Comenzar un nuevo proyecto

¿A qué edad acaba nuestra presencia en la sociedad?

Cuando en 1870 el Canciller Bismarck creó el primer sistema de pensiones, empezó a extenderse en las sociedades occidentales la idea de que quien ya no trabaja deja de tener una función en la sociedad y pasa a ser una carga. Según la sociología funcionalista se inicia un proceso de retirada (“disengagement”) de la vida pública a partir de la edad del retiro y así irse aproximando al momento de la muerte. Se da por hecho que si lo que hacemos no entra en la Contabilidad Nacional ni se incluye en el Producto Interior Bruto, no estamos haciendo nada y somos unos estorbos y unos parásitos.

De unos años a esta parte la llamada “economía plateada” intenta rescatar el segmento de población hasta los 75 años, al señalar que son personas que todavía son útiles al menos como consumidores (¡!). Más allá… nada.

Estoy amortizado”

Hace unos meses se entrevistaba en un programa de televisión al escritor de 73 años Arturo Pérez-Reverte. Durante un buen rato desengranó su visión crítica sobre el deplorable panorama de la política española y tras ello el entrevistador le preguntó: “Y entonces, ¿qué?”. A lo que Arturo Pérez-Reverte respondió: “A la edad que tengo ya me da lo mismo. Estoy amortizado. Eso es problema de los jóvenes” (minuto 59 del vídeo).

En fechas parecidas el Premio Nobel de Economía en 2008 Paul Krugman, de 72 años de edad, se despedía de sus lectores cerrando una fructífera etapa de 25 años como columnista en el periódico The New York Times.

Parece como si artistas y científicos, aunque algo más tarde que la mayoría de la población, son también conscientes que han llegado a un punto en el que tienen que empezar a “desengancharse” de su participación en la sociedad porque ya no tienen nada nuevo que aportar.

¿Decadencia artística o la última gran obra?

Existe una discusión permanente que gira en torno a si en el terreno de la investigación científica y en el de las artes la calidad del trabajo aportado en los últimos años de vida son fruto de la decadencia intelectual o creativa, o más bien nos encontramos ante el remate glorioso de una trayectoria brillante. Si fuera el primer caso más valdría abstenerse, pero en la segunda opción ese último esfuerzo merecería la pena.

Es la “Opus Ultimum” que el crítico musical Alfred Einstein estudiaba en un artículo de hace casi 90 años, repasando una larga lista de compositores clásicos. En un libro más reciente (“Four Last Songs”) Linda y Michael Hutcheon analizaban los casos de autores de ópera como Giuseppe Verdi (87 años), Richard Strauss (85 años), Olivier Messiaen (83 años) y Benjamin Britten (63 años). Todos ellos parece que hicieron en los últimos años de su vida un esfuerzo extra para firmar una obra maestra, incluso considerada por muchos como “su” obra maestra. Un caso similar sería también el de Jacques Offenbach (61 años).

Un nuevo proyecto

Según Kevin Kelly, fundador de la revista Wired, podemos poner en marcha un “gran proyecto” cada cinco años. Para el común de los mortales no se trata de crear una obra maestra en cualquier campo del arte o una investigación científica merecedora del Premio Nobel. Tampoco debemos sentirnos obligados a dejar un legado intelectual o artístico por el cual las generaciones venideras nos van a recordar para siempre. Eso sería una ridícula vanidad.

Pero aun habiendo cumplido ya la edad “de retiro”, podemos seguir aportando nuestro esfuerzo para intentar mejorar la situación de la sociedad en la que vivimos. Formaría parte de lo que se viene denominando un “pacto intergeneracional”, en vez de pensar que “eso es problema de los jóvenes”.

Años con buena salud

Se me dirá que “llegados a cierta edad” ya no está uno más que para que le cuiden. En muchos casos puede ser así y no se trata de una situación envidiable.

Pero si tiramos de los datos estadísticos oficiales, en España a los 75 años la esperanza de vida de los varones es de más de 12 años y de las mujeres de 15 años. También se calcula que en promedio el número de años de vida con buena salud se igualaría en ambos sexos y sería cercano a los 8 ó 9 años.

Si hacemos caso a lo que decía Kevin Kelly, nos encontramos que con 75 años todavía tenemos tiempo en nuestra vida para poner en marcha casi un par de grandes proyectos.

¿Qué proyecto?

No se trata necesariamente de un GRAN proyecto: el tamaño es siempre relativo (Lucas 21:1-4). Confieso que tengo un par de proyectos en la cabeza, el primero de los cuales está ya en ebullición. Me está sirviendo de “manual” el libro de MBS Cómo empezar. Empieza a hacer algo que importe.

El próximo post dentro de dos martes, el 1 abril 2025

A vueltas con el edadismo


Un tema cada vez más recurrente en los medios de comunicación es el del edadismo. El Diccionario de la Lengua Española lo define como la “discriminación por razón de edad, especialmente de las personas mayores o ancianas”. Y por discriminar el Diccionario entiende “seleccionar excluyendo” o también “dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc”. A su vez el Diccionario define anciano como una persona “de mucha edad”. ¿No huele esta descripción también un poco a edadismo?

Cabe el peligro de entender el edadismo como una mera actitud personal contra los mayores. El propio CIS publicó hace pocos días una encuesta sobre el tema. En el titular de su nota de prensa proclamaba que el 68,9% de los encuestados cree que los mayores de 65 años tienen “muchos o bastantes problemas”.

Para periódicos como El País lo importante es que el 58,6% de los mayores de 65 años cree que los hijos les atienden peor que antes. Otros medios de comunicación son aún más rotundos: “la mayoría de los mayores de 65 años opina que los hijos ahora cuidan peor a los padres”. Y rtve se fija en que uno de cada tres mayores se siente ignorado por su edad.

Lo curioso del caso es que el propio CIS reconoce unas líneas más abajo de su nota de prensa que son los jóvenes los que estrían peor: en relación con la situación de los jóvenes menores de 35, el porcentaje aumenta ya que un 82,5% considera que tienen “muchos o bastantes problemas”. ¿Es que esto ya no sería edadismo?

