La trampa de las redes sociales

Por qué estamos enganchados

En otro lugar comentaba cómo las redes sociales llenan de manera superficial y distorsionada el gran vacío de soledad de las sociedades actuales. La soledad no es un fenómeno que se circunscriba a las personas mayores o se dé en entornos en los que las estructuras familiares tengan menos importancia, como puede ocurrir en los países anglosajones. De hecho un reciente estudio detectaba que en España uno de cada cuatro jóvenes entre 16 y 29 años declaraban sentirse en una situación de soledad, situación que se agravaba más en el caso de las chicas. Otros estudios apuntan en la misma dirección.

Los años de confinamiento debido a la pandemia del COVID han ahondado más aún en esta situación, en particular en la generación que en su desarrollo personal y social debería haber estado explorando el mundo de las relaciones sociales y la creación de redes de amistad durante esos años: una etapa que difícilmente puede experimentarse a otras edades.

Síndrome FOMO

No te lo puedes perder”; “Lo más visto”; “De lo que todo el mundo habla”; “Las redes echan humo”… Estas proclamas y otras similares que recibimos diariamente nos advierten que no nos podemos quedar fuera de tal o cual corriente de comentarios supuestamente masivos. Es el síndrome del miedo a quedarse al margen de lo que aparentemente está sucediendo en el mundo, de quedarse fuera de juego cuando el resto de la humanidad va en otra dirección. El síndrome FOMO -por sus siglas en inglés (“Fear of missing out”)- sería «una aprehensión generalizada a que otros puedan estar viviendo experiencias gratificantes de las que uno está ausente». Y se nos dice que la única forma de no quedarnos al margen es estar metidos hasta las cejas en la redes sociales, ser seguidores (“followers”) de todos los famosos e “influencers” que podamos.

Los medios de comunicación tradicionales no son ajenos

A esta exagerada importancia otorgada a las redes sociales contribuyen también los medios de comunicación tradicionales, en particular las cadenas de televisión. Hay programas (“Zapeando”, “Aruser@s”, etc.) que se dedican en buena parte a comentar con tono jocoso pequeños clips procedentes de TikTok o redes similares: vídeos de “gatitos”, de niños o adultos dándose un buen golpetazo, etc. El contexto o la procedencia de lo que se muestra no importa. Lo principal es que se trata de un filón inagotable.

De las risas a los haters

En el otro extremo una práctica que parece extendida es criticar sin piedad a una persona más o menos famosa. Es la ciber-inquisición, a veces practicada por diversas corrientes “identitarias”. Pero no hay “celebrity” que no tenga un número sustancial de odiadores o haters.

Un caso reciente lo hemos vivido alrededor del futbolista Álvaro Morata, como si un penalti fallado fuera más importante que no haber sido capaz la selección nacional de fútbol de adelantarse en el marcador durante los largos minutos de juego reglamentarios. Otra vez los medios de comunicación tradicionales amplificaron hasta la extenuación la marea de haters contra el futbolista, aunque estos mismos medios no fueron capaces de decirnos de cuántos haters se trataba. Lo que sí sabemos es que no hubo más que UN detenido.

Pero el impacto sobre la persona “señalada” por ciber-inquisidores y medios de comunicación no es baladí. En Corea del Sur, por ejemplo, la epidemia de suicidios de jóvenes actrices empieza a ser más que preocupante.

Nuestra mejor cara… y la de los demás

Quien participa en una red social lo hace en lo fundamental para “ver y que te vean”. Y la imagen propia que tratamos de transmitir no va a ser precisamente la foto más horrorosa que tengamos en el móvil, sino justamente lo contrario. Es un terreno en el que en comparación con el ejército de influencers, celebrities y pibones profesionales tenemos todas las de perder, por mucho que nos esforcemos. Pero ello no impide que nos sintamos deprimidos si el eco de nuestra imagen en la redes sociales sólo cosecha comentarios negativos o simplemente no positivos.

“Altamente vulnerable pero extremadamente rentable”

Hace tres meses Sarah Wynn-Williams, ex-directora de Políticas Públicas Globales de Facebook, testificaba ante un comité del Senado de EEUU sobre algunas de las prácticas carroñeras que la red social llevaba a cabo para aumentar sus ganancias.

Facebook anima a quienes están en su red a publicar un “selfie” como parte de su perfil. En el caso del segmento de chicas entre 13 y 17 años cuando se detectaba que habían borrado dicha foto, se infería acertadamente que se sentirían deprimidas o tristes. Entonces Facebook aprovechaba para informar a los anunciantes sobre los estados emocionales de las adolescentes para ofrecer, por ejemplo, productos de belleza. Según reconocían en el seno del propio gigante tecnológico se trataba de un grupo de personas que era “altamente vulnerable pero extremadamente rentable”.

El próximo post dentro de dos martes, el 22 julio 2025

¿Elecciones?: la casa por el tejado

El estallido de la corrupción en el PSOE tiene todos los ingredientes para convertirse en un caso paradigmático: dinero, sexo, poder, chantajes, comportamientos mafiosos, traiciones, grabaciones ocultas, investigaciones policiales, procedimientos judiciales, etc. cuyos detalles se nos van revelando poco a poco como en una novela por entregas. Ahora que se han puesto de moda las series de “true crime” una vez más se nos muestra que la realidad supera a la ficción. Sólo cabe esperar que lo que suele ser la guinda del pastel -el asesinato- no forme parte de este caso.

Por ahora hay un solo ganador: el universo mediático de la prensa, la radio, las tertulias televisivas, los creadores de memes, los de bulos, los comentaristas ingeniosos y/o sesudos de uno u otro bando, los vociferantes indignados, etc. Todos ellos han encontrado un auténtico filón que por ahora parece inagotable.

Lo que da de sí la alternancia en el gobierno

Al nivel de las propuestas para salir del atolladero la convocatoria de elecciones anticipadas es la “solución” que con más frecuencia se escucha. Hasta la Conferencia Episcopal apoya la propuesta.

