La historia vuelve a acelerarse, esta vez en torno a la posible terminación de la invasión rusa de Ucrania. Durante los últimos días hemos sido testigos de un torbellino de declaraciones -confusas, fragmentarias y hasta contradictorias- de los posibles actores de una paz negociada. Tal ha sido el barullo que los contenidos a incluir en el acuerdo (¿final?) están más en el aire que nunca.
Para no jugar a ser adivinos, la forma más lógica de imaginar el desenlace de esta etapa es partir de las posiciones, intereses, fortalezas y debilidades de cada protagonista y su margen de maniobra actual y futuro.

Los actores y sus premisas
1. Donald Trump y sus tecno-amigos
El segundo mandato -y último- de Trump lo está ejerciendo con un dominio absoluto del poder legislativo, judicial y ejecutivo. Su objetivo es sacar el máximo provecho de estos cuatro años para sí mismo y su grupo de tecno-amigos. Y el instrumento es “hacer caja” tanto desmontando la Administración Federal, en casa, como cobrando la factura de la inversión militar en Europa y en particular en Ucrania.
Lo que ocurra después de su mandato no es una cuestión que le importe ni en un frente ni en el otro. Su auténtica preocupación es China, no sólo desde el punto de vista estrictamente militar sino más bien desde el tecnológico y económico. De ahí la necesidad de asegurar el suministro de materias primas, en particular los minerales y “tierras raras” indispensables para las nuevas tecnologías y el armamento moderno, además del desarrollo de la Inteligencia Artificial, terrenos todos ellos en los que China presenta una contundente delantera.
Junto a lo anterior, el “estilo” barriobajero de comunicación de Trump le permite mantener la fidelidad de sus votantes a la vez que provoca que muchos europeos se centren en rasgarse las vestiduras (al más puro estilo “Montoya”) y poco más.
2. Vladimir Putin y la vuelta al imperio soviético
El principal problema de Putin es la decadencia del país desde el punto de vista tecnológico-económico y sobre todo demográfico, con una población avejentada y en franca disminución. ¿Solución? Echando mano de la clásica nostalgia eslava, pretende reconstruir el territorio (¿y la grandeza?) de la antigua Unión Soviética, comenzando por Ucrania -Bielorrusia ya está anexionada de facto- y siguiendo probablemente con Moldavia y los Países Bálticos.
3. Volodímir Zelenski y Ucrania como trofeo
La historia reciente de Ucrania desde la descomposición de la Unión Soviética ha sido un carrusel de convulsiones sociales y políticas, que desembocaron en el ascenso político del cómico protagonista de una popular serie televisiva. Zelenski ha tenido que asumir un papel que le engrandece en quizá el momento más difícil de la historia de su país: el precio de una independencia parcial y no garantizada a costa de perder la parte más rica de su territorio, a manos rusas, y los yacimientos de minerales estratégicos, a manos de Trump y sus tecno-amigos.
4. Europa y el precio de la complacencia y la división
Una Europa más dividida e inoperante que nunca, con gobiernos nacionales extremadamente débiles, se encuentra de pronto con una pinza Trump-Putin que estos días pasados ha supuesto la mayor bofetada recibida.
Europa no ha hecho sus deberes ni desde el punto de vista de una política exterior común, apoyada por una estructura de defensa suficiente y coordinada, ni desde el punto de vista de desarrollo económico, como el ignorado Informe Draghi ha señalado recientemente.
La Unión Europea sólo ha desarrollado un marco regulatorio progresista, pero que en ausencia de unos cimientos políticos y económicos sólidos puede convertirse en papel mojado.
¿Qué hacer? Lo no hecho durante decenios no puede enmendarse en semanas. Por ello, aun asentando nuevas bases sólidas, a Europa le esperan años de horas bajas: precisamente cuando la polarización social y política fomentada por la mayoría de los partidos gobernantes o en la oposición de cada país -para regocijo de Trump y Putin- bloquea los intentos de reconstrucción.
¿Cómo sería el siguiente capítulo?
El desenlace de esta primera fase, que se espera en los próximos meses si no semanas, marcará el futuro europeo por varios decenios y -Dios no lo quiera- convertiría a Ucrania en una herida sangrante por mucho tiempo. Por la historia europea del siglo pasado ya sabemos que heridas mal cerradas, como el “cierre” de la Primera Guerra Mundial, se convierten en el terreno abonado para un choque militar aún más grande.
Sé que todo esto suena muy pesimista y no me gustaría ejercer de Casandra: la sacerdotisa de Apolo y dotada con el don de la profecía, pero condenada a que nadie creyera en sus pronósticos. Prefiero recordar la máxima de Antonio Gramsci: “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”. Si hay voluntad de remontar todavía se puede tener esperanza, aunque el camino sea más empinado que nunca.
El próximo post dentro de dos martes, el 4 marzo 2025
