Dana, incendios: tropezando una y otra vez…

Tras el desastre de muerte y ruina que hace diez meses trajo la DANA en la Comunidad de Valencia y parte de la de Castilla-La Mancha, este verano hemos vivido el mazazo de una oleada de incendios centrada sobre todo en el noroeste de la Península.

¿Habíamos entonces aprendido algo que nos hubiera servido para afrontar mejor la nueva crisis?

Una DANA que no cesa

A diez meses de distancia es doloroso repasar la retahíla de promesas de apoyos y ayudas dirigidas a la población y localidades afectadas por la DANA, cuando al día de hoy leemos “que a dos meses de cumplirse el primer aniversario de una catástrofe que dejó 228 personas fallecidas en octubre de 2024, hay mucho dolor. La recuperación emocional será más larga y necesita tiempo y sosiego. Más allá de lo interno, el escenario físico de los municipios afectados todavía tiene muchas infraestructuras que siguen congeladas en el barro y todavía sin evolución para su reapertura”.

Todavía al día de hoy el conseller de Medio Ambiente, Infraestructuras y Territorio, Vicente Martínez Mus, afirma que la zona cero no está preparada: “¿Estamos preparados? No, no hemos mejorado demasiado”.

¿Cómo no se van a producir reacciones de rabia, impotencia y animosidad hacia los políticos en su conjunto, cuando la DANA ha revelado la incompetencia de los que ocupaban cargos públicos, la descoordinación entre Administraciones y las broncas políticas, con el consiguiente sentimiento de abandono de los afectados?

No solamente estamos muy lejos de volver a la situación previa al desastre -la famosa “resiliencia” de la que tanto se habla hoy en día- sino que todos los planes de prevención de fenómenos “naturales”, que una legión de expertos nos estuvieron proponiendo durante semanas en las tertulias televisivas, brillan por su ausencia (la verdad nunca creí que tuviéramos tanto experto en la materia, aunque no parece que den mucho de sí).

Incendios: tropezando en la misma piedra

En torno a los incendios este verano hemos vuelto a ser testigos de la incompetencia de los cargos públicos, de la descoordinación entre Administraciones, de las trifulcas políticas interesadas y del sentimiento de abandono de los afectados, malestar ciudadano que se ha reflejado en las encuestas.

Y en los platós televisivos otro nuevo montón de expertos nos han calentado los oídos con su “sapiencia” que sin embargo no parece haberse aplicado a la realidad del mundo rural. Pero en unos pocos días estos mismos tertulianos se dedicarán a otra cosa y dentro de diez meses alguien volverá a constatar lo poco que se habrá hecho en ese tiempo.

No es de recibo hablar de estos temas con la superficialidad de una noticia en el telediario sin tener una mínima perspectiva. Para empezar deberíamos denunciar, como hace la Fundación Civio, que ni siquiera se cuente con datos actualizados de los incendios ocurridos en España: “En la base de datos del Ministerio de Transición Ecológica, los datos completos para toda España solo llegan hasta 2017. Hay disponibles datos más actualizados, pero solo para algunas provincias”.

Tampoco parece admisible que las cuantías económicas que se ofrecen a los afectados sean de 18.000 € por fallecimiento o incapacidad total y 15.120 € por destrucción total de la vivienda.

El papel de la ciudadanía

Entre el aluvión de “noticias” un buen número de ellas han estado dedicadas a recoger declaraciones de los habitantes de las zonas afectadas y de quienes han protagonizado la lucha contra los incendios. Además de resaltar la aportación de grupos de jóvenes -como ya ocurriera en la DANA- se ha debatido si los lugareños estaban o no en mejor situación para combatir el fuego, o si debían seguir las indicaciones de las autoridades. Pero cuando las Administraciones Públicas brillan por su falta de transparencia en sus actuaciones y no gastan sus presupuestos de prevención de incendios, no es de extrañar que la población tome la iniciativa echando mano de la solidaridad vecinal. No debería ser así, ya que para algo deberían servir las instituciones locales, regionales y nacionales…

Hace veinte años el huracán Katrina destrozó la ciudad de Nueva Orleans, sumiendo a la población en la desolación y el caos, agravados por la descoordinación entre Administraciones y la falta de previsión. Un reciente estudio -reseñado en un periódico español– ha mostrado sin embargo que la capacidad de las poblaciones locales por recuperarse del desastre se ha visto favorecida por la existencia de una mayor cohesión social, en este caso apoyada en comunidades religiosas.

