La trampa de las redes sociales

Por qué estamos enganchados

En otro lugar comentaba cómo las redes sociales llenan de manera superficial y distorsionada el gran vacío de soledad de las sociedades actuales. La soledad no es un fenómeno que se circunscriba a las personas mayores o se dé en entornos en los que las estructuras familiares tengan menos importancia, como puede ocurrir en los países anglosajones. De hecho un reciente estudio detectaba que en España uno de cada cuatro jóvenes entre 16 y 29 años declaraban sentirse en una situación de soledad, situación que se agravaba más en el caso de las chicas. Otros estudios apuntan en la misma dirección.

Los años de confinamiento debido a la pandemia del COVID han ahondado más aún en esta situación, en particular en la generación que en su desarrollo personal y social debería haber estado explorando el mundo de las relaciones sociales y la creación de redes de amistad durante esos años: una etapa que difícilmente puede experimentarse a otras edades.

Síndrome FOMO

No te lo puedes perder”; “Lo más visto”; “De lo que todo el mundo habla”; “Las redes echan humo”… Estas proclamas y otras similares que recibimos diariamente nos advierten que no nos podemos quedar fuera de tal o cual corriente de comentarios supuestamente masivos. Es el síndrome del miedo a quedarse al margen de lo que aparentemente está sucediendo en el mundo, de quedarse fuera de juego cuando el resto de la humanidad va en otra dirección. El síndrome FOMO -por sus siglas en inglés (“Fear of missing out”)- sería «una aprehensión generalizada a que otros puedan estar viviendo experiencias gratificantes de las que uno está ausente». Y se nos dice que la única forma de no quedarnos al margen es estar metidos hasta las cejas en la redes sociales, ser seguidores (“followers”) de todos los famosos e “influencers” que podamos.

Los medios de comunicación tradicionales no son ajenos

A esta exagerada importancia otorgada a las redes sociales contribuyen también los medios de comunicación tradicionales, en particular las cadenas de televisión. Hay programas (“Zapeando”, “Aruser@s”, etc.) que se dedican en buena parte a comentar con tono jocoso pequeños clips procedentes de TikTok o redes similares: vídeos de “gatitos”, de niños o adultos dándose un buen golpetazo, etc. El contexto o la procedencia de lo que se muestra no importa. Lo principal es que se trata de un filón inagotable.

De las risas a los haters

En el otro extremo una práctica que parece extendida es criticar sin piedad a una persona más o menos famosa. Es la ciber-inquisición, a veces practicada por diversas corrientes “identitarias”. Pero no hay “celebrity” que no tenga un número sustancial de odiadores o haters.

Un caso reciente lo hemos vivido alrededor del futbolista Álvaro Morata, como si un penalti fallado fuera más importante que no haber sido capaz la selección nacional de fútbol de adelantarse en el marcador durante los largos minutos de juego reglamentarios. Otra vez los medios de comunicación tradicionales amplificaron hasta la extenuación la marea de haters contra el futbolista, aunque estos mismos medios no fueron capaces de decirnos de cuántos haters se trataba. Lo que sí sabemos es que no hubo más que UN detenido.

Pero el impacto sobre la persona “señalada” por ciber-inquisidores y medios de comunicación no es baladí. En Corea del Sur, por ejemplo, la epidemia de suicidios de jóvenes actrices empieza a ser más que preocupante.

Nuestra mejor cara… y la de los demás

Quien participa en una red social lo hace en lo fundamental para “ver y que te vean”. Y la imagen propia que tratamos de transmitir no va a ser precisamente la foto más horrorosa que tengamos en el móvil, sino justamente lo contrario. Es un terreno en el que en comparación con el ejército de influencers, celebrities y pibones profesionales tenemos todas las de perder, por mucho que nos esforcemos. Pero ello no impide que nos sintamos deprimidos si el eco de nuestra imagen en la redes sociales sólo cosecha comentarios negativos o simplemente no positivos.

“Altamente vulnerable pero extremadamente rentable”

Hace tres meses Sarah Wynn-Williams, ex-directora de Políticas Públicas Globales de Facebook, testificaba ante un comité del Senado de EEUU sobre algunas de las prácticas carroñeras que la red social llevaba a cabo para aumentar sus ganancias.

