuando se descubre un nuevo territorio, nos encontramos con un espacio desconocido y sin normas. Es habitual que empresas privadas -permitidas y/o apoyadas por los gobiernos- inicien la “colonización” del terreno.

Europa descubrió las posibilidades comerciales con el Extremo Oriente en el Siglo XVII y las Compañías de las Indias Orientales holandesa y británica fueron las gestoras y a la vez beneficiarias del flujo comercial, sin más freno que la mutua rivalidad.

Durante la llamada “conquista” del Oeste, mientras el ejército norteamericano iba exterminando a las tribus indias nativas se abría un espacio regulado por las “leyes” del Salvaje Oeste (Wild West). Durante mucho tiempo el único orden fue el establecido a su manera por una empresa privada, la Agencia Pinkerton, que llegó incluso a ser contratada por el Presidente Lincoln para su protección personal. Ni qué decir tiene que la actuación de “los Pinkerton” fue degenerando hasta incorporar comportamientos mafiosos.

Hoy estamos metidos en el nuevo mundo internet, dominado por las grandes tecnológicas y beneficiarias en este espacio sin ley.

Recientemente el gigante Meta (dueño de Facebook, Instagram y WhatsApp) anunció que dejaría de supervisar los contenidos (bulos y otros mensajes inapropiados) de sus redes sociales y, al igual que X-Twitter, “delegaría en los usuarios” la incorporación de notas o correcciones a las publicaciones. Lo asombroso no es tanto que deje de hacerlo como que la única labor de control no lo realizaran los poderes públicos sino que está encomendada a los dueños -privados- de las redes sociales. Es como si la Agencia Pinkerton anunciara que ni siquiera ella iba a perseguir a los forajidos del Salvaje Oeste y que cada uno haga lo que quiera… o pueda.

Sólo existen tímidos intentos regulatorios en la Unión Europea: queda mucho por hacer y la presión social no debería relajarse.

A nivel de nuestra sociedad

Algo que debería cortarse de raíz -y está más a nuestro alcance- es la proliferación de la ciber-burocracia, especialmente en las Administraciones Públicas: un muro que los organismos supuestamente al servicio del ciudadano levantan para impedir o dificultar hasta lo increíble el acceso a los mismos. Tanto la AIRef como la Fundación Civio y otras entidades siguen denunciando la opacidad de los algoritmos utilizados para la solicitud de ayudas públicas y otros trámites. No es de recibo.

También las empresas privadas. Una empresa como Majorel trató de imponer una página web como única vía de interlocución de sus trabajadores con el departamento de Recursos Humanos, eliminando el contacto personal e incluso el correo electrónico. Tal abuso fue frenado por una Sentencia de la Audiencia Nacional. Irónicamente, la empresa había sido galardonada por ser una “compañía innovadora dedicada a la atención al cliente”.

En nuestro entorno personal

Hay que decirlo desde el principio: internet y el mundo digital brindan posibilidades y soluciones que en algunos casos son ya prácticamente imprescindibles y que pueden mejorar muchos aspectos de nuestra vida. El BOE, por ejemplo, ya sólo se puede consultar vía internet.

Para combatir la dañina dependencia a las reglas impuestas por los gigantes de internet no creo en soluciones tipo “ayuno intermitente” (= no usar el móvil durante equis días). Se puede utilizar el móvil, e internet en general, todos los días bajo otras formas basadas en dos reglas.

La primera es mantener a raya nuestras fuentes de información. Las redes sociales están diseñadas como cajas de resonancia que amplifican contenidos redundantes para retenernos el mayor tiempo posible, haciéndonos creer que “nos estamos informando”. El scrolling y otros diseños algorítmicos actúan en esa misma dirección. En vez de dejar que internet y las redes sociales nos coloquen información a la medida, debemos tomar la iniciativa y hurgar de forma autónoma en fuentes varias (“una dieta equilibrada”).

La segunda regla es priorizar el contacto directo con las personas -incluyendo llamadas telefónicas- sobre los pseudo-contactos digitales.