La existencia de un más sólido tejido social de base puede hacer que entornos rurales como los afectados logren sobreponerse a la adversidad o, al contrario, profundicen en su deterioro secular. Esto también es de aplicación a cualquier otro ámbito social. Nuestra aportación -la de todos- está al alcance de cualquiera de nosotros, como desarrollaré en otra ocasión.

El próximo post dentro de dos martes, el 16 septiembre 2025

Comenzar un nuevo proyecto

¿A qué edad acaba nuestra presencia en la sociedad?

Cuando en 1870 el Canciller Bismarck creó el primer sistema de pensiones, empezó a extenderse en las sociedades occidentales la idea de que quien ya no trabaja deja de tener una función en la sociedad y pasa a ser una carga. Según la sociología funcionalista se inicia un proceso de retirada (“disengagement”) de la vida pública a partir de la edad del retiro y así irse aproximando al momento de la muerte. Se da por hecho que si lo que hacemos no entra en la Contabilidad Nacional ni se incluye en el Producto Interior Bruto, no estamos haciendo nada y somos unos estorbos y unos parásitos.

De unos años a esta parte la llamada “economía plateada” intenta rescatar el segmento de población hasta los 75 años, al señalar que son personas que todavía son útiles al menos como consumidores (¡!). Más allá… nada.

Estoy amortizado”

Hace unos meses se entrevistaba en un programa de televisión al escritor de 73 años Arturo Pérez-Reverte. Durante un buen rato desengranó su visión crítica sobre el deplorable panorama de la política española y tras ello el entrevistador le preguntó: “Y entonces, ¿qué?”. A lo que Arturo Pérez-Reverte respondió: “A la edad que tengo ya me da lo mismo. Estoy amortizado. Eso es problema de los jóvenes” (minuto 59 del vídeo).

En fechas parecidas el Premio Nobel de Economía en 2008 Paul Krugman, de 72 años de edad, se despedía de sus lectores cerrando una fructífera etapa de 25 años como columnista en el periódico The New York Times.

Parece como si artistas y científicos, aunque algo más tarde que la mayoría de la población, son también conscientes que han llegado a un punto en el que tienen que empezar a “desengancharse” de su participación en la sociedad porque ya no tienen nada nuevo que aportar.

¿Decadencia artística o la última gran obra?

Existe una discusión permanente que gira en torno a si en el terreno de la investigación científica y en el de las artes la calidad del trabajo aportado en los últimos años de vida son fruto de la decadencia intelectual o creativa, o más bien nos encontramos ante el remate glorioso de una trayectoria brillante. Si fuera el primer caso más valdría abstenerse, pero en la segunda opción ese último esfuerzo merecería la pena.

Es la “Opus Ultimum” que el crítico musical Alfred Einstein estudiaba en un artículo de hace casi 90 años, repasando una larga lista de compositores clásicos. En un libro más reciente (“Four Last Songs”) Linda y Michael Hutcheon analizaban los casos de autores de ópera como Giuseppe Verdi (87 años), Richard Strauss (85 años), Olivier Messiaen (83 años) y Benjamin Britten (63 años). Todos ellos parece que hicieron en los últimos años de su vida un esfuerzo extra para firmar una obra maestra, incluso considerada por muchos como “su” obra maestra. Un caso similar sería también el de Jacques Offenbach (61 años).

Un nuevo proyecto

Según Kevin Kelly, fundador de la revista Wired, podemos poner en marcha un “gran proyecto” cada cinco años. Para el común de los mortales no se trata de crear una obra maestra en cualquier campo del arte o una investigación científica merecedora del Premio Nobel. Tampoco debemos sentirnos obligados a dejar un legado intelectual o artístico por el cual las generaciones venideras nos van a recordar para siempre. Eso sería una ridícula vanidad.