Facebook anima a quienes están en su red a publicar un “selfie” como parte de su perfil. En el caso del segmento de chicas entre 13 y 17 años cuando se detectaba que habían borrado dicha foto, se infería acertadamente que se sentirían deprimidas o tristes. Entonces Facebook aprovechaba para informar a los anunciantes sobre los estados emocionales de las adolescentes para ofrecer, por ejemplo, productos de belleza. Según reconocían en el seno del propio gigante tecnológico se trataba de un grupo de personas que era “altamente vulnerable pero extremadamente rentable”.

El próximo post dentro de dos martes, el 22 julio 2025

Las Nuevas Tecnologías y nosotros (y 2)

El post de hace dos martes remitía a éste las propuestas de acción para navegar por el mundo internet.

Hay tres niveles sobre los que podemos y debemos intervenir, con diferentes alcances y herramientas necesarias: a nivel global, a nivel de una sociedad concreta, y a nivel personal y de relaciones en nuestro entorno directo.

La ordenación mundial del espacio internet

Cuando se descubre un nuevo territorio, nos encontramos con un espacio desconocido y sin normas. Es habitual que empresas privadas -permitidas y/o apoyadas por los gobiernos- inicien la “colonización” del terreno.

Europa descubrió las posibilidades comerciales con el Extremo Oriente en el Siglo XVII y las Compañías de las Indias Orientales holandesa y británica fueron las gestoras y a la vez beneficiarias del flujo comercial, sin más freno que la mutua rivalidad.

Durante la llamada “conquista” del Oeste, mientras el ejército norteamericano iba exterminando a las tribus indias nativas se abría un espacio regulado por las “leyes” del Salvaje Oeste (Wild West). Durante mucho tiempo el único orden fue el establecido a su manera por una empresa privada, la Agencia Pinkerton, que llegó incluso a ser contratada por el Presidente Lincoln para su protección personal. Ni qué decir tiene que la actuación de “los Pinkerton” fue degenerando hasta incorporar comportamientos mafiosos.

Hoy estamos metidos en el nuevo mundo internet, dominado por las grandes tecnológicas y beneficiarias en este espacio sin ley.

Recientemente el gigante Meta (dueño de Facebook, Instagram y WhatsApp) anunció que dejaría de supervisar los contenidos (bulos y otros mensajes inapropiados) de sus redes sociales y, al igual que X-Twitter, “delegaría en los usuarios” la incorporación de notas o correcciones a las publicaciones. Lo asombroso no es tanto que deje de hacerlo como que la única labor de control no lo realizaran los poderes públicos sino que está encomendada a los dueños -privados- de las redes sociales. Es como si la Agencia Pinkerton anunciara que ni siquiera ella iba a perseguir a los forajidos del Salvaje Oeste y que cada uno haga lo que quiera… o pueda.

Sólo existen tímidos intentos regulatorios en la Unión Europea: queda mucho por hacer y la presión social no debería relajarse.

A nivel de nuestra sociedad

Algo que debería cortarse de raíz -y está más a nuestro alcance- es la proliferación de la ciber-burocracia, especialmente en las Administraciones Públicas: un muro que los organismos supuestamente al servicio del ciudadano levantan para impedir o dificultar hasta lo increíble el acceso a los mismos. Tanto la AIRef como la Fundación Civio y otras entidades siguen denunciando la opacidad de los algoritmos utilizados para la solicitud de ayudas públicas y otros trámites. No es de recibo.

También las empresas privadas. Una empresa como Majorel trató de imponer una página web como única vía de interlocución de sus trabajadores con el departamento de Recursos Humanos, eliminando el contacto personal e incluso el correo electrónico. Tal abuso fue frenado por una Sentencia de la Audiencia Nacional. Irónicamente, la empresa había sido galardonada por ser una “compañía innovadora dedicada a la atención al cliente”.

En nuestro entorno personal

Hay que decirlo desde el principio: internet y el mundo digital brindan posibilidades y soluciones que en algunos casos son ya prácticamente imprescindibles y que pueden mejorar muchos aspectos de nuestra vida. El BOE, por ejemplo, ya sólo se puede consultar vía internet.

Para combatir la dañina dependencia a las reglas impuestas por los gigantes de internet no creo en soluciones tipo “ayuno intermitente” (= no usar el móvil durante equis días). Se puede utilizar el móvil, e internet en general, todos los días bajo otras formas basadas en dos reglas.