Más. Para el CIS personas mayores son las que tienen más de 65 años, es decir atribuye a la edad cronológica una situación social determinada. Y en esa misma línea pregunta sobre situaciones vividas susceptibles de discriminación… sólo a las personas de 65 y más años. Si la persona entrevistada tiene 64 años, no es objeto de atención por parte del CIS. Y en el otro extremo, reserva otro bloque de preguntas para menores de 35 años. Es decir da por hecho que la edad cronológica es la que determina tu situación en la vida y la sociedad.

El CIS no es el único organismo que discrimina en sus encuestas según la edad. Por ejemplo las encuestas periódicas de Eurostat sobre digitalización de la sociedad incluye a personas hasta los 74 años. Y el INE hace lo propio, aunque en sección aparte se añaden datos referidos a personas de 75 y más años. La brecha digital desaparece de un plumazo.

La edad, incluso, sería la causa de la orientación ideológica y de voto de las personas. Es lo que remacha la encuesta del CIS al preguntar si la edad influye en el comportamiento y/u orientación política de las personas (P.17 y siguientes).

Se cae aquí en el error de dar por válida la edad cronológica como factor clave, sin tener en cuenta cómo las generaciones y cohortes de población viven los momentos históricos de forma diferente y son estas vivencias más determinantes que los años que figuran en el DNI.

En el caso reciente de las elecciones generales de Alemania, se ha llamado la atención en hecho que el voto a cada partido ha sido diferente según la edad de los votantes, Pero la polarización del voto ha sido mucho mayor en territorios como la antigua Alemania del Este, pero eso parece que importa menos.

Edadismo institucional

¿Es el edadismo una cuestión de actitud de las personas, o está institucionalizado en infinidad de marcos normativos?

En la sociedad actual la edad cronológica nos marca derechos y obligaciones, ventajas y desventajas, prerrogativas y prohibiciones cuyo único fundamento es el creer que el número de años determina lo que podemos y no podemos hacer. La lista es demasiado larga para enumerarla aquí, pero desde las ayudas sociales a los periodos de renovación del carnet de conducir el abanico es extenso.

Cuando los discursos oficiales -o los relatos como se dice ahora- atribuyen al edadismo a la actitud particular de las personas y nos olvidamos de las normas incrustadas en el entorno institucional estamos cometiendo un grave error de apreciación y también dejando sin resolver situaciones injustas.

En fin, ¿tengo derecho a opinar sobre el edadismo?

Habrá quien me recrimine que no me rasgo las vestiduras en contra de los micro-edadismos verbales (“A tu edad…”) que oímos con frecuencia, y que parece que son los únicos problemas importantes. O que practico una especie de apropiación cultural a la inversa porque no soy de ese colectivo. La verdad es que sí lo soy pero eso no me da más derecho que nadie.

En este sentido es refrescante la declaración del actor Rupert Everett: “Nunca he estado de acuerdo con que solo los actores gais podamos hacer papeles gais”.

El próximo post dentro de dos martes, el 18 marzo 2025

Ucrania, el fin del primer capítulo

La historia vuelve a acelerarse, esta vez en torno a la posible terminación de la invasión rusa de Ucrania. Durante los últimos días hemos sido testigos de un torbellino de declaraciones -confusas, fragmentarias y hasta contradictorias- de los posibles actores de una paz negociada. Tal ha sido el barullo que los contenidos a incluir en el acuerdo (¿final?) están más en el aire que nunca.

Para no jugar a ser adivinos, la forma más lógica de imaginar el desenlace de esta etapa es partir de las posiciones, intereses, fortalezas y debilidades de cada protagonista y su margen de maniobra actual y futuro.

Los actores y sus premisas

1. Donald Trump y sus tecno-amigos

El segundo mandato -y último- de Trump lo está ejerciendo con un dominio absoluto del poder legislativo, judicial y ejecutivo. Su objetivo es sacar el máximo provecho de estos cuatro años para sí mismo y su grupo de tecno-amigos. Y el instrumento es “hacer caja” tanto desmontando la Administración Federal, en casa, como cobrando la factura de la inversión militar en Europa y en particular en Ucrania.

Lo que ocurra después de su mandato no es una cuestión que le importe ni en un frente ni en el otro. Su auténtica preocupación es China, no sólo desde el punto de vista estrictamente militar sino más bien desde el tecnológico y económico. De ahí la necesidad de asegurar el suministro de materias primas, en particular los minerales y “tierras raras” indispensables para las nuevas tecnologías y el armamento moderno, además del desarrollo de la Inteligencia Artificial, terrenos todos ellos en los que China presenta una contundente delantera.

Junto a lo anterior, el “estilo” barriobajero de comunicación de Trump le permite mantener la fidelidad de sus votantes a la vez que provoca que muchos europeos se centren en rasgarse las vestiduras (al más puro estilo “Montoya”) y poco más.

2. Vladimir Putin y la vuelta al imperio soviético

El principal problema de Putin es la decadencia del país desde el punto de vista tecnológico-económico y sobre todo demográfico, con una población avejentada y en franca disminución. ¿Solución? Echando mano de la clásica nostalgia eslava, pretende reconstruir el territorio (¿y la grandeza?) de la antigua Unión Soviética, comenzando por Ucrania -Bielorrusia ya está anexionada de facto- y siguiendo probablemente con Moldavia y los Países Bálticos.

3. Volodímir Zelenski y Ucrania como trofeo

La historia reciente de Ucrania desde la descomposición de la Unión Soviética ha sido un carrusel de convulsiones sociales y políticas, que desembocaron en el ascenso político del cómico protagonista de una popular serie televisiva. Zelenski ha tenido que asumir un papel que le engrandece en quizá el momento más difícil de la historia de su país: el precio de una independencia parcial y no garantizada a costa de perder la parte más rica de su territorio, a manos rusas, y los yacimientos de minerales estratégicos, a manos de Trump y sus tecno-amigos.