Pero aun habiendo cumplido ya la edad “de retiro”, podemos seguir aportando nuestro esfuerzo para intentar mejorar la situación de la sociedad en la que vivimos. Formaría parte de lo que se viene denominando un “pacto intergeneracional”, en vez de pensar que “eso es problema de los jóvenes”.

Años con buena salud

Se me dirá que “llegados a cierta edad” ya no está uno más que para que le cuiden. En muchos casos puede ser así y no se trata de una situación envidiable.

Pero si tiramos de los datos estadísticos oficiales, en España a los 75 años la esperanza de vida de los varones es de más de 12 años y de las mujeres de 15 años. También se calcula que en promedio el número de años de vida con buena salud se igualaría en ambos sexos y sería cercano a los 8 ó 9 años.

Si hacemos caso a lo que decía Kevin Kelly, nos encontramos que con 75 años todavía tenemos tiempo en nuestra vida para poner en marcha casi un par de grandes proyectos.

¿Qué proyecto?

No se trata necesariamente de un GRAN proyecto: el tamaño es siempre relativo (Lucas 21:1-4). Confieso que tengo un par de proyectos en la cabeza, el primero de los cuales está ya en ebullición. Me está sirviendo de “manual” el libro de MBS Cómo empezar. Empieza a hacer algo que importe.

El próximo post dentro de dos martes, el 1 abril 2025

De la denuncia al cambio

Recientemente asistí a un acto que denunciaba la criminal actuación de las entidades públicas y privadas en las residencias de mayores durante la fase más aguda del coronavirus, en particular en la Comunidad de Madrid. Miles de residentes murieron dejados a su suerte, aislados, sin la menor atención médica y separados de sus seres queridos. (Todo el acto puede visionarse aquí)

Los distintos ponentes del acto detallaron los protocolos de (des)atención a los mayores, las trabas a las familias para intervenir en la situación, la discriminación a los mayores para su hospitalización y, sobre todo, la ocultación de procedimientos, las actuaciones erráticas y las triquiñuelas para eludir responsabilidades.

Qué se ha hecho desde entonces

Los familiares de las víctimas han presentado innumerables demandas ante los tribunales ordinarios, que han chocado con la ley del silencio en las instancias públicas y privadas y la argumentación de que se trataba de “circunstancias excepcionales” que exculpaban a unos y otros. Pero en ningún caso los tribunales han querido entrar al fondo del asunto y analizar cómo la maraña público-privada de gestión de las residencias y su [falta de] atención sanitaria provocaron semejante mortandad. La comparación de los datos entre Comunidades Autónomas y maneras de abordar el problema muestran que en la Comunidad de Madrid se podría haber evitado gran parte de ese sufrimiento si la actuación hubiera sido otra. Pero se prefirió dar la espalda a la cuestión.

¿Resignados a denunciar… y a la impotencia?

Actos como el que comento tienen un valor indudable para recordar lo que pasó y cómo siguen sin ponerse los medios para que estas situaciones no vuelvan a repetirse. Pero yo saqué la impresión de que los que intervinieron pensaban que era todo lo que se podía hacer. Como dijo uno de los ponentes “una vez que [la cuestión] está en los tribunales poco más se puede hacer (7’50”).

Reconozco que me sorprendió este último comentario, cuando en España la confianza en la Justicia recibe una nota de 4,78 -en una escala de uno a diez- según una encuesta del CIS de octubre pasado (P.4). Si la escala hubiera sido de 0 a 10 las valoraciones hubieran sido aún peores. El triste “consuelo” es que otras instituciones obtienen notas más bajas: Parlamento español 4,28; medios de comunicación 4,24; Gobierno de España 4,04; partidos políticos 3,70; sindicatos 3,66.

Superar el “no se puede hacer nada”

Cuando se denuncia una actuación equivocada o criminal de los poderes públicos, el obstáculo principal no es que se nos rebata la acusación sino que se siembra el desánimo y la sensación de que es imposible actuar: “Sí tenéis razón, pero no se puede hacer nada que sirva para cambiar las cosas”. En idéntico sentido, suele achacarse amargamente a otros sectores de la sociedad la falta de apoyo. Así en otra de las intervenciones del acto aludido se incluían expresiones como, “la sociedad miró para otro lado” (2’58”) “porque a nadie le importa” (4’05”) “se le puede echar en cara a la sociedad que está aguantando y aprobando esto” (6’38”).