La primera es mantener a raya nuestras fuentes de información. Las redes sociales están diseñadas como cajas de resonancia que amplifican contenidos redundantes para retenernos el mayor tiempo posible, haciéndonos creer que “nos estamos informando”. El scrolling y otros diseños algorítmicos actúan en esa misma dirección. En vez de dejar que internet y las redes sociales nos coloquen información a la medida, debemos tomar la iniciativa y hurgar de forma autónoma en fuentes varias (“una dieta equilibrada”).

La segunda regla es priorizar el contacto directo con las personas -incluyendo llamadas telefónicas- sobre los pseudo-contactos digitales.

En el caso extremo dejamos a un interlocutor cara a cara con la palabra en la boca para concentrarnos en un contenido que aparece en nuestro móvil: es el llamado Phubbing. Pero alguna entidad bancaria lo ha encuentrado “simpático” y lo incluye en su publicidad. Sin comentarios.

Cuando sustituimos las relaciones personales por los “likes” y los seguidores en internet estamos cayendo en la trampa de los gigantes tecnológicos. La vía internet tiene sentido si refuerza la vía directa personal, no si la sustituye.

Ocurre que internet “llena” algunos vacíos de nuestra vida personal y social que habría que llenar con otras estrategias.

El próximo post dentro de dos martes, el 4 febrero 2025

Las Nuevas Tecnologías y nosotros (primera parte)


Las Nuevas Tecnologías de la Información (NTI), de las que hace cincuenta años desconocíamos su existencia, parecen hoy en día ser un elemento imprescindible de nuestra vida cotidiana, personal y social. ¿Qué ha cambiado?

Una brevísima historia

Es sabido que la investigación que creó las bases del mundo internet fue financiada con dinero público procedente de la administración federal norteamericana. Aprovechando ese esfuerzo, cuando llegó el momento de desarrollar aplicaciones industriales la iniciativa privada pudo entrar en juego, de forma que actualmente las grandes grupos tecnológicos -norteamericanos- han crecido hasta convertirse en las mayores empresas del mundo, sólo amenazadas por compañías chinas como Xiaomi o Huawei.

¿Progreso económico?

Se supone que la expansión de cada nueva tecnología aumenta la productividad de la economía en su conjunto y además se espera que, aunque todo cambio tecnológico destruye puestos de trabajo, también creará otros. Según cada sector socio-económico el impacto será desigual y el ritmo de destrucción/creación de empleos no tiene que ser el mismo. Pero si se ponen en marcha políticas compensatorias adecuadas la economía y la sociedad en general saldrían beneficiadas sin dejar a nadie atrás.

Los ganadores del Premio Nobel de Economía de 2024, Daron Acemoglu y Simon Johnson, han mostrado que los efectos de este proceso dependen de quiénes dirigen las inversiones tecnológicas y con qué propósito. En su libro Poder y progreso. Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad muestran cómo en ausencia de concertación social, el grueso de las aplicaciones derivadas de las NTI se están dirigiendo ha automatizar y eliminar puestos de trabajo, con el objetivo de ahorrar costes -sin que la productividad de la economía haya crecido significativamente. Tampoco se ha favorecido la expansión de nuevas actividades productivas ni el aumento de la productividad marginal de los empleados. En muchos casos más que la desaparición de puestos de trabajo el resultado está siendo la reducción de los salarios reales y la precariedad laboral.

En algunos casos la aplicación de NTI ha trasladado al consumidor o usuario las tareas que antes desempeñaban los trabajadores, en una suerte de economía de auto-servicios, pero sin aumento del bienestar del conjunto de la sociedad.

Acemoglu y Johnson afirman con rotundidad que estos procesos se pueden llevar a cabo de otro modo y que no es la tecnología en sí sino la forma en que se aplica la que produce resultados diferentes.

Y nosotros

Pero también hay una dimensión más personal y cotidiana.

Durante un tiempo, los sectores progresistas creyeron que el desarrollo tecnológico que traía internet era, por sí mismo, el heraldo de un nuevo espacio de libertad donde podíamos hacer oír nuestra voz y conectar con otros miembros de la sociedad, en cualquier rincón del mundo (como algunos anuncios que nos prometen una “fraternidad universal”).