En el caso extremo dejamos a un interlocutor cara a cara con la palabra en la boca para concentrarnos en un contenido que aparece en nuestro móvil: es el llamado Phubbing. Pero alguna entidad bancaria lo ha encuentrado “simpático” y lo incluye en su publicidad. Sin comentarios.

Cuando sustituimos las relaciones personales por los “likes” y los seguidores en internet estamos cayendo en la trampa de los gigantes tecnológicos. La vía internet tiene sentido si refuerza la vía directa personal, no si la sustituye.

Ocurre que internet “llena” algunos vacíos de nuestra vida personal y social que habría que llenar con otras estrategias.

El próximo post dentro de dos martes, el 4 febrero 2025

Las Nuevas Tecnologías y nosotros (primera parte)


Las Nuevas Tecnologías de la Información (NTI), de las que hace cincuenta años desconocíamos su existencia, parecen hoy en día ser un elemento imprescindible de nuestra vida cotidiana, personal y social. ¿Qué ha cambiado?

Una brevísima historia

Es sabido que la investigación que creó las bases del mundo internet fue financiada con dinero público procedente de la administración federal norteamericana. Aprovechando ese esfuerzo, cuando llegó el momento de desarrollar aplicaciones industriales la iniciativa privada pudo entrar en juego, de forma que actualmente las grandes grupos tecnológicos -norteamericanos- han crecido hasta convertirse en las mayores empresas del mundo, sólo amenazadas por compañías chinas como Xiaomi o Huawei.

¿Progreso económico?

Se supone que la expansión de cada nueva tecnología aumenta la productividad de la economía en su conjunto y además se espera que, aunque todo cambio tecnológico destruye puestos de trabajo, también creará otros. Según cada sector socio-económico el impacto será desigual y el ritmo de destrucción/creación de empleos no tiene que ser el mismo. Pero si se ponen en marcha políticas compensatorias adecuadas la economía y la sociedad en general saldrían beneficiadas sin dejar a nadie atrás.

Los ganadores del Premio Nobel de Economía de 2024, Daron Acemoglu y Simon Johnson, han mostrado que los efectos de este proceso dependen de quiénes dirigen las inversiones tecnológicas y con qué propósito. En su libro Poder y progreso. Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad muestran cómo en ausencia de concertación social, el grueso de las aplicaciones derivadas de las NTI se están dirigiendo ha automatizar y eliminar puestos de trabajo, con el objetivo de ahorrar costes -sin que la productividad de la economía haya crecido significativamente. Tampoco se ha favorecido la expansión de nuevas actividades productivas ni el aumento de la productividad marginal de los empleados. En muchos casos más que la desaparición de puestos de trabajo el resultado está siendo la reducción de los salarios reales y la precariedad laboral.

En algunos casos la aplicación de NTI ha trasladado al consumidor o usuario las tareas que antes desempeñaban los trabajadores, en una suerte de economía de auto-servicios, pero sin aumento del bienestar del conjunto de la sociedad.

Acemoglu y Johnson afirman con rotundidad que estos procesos se pueden llevar a cabo de otro modo y que no es la tecnología en sí sino la forma en que se aplica la que produce resultados diferentes.

Y nosotros

Pero también hay una dimensión más personal y cotidiana.

Durante un tiempo, los sectores progresistas creyeron que el desarrollo tecnológico que traía internet era, por sí mismo, el heraldo de un nuevo espacio de libertad donde podíamos hacer oír nuestra voz y conectar con otros miembros de la sociedad, en cualquier rincón del mundo (como algunos anuncios que nos prometen una “fraternidad universal”).

Esta utopía necesita soportes: las redes sociales (nuestros contactos y lo que atrae nuestra atención), el contenido de nuestros correos, el rastro que dejamos al movernos por internet, las búsquedas que hacemos, etc. Todos estos soportes son propiedad privada de empresas cuyo objetivo es saber todo de nosotros, incluso más allá de lo que conscientemente sabemos de nosotros mismos. Un auténtico “Gran Hermano” comercial (el sistema chino de ciber-vigilancia policial va incluso mucho más allá).

