No pasa un día sin que los medios de comunicación nos traigan nuevos casos de corrupción, sobre todo en el ámbito político. Sus protagonistas cubren todo el espectro de orientaciones ideológicas. A veces se les intenta tratar como “manzanas podridas” aunque también se habla de corrupción generalizada de entidades o partidos.
Y no se trata sólo de casos de enriquecimiento individual. Porque cuando el dinero va a parar a las arcas de un partido o al círculo de sus allegados el beneficio para el líder o la cúpula directiva es evidente. Ese fue el caso del famoso escándalo de los EREs en Andalucía.
Si fuera tan fácil…
Hay quien quiere reducir la cuestión simplemente a que existen algunos “individuos malos” –líderes políticos o no- y nada más. Con detenerlos, juzgarlos y encarcelarlos, problema resuelto.

También hay quien dice que el problema es que todos somos corruptos, cuando por ejemplo pagamos en negro al fontanero. Estaríamos entonces ante un “problema sociológico”: por tanto no habría nada que hacer excepto resignarnos… y seguir pagando en negro.
Las bases de la corrupción
Pero si se quiere acabar con esta lacra o al menos reducirla, debemos transformar algunos elementos que hoy por hoy forman parte del funcionamiento político español.
Lo público (ya) no es de todos
El primer elemento es el hecho de la apropiación partidista de lo público. Cuando un partido político se hace con el poder ejecutivo -a nivel nacional, autonómico o municipal- cree que desde ese momento todo el aparato y los recursos administrativos son suyos y de nadie más. La transparencia, la rendición de cuentas, el sometimiento a organismos independientes fiscalizadores, etc. de pronto van desapareciendo.
Además tales Administraciones vuelven la espalda al ciudadano de a pie por medio de la ciber-burocracia, las citas previas imposibles de conseguir o la forma secreta como operan los algoritmos que deciden por ejemplo quién tiene derecho y quién no a recibir el bono social.
Lo público ya no es de todos.
Hace ahora diez años durante el juicio contra Iñaki Urdangarían, la Fiscalía del Estado argumentaba que eso de que “Hacienda somos todos”no era más que un slogan publicitario sin ninguna implicación jurídica. Hacienda es sólo del gobierno y los suyos.
La única institución que hoy por hoy parece entender que su legitimidad se basa en la soberanía del pueblo español es el actual monarca, no el anterior.
Reducir la democracia a las urnas
El segundo elemento que facilita la corrupción es considerar que la victoria en las urnas -o la coalición que se monte- otorga una patente de corso al gobierno resultante para que haga y deshaga a su antojo: las urnas me legitiman para todo, incluyendo la corrupción.
Si no existen los llamados pesos y contrapesos de un sistema democrático las urnas pueden ser antesala de una autocracia o, como en Alemania en 1933, de una dictadura.
Por desgracia el partido que se encuentra en la oposición y reclama elecciones no nos promete un cambio de funcionamiento en este terreno, sino más bien más de lo mismo.
La polarización y los nuestros
¿Pero es que los votantes de un partido, sea al que sea, no ven que los integrantes de su cúpula dirigente tienen las manos manchadas? O menos aún, ¿no ven que lo que prometieron durante la campaña electoral o cuando estaban en la oposición ha desaparecido de su quehacer actual?
Según los teóricos del sistema democrático basado en el llamado “votante racional” esos votantes castigarían tales comportamientos dejando de votar a “su” partido.
Eso podría ocurrir si los votantes estuvieran informados de las propuestas y programas electorales. Pero la realidad es que la adhesión a la figura del líder y el peso de los componentes emocionales y la orientación ideológica se imponen por encima de la más mínima reflexión sobre las propuestas de programas, actuaciones o políticas.
España es uno de los países más enfangados en la polarización de la vida política, junto a sonados casos como el de Estados Unidos.
No hay debates políticos, sólo criticas a la conducta personal del oponente. Se profundiza en lo que va fracturando la sociedad: cultivando el frentismo, erigiendo “cordones sanitarios contra…”, resucitando los fantasmas de la guerra civil o del dictador casi olvidado…