El principal argumento en contra que ha esgrimido Pedro Sánchez es que no va a “entregar las riendas del país a una coalición del PP con Vox”. Curioso razonamiento cuando siempre se ha dicho que uno de los valores de las democracias sería permitir la alternancia en el poder. Sorprende además ese miedo a perder cuando las encuestas que publica el CIS dirigido por Tezanos señalan una ventaja creciente del PSOE sobre el PP.

La alternancia en el gobierno tiene en España un precedente histórico bien conocido: el llamado “Turnismo”. Sabido es que tras el fracaso de la 1ª República los partidos conservador y liberal, dirigidos por Cánovas y Sagasta, se turnaban en el poder amañando las elecciones para que el gobierno pasara del uno al otro, sin que la situación social y económica del país mejorara un ápice: más bien lo contrario.

¿Es que la alternancia entre PP y PSOE está suponiendo un beneficio para nuestro sistema político? En absoluto. Sus políticas económicas -las de verdad, no las de boquilla-, su (falta de) transparencia, su desprecio por los bienes públicos, su obstrucción a la participación política de los ciudadanos, etc. no se diferencian en lo esencial, como ya señalé en otra ocasión.

Y a nivel de prácticas corruptas estamos en la carrera del “tú más”, superando cada gobierno al anterior del bando contrario. Pero hay un aspecto incluso más preocupante de deterioro democrático: el desmontaje sistemático de la separación de poderes y colonización de los órganos de supervisión y contrapeso del poder político: el Banco de España, el Centro de Investigaciones Sociológicas, el Tribunal de Cuentas, la Fiscalía General del Estado, la composición del Tribunal supremo y del Tribunal Constitucional, etc. son otros tantos ejemplos de lo que Levitsky y Ziblatt señalan en su libro Cómo mueren las democracias.

La nefasta partitocracia

Hay quien achaca todos los males del sistema político al llamado “régimen del 78”, es decir el texto constitucional de nuestra democracia. En realidad la fecha del inicio de los problemas de verdad hay que situarla años después cuando sucesivas Leyes Orgánicas concentraron todo el poder en los partidos políticos, convertidos en simples máquinas electorales al servicio de líder de turno:


“El excesivo partidismo existente en el aparato estatal se corresponde con un evidente raquitismo de los partidos a nivel social; es decir, la pérdida de su posición en la sociedad civil se compensa con su decisiva presencia en las principales instituciones del Estado, y su falta de financiación privada con la financiación pública, principalmente de índole electoral y con criterios electorales, ya que se trata de partidos de electores»

A.X. López Mira El sistema político español (p.76)

Como también dijo Jordi Sevilla, antiguo ministro socialista, «el problema de España no es el bipartidismo, sino la partitocracia». Y no estamos hablando sólo de PP y PSOE, sino también de los “nuevos” partidos y los concentrados en Comunidades Autónomas específicas. Porque ¿qué partido está dispuesto a renunciar a ese poder, una vez alcanzado?

Por eso, si no hay transformaciones radicales en la forma como se configura el reparto de poderes y la participación de la ciudadanía en la política, ir a unas nuevas elecciones -sin más- es ahondar en el problema y comenzar a construir la casa por el tejado.

En un excelente libro David Van Reybrouck (Contra las elecciones. Cómo salvar la democracia) señala cómo las últimas elecciones confirman el auge de los populismos basados en el miedo y una amplia desconfianza hacia las élites, y se han convertido en concursos de popularidad en lugar de ser un contraste razonado de propuestas. El objetivo de las elecciones es entonces excluir a la gente del poder mediante la selección de una élite que les gobierne.

El próximo post dentro de dos martes, el 8 julio 2025

La quiebra político-social

Hace ya casi treinta años el sociólogo francés Alain Touraine (Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2010) nos avisaba que a diferencia de como se estructuraban las sociedades tradicionales o la sociedad industrial de hacía dos siglos, en el momento presente existe una desconexión radical entre el mundo de la economía -cada vez más globalizada y gobernada por acciones fuera de nuestro alcance- y las estructuras sociales locales en las que vivimos, totalmente alejadas de aquel mundo. Ya no tenemos un papel que defina lo que somos en relación al entorno económico y buscamos identificarnos bajo otras dimensiones: ”Cuanto más difícil resulta definirse como ciudadano o trabajador en esta sociedad globalizada, más tentador es hacerlo por la etnia, la religión o las creencias, el género o las costumbres”, señala Touraine.

La economía pasa “por encima de nuestras cabezas” y ya no somos personas que nos identificamos con nuestro papel como trabajadores, empresarios o en relación con la actividad económica.

Se produce así un divorcio entre el mundo de la economía y el de las identidades culturales. ¿A qué intervención podemos aspirar para cambiar el estado de la economía globalizada si no tenemos relación con otros colectivos perjudicados, ya que no son de nuestra etnia, de nuestra forma de pensar, de nuestro género o de nuestro origen geográfico?

La macroeconomía y “nuestra” microeconomía

A esta ruptura se suma más recientemente la que existe entre la gran economía y la precariedad en la que está inmersa una parte creciente de la población. De nada nos consuela que la economía “vaya como un tiro” si tenemos problemas para llegar a fin de mes o constatamos que nuestro progreso social está truncado. Como señala la economista Mariana Mazzucato “los datos macroeconómicos pueden ser buenos, pero cuando los salarios se estancan, los empleos son precarios, la vivienda es inaccesible y los servicios públicos se deterioran, es normal que la gente se rebele. Y si no hay un proyecto claro y esperanzador desde el progresismo, el fascismo llena ese vacío”.

Un tercer divorcio, entre el juego político y la realidad socio-económica

En España, pero también en la mayoría de los países occidentales, la vida y la dinámica político-electoral funciona cada vez más a la espalda de la realidad cotidiana de sectores sociales cada vez más extensos. ¿Qué tiene que ver el cruce de acusaciones de corrupción, de judicialización de la práctica política, de refriega de insultos, condenas e indignatitis, con la economía de las familias y los jóvenes que no pueden aspirar a trabajos cualificados, viviendas dignas o pensiones suficientes?

