Dependes de mí, dependo de tí

Más allá de estas “entrañables” fiestas

Entre el muestrario de colonias escenificado por espectaculares pibones y los clásicos anuncios moñas que nos acompañan en fechas navideñas, apenas queda hueco para que nos planteemos con rigor hasta qué punto somos dependientes los unos de los otros.

Dentro del grupo de grandes primates, la especie humana es aquélla en la que los individuos al nacer son más vulnerables y dependen más de su entorno social. Pablo Galindo nos ha recordado que la vulnerabilidad humana es un rasgo universal y permanente del ser humano, que está presente no sólo cuando se sufre alguna herida o se padece algún sufrimiento.

Cada miembro de cada nueva cohorte de recién nacidos sólo puede convertirse en un ser humano funcional a medida que entra en contacto con otros seres humanos. Su supervivencia, pero también el propio desarrollo de su organismo -incluidas la mayoría de sus conexiones neuronales-, están socialmente determinados.

Vulnerabilidades aquí y ahora

Pero además en el trascurso de la vida hay situaciones concretas en las que tenemos especial necesidad de ayuda de los demás: la infancia y buena parte de la primera parte de nuestra vida; los años de dependencia en los tramos finales de la misma; las situaciones de extrema carencia por diversas razones (socio-económicas, medio-ambientales o de salud); etc.

¿Y cómo de vulnerable es la población en España?

Una vez más Comisión Europea ha señalado que el riesgo de pobreza en España se encuentra en situación crítica, lo mismo que el abandono escolar y los niveles de desempleo. El país está a la cola en convergencia social, suspendiendo en 10 de los 17 indicadores evaluados por Bruselas.

Por otra parte las estadísticas oficiales sobre la dependencia nos dicen que el 3,6% de la población española necesita apoyos de mayor o menor intensidad para desarrollar las actividades básicas de la vida diaria (1.567.107 personas ya reconocidas, más 117.187 pendientes de valoración).

Quién se hace cargo

Una de las misiones básicas del llamado Estado del Bienestar es garantizar un mínimo de recursos para que toda persona pueda llevar una vida digna y con posibilidades de desarrollar sus capacidades.

En lo que se refiere a la atención a la dependencia el grueso de esa misión según el tipo de país corre a cargo: a) del conjunto de la sociedad a través de las Administraciones Públicas, como en los países nórdicos; b) del mercado, como en Estados Unidos; o c) de las familias, como en los países mediterráneos, y en particular en España.

Balance de los últimos 18 años

En España la Ley 39/2006 creó el Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia (SAAD), gestionado por las Administraciones Públicas, para “atender las necesidades de aquellas personas que, por encontrarse en situación de especial vulnerabilidad, requieren apoyos para desarrollar las actividades esenciales de la vida diaria, alcanzar una mayor autonomía personal y poder ejercer plenamente sus derechos de ciudadanía”.

18 años después, la Asociación Estatal de Directoras y Gerentes de Servicios sociales señala cómo “los procedimientos burocráticos, las ridículas cuantías de las prestaciones, junto la baja intensidad de los servicios y la imposibilidad de compatibilidad (…), a lo que hay que añadir la deficiente financiación y las desigualdades territoriales en su desarrollo, hacen un Sistema Low Cost que es poco eficaz para atender las necesidades de las personas en situación de dependencia”.

El limbo de la dependencia

El tiempo medio de tramitación de un expediente de dependencia es de casi un año (330 días), de modo que a finales de 2024 había cerca de 300.000 personas en el “limbo de la dependencia”: bien pendientes de valoración, bien con derecho reconocido pero en espera de atención o finalmente con un plan aprobado pero aún no efectivo. El doloroso resultado es que en 2024 más de 18.000 personas han fallecido en las listas de espera de la dependencia (casi 400.000 desde 2017).

Gastos contabilizados y no contabilizados

El gasto en cuidados de larga duración en países del sur de Europa como España o Italia no supera el 1% del PIB, mientras que en los países del norte de Europa se destina entre el 2,5 y 3% del PIB.

La gran mayoría de personas dependientes querrían, como es lógico y aconsejable, envejecer en su propia casa. Pero en el caso de una persona con Grado III de dependencia (el grado máximo) recibe una ayuda que no cubre más allá del 13% del tiempo de atención que necesitaría.

¿Quién cubre el resto del tiempo?: el entorno familiar, fundamentalmente esposas o hijas, siguiendo el clásico esquema familiar patriarcal. Tal forma de abordar la cuestión, acentúa la discriminación por género y las bajas tasas de natalidad. No se puede paliar la situación de un sector de la población cargando ese peso sobre otro adyacente. Las costuras sociales se tensan hasta el límite.