4. Europa y el precio de la complacencia y la división

Una Europa más dividida e inoperante que nunca, con gobiernos nacionales extremadamente débiles, se encuentra de pronto con una pinza Trump-Putin que estos días pasados ha supuesto la mayor bofetada recibida.

Europa no ha hecho sus deberes ni desde el punto de vista de una política exterior común, apoyada por una estructura de defensa suficiente y coordinada, ni desde el punto de vista de desarrollo económico, como el ignorado Informe Draghi ha señalado recientemente.

La Unión Europea sólo ha desarrollado un marco regulatorio progresista, pero que en ausencia de unos cimientos políticos y económicos sólidos puede convertirse en papel mojado.

¿Qué hacer? Lo no hecho durante decenios no puede enmendarse en semanas. Por ello, aun asentando nuevas bases sólidas, a Europa le esperan años de horas bajas: precisamente cuando la polarización social y política fomentada por la mayoría de los partidos gobernantes o en la oposición de cada país -para regocijo de Trump y Putin- bloquea los intentos de reconstrucción.

¿Cómo sería el siguiente capítulo?

El desenlace de esta primera fase, que se espera en los próximos meses si no semanas, marcará el futuro europeo por varios decenios y -Dios no lo quiera- convertiría a Ucrania en una herida sangrante por mucho tiempo. Por la historia europea del siglo pasado ya sabemos que heridas mal cerradas, como el “cierre” de la Primera Guerra Mundial, se convierten en el terreno abonado para un choque militar aún más grande.

Sé que todo esto suena muy pesimista y no me gustaría ejercer de Casandra: la sacerdotisa de Apolo y dotada con el don de la profecía, pero condenada a que nadie creyera en sus pronósticos. Prefiero recordar la máxima de Antonio Gramsci: “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”. Si hay voluntad de remontar todavía se puede tener esperanza, aunque el camino sea más empinado que nunca.

El próximo post dentro de dos martes, el 4 marzo 2025

La ciber-soledad actual

La soledad se ha convertido en uno de los temas “sociales” más recurrentes en los medios de comunicación y en los “planes” de acción de muchas ONGs y entidades públicas. Pero hace ya la friolera de 75 años el sociólogo norteamericano David Riesman publicó un libro que se convirtió en una sensación editorial titulado La multitud solitaria. Un estudio sobre el carácter cambiante de los estadounidenses. En la sociedad descrita, el control emocional de un individuo está sancionado no por las personas con las que directamente se relaciona sino a través de un mayor consumo de palabras e imágenes procedentes de los nuevos medios masivos de comunicación y, cada vez más, las relaciones con el mundo exterior y con uno mismo se producen por el flujo de la comunicación masiva.

Cincuenta años más tarde otro sociólogo, Robert Putnam, mostró cómo el aumento del tiempo disponible de ocio en las sociedades modernas no se traducía en una mayor participación colectiva en la vida social sino en un ocio cada vez más solitario. En un estudio encargado por los empresarios de boleras descubrió que la gente seguía yendo a jugar a la bolera, pero ahora lo hacía individualmente, no en grupo. Esto hacía que, por ejemplo, se consumiera menos del bar o el tiempo dedicado fuera menor. El resultado del estudio fue publicado bajo el título ”Solo en la bolera” (Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community).

Parte de las críticas que recibió el libro argumentaban que las redes sociales del nuevo mundo internet compensarían esa tendencia al aislamiento. ¿Ha sido así?

La soledad en la era internet

Las primeras redes sociales se basaban en las conexiones y relaciones con personas cercanas -familia y amigos- y permitían una interrrelación más estrecha y reforzada. Pero las redes sociales actuales (Facebook, Instagram, Tik-Tok, etc.) nos conectan con personas -reales o ficticias- de las cuales no sabemos nada excepto lo que contemplamos en sus perfiles de internet. Además los algoritmos que gobiernan esas redes nos conectan con perfiles cada vez menos variados, encerrándonos en entornos que funcionan como cámaras de resonancia, que producen un aislamiento y polarización acentuados.

Se habla mucho de la soledad no deseada, como un problema que se acentúa entre las personas de tramos de edad avanzados. La mayoría de esas personas no son habituales de las redes sociales de internet, y por eso su soledad es más aparente que en otros tramos de edad. Pero sólo más aparente.

Un fenómeno al que se ha dedicado menos atención de la debida es el impacto que el confinamiento forzoso del Covid ha supuesto en las generaciones jóvenes. Para cohortes que en esos años les hubiera correspondido desarrollar su primer grupo de amistades, compartiendo vivencias y momentos de ocio en común, el aislamiento les ha vetado esa socialización y en su lugar se les ha brindado el remedo de las redes sociales.

Las redes sociales como falsa socialización

La primera anomalía de las redes de internet es la total asimetría de las relaciones: seguimos a personas que para nada nos siguen y que ni siquiera nos conocen. Puede que incluso nos sigan personas totalmente desconocidas por nosotros. ¿Es oso una relación? En realidad se trata de miles de millones de mini-espectáculos, de los que nosotros también formamos parte, algunos o muchos de los cuales “seguimos”. Nos mostramos unos a otros, pero no sabemos muy bien si alguien nos ve o nos “sigue”. Es como si existiera un canal de televisión absolutamente personalizado, en el que diariamente nos tragamos lo que nos echen, cuyos contenidos el algoritmo nos ha ido seleccionando.

En segundo lugar hemos sustituido el reconocimiento social que nos pueden conceder y reforzar las personas de nuestro entorno cercano por el pseudo-reconocimiento de los “likes” recibidos vía internet. Al esperar recibir tales likes estamos sometidos a una ansiedad permanente, que se acentúa entre las generaciones jóvenes.

¿Qué hacer?

Tres cosas. En primer lugar no se trata de “desconectar” de internet sino que deberíamos reducir nuestros contactos en redes a las personas que conocemos de verdad en el “mundo analógico”.