Ningún partido en el panorama político español establece puentes reales -no propagandísticos- entre esa situación social y propuestas y programas reales que se elaboren, discutan y aprueben en las instancias parlamentarias. Cuando las formaciones políticas aluden a problemas “sociales” se utilizan como meras armas arrojadizas contra el otro sin mostrar interés real por entrar en la raíz de los asuntos más allá de la bronca correspondiente. Cuando ya no tienen una utilidad mediática o electoralista desaparecen de la agenda pública de temas a tratar y menos aún de resolver.

Dejados atrás

Pero ignorar los problemas no significa que no existan y menos aún que no se estén agudizando y afectando a colectivos más numerosos. No cabe enumerar aquí las cuestiones candentes y sin resolver, ya que son bien conocidas por la mayoría de nosotros.

Pero sí es importante tener conciencia que el sentimiento de muchas personas de estar siendo dejadas atrás está ahí, en especial cuando creen ver -casi siempre con razón- que las ayudas y planes de apoyo se orientan más en función de esas identidades culturales y no por la precaria situación socio-económica pura y dura vivida, sin etiquetas identitarias añadidas.

Cuando los partidos políticos actuales en España están construidos como meras maquinarias electorales y de confrontación con el otro, la relación entre el juego político y la realidad social está pendiente de un hilo a punto de quebrarse.

Pero aún. Las únicas ofertas electorales que trazan una relación entre la precariedad social y una supuesta alternativa política que expulse a las castas y élites de arriba -dedicadas al mero juego político- son los populismos en los que se basan los extremismos de derecha o de izquierda. Sabemos que lo que prometen es mentira y en realidad sólo traen destrucción. La actuación de Donald Trump en el arranque de su segundo mandato es un buen ejemplo. Pero estas “propuestas” cuentan con apoyos, debido a que las alternativas que se dicen democráticas han ido dejando a su espalda un vacío y una amargura que son caldo de cultivo para los populismos, aunque después nos indignemos y nos rasgemos las vestiduras.

¿Podemos “remendar” ese roto político/social apunto de la quiebra? Sí, pero no empecemos otra vez la casa por el tejado electoralista.

El próximo post dentro de dos martes, el 24 junio 2025

Pensiones: ¡Peligro, campo minado!


Es sabida la aguda situación en la que se encuentra nuestro estado del bienestar: crisis demográfica, envejecimiento de la población, cuidado de la población dependiente, crisis de las pensiones, etc.

Todos los enfoques coinciden en que estamos en un momento crítico, que se agravará en próximos años si no se abordan las cuestiones pendientes. También se alude a la necesidad de alcanzar un nuevo contrato social, que tenga en cuenta distintas dimensiones sociales: el reparto de la riqueza, la protección de la población vulnerable, las diferencias de género, la protección del medio ambiente… y la dimensión intergeneracional.

Desde este último punto de vista parece que hay cierto consenso en la definición del problema y en la necesidad de ese nuevo contrato social intergeneracional. Es decir el qué y el cómo.

Lo que hay más dudas es en el por qué. Un contrato social (implícito o explícito) supone que cada parte cede algo para alcanzar un nuevo equilibrio en el que todas las partes encuentran un acomodo suficiente para sus intereses. Entre las generaciones de mayores y de jóvenes no está claro en qué -y por qué- cederían los primeros para favorecer a los segundos y al contrario.

Para “resolver” esta cuestión se invoca el diálogo intergeneracional.

Diálogo intergeneracional: ¿de qué vamos a hablar?

Hay que establecer un diálogo intergeneracional”, se dice. Lo que no está tan claro es el contenido de ese diálogo. Desde entidades y webs dedicadas a personas mayores se ofrece compartir con los jóvenes la experiencia vivida –la “sabiduría” acumulada– y contar con el “talento senior”. También se propone alojar jóvenes en domicilios de mayores y así crear un “espacio de convivencia”. Otras iniciativas consisten en visitas de mayores a centros de Enseñanza Primaria y Secundaria, creando una suerte de sesiones entre “abuelos” y “nietos”. Etc.

Lo que no aparece en el “temario” son cuestiones de economía, de estado del bienestar, de pensiones futuras, de mercado de trabajo, de acceso a la vivienda, etc.

Bendita” juventud

En los países desarrollados, en particular en España, la juventud ha experimentado en los últimos quince años dos golpes brutales.

  1. La crisis económica de 2008 disparó las cifras de desempleo hasta niveles insoportables para las generaciones jóvenes, sobre todo en España. Pero es que además los jóvenes son el único grupo de edad que no ha recuperado el nivel salarial desde la crisis de 2008.
  2. La pandemia de 2020 ha dejado -otra vez entre jóvenes y adolescentes- un impacto de malestar emocional (ansiedad, depresión, soledad…) del que a fecha de hoy no se han recuperado. Ese vacío e incomprensión por parte del resto de la sociedad ha sido interesadamente ocupado por las grandes empresas tecnológicas y sus redes (a)sociales.

En realidad las nuevas generaciones tienen unas perspectivas más oscuras que las que les han precedido. Pero no es una cuestión de edades, sino de desigual reparto de la riqueza también dentro de cada generación.

Hablando de pensiones: ¿hay que dejar de pagarlas?

El catedrático norteamericano Scott Galloway ha protagonizado polémicos titulares en la prensa española sobre el pago de pensiones.

  • Según ABC (13 mayo 2025) quiere eliminarlas: “Un profesor universitario aboga por dejar de pagar las pensiones a los jubilados: «Son la generación más rica de la historia»”.
  • La Vanguardia (12 mayo 2025) baja algo más el tono: “El polémico profesor universitario que aboga por suprimir gran parte de las pensiones a las personas mayores: «Algo no está funcionando bien»”.
  • infobae (13 mayo 2025) es un poco menos drástico: “Un profesor universitario propone recortar las pensiones a los jubilados: «No deberían cobrarla porque no la necesitan»”.
  • En fin, El Economista (12 mayo 2025) acota más la cuestión: “Un profesor universitario sugiere dejar de pagar las pensiones a un tercio de los jubilados: «Es la generación más rica de la historia»”.