¿PARA QUÉ? Para alimentar los almacenes de big data necesarios para la Inteligencia Artificial y para poder colocarnos publicidad totalmente personalizada (micro-targeting).

¿CÓMO? Absorbiendo nuestra atención y aplicando algoritmos que nos retienen el máximo de tiempo en páginas web, buscadores o redes sociales.

¿POR QUÉ? Porque nuestro entorno social, laboral, político, mediático y sanitario dispara nuestra ansiedad y el mundo internet nos brinda una suerte de bálsamo momentáneo, pero que también nos engancha: sí, como una droga.

El engaño en el mundo digital

El sueño de libertad se plasma en la producción colectiva de materiales que lanzamos a internet, como si fuéramos productores de información que comunicamos al mundo [un ejemplo es este mismo blog]. En 2004 Dan Gillmor publicó We the Media, pretendiendo que la masa de blogueros, tuiteros, influencers, etc. íbamos a sustituir a los medios de comunicación tradicionales: “nosotros somos los medios de comunicación”.

Años antes el sociólogo canadiense Marshall McLuhan ya avisó que en el mundo actual lo importante no es el contenido sino el medio: “El medio es el mensaje”, es decir la forma de un medio se incrusta en cualquier mensaje que transmita o transporte, de modo que el medio influye en cómo se percibe el mensaje: la transmisión por internet por ejemplo.

Y el mundo digital nos sigue enganchando porque se parece -sólo se parece- al mundo real, pero diseñado a nuestra medida y gustos. En paralelo el impacto en nuestros procesos cerebrales empieza a preocupar de forma creciente en la opinión pública.

¿Se puede hacer algo?

. Pero esto será objeto de la siguiente entrega de este blog.

El próximo post dentro de dos martes, el 21 enero 2025

In-movil(izados)

De la libertad a la hiper-vigilancia

Cuando el mundo internet irrumpió en nuestra sociedad muchos lo saludaron como el reino de la libertad absoluta, en el que se podía decir y hacer cualquier cosa.

Nada más ingenuo. Autores como Jonathan Zittrain ya en 2008 avisaron de hacia dónde iba ese mundo, en un libro -no traducido al español aunque descargable gratis aquí– titulado El futuro de internet y cómo pararlo.

En pocos años hemos entrado en el reino de la hiper-vigilancia y el hiper-control, cuyos principales agentes comentaré más abajo.

Mecanismos de control: los smartphones y el secuestro de la atención

La herramienta básica de control en el internet actual son los teléfonos móviles. Tienen una doble “ventaja”. Por un lado son personales y personalizados, de modo que asumen nuestra identidad: carnets, tarjetas sanitarias, correos electrónicos identificadores, receptores de mensajes privados, etc. Pero además integran un número cada vez mayor de actividades personales: redes sociales, correos y mensajes, gestiones con las Administraciones Públicas y entidades privadas, noticias, música y entretenimiento en general, avisos oficiales y un largo y creciente.

Las grandes empresas tecnológicas lo saben y lo fomentan. Son básicamente empresas de publicidad que a cambio de facilidades gratuitas y semi-gratuitas capturan todos los datos posibles de nuestra persona y nuestra actividad, para así poder vender a los anunciantes unos perfiles cada vez más ajustados de los potenciales compradores de sus productos o servicios. Es el micro-targeting. Aquí aparecen Alphabet (Google), Meta (Facebook), Microsoft, Apple (iPhone), etc. en una dura competencia para captarnos o capturarnos. Así por ejemplo Alphabet nos ofrece el buscador -de términos, imágenes, videos o sonidos-, los mapas, el correo, el calendario, el traductor, etc. en un conjunto cada vez más integrado de aplicaciones y así poder recoger nuestros contactos, preocupaciones, expresiones o intereses para acabar sabiendo de nosotros más que lo que sabemos nosotros de nosotros mismos.