Esta utopía necesita soportes: las redes sociales (nuestros contactos y lo que atrae nuestra atención), el contenido de nuestros correos, el rastro que dejamos al movernos por internet, las búsquedas que hacemos, etc. Todos estos soportes son propiedad privada de empresas cuyo objetivo es saber todo de nosotros, incluso más allá de lo que conscientemente sabemos de nosotros mismos. Un auténtico “Gran Hermano” comercial (el sistema chino de ciber-vigilancia policial va incluso mucho más allá).

¿PARA QUÉ? Para alimentar los almacenes de big data necesarios para la Inteligencia Artificial y para poder colocarnos publicidad totalmente personalizada (micro-targeting).

¿CÓMO? Absorbiendo nuestra atención y aplicando algoritmos que nos retienen el máximo de tiempo en páginas web, buscadores o redes sociales.

¿POR QUÉ? Porque nuestro entorno social, laboral, político, mediático y sanitario dispara nuestra ansiedad y el mundo internet nos brinda una suerte de bálsamo momentáneo, pero que también nos engancha: sí, como una droga.

El engaño en el mundo digital

El sueño de libertad se plasma en la producción colectiva de materiales que lanzamos a internet, como si fuéramos productores de información que comunicamos al mundo [un ejemplo es este mismo blog]. En 2004 Dan Gillmor publicó We the Media, pretendiendo que la masa de blogueros, tuiteros, influencers, etc. íbamos a sustituir a los medios de comunicación tradicionales: “nosotros somos los medios de comunicación”.

Años antes el sociólogo canadiense Marshall McLuhan ya avisó que en el mundo actual lo importante no es el contenido sino el medio: “El medio es el mensaje”, es decir la forma de un medio se incrusta en cualquier mensaje que transmita o transporte, de modo que el medio influye en cómo se percibe el mensaje: la transmisión por internet por ejemplo.

Y el mundo digital nos sigue enganchando porque se parece -sólo se parece- al mundo real, pero diseñado a nuestra medida y gustos. En paralelo el impacto en nuestros procesos cerebrales empieza a preocupar de forma creciente en la opinión pública.

¿Se puede hacer algo?

. Pero esto será objeto de la siguiente entrega de este blog.

El próximo post dentro de dos martes, el 21 enero 2025

Atrapados en CiberJurassic Park

Hace un cuarto de siglo dos estudiantes de la Universidad de Stanford fundaron Google, que en realidad es una empresa de publicidad basada en lo que buscamos por la red. El mundo internet, hasta entonces concebido como un nuevo espacio libre y abierto, se convirtió en un simple terreno para hacer negocios.

A esa empresa, ahora integrada en un conglomerado de compañías bajo el nombre de Alphabet, se le han ido añadiendo las que hoy en día son las mayores empresas del mundo: Apple, Amazon, Meta Platforms (empresa matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp) y Microsoft. La lucha entre éstas, y de otras empresas tecnológicas de menor tamaño, es feroz. Y el botín es uno: NOSOTROS.

Una nueva “era de los descubrimientos”

La actual era internet se asemeja mucho a la Revolución comercial europea que se desarrolló durante los siglos XVI y XVII: fue la llamada era de los descubrimientos, facilitada por los avances en las técnicas de navegación, y que rápidamente cedió el protagonismo (y los beneficios) a las Compañías holandesa y británica de la Indias, en guerra continua con el comercio portugués y español de la época. Los nuevos territorios que se iban descubriendo se convertían rápidamente en colonias comerciales, tal y como sucede hoy en día en el mundo internet, convertido en un mero campo de batalla entre gigantes monstruos.

El paralelismo se aplica también a cómo estas grandes compañías asumen -a su manera- funciones que hubieran correspondido a los poderes públicos. El correo y las comunicaciones, antaño garantizadas en su privacidad e integridad por los Estados, ahora son gestionados por gmail y similares. La supervisión “moral” de los contenidos que se vierten en las redes sociales está encomendada a sus gestores privados. Los canales informativos de organismos públicos se regulan por las leyes del Estado norteamericano en el que esté ubicado Twitter, Telegram o YouTube. Etc.

La base del negocio: nuestra captura

El primer paso consiste en capturar la presa: NOSOTROS.

Se nos ofrecen servicios cada vez más indispensables para nuestra vida cotidiana. ¿Qué podemos hacer sin tener una dirección de correo electrónico, un número de teléfono móvil con su correspondiente smartphone, un acceso a internet, una conexión a alguna rede social tipo WhatsApp, etc.?