En realidad Galloway dice que entre un 10 y un 30% no deberían recibir la pensión porque no la necesitan.

(¿Para qué estropear un titular sensacionalista?)

En el otro extremo una publicación denunciaba (¿?) al más puro estilo de discurso de odio (“hate speech”) que la juventud española estaba siendo atracada por un electorado envejecido.

Pero el sistema actual de pensiones es notoriamente injusto, no sólo respecto a las futuras generaciones sino entre los pensionistas actuales: más de la mitad de los jubilados cobran una pensión por debajo del salario mínimo. Según el Banco de España, rentas y riqueza en la población mayor presentan diferencias mucho más agudas que entre los jóvenes. Además, los ajustes se están haciendo endureciendo las pensiones futuras. Galloway tiene razón, aunque con porcentajes menores para España.

Blindar las Pensiones: ¿tal y como están?

Por eso discrepo de la propuesta de la Mesa Estatal por el Blindaje de las Pensiones (MERP) si sólo se piensa “blindar” el sistema sin reformarlo profundamente.

El próximo post dentro de dos martes, el 10 junio 2025

Reconquistando el mundo analógico

Agradezco de corazón a las personas que dedican unos minutos de su tiempo a leer las entradas de este blog; más aún a quienes además añaden un “me gusta” y más todavía a quienes se molestan en escribir un comentario.

Algún lector me ha dicho que, aunque no está de acuerdo con todo lo que escribo, muchos de los posts los discute con un grupo de personas cercanas. Esto para mí es música celestial, no tanto por haber sido leído sino sobre todo por poder aportar mi granito de arena al intercambio de ideas de un grupo de personas; y más aún viniendo este comentario de alguien que no coincide al cien por cien con mis puntos de vista.

Cuando les pregunto a mis hijos si han leído mi último post me contestan sorprendidos: “Por supuesto que no”. Pero esto no les impide ponerme un “like” en la única red social en la que publico cada entrega, porque añaden: “¿Para qué lo vamos a volver a leer si sus contenidos ya los hemos discutido contigo [en alguna sobremesa en casa]?”

Intercambiar opiniones diferentes merece la pena

Creo poder decir que tengo amistades y personas cercanas que cubren prácticamente todo el arco ideológico existente, desde la extrema derecha a la extrema izquierda. Cuando la discusión se entabla -a partir de una base de respeto al otro- siempre se descubre que la otra persona tiene razón en algo que tú no habías contemplado hasta entonces, o al menos que lo que defiende tiene un por qué que no habías tenido en cuenta y deberías añadir a tu enfoque para mejorarlo y completarlo.

Porque cuando comprendes por qué propugna lo que dice -aunque no tenga razón- cuentas con la oportunidad de hacer más sólida tu argumentación y remover obstáculos para que tu interlocutor entienda mejor lo que expones.

Tu planteamiento nunca va ser perfecto, incluso podría ser equivocado, por lo que un contraste con otro punto de vista siempre será beneficioso: eso sí, siempre que contemos con la capacidad de rectificar nuestra manera de ver las cosas.

Cara a cara

Realmente esta situación sería la ideal: poder intercambiar cara a cara las cuestiones que nos preocupan y que deberían ser objeto de una reflexión colectiva. En ese sentido, he tenido la suerte de ser invitado por alguna entidad en impartir una pequeña conferencia cara a cara, titulada “¿Nos quieren digitales?”. A veces la audiencia ha sido de cuatro personas. Habrá quien piense: “¡Vaya forma de perder el tiempo!”. Yo no lo creo así. Hablar de estos temas en pequeño grupo permite una mayor profundidad al intercambiar puntos de vista, además de una cercanía entre personas que facilita el flujo de las ideas. Sin que ello quiera decir que renuncies a aspirar a poderlo exponer a un mayor número de personas.

Nos quieren digitales

Cuando no podemos debatir de forma presencial, el mundo internet intenta llenar ese vacío en el tiempo y en el espacio: nuestro ciber-mensaje puede llegar más allá del momento presente en el que lo emitimos y mucho más allá de las personas con las que estamos reunidas en ese momento. El problema es que en el mundo internet, que parece similar al mundo analógico, perdemos la interacción real entre personas y el escenario se llena de monólogos inconexos y a la postre en un diálogo de besugos.

Esa apariencia de realidad con la que nos tienta el mundo digital no es inocente: sabemos que las grandes tecnológicas nos quieren digitales y -si fuera posible- solamente digitales, ya que internet es una red pero de pescar: nuestros datos, nuestros sentimientos, nuestras preocupaciones, nuestros estados de ánimo, etc. con objeto de alimentar el Big Data y a la vez desplegar el micro-marketing.

¿Ciber-activismo?

¿Sirve internet para el cambio social? En los primeros momentos muchos comentaristas recibieron la aparición del mundo internet como un nuevo espacio de libertad, de acción colectiva y de oportunidad de cambio social y político. Páginas web como change.org son consideradas como el kilómetro cero de la protesta y del cambio para las mejoras sociales. Pero la realidad ha mostrado que internet se está convirtiendo en más bien lo contrario.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, recientemente elegido Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, señala que lejos de esa masa decidida de personas que al movilizarse genera poder y cambio, en internet lo que hay son enjambres digitales “a los que les falta decisión. No marchan. Se disuelven tan deprisa como han surgido. En virtud de esta fugacidad no desarrollan energías políticas. (…) Se precipitan solo sobre personas particulares, en la medida en que las comprometen o las convierten en motivo de escándalo”. Esto es ciber-bulling, no la movilización para que cambien las cosas.

Quizá por eso debemos reconquistar el mundo analógico y no darlo por superado.