Pero estas aplicaciones y los algoritmos que regulan las redes sociales están diseñados para fomentar cada vez más su uso y tener capturada nuestra atención de forma constante, como bien describe el -por otra parte polémico- escritor Johann Hari en su reciente libro ”El valor de la atención. Por qué nos la robaron y cómo recuperarla”. Esos algoritmos además acentúan la polarización de opiniones en las redes sociales, como instrumento de captura de nuestra atención y nuestro tiempo.

Un espacio público en manos privadas

La realidad es que lo que antes era comunicación pública y protegida por la legislación vigente, ahora ha pasado a una gestión privada: del servicio de Correos a gmail, hotmail y otros; de las relaciones libres entre personas a las redes sociales que administran bajo su propio criterio lo que se puede o no decir o quiénes pueden tener acceso a las mismas.

La situación se hace aún más grave cuando las Administraciones Públicas en España llevan años levantando un muro de ciber-burocracia que castiga de forma especial a las personas y hogares vulnerables. Se llega al extremo de conceder o no ayudas sociales basándose en algoritmos secretos que la Administración se niega a desvelar argumentando “propiedad intelectual”, tal y como ha denunciado de forma reiterada la Fundación Civio.

La tríada de vigilantes

El ciber-espacio tiene la virtualidad de ser fácilmente vigilado por los tres “gran hermanos”: los gobiernos, los ciber-delincuentes y las empresas que mercantilizan nuestros perfiles de usuario.

El caso más extremo de vigilancia gubernamental es el de la República (¡!) Popular (¿?) China, que mantiene a sus 1.400 millones de habitantes en una “jaula invisible”.

Sobre los ciber-delincuentes no hace falta dar muchas explicaciones.

La comercialización de nuestros datos de ciber-comportamiento cubren dos áreas principales. La primera son los datos usercentric:

  • Ubicación geográfica y trayectoria de movimiento
  • Historial de navegación web y uso de aplicaciones
  • Tiempo de permanencia en aplicaciones (apps) o sitios web
  • Interacciones en redes sociales y contenido compartido
  • Comportamiento de compra en línea, incluyendo frecuencia, monto gastado y productos comprados
  • Patrones de uso del teléfono, como horas de uso, patrones de sueño y niveles de actividad física
  • Datos demográficos
  • Preferencias de consumo y opiniones expresadas en línea

La segunda área son los datos site-centric referidos a la actividad dentro de un sitio web o aplicación:

  • Número y duración de visitas
  • Páginas visitadas
  • Clics en enlaces
  • Productos vistos
  • Productos agregados al carrito de compras
  • Carritos abandonados
  • Proceso de pago y conversión

Como concluye este análisis desarrollado por el Instituto de investigación de mercados netquest, “es así como esta poderosa combinación de datos permite a las agencias brindar una visión completa y detallada del comportamiento del consumidor a sus clientes, mejorando su comprensión en tiempo real”.

Quizá de vez en cuando podríamos descansar de teléfono móvil y dedicar nuestro tiempo y nuestra atención más al mundo analógico.

El próximo post dentro de dos martes, el 2 mayo 2023

Digitalización: ¡No les dejemos atrás!

Hablando sobre los mayores, pero sin los mayores

De pronto nos hemos dado cuenta del gran número de personas por encima de los 65 años en nuestra sociedad. Nos lo ha recordado el vergonzoso número de fallecidos habidos en las residencias de mayores durante la actual pandemia.

Sin embargo ya antes de la pandemia, la presencia de tantas personas mayores y su empecinamiento en seguir viviendo -los demógrafos hablan de «esperanza» de vida- era señalada con el dedo como la «causa» de la crisis del sistema de pensiones.