Además se nos envuelve en equipos y aplicaciones que forman una red cada vez más tupida y absorbente (smartphone, tablet, PC, smartwatches, smartTV, automóvil conectado, domótica, etc.), con un hilo conductor que es nuestra cuenta de usuario: una especie de carnet del club al que nos hayamos apuntado: Microsoft, Apple, Google, etc.

Bajo la lupa

No basta con estar “metidos”: hay que estar activos-focalizados-absorbidos, dedicando toda nuestra atención y nuestro tiempo a movernos dentro de ese “universo”. Se trata de fomentar un tipo de drogadicción que nos retiene ahí. El objetivo es radiografiarnos más allá de lo que sabemos de nosotros mismos, en particular los mecanismos por los que actuamos en la forma como lo hacemos.

Para ello estas grandes empresas han construido algoritmos basados en las teorías conductuales del psicólogo B.J. Fogg descritas en su libro escrito hace más de veinte años Tecnología persuasiva: uso de los ordenadores para cambiar lo que pensamos y hacemos. No solamente nos influyen sino que también recopilan miles de datos sobre nosotros (qué nos gusta, qué no, con quién nos relacionamos, qué compramos, que sitios web visitamos, qué gastamos, qué buscamos, qué opiniones tenemos, etc.) con fines persuasivos y para alimentar los algoritmos de la moderna Inteligencia Artificial.

Impactos sociales

La principal víctima de este estado de cosas es la población infantil y juvenil. Como leemos en la revista The Lancet “los adolescentes pasan cada vez más tiempo inmersos en un mundo digital: revisan mensajes en X, recuentan me gusta (likes) en Instagram, o ven YouTube o TikTok. Según los últimos datos, el 36 % de los adolescentes declaró tener una conexión continua en línea con otras personas. El 11 % de los adolescentes muestra un uso patológico y síntomas similares a la adicción: no pueden controlar su uso, tienen síntomas de abstinencia de ansiedad y bajo estado de ánimo cuando no pueden usar las redes sociales, descuidan otras actividades e informan de consecuencias negativas en su vida diaria habitual”.

Se está modelando así la llamada “generación ansiosa” y se está deteriorando gravemente el desarrollo cerebral de niños y adolescentes.

En el otro extremo, buena parte de la población mayor sufre el olvido y se les deja atrás a la hora de acceder al mundo digital y manejar las herramientas que después las Administraciones les exigen para acceder a los servicios públicos.

Así, cuando estas Administraciones anuncian rimbombantes programas de ayudas para poblaciones vulnerables, su efectividad real se reduce a menos de la mitad debido entre otros muchos factores a la ciber-burocracia que en paralelo levantan cual muro de exclusión frente a la ciudadanía.

El próximo post dentro de dos martes, el 29 octubre 2024

In-movil(izados)

De la libertad a la hiper-vigilancia

Cuando el mundo internet irrumpió en nuestra sociedad muchos lo saludaron como el reino de la libertad absoluta, en el que se podía decir y hacer cualquier cosa.

Nada más ingenuo. Autores como Jonathan Zittrain ya en 2008 avisaron de hacia dónde iba ese mundo, en un libro -no traducido al español aunque descargable gratis aquí– titulado El futuro de internet y cómo pararlo.

En pocos años hemos entrado en el reino de la hiper-vigilancia y el hiper-control, cuyos principales agentes comentaré más abajo.

Mecanismos de control: los smartphones y el secuestro de la atención

La herramienta básica de control en el internet actual son los teléfonos móviles. Tienen una doble “ventaja”. Por un lado son personales y personalizados, de modo que asumen nuestra identidad: carnets, tarjetas sanitarias, correos electrónicos identificadores, receptores de mensajes privados, etc. Pero además integran un número cada vez mayor de actividades personales: redes sociales, correos y mensajes, gestiones con las Administraciones Públicas y entidades privadas, noticias, música y entretenimiento en general, avisos oficiales y un largo y creciente.

Las grandes empresas tecnológicas lo saben y lo fomentan. Son básicamente empresas de publicidad que a cambio de facilidades gratuitas y semi-gratuitas capturan todos los datos posibles de nuestra persona y nuestra actividad, para así poder vender a los anunciantes unos perfiles cada vez más ajustados de los potenciales compradores de sus productos o servicios. Es el micro-targeting. Aquí aparecen Alphabet (Google), Meta (Facebook), Microsoft, Apple (iPhone), etc. en una dura competencia para captarnos o capturarnos. Así por ejemplo Alphabet nos ofrece el buscador -de términos, imágenes, videos o sonidos-, los mapas, el correo, el calendario, el traductor, etc. en un conjunto cada vez más integrado de aplicaciones y así poder recoger nuestros contactos, preocupaciones, expresiones o intereses para acabar sabiendo de nosotros más que lo que sabemos nosotros de nosotros mismos.