El próximo post dentro de dos martes, el 27 mayo 2025

Cómo se mantienen los autócratas… y mueren las democracias


Tradicionalmente se ha definido un autócrata como una persona que concentra todo el poder, sin ningún tipo de sujeción a restricciones legales externas, ni a mecanismos regulativos de control popular. Tal sería el caso de los monarcas tradicionales o los dictadores. El último que ostentó oficialmente el título de autócrata fue el Zar Nicolás II de Rusia.


En nuestros días el término autocracia ha ido evolucionando para definir más bien un régimen en el que sí existe un sistema de elecciones periódicas y se reconocen derechos individuales, pero en el que el gobernante puede neutralizar los mecanismos de control democrático, atacar a la oposición con el dominio de los medios de comunicación, poner el aparato del Estado a su servicio personal y esquivar los contrapesos que moderan el ejercicio del poder, tal y como se describe en el conocido libro Cómo mueren las democracias. Contamos con un número creciente de casos: Nicolás Maduro en Venezuela, Vladimir Putin en Rusia, Javier Milei en Argentina, Recep Tayyip Erdoğan en Turquía…

Donald Trump, el autócrata más reciente

Hoy en día el Presidente de EEUU personifica el caso más sonado de autocracia. No es algo que nos coja por sorpresa. Pero lo que sí es novedoso es la rapidez con la que la opinión pública norteamericana está alejándose de él, incluso entre muchos de sus votantes. Pero más sorprendente aún es el comentario de un columnista del New York Times, nada sospechoso de trumpista, que declara: “He detestado al menos tres cuartas partes de lo que ha hecho la administración Trump hasta ahora, pero posee una cualidad que no puedo evitar admirar: energía”. Paradójicamente quizá por eso muchas personas le seguirían votando, aun no estando de acuerdo con lo que hace.

Modus operandi

Y esta es precisamente el arma principal de cualquier aspirante a autócrata: el aplomo para afirmar con descaro lo que hasta entonces era una pura mentira, la capacidad para insultar, acosar a sus oponentes, inundar de afirmaciones rotundas los medios de comunicación, en particular internet, etc. Todo ello acompañado con un buen Manual de Resistencia, como nos propone Pedro Sánchez.

Un “maestro de la comunicación” como Adolf Hitler señalaba que los mensajes a transmitir debían ser simples: “Toda acción de propaganda tiene que ser necesariamente popular y adaptar su nivel intelectual a la capacidad receptiva del más limitado de aquellos a los cuales está destinada” (Mi lucha, Tomo 1, Cap. 6).

Y su ministro de propaganda, Josef Goebbels completaba la idea: «Repite una mentira con suficiente frecuencia y se convierte en verdad». En sus tristemente famosos 11 Principios de la Propaganda se expone un manual completo de manipulación comunicativa, algo que podemos ver en los medios y las redes sociales actuales y -lo que es peor- es usado por un amplio abanico de posiciones políticas.

Las recetas de Goebbels no están exentas de base científica. Los psicólogos sociales hablan del efecto de la “ilusión de verdad”. Desde 1977 diversos estudios han mostrado la tendencia a creer que una información falsa es correcta después de la exposición repetida a dicha información. La repetición hace que las declaraciones sean más fáciles de procesar en relación con las declaraciones nuevas, no repetidas, lo que lleva a las personas a creer que la conclusión repetida es más veraz.

Por qué se mantienen las autocracias

Se atribuye a Edmund Burke, político conservador irlandés del Siglo XVIII, la frase «Para que el mal triunfe solo se necesita que los hombre buenos no hagan nada».

David Bromwich -biógrafo de Burke- duda de su autoría y corrige la frase: “el silencio de los hombres buenos no es lo único necesario para el triunfo del mal. Las personas que promueven el mal… deben ser fuertes y decididas; y los tibios deben ser acobardados hasta la sumisión o estar dispuestos a sumarse».

Una reciente investigación publicada la semana pasada analiza qué aspectos de un sistema democrático las personas valoran más o menos. Según el estudio la existencia de elecciones libres y la libertad de expresión son los más valorados. Pero el control judicial independiente, la rendición de cuentas y el control parlamentario sobre los gobiernos reciben menos apoyos, sobre todo si se sopesan en relación con el bienestar económico. Estos últimos aspectos son precisamente por donde las autocracias inician su “voladura controlada” de la democracia.

Si además en las convocatorias electorales los partidos políticos alternativos que se presentan no parecen mejores sustitutos que el gobierno existente en cada momento, la pasividad de la población se hace más patente.

Ello no significa que el descontento y el sufrimiento de la ciudadanía disminuyan, pero sí que poco a poco las democracias vayan muriendo y se abra el camino a “soluciones” abiertamente dictatoriales sin necesidad de golpes de estado.

De ahí que deberíamos ser conscientes que sólo votar cada cierto tiempo no garantiza la democracia.

El próximo post dentro de dos martes, el 13 mayo 2025

Cómo sentimos la economía

Cuando se trata de economía solemos oír hablar de “macro-magnitudes”: Producto Interior Bruto (PIB), renta, riqueza, crecimiento, consumo, etc. Y en el caso español, que nuestra economía “va como un cohete”y somos la envidia de Europa.

Si vamos tan bien, ¿cómo es posible que entre los países desarrollados tengamos la mayor tasa de pobreza infantil, sólo superados por EEUU? ¿Cómo, a pesar de una leve mejoría en los dos últimos años, tenemos un índice de desigualdad muy por encima del de otros países de nuestro entorno? ¿Y que el 81% de la población española afirme que en nuestro país existen muchas desigualdades?

La explicación de esta aparente contradicción es sencilla: mayor crecimiento económico no es mayor bienestar personal y familiar, en particular cuando el crecimiento va acompañado de una acumulación de la riqueza en un sector cada vez más reducido de la sociedad.