¿Se convierte el malestar en voto?

A las puertas de las próximas rondas electorales parecería lógico esperar que el malestar social se transformara en una orientación del voto que hiciera cambiar las cosas, o al menos al partido político que coloniza en cada caso los gobiernos.

Hay dos razones por las cuales esto no va a ser así. La primera es que los movimientos de protesta de los últimos años se han desarrollado siendo incapaces de crear alianzas más amplias con otros sectores sociales. No se trata de pedir la solidaridad de los demás sino encontrar las bases comunes entre unos y otros. Pero la realidad es que nuestras sociedades están cada vez más polarizadas y enfrentadas, con una errónea estrategia de los grupos “progresistas” de basar su actuación en el juego de las identidades: de género, de nacionalidad, de lengua materna, de orientación sexual, de edad, etc.

La segunda razón tiene que ver con el sistema político-electoral. La capacidad de los electores para supervisar a los gobiernos respectivos y pedirles cuentas de su actuación se va deteriorando a lo largo de los últimos años. La ciudadanía no tiene forma de influir en lo que hacen los gobiernos si se mantiene el sistema electoral partitocrático (el “ganador” se lo lleva todo y coloca en puestos de la Administración Pública a la camarilla de fieles al líder) y los mecanismos de supervisión y fiscalización sufren una erosión continuada.

El camino para el cambio auténtico

No es una cuestión de a quién votar sino da cambiar las reglas de juego. Por desgracia ningún partido político de la España actual va más allá de ser una simple maquinaria electoral.

Pero sólo construyendo contratos sociales entre distintos segmentos sociales, trascendiendo las miopías identitarias, podremos comenzar sobre bases sólidas.

El próximo post dentro de dos martes, el 21 marzo 2023

No es por no ir… a votar

Estamos asistiendo en los últimos días a una encarnizada lucha entre las cúpulas de los partidos políticos para apoderarse de las grandes instituciones del Estado: el sistema judicial, el Parlamento, el Tribunal Constitucional…

Esta situación me hace evocar -me gustaría pensar que salvando las distancias- la crónica apasionante y a la vez tristísima que los periodistas Rüdiger Barth y Hauke Friederichs plasmaron en Los sepultureros. 1932, el último invierno de la República de Weimar (The grave diggers. 1932, the last winter of the Weimar Republic); cómo hace ahora noventa años los enfrentamientos entre partidos, la torpeza y estupidez de los políticos y una base de profunda crisis económica despejaron el camino para el ascenso de Hitler al poder. Ascenso que -no lo olvidemos- no fue a través de un golpe de estado sino por vía de las urnas y de retorcer los mecanismos institucionales: un ejemplo vivo de lo que Levitsky y Ziblatt tratan en su ya best-seller Cómo mueren las democracias.

¿Esto se resuelve en las urnas?


Sí y no. Si lo que se nos pide es votar (que no elegir) al ganador que se alzará con el botín institucional en juego, ello equivale a introducir un cheque en blanco en la urna y legitimar (¿?) el juego entre las cúpulas de los partidos.

Porque no se trata de esto.

Se trata de cambiar las reglas de juego:

a) de garantizar la independencia de los tres poderes del Estado: ejecutivo, legislativo y judicial

b) de eliminar la corrupción entre los políticos y la utilización de las administraciones públicas para el provecho de “los míos” o de mi partido

b) de desmontar el sistema partitocrático: de las listas electorales cerradas y bloqueadas, de la tiranía interna del líder de turno que designa de facto a los candidatos en cada comicio, del monopolio de los recursos públicos…

c) de abolir la práctica continuada de los gobernantes de falta de transparencia a la hora de gestionar el patrimonio común, o designando una larga lista de asesores en la Administración Central, Comunidades Autónomas, Diputaciones provinciales, Ayuntamientos, empresas y entidades públicas, inventando así puestos de trabajo (¿?) para los fieles al líder

d) de invertir la deriva del saqueo de las administraciones públicas: haciendo ineficaces los recursos del estado del bienestar o la labor de los distintos cuerpos de funcionarios públicos, creando el caos presupuestario o el secretismo y clientelismo en los programas de subsidios y ayudas a las poblaciones necesitadas