Pero estas aplicaciones y los algoritmos que regulan las redes sociales están diseñados para fomentar cada vez más su uso y tener capturada nuestra atención de forma constante, como bien describe el -por otra parte polémico- escritor Johann Hari en su reciente libro ”El valor de la atención. Por qué nos la robaron y cómo recuperarla”. Esos algoritmos además acentúan la polarización de opiniones en las redes sociales, como instrumento de captura de nuestra atención y nuestro tiempo.

Un espacio público en manos privadas

La realidad es que lo que antes era comunicación pública y protegida por la legislación vigente, ahora ha pasado a una gestión privada: del servicio de Correos a gmail, hotmail y otros; de las relaciones libres entre personas a las redes sociales que administran bajo su propio criterio lo que se puede o no decir o quiénes pueden tener acceso a las mismas.

La situación se hace aún más grave cuando las Administraciones Públicas en España llevan años levantando un muro de ciber-burocracia que castiga de forma especial a las personas y hogares vulnerables. Se llega al extremo de conceder o no ayudas sociales basándose en algoritmos secretos que la Administración se niega a desvelar argumentando “propiedad intelectual”, tal y como ha denunciado de forma reiterada la Fundación Civio.

La tríada de vigilantes

El ciber-espacio tiene la virtualidad de ser fácilmente vigilado por los tres “gran hermanos”: los gobiernos, los ciber-delincuentes y las empresas que mercantilizan nuestros perfiles de usuario.

El caso más extremo de vigilancia gubernamental es el de la República (¡!) Popular (¿?) China, que mantiene a sus 1.400 millones de habitantes en una “jaula invisible”.

Sobre los ciber-delincuentes no hace falta dar muchas explicaciones.

La comercialización de nuestros datos de ciber-comportamiento cubren dos áreas principales. La primera son los datos usercentric:

  • Ubicación geográfica y trayectoria de movimiento
  • Historial de navegación web y uso de aplicaciones
  • Tiempo de permanencia en aplicaciones (apps) o sitios web
  • Interacciones en redes sociales y contenido compartido
  • Comportamiento de compra en línea, incluyendo frecuencia, monto gastado y productos comprados
  • Patrones de uso del teléfono, como horas de uso, patrones de sueño y niveles de actividad física
  • Datos demográficos
  • Preferencias de consumo y opiniones expresadas en línea

La segunda área son los datos site-centric referidos a la actividad dentro de un sitio web o aplicación:

  • Número y duración de visitas
  • Páginas visitadas
  • Clics en enlaces
  • Productos vistos
  • Productos agregados al carrito de compras
  • Carritos abandonados
  • Proceso de pago y conversión

Como concluye este análisis desarrollado por el Instituto de investigación de mercados netquest, “es así como esta poderosa combinación de datos permite a las agencias brindar una visión completa y detallada del comportamiento del consumidor a sus clientes, mejorando su comprensión en tiempo real”.

Quizá de vez en cuando podríamos descansar de teléfono móvil y dedicar nuestro tiempo y nuestra atención más al mundo analógico.

El próximo post dentro de dos martes, el 2 mayo 2023

Élites políticas… televisiones… redes sociales…

​Todo empezó en 1988…

…cuando de la mano de Felipe González la televisión privada aterrizó en España. Y fue en las elecciones generales de 1993 y 1996, cuando los partidos mayoritarios descubrieron el poder de la televisión, superior al tradicional de la prensa escrita. Pero los partidos fueron más allá. Poco a poco la relación que mantenían con la sociedad por medio de sus afiliados o las asociaciones afines (sindicatos, etc.) fue sustituida por la emisión de mensajes a través de los medios de comunicación, en particular la televisión. El camino lo mostró Richard Nixon en su exitosa campaña electoral de 1968.

La vuelta de tuerca del dominio de las televisiones privadas la aportó Rodríguez Zapatero en 2005, permitiendo la creación de Cuatro y La Sexta, que fueron poco después engullidas por Mediaset y Atresmedia respectivamente, consolidando así el duopolio televisivo en España.