Tampoco la mejora de los ingresos aporta bienestar si éstos son temporales, precarios y sin continuidad, dependientes de ayudas públicas que exigen una tramitación burocrática opaca y que generan una ansiedad emocional galopante.

En palabras del historiador económico John Komlos:

No es la economía, sino cómo se siente la gente en la economía”

En España, ese sentimiento es profundamente negativo. Y no lo es tanto por los ingresos brutos que se puedan percibir sino sobre todo por el acceso cada vez más difícil a la vivienda, a la estabilidad financiera, a la aspiración a un empleo digno, etc.

Este sentimiento se acentúa cuando lo que ya no se tiene hoy se había tenido alguna vez en el pasado o cuando era algo que se esperaba conseguir con seguridad y no ha ocurrido así.

La aversión a la pérdida es uno de los sesgos cognitivos descritos por Daniel Kahneman y Amos Tversky y se refiere a la fuerte tendencia de las personas a preferir evitar pérdidas monetarias antes que conseguir ganancias monetarias equivalentes: las pérdidas pesan mucho más que las ganancias. Esto es aplicable no sólo a nivel personal sino también a nivel colectivo, en particular cuando hablamos de los beneficios sociales que constituyen el llamado Estado del Bienestar.

Ejercicio de cinismo dictatorial

Un ejemplo de cálculo basado en la aversión a la pérdida lo tenemos cuando hace unos años el círculo de asesores económicos de Xi Jinping, Secretario General del Partido Comunista de China, le aconsejó proporcionar apoyo económico a la población, con objeto de impulsar el consumo y fortalecer así el crecimiento económico. Pero en un discurso pronunciado en 2021, rechazó poner en marcha medidas de bienestar social (“welfarism”), afirmando: «Una vez que las prestaciones sociales suben, no vuelven a bajar». Es decir, si no se ha tenido nunca ni has dejado que se alimente la esperanza de tenerlo, se neutraliza la aversión a la pérdida, la frustración social y por tanto el riesgo a que surjan protestas. Sangrante.

El drama del Estado del Bienestar en España

Nuestro Estado del Bienestar se diseñó durante el periodo franquista, con dos características importantes:

  1. se construyó con un gran retraso respecto a lo ocurrido en otros países de la Europa Occidental, que arrancaron nada más acabar la IIª Guerra Mundial. Ello hizo que su construcción fuera muy incompleta y la irrupción del neo-liberalismo de los años ochenta nos pilló con un edificio a medio hacer
  2. la pieza fundamental -el sistema de pensiones- reservaba a los “padres de familia” varones una pensión muy generosa en comparación a los salarios percibidos antes de jubilarse. Todo ello a costa de que el entorno familiar, en particular las mujeres, asumieran la onerosa carga de cuidados de la población dependiente

Cuando los jubilados han empezado a ser muchos y los cotizantes menos el sistema ha empezado a hacer aguas, con un doble agravante:

  • los jubilados recientes -los “baby boomers”- reclaman que tienen los mismos derechos que quienes se han ido jubilando durante los decenios anteriores
  • las reformas llevadas a cabo durante los últimos años se han basado en ir reduciendo de forma cada vez más acentuada la “generosidad” del sistema: es decir la cuantía de la pensión es cada vez menor en comparación al salario percibido en el momento de la jubilación

Estamos ante una doble aversión a la pérdida: la de las generaciones que en estos años están pasando a la jubilación (en comparación con las generaciones anteriores), y la de las generaciones futuras cuya perspectiva de pensión se ve cada vez más oscura. Baste decir que según el análisis efectuado por el organismo estatal independiente AIRef la ‘generosidad’ de las pensiones tocará techo en 2029, para luego caer bruscamente hasta 2070: el porcentaje que supone la pensión media respecto al salario medio, disminuirá del 65,6% en 2023 al 56,7% en 2050 y el 53,7% en 2070.

Sin un nuevo contrato social, con políticas constructivas, la frustración está servida.

El próximo post dentro de dos martes el 29 abril 2025

“¿Me estás hablando a mí?”

Hace casi medio siglo se estrenaba la película Taxi Driver, dirigida por Martin Scorsese, escrita por Paul Schrader y protagonizada por Robert De Niro. Éste encarnaba a un excombatiente de la guerra de Vietnam solitario e inestable, que debido a su insomnio crónico trabajaba como taxista en la turbia vida nocturna de la ciudad de Nueva York en los años 70.

Considerada una de las mejores películas de la historia del cine, cosechó diversos premios y nominaciones. Además, una escena y una frase se hicieron particularmente célebres. En ella Travis Bickle (Robert De Niro) practica ante el espejo cómo sacar con rapidez una pistola, mientras se dirige a un supuesto contrincante:

¿Hablas conmigo? ¿Me lo dices a mí? Dime, ¿Es a mí? Entonces, ¿A quién demonios le hablas si no es a mí? Aquí no hay nadie más que yo. ¿Con quién demonios crees que estás hablando?”

La escena en cuestión puede visualizarse aquí.

Medio siglo después

La conversión de un trabajador precario en el lobo solitario de extrema derecha que muestra la película no era un tema que preocupara mucho en el entorno socio-político de la España de 1976. Pero el precariado laboral se ha venido extendiendo en nuestras sociedades occidentales desde el inicio de los años 80. Hoy en día conocemos lo que es trabajar en plataformas digitales como las VTC (Bolt, Cabify, Uber, etc), o como riders (Deliveroo, Glovo, Uber Eats, etc). Estos trabajadores, al igual que muchos taxistas, cuidadores de personas dependientes, repartidores de Amazon, temporeros de la hostelería etc. son personas sin rostro, que deambulan sin trayectoria profesional y sin oportunidades de conseguir una vivienda: la mayoría jóvenes. El resentimiento crece poco a poco: «Los jóvenes no están dispuestos a trabajar para ser pobres; quieren un plan de vida y ahora no es posible», señalaba hace unos días un dirigente sindical.

¿Democracia o economía?