Además cuando las redes sociales se convierten en nuestro particular “canal de noticias” de lo que pasa en el mundo, deberíamos quebrar radicalmente, diversificando nuestros canales informativos, eligiendo “a la carta” las fuentes y no tragándonos lo que nos echen.

En fin hay que recuperar los tiempos de ocio colectivos y cara a cara, no a través de las pantallas. Muchos padres jóvenes actuales tienen pavor de que sus hijos salgan y se relacionen en el mundo analógico, pero son totalmente ignorantes de sus pseudo-relaciones digitales. Como señala Jonathan Haidt existe una sobreprotección en el mundo real y una infraprotección en el virtual.

Las nuevas propuestas de inteligencia artificial pueden incluso acentuar la distorsión que las redes sociales están suponiendo en nuestra sociedad.

El próximo post dentro de dos martes, el 18 febrero 2025

Las Nuevas Tecnologías y nosotros (y 2)

El post de hace dos martes remitía a éste las propuestas de acción para navegar por el mundo internet.

Hay tres niveles sobre los que podemos y debemos intervenir, con diferentes alcances y herramientas necesarias: a nivel global, a nivel de una sociedad concreta, y a nivel personal y de relaciones en nuestro entorno directo.

La ordenación mundial del espacio internet

Cuando se descubre un nuevo territorio, nos encontramos con un espacio desconocido y sin normas. Es habitual que empresas privadas -permitidas y/o apoyadas por los gobiernos- inicien la “colonización” del terreno.

Europa descubrió las posibilidades comerciales con el Extremo Oriente en el Siglo XVII y las Compañías de las Indias Orientales holandesa y británica fueron las gestoras y a la vez beneficiarias del flujo comercial, sin más freno que la mutua rivalidad.

Durante la llamada “conquista” del Oeste, mientras el ejército norteamericano iba exterminando a las tribus indias nativas se abría un espacio regulado por las “leyes” del Salvaje Oeste (Wild West). Durante mucho tiempo el único orden fue el establecido a su manera por una empresa privada, la Agencia Pinkerton, que llegó incluso a ser contratada por el Presidente Lincoln para su protección personal. Ni qué decir tiene que la actuación de “los Pinkerton” fue degenerando hasta incorporar comportamientos mafiosos.

Hoy estamos metidos en el nuevo mundo internet, dominado por las grandes tecnológicas y beneficiarias en este espacio sin ley.

Recientemente el gigante Meta (dueño de Facebook, Instagram y WhatsApp) anunció que dejaría de supervisar los contenidos (bulos y otros mensajes inapropiados) de sus redes sociales y, al igual que X-Twitter, “delegaría en los usuarios” la incorporación de notas o correcciones a las publicaciones. Lo asombroso no es tanto que deje de hacerlo como que la única labor de control no lo realizaran los poderes públicos sino que está encomendada a los dueños -privados- de las redes sociales. Es como si la Agencia Pinkerton anunciara que ni siquiera ella iba a perseguir a los forajidos del Salvaje Oeste y que cada uno haga lo que quiera… o pueda.

Sólo existen tímidos intentos regulatorios en la Unión Europea: queda mucho por hacer y la presión social no debería relajarse.

A nivel de nuestra sociedad

Algo que debería cortarse de raíz -y está más a nuestro alcance- es la proliferación de la ciber-burocracia, especialmente en las Administraciones Públicas: un muro que los organismos supuestamente al servicio del ciudadano levantan para impedir o dificultar hasta lo increíble el acceso a los mismos. Tanto la AIRef como la Fundación Civio y otras entidades siguen denunciando la opacidad de los algoritmos utilizados para la solicitud de ayudas públicas y otros trámites. No es de recibo.

También las empresas privadas. Una empresa como Majorel trató de imponer una página web como única vía de interlocución de sus trabajadores con el departamento de Recursos Humanos, eliminando el contacto personal e incluso el correo electrónico. Tal abuso fue frenado por una Sentencia de la Audiencia Nacional. Irónicamente, la empresa había sido galardonada por ser una “compañía innovadora dedicada a la atención al cliente”.

En nuestro entorno personal

Hay que decirlo desde el principio: internet y el mundo digital brindan posibilidades y soluciones que en algunos casos son ya prácticamente imprescindibles y que pueden mejorar muchos aspectos de nuestra vida. El BOE, por ejemplo, ya sólo se puede consultar vía internet.

Para combatir la dañina dependencia a las reglas impuestas por los gigantes de internet no creo en soluciones tipo “ayuno intermitente” (= no usar el móvil durante equis días). Se puede utilizar el móvil, e internet en general, todos los días bajo otras formas basadas en dos reglas.

La primera es mantener a raya nuestras fuentes de información. Las redes sociales están diseñadas como cajas de resonancia que amplifican contenidos redundantes para retenernos el mayor tiempo posible, haciéndonos creer que “nos estamos informando”. El scrolling y otros diseños algorítmicos actúan en esa misma dirección. En vez de dejar que internet y las redes sociales nos coloquen información a la medida, debemos tomar la iniciativa y hurgar de forma autónoma en fuentes varias (“una dieta equilibrada”).

La segunda regla es priorizar el contacto directo con las personas -incluyendo llamadas telefónicas- sobre los pseudo-contactos digitales.

En el caso extremo dejamos a un interlocutor cara a cara con la palabra en la boca para concentrarnos en un contenido que aparece en nuestro móvil: es el llamado Phubbing. Pero alguna entidad bancaria lo ha encuentrado “simpático” y lo incluye en su publicidad. Sin comentarios.

Cuando sustituimos las relaciones personales por los “likes” y los seguidores en internet estamos cayendo en la trampa de los gigantes tecnológicos. La vía internet tiene sentido si refuerza la vía directa personal, no si la sustituye.

Ocurre que internet “llena” algunos vacíos de nuestra vida personal y social que habría que llenar con otras estrategias.

El próximo post dentro de dos martes, el 4 febrero 2025

Las Nuevas Tecnologías y nosotros (primera parte)


Las Nuevas Tecnologías de la Información (NTI), de las que hace cincuenta años desconocíamos su existencia, parecen hoy en día ser un elemento imprescindible de nuestra vida cotidiana, personal y social. ¿Qué ha cambiado?