e) …

Atrapados en el enfrentamiento

Cada día que pasa los medios de “comunicación” nos sirven una catarata de declaraciones de un lado y del otro, en la que los distintos representantes de cada bando y sus tertulianos de apoyo nos arrojan el argumentario del día preparado por la cúpula de su partido. El volcado es abrumador y la reiteración de los “mensajes” parece que nos está obligando, lo queramos o no, a tomar partido (nunca mejor dicho). Si no lo hacemos parece que no tenemos opinión, que somos abúlicos o simplemente tontos.

Además el tono exaltado, violento y emotivo no nos deja mayor opción que retratarnos. A partir de ahí la mayor atención y exposición a un medio u otro -partidario de un enfoque o del contrario- nos sumerge en la crispación como elemento natural.

No cabe la búsqueda de acuerdos, de intentar entender por qué el otro tiene un enfoque distinto al nuestro, su situación personal, social o económica. Se nos exige blanco o negro, indignarnos por lo que hacen y dicen los contrarios -o los que nos señalan que son los contrarios-. Lo demás sería no tener convicciones, ser “blando” o no ser lo suficientemente patriota o revolucionario (a elegir).

¿Y de votar?

Como diría José Mota “Si no es por no ir…”

La pregunta es: ¿votar, para qué? ¿Para que los que ganen apliquen el rodillo parlamentario, asalten los recursos de las administraciones públicas y violenten el marco institucional en beneficio propio? ¿Para que se peguen con super-glue al asiento de la Moncloa por encima de cualquier otra consideración? ¿Para que en vez de incorporar a las minorías sociales a la sociedad civil se cultive el odio a quien no es como yo?

Por desgracia ningún partido político actual tiene otras miras que las de cosechar el mayor número de votos en las próximas rondas electorales, eso sí para su lista cerrada y bloqueada que no admite modificaciones.

Sería maravilloso poder añadir a nuestra papeleta algún comentario sobre nuestra repulsa a votaciones así diseñadas y a la partitocracia imperante, aunque se corra el peligro de que nuestro voto sea tachado como voto nulo.

Pero, ¿es que no hay otra manera de manifestar nuestra oposición a esta forma de hacer política? Sí la hay, tejiendo con paciencia, pero con convicción, un tejido con el que reconstruir la sociedad civil.

El próximo post dentro de dos martes, el 10 enero 2023

Huérfanos sociales

Sin Padres de la Patria

En la tradición popular se ha venido en denominar Padre de la Patria de un país a una figura histórica considerada como «padre» en el sentido de fundador o re-fundador de la misma. En algunos casos esta denominación se ha extendido a los parlamentarios y/o a los redactores constitucionales, como en el caso español. En cualquiera de los casos parece evidente que nos hemos quedado huérfanos.

¿Es eso tan malo?

Quedarse huérfanos nunca ha sido un plato de gusto. Esa protección de la que se gozaba ha desaparecido y el miedo, la angustia, la incertidumbre, etc. nos invaden sin remedio. Pero cuando además esos padres de la patria son los causantes de nuestra situación de penuria -económica, social o política- el impacto puede ser aún mayor.

De pronto se abre un vacío ante nuestros pies y tratamos de cerrar los ojos para vivir todavía una ensoñación del pasado que se fue o, pero aún, de buscar un padre sustituto.

Del chasco a la expresión de rebeldía

Otras sociedades, o al menos amplios sectores de ellas, están atravesando un proceso similar.

En Irán miles y miles de personas protestan contra una policía de la moral y por extensión contra el régimen de los ayatolas que en vez de proteger a la población la ha esclavizado.

En China la política de cero-Covid impulsada por el Partido Comunista se transformó en un encarcelamiento de millones de personas en sus domicilios o en sus lugares de trabajo, desatando la protesta masiva.

En Rusia la organización de Madres y mujeres de los soldados rusos desaparecidos cargan contra el Kremlin por las dificultades para conocer el paradero de sus familiares y por el colapso de los servicios de atención del Ministerio de Defensa. Una situación que recuerda la vivida por los familiares de los jóvenes rusos muertos en la invasión rusa de Afganistán, que volvían en ataúdes de zinc, como cuenta Svetlana Aleksiévich, Premio Nobel de Literatura de 2015.