Hans van den Broek, profesor de Sociología de la Universidad de Oviedo y especialista en populismos de derechas, advierte que en la situación actual «los jóvenes no dan tanta importancia a la democracia y a vivir en una democracia».

Las últimas elecciones en Estados Unidos han mostrado que muchos jóvenes, aun sin cambiar su orientación ideológica, votaron a Donald Trump más preocupados por el estado de le economía que por las libertades políticas.

Cuando el juego democrático tal y como lo ejercen las élites políticas actuales no brinda a muchas personas una perspectiva de bienestar y seguridad económica, los valores democráticos empiezan a situarse en segundo plano, en particular para un número cada vez mayor de jóvenes. De ahí el crecimiento de las asociaciones conservadoras entre el alumnado de la universidad pública española, como ha relatado hace pocos días el diario “El País”.

Los deberes sin hacer

Las librerías de cualquier país occidental están repletas de libros denunciando la crisis de la democracia liberal, asaltada por ideologías populistas de extrema derecha. Pero, como señala el columnista de The Guardian Aditya Chakrabortty, las causas están más cerca: estos son los votantes que nuestros políticos han creado.

Peter Turchin, estudioso de los ciclos dinámicos de la historia, publicó hace un par de años Final de partida. Élites, contraélites y el camino a la desintegración política. Según este autor, las sociedades comienzan una fase de desintegración cuando se produce un doble fenómeno: el aumento de la pobreza, desigualdad y descontento de la mayoría de la población, a la vez que hay una “sobreproducción” de élites económicas que luchan por hacerse con las posiciones de poder. Comentando la victoria de Donald Trump en 2016 Turchin escribe: “Lo que le dio la presidencia a Trump fue una combinación de conflicto entre las élites y la capacidad de Trump por canalizar una corriente de descontento popular más extendida y virulenta de lo que muchos veían, o querían ver” (p.28). Ni qué decir tiene que este mismo análisis se aplica con más razón aún a su nueva victoria electoral de 2024.

Y en España…

La precariedad en países como España se ha hecho crónica: “nos estamos acostumbrando a que una cuarta parte de la población viva al borde del abismo”. Y esta situación prácticamente no ha mejorado desde el comienzo de la crisis de 2008, aunque la tendencia se viene dibujando desde varios decenios anteriores.

Sobre la lucha entre élites político-económicas para asaltar el poder y las administraciones públicas, basta contemplar cinco minutos de cualquier canal de televisión para constatar la cruda realidad.

Con ambos ingredientes en acción, avanzamos hacia la desintegración social. Y quienes creen que defender la democracia es luchar contra el populismo de extrema derecha, y se olvidan de luchar contra la precariedad creciente y la batalla entre las élites dominantes, no hacen sino alimentar esa dinámica histórica de la que habla Turchin.

Pero la deriva no es inevitable si actuamos en la dirección adecuada.

El próximo post dentro de dos martes, el 15 abril 2025

Comenzar un nuevo proyecto

¿A qué edad acaba nuestra presencia en la sociedad?

Cuando en 1870 el Canciller Bismarck creó el primer sistema de pensiones, empezó a extenderse en las sociedades occidentales la idea de que quien ya no trabaja deja de tener una función en la sociedad y pasa a ser una carga. Según la sociología funcionalista se inicia un proceso de retirada (“disengagement”) de la vida pública a partir de la edad del retiro y así irse aproximando al momento de la muerte. Se da por hecho que si lo que hacemos no entra en la Contabilidad Nacional ni se incluye en el Producto Interior Bruto, no estamos haciendo nada y somos unos estorbos y unos parásitos.

De unos años a esta parte la llamada “economía plateada” intenta rescatar el segmento de población hasta los 75 años, al señalar que son personas que todavía son útiles al menos como consumidores (¡!). Más allá… nada.

Estoy amortizado”

Hace unos meses se entrevistaba en un programa de televisión al escritor de 73 años Arturo Pérez-Reverte. Durante un buen rato desengranó su visión crítica sobre el deplorable panorama de la política española y tras ello el entrevistador le preguntó: “Y entonces, ¿qué?”. A lo que Arturo Pérez-Reverte respondió: “A la edad que tengo ya me da lo mismo. Estoy amortizado. Eso es problema de los jóvenes” (minuto 59 del vídeo).

En fechas parecidas el Premio Nobel de Economía en 2008 Paul Krugman, de 72 años de edad, se despedía de sus lectores cerrando una fructífera etapa de 25 años como columnista en el periódico The New York Times.

Parece como si artistas y científicos, aunque algo más tarde que la mayoría de la población, son también conscientes que han llegado a un punto en el que tienen que empezar a “desengancharse” de su participación en la sociedad porque ya no tienen nada nuevo que aportar.

¿Decadencia artística o la última gran obra?

Existe una discusión permanente que gira en torno a si en el terreno de la investigación científica y en el de las artes la calidad del trabajo aportado en los últimos años de vida son fruto de la decadencia intelectual o creativa, o más bien nos encontramos ante el remate glorioso de una trayectoria brillante. Si fuera el primer caso más valdría abstenerse, pero en la segunda opción ese último esfuerzo merecería la pena.

Es la “Opus Ultimum” que el crítico musical Alfred Einstein estudiaba en un artículo de hace casi 90 años, repasando una larga lista de compositores clásicos. En un libro más reciente (“Four Last Songs”) Linda y Michael Hutcheon analizaban los casos de autores de ópera como Giuseppe Verdi (87 años), Richard Strauss (85 años), Olivier Messiaen (83 años) y Benjamin Britten (63 años). Todos ellos parece que hicieron en los últimos años de su vida un esfuerzo extra para firmar una obra maestra, incluso considerada por muchos como “su” obra maestra. Un caso similar sería también el de Jacques Offenbach (61 años).

Un nuevo proyecto

Según Kevin Kelly, fundador de la revista Wired, podemos poner en marcha un “gran proyecto” cada cinco años. Para el común de los mortales no se trata de crear una obra maestra en cualquier campo del arte o una investigación científica merecedora del Premio Nobel. Tampoco debemos sentirnos obligados a dejar un legado intelectual o artístico por el cual las generaciones venideras nos van a recordar para siempre. Eso sería una ridícula vanidad.