Una brevísima historia

Es sabido que la investigación que creó las bases del mundo internet fue financiada con dinero público procedente de la administración federal norteamericana. Aprovechando ese esfuerzo, cuando llegó el momento de desarrollar aplicaciones industriales la iniciativa privada pudo entrar en juego, de forma que actualmente las grandes grupos tecnológicos -norteamericanos- han crecido hasta convertirse en las mayores empresas del mundo, sólo amenazadas por compañías chinas como Xiaomi o Huawei.

¿Progreso económico?

Se supone que la expansión de cada nueva tecnología aumenta la productividad de la economía en su conjunto y además se espera que, aunque todo cambio tecnológico destruye puestos de trabajo, también creará otros. Según cada sector socio-económico el impacto será desigual y el ritmo de destrucción/creación de empleos no tiene que ser el mismo. Pero si se ponen en marcha políticas compensatorias adecuadas la economía y la sociedad en general saldrían beneficiadas sin dejar a nadie atrás.

Los ganadores del Premio Nobel de Economía de 2024, Daron Acemoglu y Simon Johnson, han mostrado que los efectos de este proceso dependen de quiénes dirigen las inversiones tecnológicas y con qué propósito. En su libro Poder y progreso. Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad muestran cómo en ausencia de concertación social, el grueso de las aplicaciones derivadas de las NTI se están dirigiendo ha automatizar y eliminar puestos de trabajo, con el objetivo de ahorrar costes -sin que la productividad de la economía haya crecido significativamente. Tampoco se ha favorecido la expansión de nuevas actividades productivas ni el aumento de la productividad marginal de los empleados. En muchos casos más que la desaparición de puestos de trabajo el resultado está siendo la reducción de los salarios reales y la precariedad laboral.

En algunos casos la aplicación de NTI ha trasladado al consumidor o usuario las tareas que antes desempeñaban los trabajadores, en una suerte de economía de auto-servicios, pero sin aumento del bienestar del conjunto de la sociedad.

Acemoglu y Johnson afirman con rotundidad que estos procesos se pueden llevar a cabo de otro modo y que no es la tecnología en sí sino la forma en que se aplica la que produce resultados diferentes.

Y nosotros

Pero también hay una dimensión más personal y cotidiana.

Durante un tiempo, los sectores progresistas creyeron que el desarrollo tecnológico que traía internet era, por sí mismo, el heraldo de un nuevo espacio de libertad donde podíamos hacer oír nuestra voz y conectar con otros miembros de la sociedad, en cualquier rincón del mundo (como algunos anuncios que nos prometen una “fraternidad universal”).

Esta utopía necesita soportes: las redes sociales (nuestros contactos y lo que atrae nuestra atención), el contenido de nuestros correos, el rastro que dejamos al movernos por internet, las búsquedas que hacemos, etc. Todos estos soportes son propiedad privada de empresas cuyo objetivo es saber todo de nosotros, incluso más allá de lo que conscientemente sabemos de nosotros mismos. Un auténtico “Gran Hermano” comercial (el sistema chino de ciber-vigilancia policial va incluso mucho más allá).

¿PARA QUÉ? Para alimentar los almacenes de big data necesarios para la Inteligencia Artificial y para poder colocarnos publicidad totalmente personalizada (micro-targeting).

¿CÓMO? Absorbiendo nuestra atención y aplicando algoritmos que nos retienen el máximo de tiempo en páginas web, buscadores o redes sociales.

¿POR QUÉ? Porque nuestro entorno social, laboral, político, mediático y sanitario dispara nuestra ansiedad y el mundo internet nos brinda una suerte de bálsamo momentáneo, pero que también nos engancha: sí, como una droga.

El engaño en el mundo digital

El sueño de libertad se plasma en la producción colectiva de materiales que lanzamos a internet, como si fuéramos productores de información que comunicamos al mundo [un ejemplo es este mismo blog]. En 2004 Dan Gillmor publicó We the Media, pretendiendo que la masa de blogueros, tuiteros, influencers, etc. íbamos a sustituir a los medios de comunicación tradicionales: “nosotros somos los medios de comunicación”.

Años antes el sociólogo canadiense Marshall McLuhan ya avisó que en el mundo actual lo importante no es el contenido sino el medio: “El medio es el mensaje”, es decir la forma de un medio se incrusta en cualquier mensaje que transmita o transporte, de modo que el medio influye en cómo se percibe el mensaje: la transmisión por internet por ejemplo.

Y el mundo digital nos sigue enganchando porque se parece -sólo se parece- al mundo real, pero diseñado a nuestra medida y gustos. En paralelo el impacto en nuestros procesos cerebrales empieza a preocupar de forma creciente en la opinión pública.

¿Se puede hacer algo?

. Pero esto será objeto de la siguiente entrega de este blog.

El próximo post dentro de dos martes, el 21 enero 2025

Dependes de mí, dependo de tí

Más allá de estas “entrañables” fiestas

Entre el muestrario de colonias escenificado por espectaculares pibones y los clásicos anuncios moñas que nos acompañan en fechas navideñas, apenas queda hueco para que nos planteemos con rigor hasta qué punto somos dependientes los unos de los otros.

Dentro del grupo de grandes primates, la especie humana es aquélla en la que los individuos al nacer son más vulnerables y dependen más de su entorno social. Pablo Galindo nos ha recordado que la vulnerabilidad humana es un rasgo universal y permanente del ser humano, que está presente no sólo cuando se sufre alguna herida o se padece algún sufrimiento.

Cada miembro de cada nueva cohorte de recién nacidos sólo puede convertirse en un ser humano funcional a medida que entra en contacto con otros seres humanos. Su supervivencia, pero también el propio desarrollo de su organismo -incluidas la mayoría de sus conexiones neuronales-, están socialmente determinados.