Y en España…

Los políticos españoles -nuestros Padres de la Patria- apalancados en las cúpulas de los partidos que ocupan el Parlamento han merecido el nivel más bajo de confianza de toda la Unión Europea: según el último Eurobarómetro (núm. 97, verano 2022) sólo el 8% de los españoles confía en los partidos políticos, la cifra más baja entre los 27 países de la UE.

¿No es hora de recuperar la soberanía nacional, tal y como proclama nuestra Constitución en su artículo 1.2? Porque el desmontaje de nuestra democracia, ya comentado en un post anterior, junto a un régimen político partitocrático han convertido el mero hecho de votar a los candidatos que otros han puesto en la papeleta electoral en un acto cada vez más estéril. ¿Democracia? Por supuesto, pero no así.

Remontar

En un reciente libro que ha pasado bastante desapercibido y que lleva por título Práctica democrática e inclusión. La divergencia entre España y Portugal, su autor Robert Fishman señala las diferencias entre los dos países en el momento en que ambos pasaron de la dictadura a la democracia. El menor protagonismo de la sociedad civil española en esa coyuntura clave tuvo como consecuencia un desarrollo democrático más imperfecto, dejando en manos de las cúpulas de los partidos políticos todo el poder real.

Hacer, …aunque sea un poco

Hablando con amigos y conocidos de estos temas oigo con frecuencia expresiones como “No se puede hacer nada”, “Y yo ¿qué voy a hacer?”, etc.

Eso me recuerda una frase que también he leído varias veces en diversos escritos, atribuida a Edmund Burke, escritor, filósofo y político irlandés-británico del Siglo XVIII, quien dijo:

Nadie podría cometer un error más grande que el que no hizo nada porque sólo podía hacer un poco”

Y en el mismo sentido:

Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada”

Empecemos por “poco”

No se trata de entrar en “debates” al modo de los tertulianos de plató de televisión, que no son más entretenimientos desprovistos de profundidad, pero llenos de sensacionalismo, indignatitis y crispación. Evitemos es moderna droga mediática.

Pero seguro que hay algo en nuestra mano para ayudar a alguien cercano, bien sea un colectivo o una persona individual. La condición principal es que esa acción tienda puentes entre colectivos que se conocen mal entre sí: mujeres / hombres, hetero / LGTBQ+, españoles / foráneos, españoles de un territorio o de otro, jóvenes / mayores, favorecidos / desfavorecidos por el avance tecnológico, etc.

Después de dar un primer paso se podrá dar el siguiente en un esfuerzo de acumulación progresiva.

También podemos votar…

a quien se comprometa con la separación de los poderes del Estado, con la lucha contra la corrupción y el caciquismo moderno, con el desmontaje de la partitocracia, con la transparencia de la acción de gobierno… Y seguimos.

El próximo post dentro de dos martes, el 27 diciembre 2022

Desmontando la democracia

Asimilamos democracia a votar cada equis años. Nada más lejos de la realidad. El mismísimo Franco organizó un referéndum y se podía votar para elegir el tercio familiar de las Cortes franquistas. También se vota en la Rusia de Putin, ¡e incluso en Corea del Norte se elige entre diferentes (¿?) partidos!

Llevamos tiempo oyendo las voces que denuncian la erosión y desmontaje de las democracias existentes. Aquí me centraré más bien en el camino para remontar la situación.

La democracia como sistema

La democracia es un sistema de convivencia social basado en dos pilares:

  • la moderación y deseo de llegar a acuerdos entre los distintos sectores sociales, directamente y a través de sus representantes políticos

  • la separación de poderes y el control de la sociedad civil sobre el Estado.

Primer pilar

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su conocida obra Cómo mueren las democracias denominan guardarraíles de la democracia a dos reglas: la tolerancia mutua y la contención institucional.

Pero andamos lejos de la tolerancia cuando cada cuestión que se plantea en los medios de comunicación y las redes sociales se reduce a señalar culpables, levantar frentes contra algo o alguien y exacerbar las diferencias a base de ofendidismo y ruido mediático.