​Las reglas de atención mediática

Pero utilizar los medios de comunicación (privados) como herramienta de comunicación de los partidos políticos con la sociedad tiene sus servidumbres. Al fin y al cabo las televisiones son un negocio que busca el lucro a base de comprar audiencia y vender publicidad.

Y ¡cómo se “compra” audiencia? Luis Arroyo Martínez nos explica las reglas que siguen las noticias (¿?) para aparecer en los medios de comunicación. Éstas se centran en:

  1. lo personal y lo privado
  2. la competición, la lucha por el estatus y la rivalidad personal
  3. lo nuevo, lo inesperado, lo anormal, lo extraordinario y lo exótico
  4. los síntomas de crisis, la violencia, el dolor y las amenazas al sistema

¿No es lo que nos sirven diariamente los medios de comunicación, sobre todo las televisiones?

​Hiperliderazgos políticos

Nuestros líderes políticos parecen sentirse a gusto en este formato, como traje a medida para lo se que ha venido a llamar hiperliderazgos:

Algo está cambiando en la manera en que muchos líderes democráticos ejercen el poder. (…) los hiperlíderes gestionan sus gobiernos con un añadido de centralidad y personalismo. (…) La emocionalidad substituye a la racionalidad como factor central en la comunicación y fomenta un contacto directo entre el hiperlíder y la sociedad que gobierna.”

(CIDOB Report nº 4)

Como señala Félix Ortega, “lo decisivo no es ya el encuentro directo del líder político con sus seguidores sino el acceso al gran público a través de los mass media. Estos son la real correa de transmisión entre los partidos y sus electores”. (“Del auge del periodismo”, Claves de la Razón Práctica, n.º 72, pp.53-58)

Tenemos hiperlíderes bien conocidos: Pablo Iglesias, Isabel Díaz Ayuso, Pedro Sánchez, Albert Rivera, Pablo Casado, etc. Ahora no sabemos lo que cada partido hace o propone: sólo lo que su líder dice. Y para hacerse notar tienen que seguir las reglas de atención mediática: polemizar continuamente, es decir crispar la opinión pública.

​La esperanza (truncada) en Internet

Hace años creímos que Internet traería un espacio de comunicación distinto al de los medios tradicionales, donde nos podríamos expresar libremente, creando redes colectivas de mensajes. Así sucedió en España con ocasión de los atentados del 11-M (“Pásalo”) o el movimiento 15-M.

Este nuevo espacio mediático sirvió en su momento para lanzar nuevos partidos. El ejemplo más claro es el de Podemos que demostró el dominio del márketing político moderno, con el uso de diversas herramientas telemáticas como Appgreee, Reddit o Agora Voting, además de Facebook y Twitter. Aunque hoy en día ha sido superado con creces por Vox.

Pero las redes sociales son negocios privados, con una lógica mercantil y manipuladora tal y como muestra el caso de Cambridge Analytics o las dudosas prácticas de Facebook. Son también los mejores vehículos para los bulos y mensajes de odio.

Y los partidos políticos españoles no han dudado en utilizarlas para canalizar la desinformación como arma política: A los rasgos clásicos de personificación, emocionalidad y polarización, se una ahora la viralidad que otorgan las redes sociales y su apariencia de espontaneidad.

​Puertas giratorias

Quizá por eso entre líderes políticos y medios de comunicación hay unas puertas giratorias fluidas. El desembarco de políticos en los medios de comunicación, en particular pero no sólo como “tertulianos” de platós de televisión, se ha agudizado en los últimos meses.

También ha habido trayectorias desde las televisiones a la política como es el caso de Pablo Montesinos (PP), Isabel Rábago (PP) o Begoña Villacís (Cs). (No hablaré aquí de la reina Letizia)

Pero quien ostenta el número uno en esta puerta giratoria es sin duda Pablo Iglesias: desde el programa televisivo “La Tuerka”, pasando por platós de TV, hasta la Vicepresidencia del Gobierno para volver otra vez a los medios, sobre los que había pedido un “control democrático”. No es extraño que en su momento declarara que «El debate parlamentario no sirve; los verdaderos parlamentos son los platós de televisión«. Es una persona joven y la puerta seguir girando…

El próximo “post” dentro de dos martes, el 26 octubre 2021.