Vulnerabilidades aquí y ahora

Pero además en el trascurso de la vida hay situaciones concretas en las que tenemos especial necesidad de ayuda de los demás: la infancia y buena parte de la primera parte de nuestra vida; los años de dependencia en los tramos finales de la misma; las situaciones de extrema carencia por diversas razones (socio-económicas, medio-ambientales o de salud); etc.

¿Y cómo de vulnerable es la población en España?

Una vez más Comisión Europea ha señalado que el riesgo de pobreza en España se encuentra en situación crítica, lo mismo que el abandono escolar y los niveles de desempleo. El país está a la cola en convergencia social, suspendiendo en 10 de los 17 indicadores evaluados por Bruselas.

Por otra parte las estadísticas oficiales sobre la dependencia nos dicen que el 3,6% de la población española necesita apoyos de mayor o menor intensidad para desarrollar las actividades básicas de la vida diaria (1.567.107 personas ya reconocidas, más 117.187 pendientes de valoración).

Quién se hace cargo

Una de las misiones básicas del llamado Estado del Bienestar es garantizar un mínimo de recursos para que toda persona pueda llevar una vida digna y con posibilidades de desarrollar sus capacidades.

En lo que se refiere a la atención a la dependencia el grueso de esa misión según el tipo de país corre a cargo: a) del conjunto de la sociedad a través de las Administraciones Públicas, como en los países nórdicos; b) del mercado, como en Estados Unidos; o c) de las familias, como en los países mediterráneos, y en particular en España.

Balance de los últimos 18 años

En España la Ley 39/2006 creó el Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia (SAAD), gestionado por las Administraciones Públicas, para “atender las necesidades de aquellas personas que, por encontrarse en situación de especial vulnerabilidad, requieren apoyos para desarrollar las actividades esenciales de la vida diaria, alcanzar una mayor autonomía personal y poder ejercer plenamente sus derechos de ciudadanía”.

18 años después, la Asociación Estatal de Directoras y Gerentes de Servicios sociales señala cómo “los procedimientos burocráticos, las ridículas cuantías de las prestaciones, junto la baja intensidad de los servicios y la imposibilidad de compatibilidad (…), a lo que hay que añadir la deficiente financiación y las desigualdades territoriales en su desarrollo, hacen un Sistema Low Cost que es poco eficaz para atender las necesidades de las personas en situación de dependencia”.

El limbo de la dependencia

El tiempo medio de tramitación de un expediente de dependencia es de casi un año (330 días), de modo que a finales de 2024 había cerca de 300.000 personas en el “limbo de la dependencia”: bien pendientes de valoración, bien con derecho reconocido pero en espera de atención o finalmente con un plan aprobado pero aún no efectivo. El doloroso resultado es que en 2024 más de 18.000 personas han fallecido en las listas de espera de la dependencia (casi 400.000 desde 2017).

Gastos contabilizados y no contabilizados

El gasto en cuidados de larga duración en países del sur de Europa como España o Italia no supera el 1% del PIB, mientras que en los países del norte de Europa se destina entre el 2,5 y 3% del PIB.

La gran mayoría de personas dependientes querrían, como es lógico y aconsejable, envejecer en su propia casa. Pero en el caso de una persona con Grado III de dependencia (el grado máximo) recibe una ayuda que no cubre más allá del 13% del tiempo de atención que necesitaría.

¿Quién cubre el resto del tiempo?: el entorno familiar, fundamentalmente esposas o hijas, siguiendo el clásico esquema familiar patriarcal. Tal forma de abordar la cuestión, acentúa la discriminación por género y las bajas tasas de natalidad. No se puede paliar la situación de un sector de la población cargando ese peso sobre otro adyacente. Las costuras sociales se tensan hasta el límite.

El próximo post dentro de dos martes, el 7 enero 2025

Las horas bajas de las clases medias

Durante los años que siguieron a la IIª Guerra Mundial el asentamiento del Estado del Bienestar, en particular en los países occidentales, fue testigo de la expansión de las llamadas clases medias, facilitando la movilidad social (ascendente) y favoreciendo las aspiraciones a mejorar el nivel de vida de muchas familias. En España un fenómeno parecido se experimentó sólo a partir de mediados de los años sesenta.

Pero la implantación de políticas públicas neo-liberales desde el comienzo de los años ochenta y sobre todo después con la gran crisis de 2008 acabaron con el sueño de esas clases medias.

La OCDE ha insistido repetidas veces cómo la ruptura del ascensor social y el sentimiento de las familias de clase media de haber sido dejadas atrás no ha hecho sino aumentar la presión sobre un sector “exprimido”: “Los gobiernos deben hacer más para apoyar a los hogares de clase media que luchan por mantener su peso económico y su estilo de vida, ya que sus ingresos, estancados, no logran compensar el aumento de los costes de la vivienda y la educación”.

La reducción de las clases medias

Hace ya algún tiempo se leía en el diario El País que “la clase media adelgaza. Su importancia en una economía de mercado como la española reside en su capacidad de cohesionar los diferentes estamentos sociales. Sobre ella descansa el grueso del consumo privado y de la recaudación fiscal, y su paulatino declive se está dejando sentir con fuerza”. El entonces Consejero-Delegado de Carrefour era incluso más claro y contundente: “Las clases medias han sido desplazadas en favor de los beneficios empresariales”.

Pirámide salarial comprimida

Pero esta situación no es igual para todos los componentes de las clases medias. En realidad se produce una polarización de ingresos y rentas dentro de este segmento social. Una minoría ha mejorado su situación, a diferencia de una mayoría que está viviendo un empobrecimiento comparativo. Esta polarización tiene en parte también una componente inter-generacional: las generaciones más jóvenes viven situación más precaria.

La polarización salarial se refleja en los datos recopilados año tras año por la Encuesta anual de estructura salarial del INE: mientras que entre 2008 y 2022 el Salario Mínimo Inter-profesional (SMI) ha ido creciendo, lo que se traduce en un incremento global del conjunto de salarios, dentro de las capas medias el salario relativo de la mayoría ha ido cayendo hacia ese SMI, mientras que una pequeña minoría se ha ido despegando.