Pero también hay quien ve en la amenaza una oportunidad… de negocio: la llamada Silver Economy o Economía Plateada. Un reciente informe encargado por la Comisión Europea define la Silver Economy

«como la suma de toda la actividad económica que atiende las necesidades de las personas de 50 años o más, incluidos los productos y servicios que compran directamente y la actividad económica adicional que genera este gasto. (…) abarca una sección transversal única de actividades económicas relacionadas con la producción, el consumo y el comercio de bienes y servicios relevantes para las personas mayores, tanto públicas como privadas«

European Commission The Silver Economy (2018, p.6)

Es decir, de ser una molestia, la población mayor puede pasar a ser también una oportunidad de negocio: seguros y cuidados sanitarios, turismo «silver» tipo IMSERSO, hipotecas inversas y un largo etcétera.

A todo esto, ¿alguien se ha preguntado de quién estamos realmente hablando y qué es lo que quieren estas personas?

Distinguiendo situaciones y colectivos de mayores

El primer error es hablar de mayores como un conjunto homogéneo de personas con idénticos problemas, aspiraciones y capacidades. La mejora de la cantidad y calidad de los años de vida -sí es una mejora, no un problema- se traduce en que muchas personas mayores mantienen un alto nivel de participación y aportación a la sociedad en la que viven: experiencia vital y laboral, visión de conjunto de los problemas, capacidad de asimilar y utilizar las nuevas tecnologías, colaboración y solidaridad intergeneracional…

Más que de tramos de edad, deberíamos tener en cuenta las diferentes generaciones de personas mayores (los demógrafos hablan de cohortes). En general, por encima de los ochenta años de edad las personas han tenido escasa oportunidad de formarse y experimentar con la revolución de las nuevas tecnologías: no son «nativos digitales», con consecuencias terribles que señalaré más adelante.

Las situaciones personales también son diversas. Tómese como ejemplo el de muchas mujeres cuyo trabajo a lo largo de la vida se ha centrado en el hogar o en el negocio familiar, con escasa presencia en las relaciones sociales más allá de ese entorno, aislamiento que se agrava en el mundo rural.

La revolución digital, ¿para todos?

Según el Código Civil (artículo 6.1) «la ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento». Pero para no ignorar esas leyes no nos queda otro camino que el acceso al BOE exclusivamente vía internet. Y así un creciente número de informaciones, servicios y trámites como gestionar nuestra cuenta corriente del banco, pedir cita médica o hacer la declaración de la renta.

La digitalización ha venido para quedarse. Pero si se deja a su evolución «espontánea» supone de hecho una marginación y exclusión progresiva de segmentos extensos de personas mayores, en particular en zonas rurales y entre los mayores de ochenta años.

Este proceso supone:

  • la desaparición de la atención personalizada y «cara a cara» -incluso por vía telefónica- para el acceso a servicios públicos y privados: cierres de oficinas bancarias, traslado a internet de trámites con las Administraciones Públicas, etc.
  • la exigencia de una infraestructura tecnológica cada vez más sofisticada: fibra óptica en el hogar, Wi-Fi, terminales digitales (ordenadores, tablets, smartphones…)
  • la necesidad de una familiarización creciente con los programas y aplicaciones informáticos: software en constante actualización, exposición al ciber-crimen, «letra pequeña» de las páginas web y aplicaciones (cookies, etc.), redes sociales, etc.

Las implicaciones son alarmantes: exclusión social de las personas mayores, aumento de la soledad no deseada, exposición creciente a acciones delictivas de todo tipo, paternalismo social hacia los mayores e incremento de su dependencia

No les dejemos atrás

Si cerramos oficinas bancarias, imponemos pagos por el uso de carreteras incluyendo las que comunican los entornos rurales con «la civilización», exigimos unas destrezas avanzadas para descargarnos infinidad de «Apps» en nuestro «smartphone«, etc. ponemos a la generación de los 80 y más años no ya en «riesgo de exclusión social» sino que, lisa y llanamente, los excluimos de la sociedad.

Resulta jocoso que haya quien proponga que los mayores se inicien en internet por medio de ¡cursos online! Igual que hablamos de pobreza energética hay que hablar también de pobreza digital como problema social a afrontar, considerando no sólo los costes y la infraestructura necesaria sino también la familiarización de los NO nativos digitales con este nuevo entorno.

El próximo post dentro de dos martes, el 8 junio 2021