Y andamos lejos de la contención institucional cuando el Parlamento no es más que un lugar de recuento de votos. Sólo se pretende que los votos a favor sumen uno más que los votos en contra utilizando el famoso “rodillo” parlamentario.

Y también andamos lejos de la contención cuando utilizamos todas las argucias posibles para violentar normas y costumbres de funcionamiento y así sacar adelante lo que nos viene bien en cada momento.

Segundo pilar

El segundo pilar también se resquebraja. Por un lado no existe equilibrio y separación de poderes entre el legislativo, ejecutivo y judicial.

Cuando el Parlamento no legisla sino que lo hace el gobierno (poder ejecutivo); cuando el poder legislativo no es más que un sumatorio de votos para elegir Presidente de Gobierno y aprobar lo que éste decide, no existe separación entre ambos poderes. Del tercer poder -el judicial– creo que no hace falta hablar.

Daron Acemoglu y James Robinson, autores del famoso libro Por qué fracasan los países, escribieron posteriormente El pasillo estrecho, con un significativo subtítulo: “¿Por qué algunas sociedades han conquistado la libertad y otras se ven sometidas a tiranías o regímenes incompetentes?

Los autores recalcan la necesidad de un estado fuerte, que evite el caos de los llamados “Estados fallidos”, pero a la vez una sociedad fuerte que controle a ese Estado para que no evolucione hacia la tiranía del Leviatán.

¿Y qué es controlar al Estado? Además de la necesidad del equilibrio y separación de poderes, significa transparencia en la actuación de las administraciones públicas, dar cuenta de cada céntimo de gasto, poder revisar de verdad el comportamiento de los dirigentes públicos, contar con unos medios de comunicación que no sean pareja interesada del partido político de turno, etc.

¿Revisar el régimen nacido en 1978?

En el caso español algunos dirigentes políticos claman contra el sistema definido por la Constitución de 1978. Creo que necesita una revisión profunda, pero justamente en el sentido contrario a lo que propugnan esas voces.

Porque lo que la Constitución actual y su desarrollo orgánico posterior han consagrado es un sistema que pone en manos de las cúpulas de los partidos políticos todo el poder. El control férreo en la confección de las listas electorales, cerradas y bloqueadas, la acumulación de poder interno de cada partido en la figura de su secretario general, etc. convierten las formaciones políticas en pequeñas dictaduras. En las urnas electorales no elegimos: simplemente votamos lo que esos reyezuelos han elegido.

Y a renglón seguido, el líder ganador de las elecciones (generales, autonómicas o locales) reparte el botín de la administración pública entre sus fieles: cargos políticos de todo tipo, ejército de asesores cuyas funciones y sueldos se ocultan, presidencias de empresas públicas, personal al servicio de concejales, diputados, Diputaciones provinciales, etc. De este modo si algún candidato no ha conseguido escaño se le contrata a costa del dinero público. La papeleta electoral se convierte más bien en un cheque en blanco y sin límite de fondos.

Construir desde la sociedad civil

La forma que este moderno Leviatán, gestionado por las cúpulas de los partidos, actúa para evitar que la sociedad civil le controle es la vieja arma de “divide y vencerás”: la polarización social y la crispación basada en la indignatitis identitaria -fomentadas por esas cúpulas y los medios de comunicación afines- son el cáncer que corroe a la sociedad civil e impide la formación de consensos sociales, indispensables para reconstruir los dos pilares de la democracia a los que se aludía más arriba.

Es un camino lento y difícil pero, quizá por ello, más urgente que nunca.

El próximo post dentro de dos martes, el 13 diciembre 2022

¿Nos estamos hundiendo? I: la situación

El diluvio de [pseudo]informaciones con el que los medios de comunicación y los dirigentes políticos nos bombardean a diario, junto a la crispación social que fomenta, embota nuestra capacidad de atención y nos deja sumidos en una mezcla de irritación y desesperación.

Nos sentimos zarandeados igual que lo hacen las olas del mar, mientras intentamos asirnos a los restos del naufragio. La entrada en pánico nos lleva a veces a agarrarnos al cuello de otra persona, incluso aunque sospechemos que así ambos acabaremos en el fondo.