Pero ¿qué son las clases medias?

Se tiende a definir los estratos sociales desde un punto de vista exclusivamente estadístico: en función de su nivel de ingresos o de su riqueza. Pero desde la sociología se considera más bien a la clase media como integrada por dos colectivos: los pequeños propietarios de negocios (las PyMEs) y las personas con un bagaje profesional alto o medio-alto. Serían los estratos que Carlos Marx etiquetó como la “pequeña burguesía”, situada entre la burguesía capitalista y la clase obrera.

En las sociedades occidentales tienen (o han tenido) un papel fundamental de estabilización social al ser el espacio para quienes aspiran a ascender socialmente, desean tener su propio negocio y/o viven su profesión como atractiva y motivadora. Todo ello no siempre se refleja en los niveles de ingresos y riqueza, al menos en las primeras fases del ciclo de vida.

Cuando estos pilares se debilitan

Como explica el sociólogo Richard Sennett, las personas asalariadas que aspiran a desarrollar una carrera profesional encuentran que en la empresa “flexible actual la concepción del trabajo ha cambiado radicalmente. En lugar de una carrera predecible, de la adhesión a una empresa a la que se era leal y que a cambio ofrecía un puesto de trabajo estable, los trabajadores se enfrentan ahora a un mercado laboral flexible, con periódicos e imprevisibles reajustes de plantilla, a exigencias de movilidad absoluta. Así, el trabajo ha dejado de ser un elemento organizador fundamental en la vida de los individuos y, por consiguiente, en su inserción en la comunidad.

Este diagnóstico es recogido por los datos de la empresa de estudios de opinión Gallup que revelan la tendencia a la baja en el compromiso de los empleados con sus empresas, sobre todo entre jóvenes tele-trabajadores, tanto en EEUU como en otros países.

Por su parte, los propietarios de una o dos viviendas que alquilan para completar su pensión de jubilación, regentan un negocio familiar o poseen una pequeña explotación agrícola o ganadera sienten una dolorosa pinza entre el deterioro de los ingresos -por un lado- y las políticas medio-ambientales o de ayudas públicas a colectivos vulnerables -por el otro- que les convierten en los “paganos” de la situación: es “el sentimiento de las familias de clase media de haber sido dejadas atrás”, como señala la OCDE.

Éste es el caldo de cultivo del populismo de extrema derecha.

El próximo post dentro de dos martes, el 24 diciembre 2024

La victoria de Donald Trump y la lección que no aprendemos

Adelantándome una semana a la celebración de las elecciones estadounidenses ya escribí las razones por las que los votantes de Donald Trump le apoyaban. En ese momento todavía no sabíamos cual iba a ser la candidatura ganadora, que resultó triunfante no sólo para alcanzar la Presidencia de la nación sino también para conseguir la mayoría absoluta en la Cámara de Representantes y en el Senado.

Más perdedora (Harris) que ganador (Trump)

Donald Trump sumó alrededor de 2,5 millones más de votos que cuatro años antes. Pero más importante fue para el resultado las pérdidas de Kamala Harris: obtuvo alrededor de 7 millones de votos menos en comparación con los conseguidos por el Presidente Biden en 2020. La mayoría de éstos optaron por quedarse en casa y no ir a votar.

Como sucede cada vez con mayor frecuencia en las democracias occidentales, y en particular en España, los abstencionistas suelen ser el factor clave para el resultado electoral. Millones de votantes dieron la espalda a los planteamientos del Partido Demócrata, quizá porque previamente se sentían abandonados –dejados atrás– por ese mismo partido.

Sin embargo encontramos una excepción. En el estado de Arizona, el demócrata Rubén Gallego ganó el puesto de senador con un margen de más del 2% de votos, allí donde Kamala Harris había perdido por un margen superior al 5% de los votos.

La razón del éxito fue sencilla: entender lo que los votantes sentían. “Los hombres latinos sienten que su trabajo es proporcionar seguridad a su familia — seguridad económica y seguridad física, Y cuando eso se ve comprometido, comienzan a mirar a su alrededor”, declaraba Gallego en un spot de la campaña.

Y ahora, ¿qué va a pasar?

Tras la victoria de Trump esto es lo que se preguntan medio horrorizados millones de defensores de la democracia en España y en el resto de Europa. Pero como dice el filósofo Fernando Savater “Los seres humanos libres nunca preguntan qué va a pasar sino qué vamos a hacer”.

Pues parece que se está dispuesto a seguir haciendo lo de siempre: echar la culpa al partido contrario. Porque nos hemos olvidado rápidamente de lo que ha significado el vuelco en la política norteamericana, como si no fuera con nosotros y volvemos a concentrarnos en las trifulcas locales de luchas -no por el poder- sino por el botín asociado a ocupar puesto políticos y controlar las Administraciones Públicas.

Cuando el devastador impacto de la DANA en cientos de miles de españoles parecía que iba a obligar a una cierta “tregua” hasta que se avanzara en la recuperación de la situación material y psicológica de los afectados, e incluso recuperar los cadáveres aún sin localizar, la crispación entre partidos ha vuelto a estallar en una guerra sucia y unos pactos contra natura que se han trasladado también a las instituciones europeas, con ocasión de la aprobación de los miembros de la nueva Comisión Europea. “Lo ocurrido en el Levante ha demostrado que la población necesita dirigentes sólidos, que generen confianza”, leemos en el periódico Cinco Días. Peo la DANA ha vuelto a mostrar la crisis de liderazgo de los políticos actuales en nuestro país.

Por eso no es de extrañar que en el Barómetro del CIS correspondiente al mes de noviembre a la pregunta de cuál es el primer problema de España en estos momentos, un 37,6% de los ciudadanos responda espontáneamente que los políticos, expresado en una variedad de formulaciones diferentes.

