En 1961 Hannah Arendt, filósofa y teórica política alemana, asistió como corresponsal al juicio contra el nazi Adolf Eichmann acusado de genocidio contra el pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial.
Basándose en sus reportajes del juicio Arendt escribió un libro que tituló Eichmann en Jerusalén, y subtituló como Un informe sobre la banalidad del mal.
Según Arendt, Eichmann no poseía características antisemitas ni era de carácter retorcido o mentalmente enfermo. Actuó simplemente por deseo de ascender en su carrera profesional: era un simple burócrata que cumplía órdenes sin reflexionar sobre sus consecuencias. Para Eichmann, todo era realizado con celo y eficiencia, y no había en él un sentimiento de «bien» o «mal» en sus actos. Esta banalidad del mal, sin embargo, no le eximía de una culpabilidad moral ni criminal.
La banalidad de la corrupción en Norteamérica
El actual Presidente de Estados Unidos ha hecho de su mandato un ejercicio permanente de forzar hasta el límite y más allá sus decisiones unilaterales y caprichosas acompañadas de maniobras para enriquecerse sin el más mínimo pudor. Es tan habitual su comportamiento diario que parece una práctica tolerada y establecida. Esa ostentación de los miles de millones que va acaparando no es algo que repugne a la población votante, sino más bien los contrario.
Hace pocos días el analista político conservador estadounidense Christopher Caldwell (no confundir con la Drag Queen del mismo nombre) señalaba en un diario español: “Los europeos no entienden a los votantes de Trump: sí ven su corrupción, pero creen más graves otros problemas”.
Junto a ello, los medios de comunicación se encargan de reducir los problemas sociales a espectáculos mediáticos, anestesiando al público receptor. Hace casi veinte años la escritora Susan Moeller publicaba el libro Fatiga de compasión (Compassion Fatigue. How the Media Sell Disease, Famine, War and Death) en el que advertía cómo los medios de comunicación amenazan nuestra capacidad de comprender el mundo que nos rodea, creando una audiencia que ha visto demasiado —o demasiado poco— como para interesarse por los problemas que asolan a la población mundial.
La banalidad de la corrupción en España
El cumplimiento funcionarial de órdenes al estilo Adolf Eichmann, sobre todo si mi puesto se lo debo a quien emite esas órdenes, aparece también en la trama que se nos va desvelando día tras día en los procesos judiciales que afectan al partido en el gobierno y al entorno personal de su Presidente; sin olvidar el Caso Kitchen, esta vez referido al PP.
El tratamiento mediático de esos procesos está creando ya la misma fatiga que en su momento denunciaba Susan Moeller. La población encuestada por el último Barómetro del CIS en junio no considera que la corrupción sea un problema que la afecte personalmente (pregunta 14R) ni está entre los tres primeros problemas que existen en España (pregunta 13R).
Al fin y al cabo los casos de corrupción se refieren a las zancadillas que se ponen entre los grandes partidos o a la apropiación indebida del dinero público. Pero hace ya 10 años durante el juicio contra Iñaki Urdangarían, la Fiscalía del Estado dejó bien claro que eso de que “Hacienda somos todos” no era más que un slogan publicitario sin ninguna implicación jurídica: Hacienda es sólo del gobierno y los suyos.

Pero más allá de la corrupción tipificada en el Código Penal, asistimos a la corrupción derivada del abuso de las prerrogativas gubernamentales y demás poderes institucionales para forzar hasta el límite (esta vez al estilo Donald Trump) los mecanismos que nos van acercando día a día hacia un Estado Autocrático, donde las dos reglas no escritas, que Levitsky y Ziblatt llaman «guardarraíles de la democracia» -la tolerancia mutua y la contención institucional- están en vías de desaparición. En su conocido libro Cómo mueren las democracias definen así estas dos reglas:
- «La tolerancia mutua alude a la idea de que, siempre que nuestros adversarios acaten las reglas constitucionales, aceptamos que tienen el mismo derecho a existir, competir por el poder y gobernar que nosotros».
- «Una segunda norma crítica para la supervivencia de la democracia es lo que hemos venido en llamar «contención institucional«. «Contención» significa «autocontrol paciente, templanza y tolerancia» o «la acción de refrenarse de ejercer un derecho legal». Para los fines que nos ocupan, podemos concebir la contención institucional como el evitar realizar acciones que, si bien respetan la ley escrita, vulneran a todas luces su espíritu».
Estos dos «guardarraíles de la democracia» son dinamitados un día sí y otro también, con medidas justificadas por la polarización que azuzan partidos políticos y medios de comunicación.
Eso sí, se producen acuerdos soto voce cuando los grandes partidos blindan por ley el secreto del precio pagado por los medicamentos a las grandes farmacéuticas. Ejemplo claro que cuando se quiere, se puede; aunque sea para una maniobra tan indigna.
El próximo post dentro de dos martes, el 21 julio 2026