Pero aun habiendo cumplido ya la edad “de retiro”, podemos seguir aportando nuestro esfuerzo para intentar mejorar la situación de la sociedad en la que vivimos. Formaría parte de lo que se viene denominando un “pacto intergeneracional”, en vez de pensar que “eso es problema de los jóvenes”.

Años con buena salud

Se me dirá que “llegados a cierta edad” ya no está uno más que para que le cuiden. En muchos casos puede ser así y no se trata de una situación envidiable.

Pero si tiramos de los datos estadísticos oficiales, en España a los 75 años la esperanza de vida de los varones es de más de 12 años y de las mujeres de 15 años. También se calcula que en promedio el número de años de vida con buena salud se igualaría en ambos sexos y sería cercano a los 8 ó 9 años.

Si hacemos caso a lo que decía Kevin Kelly, nos encontramos que con 75 años todavía tenemos tiempo en nuestra vida para poner en marcha casi un par de grandes proyectos.

¿Qué proyecto?

No se trata necesariamente de un GRAN proyecto: el tamaño es siempre relativo (Lucas 21:1-4). Confieso que tengo un par de proyectos en la cabeza, el primero de los cuales está ya en ebullición. Me está sirviendo de “manual” el libro de MBS Cómo empezar. Empieza a hacer algo que importe.

El próximo post dentro de dos martes, el 1 abril 2025

A vueltas con el edadismo


Un tema cada vez más recurrente en los medios de comunicación es el del edadismo. El Diccionario de la Lengua Española lo define como la “discriminación por razón de edad, especialmente de las personas mayores o ancianas”. Y por discriminar el Diccionario entiende “seleccionar excluyendo” o también “dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc”. A su vez el Diccionario define anciano como una persona “de mucha edad”. ¿No huele esta descripción también un poco a edadismo?

Cabe el peligro de entender el edadismo como una mera actitud personal contra los mayores. El propio CIS publicó hace pocos días una encuesta sobre el tema. En el titular de su nota de prensa proclamaba que el 68,9% de los encuestados cree que los mayores de 65 años tienen “muchos o bastantes problemas”.

Para periódicos como El País lo importante es que el 58,6% de los mayores de 65 años cree que los hijos les atienden peor que antes. Otros medios de comunicación son aún más rotundos: “la mayoría de los mayores de 65 años opina que los hijos ahora cuidan peor a los padres”. Y rtve se fija en que uno de cada tres mayores se siente ignorado por su edad.

Lo curioso del caso es que el propio CIS reconoce unas líneas más abajo de su nota de prensa que son los jóvenes los que estrían peor: en relación con la situación de los jóvenes menores de 35, el porcentaje aumenta ya que un 82,5% considera que tienen “muchos o bastantes problemas”. ¿Es que esto ya no sería edadismo?

Más. Para el CIS personas mayores son las que tienen más de 65 años, es decir atribuye a la edad cronológica una situación social determinada. Y en esa misma línea pregunta sobre situaciones vividas susceptibles de discriminación… sólo a las personas de 65 y más años. Si la persona entrevistada tiene 64 años, no es objeto de atención por parte del CIS. Y en el otro extremo, reserva otro bloque de preguntas para menores de 35 años. Es decir da por hecho que la edad cronológica es la que determina tu situación en la vida y la sociedad.

El CIS no es el único organismo que discrimina en sus encuestas según la edad. Por ejemplo las encuestas periódicas de Eurostat sobre digitalización de la sociedad incluye a personas hasta los 74 años. Y el INE hace lo propio, aunque en sección aparte se añaden datos referidos a personas de 75 y más años. La brecha digital desaparece de un plumazo.

La edad, incluso, sería la causa de la orientación ideológica y de voto de las personas. Es lo que remacha la encuesta del CIS al preguntar si la edad influye en el comportamiento y/u orientación política de las personas (P.17 y siguientes).

Se cae aquí en el error de dar por válida la edad cronológica como factor clave, sin tener en cuenta cómo las generaciones y cohortes de población viven los momentos históricos de forma diferente y son estas vivencias más determinantes que los años que figuran en el DNI.

En el caso reciente de las elecciones generales de Alemania, se ha llamado la atención en hecho que el voto a cada partido ha sido diferente según la edad de los votantes, Pero la polarización del voto ha sido mucho mayor en territorios como la antigua Alemania del Este, pero eso parece que importa menos.

Edadismo institucional

¿Es el edadismo una cuestión de actitud de las personas, o está institucionalizado en infinidad de marcos normativos?

En la sociedad actual la edad cronológica nos marca derechos y obligaciones, ventajas y desventajas, prerrogativas y prohibiciones cuyo único fundamento es el creer que el número de años determina lo que podemos y no podemos hacer. La lista es demasiado larga para enumerarla aquí, pero desde las ayudas sociales a los periodos de renovación del carnet de conducir el abanico es extenso.

Cuando los discursos oficiales -o los relatos como se dice ahora- atribuyen al edadismo a la actitud particular de las personas y nos olvidamos de las normas incrustadas en el entorno institucional estamos cometiendo un grave error de apreciación y también dejando sin resolver situaciones injustas.

En fin, ¿tengo derecho a opinar sobre el edadismo?

Habrá quien me recrimine que no me rasgo las vestiduras en contra de los micro-edadismos verbales (“A tu edad…”) que oímos con frecuencia, y que parece que son los únicos problemas importantes. O que practico una especie de apropiación cultural a la inversa porque no soy de ese colectivo. La verdad es que sí lo soy pero eso no me da más derecho que nadie.

En este sentido es refrescante la declaración del actor Rupert Everett: “Nunca he estado de acuerdo con que solo los actores gais podamos hacer papeles gais”.

El próximo post dentro de dos martes, el 18 marzo 2025