Ignorantes, condenados a repetir la historia

«Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo» escribía el filósofo George Santayana. Por eso viene muy bien a cuento la reciente publicación en España del libro de Siegmund Ginzberg titulado Síndrome 1933. En él el autor subraya los paralelismos entre el año de acceso de Hitler a la cancillería de Alemania y los tiempos actuales. En la presentación del libro leemos: “Una campaña electoral permanente, acuerdos de coalición insólitos, partidos que no son ni de izquierdas ni de derechas sino «del pueblo», voces que se alzan para acallar a la prensa, polarización y discursos de odio, etc.” ¿Nos suena?

Quizá por eso Ginzberg nos recuerda que el mismísimo Papa Francisco dedicó más de la mitad de los nueve minutos de la audiencia concedida a Pedro Sánchez a recomendarle la lectura de este libro (p.14).

Échale la culpa a…

Mientras tanto seguimos con las descalificaciones mutuas, como si se tratara de galgos o podencos. También se puede recurrir a la canción de Rita Hayworth en Gilda que nos aconsejaba “echar la culpa a [poner aquí las siglas del partido de los otros]” («Put The Blame On Mame») mientras interpretaba un strip-tease de sus brazos. Eso sí, nos arriesgamos a llevarnos la bofetada más famosa de la historia del cine, de mano(s) de su marido en la película, interpretado por Glenn Ford.

El próximo post dentro de dos martes, el 10 diciembre 2024

El impacto de la DANA en el Estado de las Autonomías

La DANA sufrida por poblaciones enteras de nuestro país ha reventado muchas costuras del funcionamiento de las Administraciones a todos los niveles.

Aunque España de ningún modo es un Estado fallido, en cambio sí posee un Estado débil, al que se añade una Sociedad civil también débil, a pesar de que en momentos determinados puedan producirse estallidos, tal y como algunos quisieron ver en las protestas que se produjeron durante la visita de los Reyes, Sánchez y Mazón a Paiporta.

El precedente del huracán Katrina: descoordinación, pasividad y bulos

En agosto de 2005 el huracán Katrina pasó por encima de la ciudad norteamericana de Nueva Orleans, matando a más de dos mil personas directamente o a consecuencia de las inundaciones que se produjeron. El huracán mostró la profunda descoordinación entre las Administraciones federal, estatal y local, junto a la pasividad de las mismas y los bulos que circularon.

¿Nos suena?

España: lecciones sin aprender

En el caso de la reciente DANA en la zona de Levante parece que ninguna institución tenía claro cuáles eran sus competencias y, menos aún, cómo debían coordinarse con otras instancias. La polarización y la crispación fomentada por los partidos políticos hacían impensable definir y trazar las áreas de trabajo conjunto.

Pero no pensemos que sólo es una cuestión de diferencias entre partidos. El problema tiene raíces más profundas. Cuando una persona accede a un cargo público, en particular si ha sido por elección democrática, debería tener presente desde el primer momento cuáles son sus responsabilidades. La cuestión es que lo que parece tener claro es a quién se debe: no a los votantes sino a quien le ha seleccionado para encabezar la lista electoral de su partido, es decir la élite política que lo dirige. Al tomar “posesión” de su cargo -y nunca mejor dicho- la tarea a la que se entrega es usar el poder recibido para ponerlo al servicio de su partido, y por extensión a sí mismo. Al fin y al cabo es UNO DE LOS NUESTROS.

Pensando en el siguiente saltito

Así ocurre que el actual Gobierno Central más bien reina que gobierna, pensando en cómo asegurar que la siguiente votación le mantenga en el trono.

La ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, parece estar más dedicada a la preparación de su examen ante el Parlamento Europeo como Vicepresidenta de la Comisión Europea que a atender la situación creada por la DANA.

La consejera de Justicia e Interior y responsable de Emergencias de la Generalitat Valenciana, Salomé Pradas, desconocía la existencia del sistema de envío de alertas masivas a los móviles de la población.

Cuando unos cuantos alcaldes de poblaciones catalanas han dado el salto a diversos altos puestos de la administración de Salvador Illa, ¿para qué “perder” el tiempo examinando los problemas de fondo, siempre dejados para otra ocasión, de quienes les habían votado? Idéntico “pasito” han dado otros tantos concejales socialistas.

¿Hay enriquecimiento personal?

Cuando a algún político se le ha pillado en casos flagrantes de corrupción su partido y ellos mismos suelen usar el argumento de que no ha habido enriquecimiento personal. Tal fue el caso de al alcaldesa de Valencia Rita Barberá o de los Presidentes de Andalucía Manuel Chaves y José Antonio Griñán.

Pero cuando los tejemanejes se han realizado para fortalecer la posición hegemónica de su partido, lo que se están asegurando por esa vía es su propia continuidad en el cargo, y el control de la Administración Pública correspondiente y sus recursos financieros: claro que hay enriquecimiento personal, aunque se haga de forma algo más indirecta.

¿Gobiernos de cercanía? Trocear no es acercar

El Covid-19 ya mostró cómo el Estado de las Autonomías que ahora tenemos presenta fallos notables, aunque desde entonces no ha habido mejora apreciable sino más bien lo contrario.

En España tenemos una larga tradición de creer que cuanto más reducido el ámbito de gobierno más democrático es su funcionamiento. Desde los Reinos de Taifas al movimiento cantonalista durante la 1ª República, a pesar de las buenas intenciones en algunos casos, las experiencias no han funcionado per se.

En el momento actual, el control de la Sociedad Civil sobre las Administraciones Públicas se ha revelado más azaroso cuanto más reducido era el ámbito geográfico. Se contabilizan más casos de corrupción en los niveles más bajos del entramado estatal que en los escalones más altos. La razón hay que buscarla en que a estos últimos niveles hay todavía algunos mecanismos de freno y contrapeso -aunque cada vez más desfigurados- que no se encuentran en Municipios, Diputaciones o Comunidades Autónomas.

Lo pequeño no siempre es hermoso si el resultado es la aparición de reyezuelos y caciques locales, que hacen y deshacen a su antojo: eso sí, siempre que hacia fuera del ámbito de su “cortijo” garanticen a su partido el apoyo fiel.

El próximo post dentro de dos martes, el 26 noviembre 2024