​Los árboles y el bosque

En esta situación es difícil tener una perspectiva clara de dónde estamos -poder formular con claridad el problema- que es sin embargo un paso previo imprescindible para ser capaz de buscar soluciones. Por eso es necesario remontar el vuelo y obtener una visión de conjunto.

En esencia, aun a riesgo de presentar un panorama demasiado resumido, nos encontramos inmersos en un cambio en profundidad en la historia de sociedades desarrolladas como la nuestra. Los nuevos elementos surgidos durante los últimos decenios del siglo XX impactan contra unas reglas de juego económicas, sociales y políticas que ya no sirven para encarar las nuevas tensiones.

​Un panorama demográfico transformado

Desde el punto de vista demográfico asistimos a la beneficiosa prolongación de los años de vida saludable, acompañada por una reducción de la natalidad en el mundo desarrollado y los países emergentes asiáticos. Sólo África sigue manteniendo tasas de natalidad altas, lo que se traduce en una creciente descompensación de la población entre regiones mundiales, con la consiguiente presión migratoria.

Pero en el seno de las sociedades occidentales un factor de avance como es la progresiva incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, gracias la mejora de los niveles educativos y las técnicas de control de la natalidad, no ha encontrado todavía una respuesta satisfactoria en el conjunto de la sociedad tanto dentro como fuera del hogar, lo que genera tensiones laborales y sociales sin resolver.

El impacto de la globalización

La irrupción de las nuevas tecnologías de la información, por un lado, y el abaratamiento del coste de los transportes (al menos antes de la pandemia), por otro, han provocado la deslocalización mundial en la fabricación de bienes y las cadenas de suministros: la “globalización”. El impacto en los mercados de trabajo de las sociedades desarrolladas ha sido demoledor y los gobiernos de éstas, tanto de “izquierdas” como de “derechas”, no han hecho esfuerzos sustanciales para ayudar a los “perdedores” de la globalización, más allá de poner en marcha subsidios de tipo clientelista.

En las sociedades desarrolladas, las élites financieras y tecnológicas (el 1% de la población) han multiplicado su cuota de riqueza, mientras las clases media y media-baja están sufriendo una seria disminución de sus ingresos y un deterioro profundo de su estatus social, alimentando así los populismos de izquierda y de derecha. En contraposición, extensas capas de población en los países emergentes están saliendo de la pobreza extrema, de modo que en conjunto la población mundial está viviendo una mejora de su nivel de vida.

​¿Cómo estamos reaccionando en un país como el nuestro?

Dicho con una sola palabra: MAL.

Ante encrucijadas como la actual la historia nos enseña que la situación puede resolverse en un sentido positivo -un avance de las sociedades en su conjunto- o una regresión social. El resultado no está dado de antemano sino que depende de si contamos con estructuras de participación social inclusivas o no, es decir que permitan el equilibrio de intereses entre diversos grupos sociales con unas reglas de juego democráticas y respetuosas con el adversario.

Se podría argumentar que “nuestras instituciones” están mostrando una “resiliencia” a prueba de fallos y por tanto no hay que ser alarmistas. Pero la acumulación de tensiones siempre da paso a un momento de ruptura en el que ya no hay vuelta atrás. Hay quien sigue pensando que “cuanto peor, mejor”, pero lo más probable es que sin soluciones constructivas “cuanto peor, será peor”.

Un ejemplo: el reto demográfico

Para responder al aumento de la esperanza de vida de las personas y no penalizar a los jubilados presentes y futuros se necesita ampliar la base de contribuyentes, es decir ampliar el mercado de trabajo en número, en cualificación y en estabilidad. En las sociedades occidentales la única vía para hacerlo es el esfuerzo en investigación, desarrollo e innovación, no a base de exenciones fiscales para quien haga algo, sino a partir del liderazgo activo de un estado emprendedor.

Basta con echar una ojeada a las cantidades que en España, en el marco de los Fondos Europeos NGEU, se destinan a la investigación y desarrollo o la mejora de los niveles educativos de la población española para ver que no vamos por la senda adecuada.

Continuará en el siguiente post.

El próximo post dentro de dos martes, el 20 julio 2021