El próximo post dentro de dos martes, el 7 enero 2025

Las horas bajas de las clases medias

Durante los años que siguieron a la IIª Guerra Mundial el asentamiento del Estado del Bienestar, en particular en los países occidentales, fue testigo de la expansión de las llamadas clases medias, facilitando la movilidad social (ascendente) y favoreciendo las aspiraciones a mejorar el nivel de vida de muchas familias. En España un fenómeno parecido se experimentó sólo a partir de mediados de los años sesenta.

Pero la implantación de políticas públicas neo-liberales desde el comienzo de los años ochenta y sobre todo después con la gran crisis de 2008 acabaron con el sueño de esas clases medias.

La OCDE ha insistido repetidas veces cómo la ruptura del ascensor social y el sentimiento de las familias de clase media de haber sido dejadas atrás no ha hecho sino aumentar la presión sobre un sector “exprimido”: “Los gobiernos deben hacer más para apoyar a los hogares de clase media que luchan por mantener su peso económico y su estilo de vida, ya que sus ingresos, estancados, no logran compensar el aumento de los costes de la vivienda y la educación”.

La reducción de las clases medias

Hace ya algún tiempo se leía en el diario El País que “la clase media adelgaza. Su importancia en una economía de mercado como la española reside en su capacidad de cohesionar los diferentes estamentos sociales. Sobre ella descansa el grueso del consumo privado y de la recaudación fiscal, y su paulatino declive se está dejando sentir con fuerza”. El entonces Consejero-Delegado de Carrefour era incluso más claro y contundente: “Las clases medias han sido desplazadas en favor de los beneficios empresariales”.

Pirámide salarial comprimida

Pero esta situación no es igual para todos los componentes de las clases medias. En realidad se produce una polarización de ingresos y rentas dentro de este segmento social. Una minoría ha mejorado su situación, a diferencia de una mayoría que está viviendo un empobrecimiento comparativo. Esta polarización tiene en parte también una componente inter-generacional: las generaciones más jóvenes viven situación más precaria.

La polarización salarial se refleja en los datos recopilados año tras año por la Encuesta anual de estructura salarial del INE: mientras que entre 2008 y 2022 el Salario Mínimo Inter-profesional (SMI) ha ido creciendo, lo que se traduce en un incremento global del conjunto de salarios, dentro de las capas medias el salario relativo de la mayoría ha ido cayendo hacia ese SMI, mientras que una pequeña minoría se ha ido despegando.

Pero ¿qué son las clases medias?

Se tiende a definir los estratos sociales desde un punto de vista exclusivamente estadístico: en función de su nivel de ingresos o de su riqueza. Pero desde la sociología se considera más bien a la clase media como integrada por dos colectivos: los pequeños propietarios de negocios (las PyMEs) y las personas con un bagaje profesional alto o medio-alto. Serían los estratos que Carlos Marx etiquetó como la “pequeña burguesía”, situada entre la burguesía capitalista y la clase obrera.

En las sociedades occidentales tienen (o han tenido) un papel fundamental de estabilización social al ser el espacio para quienes aspiran a ascender socialmente, desean tener su propio negocio y/o viven su profesión como atractiva y motivadora. Todo ello no siempre se refleja en los niveles de ingresos y riqueza, al menos en las primeras fases del ciclo de vida.

Cuando estos pilares se debilitan

Como explica el sociólogo Richard Sennett, las personas asalariadas que aspiran a desarrollar una carrera profesional encuentran que en la empresa “flexible actual la concepción del trabajo ha cambiado radicalmente. En lugar de una carrera predecible, de la adhesión a una empresa a la que se era leal y que a cambio ofrecía un puesto de trabajo estable, los trabajadores se enfrentan ahora a un mercado laboral flexible, con periódicos e imprevisibles reajustes de plantilla, a exigencias de movilidad absoluta. Así, el trabajo ha dejado de ser un elemento organizador fundamental en la vida de los individuos y, por consiguiente, en su inserción en la comunidad.

Este diagnóstico es recogido por los datos de la empresa de estudios de opinión Gallup que revelan la tendencia a la baja en el compromiso de los empleados con sus empresas, sobre todo entre jóvenes tele-trabajadores, tanto en EEUU como en otros países.

Por su parte, los propietarios de una o dos viviendas que alquilan para completar su pensión de jubilación, regentan un negocio familiar o poseen una pequeña explotación agrícola o ganadera sienten una dolorosa pinza entre el deterioro de los ingresos -por un lado- y las políticas medio-ambientales o de ayudas públicas a colectivos vulnerables -por el otro- que les convierten en los “paganos” de la situación: es “el sentimiento de las familias de clase media de haber sido dejadas atrás”, como señala la OCDE.

Éste es el caldo de cultivo del populismo de extrema derecha.

El próximo post dentro de dos martes, el 24 diciembre 2024