Pensiones: ¡Peligro, campo minado!


Es sabida la aguda situación en la que se encuentra nuestro estado del bienestar: crisis demográfica, envejecimiento de la población, cuidado de la población dependiente, crisis de las pensiones, etc.

Todos los enfoques coinciden en que estamos en un momento crítico, que se agravará en próximos años si no se abordan las cuestiones pendientes. También se alude a la necesidad de alcanzar un nuevo contrato social, que tenga en cuenta distintas dimensiones sociales: el reparto de la riqueza, la protección de la población vulnerable, las diferencias de género, la protección del medio ambiente… y la dimensión intergeneracional.

Desde este último punto de vista parece que hay cierto consenso en la definición del problema y en la necesidad de ese nuevo contrato social intergeneracional. Es decir el qué y el cómo.

Lo que hay más dudas es en el por qué. Un contrato social (implícito o explícito) supone que cada parte cede algo para alcanzar un nuevo equilibrio en el que todas las partes encuentran un acomodo suficiente para sus intereses. Entre las generaciones de mayores y de jóvenes no está claro en qué -y por qué- cederían los primeros para favorecer a los segundos y al contrario.

Para “resolver” esta cuestión se invoca el diálogo intergeneracional.

Diálogo intergeneracional: ¿de qué vamos a hablar?

Hay que establecer un diálogo intergeneracional”, se dice. Lo que no está tan claro es el contenido de ese diálogo. Desde entidades y webs dedicadas a personas mayores se ofrece compartir con los jóvenes la experiencia vivida –la “sabiduría” acumulada– y contar con el “talento senior”. También se propone alojar jóvenes en domicilios de mayores y así crear un “espacio de convivencia”. Otras iniciativas consisten en visitas de mayores a centros de Enseñanza Primaria y Secundaria, creando una suerte de sesiones entre “abuelos” y “nietos”. Etc.

Lo que no aparece en el “temario” son cuestiones de economía, de estado del bienestar, de pensiones futuras, de mercado de trabajo, de acceso a la vivienda, etc.

Bendita” juventud

En los países desarrollados, en particular en España, la juventud ha experimentado en los últimos quince años dos golpes brutales.

  1. La crisis económica de 2008 disparó las cifras de desempleo hasta niveles insoportables para las generaciones jóvenes, sobre todo en España. Pero es que además los jóvenes son el único grupo de edad que no ha recuperado el nivel salarial desde la crisis de 2008.
  2. La pandemia de 2020 ha dejado -otra vez entre jóvenes y adolescentes- un impacto de malestar emocional (ansiedad, depresión, soledad…) del que a fecha de hoy no se han recuperado. Ese vacío e incomprensión por parte del resto de la sociedad ha sido interesadamente ocupado por las grandes empresas tecnológicas y sus redes (a)sociales.

En realidad las nuevas generaciones tienen unas perspectivas más oscuras que las que les han precedido. Pero no es una cuestión de edades, sino de desigual reparto de la riqueza también dentro de cada generación.

Hablando de pensiones: ¿hay que dejar de pagarlas?

El catedrático norteamericano Scott Galloway ha protagonizado polémicos titulares en la prensa española sobre el pago de pensiones.

  • Según ABC (13 mayo 2025) quiere eliminarlas: “Un profesor universitario aboga por dejar de pagar las pensiones a los jubilados: «Son la generación más rica de la historia»”.
  • La Vanguardia (12 mayo 2025) baja algo más el tono: “El polémico profesor universitario que aboga por suprimir gran parte de las pensiones a las personas mayores: «Algo no está funcionando bien»”.
  • infobae (13 mayo 2025) es un poco menos drástico: “Un profesor universitario propone recortar las pensiones a los jubilados: «No deberían cobrarla porque no la necesitan»”.
  • En fin, El Economista (12 mayo 2025) acota más la cuestión: “Un profesor universitario sugiere dejar de pagar las pensiones a un tercio de los jubilados: «Es la generación más rica de la historia»”.

En realidad Galloway dice que entre un 10 y un 30% no deberían recibir la pensión porque no la necesitan.

(¿Para qué estropear un titular sensacionalista?)

En el otro extremo una publicación denunciaba (¿?) al más puro estilo de discurso de odio (“hate speech”) que la juventud española estaba siendo atracada por un electorado envejecido.

Pero el sistema actual de pensiones es notoriamente injusto, no sólo respecto a las futuras generaciones sino entre los pensionistas actuales: más de la mitad de los jubilados cobran una pensión por debajo del salario mínimo. Según el Banco de España, rentas y riqueza en la población mayor presentan diferencias mucho más agudas que entre los jóvenes. Además, los ajustes se están haciendo endureciendo las pensiones futuras. Galloway tiene razón, aunque con porcentajes menores para España.

Blindar las Pensiones: ¿tal y como están?

Por eso discrepo de la propuesta de la Mesa Estatal por el Blindaje de las Pensiones (MERP) si sólo se piensa “blindar” el sistema sin reformarlo profundamente.

El próximo post dentro de dos martes, el 10 junio 2025

“¿Me estás hablando a mí?”

Hace casi medio siglo se estrenaba la película Taxi Driver, dirigida por Martin Scorsese, escrita por Paul Schrader y protagonizada por Robert De Niro. Éste encarnaba a un excombatiente de la guerra de Vietnam solitario e inestable, que debido a su insomnio crónico trabajaba como taxista en la turbia vida nocturna de la ciudad de Nueva York en los años 70.

Considerada una de las mejores películas de la historia del cine, cosechó diversos premios y nominaciones. Además, una escena y una frase se hicieron particularmente célebres. En ella Travis Bickle (Robert De Niro) practica ante el espejo cómo sacar con rapidez una pistola, mientras se dirige a un supuesto contrincante:

¿Hablas conmigo? ¿Me lo dices a mí? Dime, ¿Es a mí? Entonces, ¿A quién demonios le hablas si no es a mí? Aquí no hay nadie más que yo. ¿Con quién demonios crees que estás hablando?”

La escena en cuestión puede visualizarse aquí.

Medio siglo después

La conversión de un trabajador precario en el lobo solitario de extrema derecha que muestra la película no era un tema que preocupara mucho en el entorno socio-político de la España de 1976. Pero el precariado laboral se ha venido extendiendo en nuestras sociedades occidentales desde el inicio de los años 80. Hoy en día conocemos lo que es trabajar en plataformas digitales como las VTC (Bolt, Cabify, Uber, etc), o como riders (Deliveroo, Glovo, Uber Eats, etc). Estos trabajadores, al igual que muchos taxistas, cuidadores de personas dependientes, repartidores de Amazon, temporeros de la hostelería etc. son personas sin rostro, que deambulan sin trayectoria profesional y sin oportunidades de conseguir una vivienda: la mayoría jóvenes. El resentimiento crece poco a poco: «Los jóvenes no están dispuestos a trabajar para ser pobres; quieren un plan de vida y ahora no es posible», señalaba hace unos días un dirigente sindical.

¿Democracia o economía?

Hans van den Broek, profesor de Sociología de la Universidad de Oviedo y especialista en populismos de derechas, advierte que en la situación actual «los jóvenes no dan tanta importancia a la democracia y a vivir en una democracia».

Las últimas elecciones en Estados Unidos han mostrado que muchos jóvenes, aun sin cambiar su orientación ideológica, votaron a Donald Trump más preocupados por el estado de le economía que por las libertades políticas.

Cuando el juego democrático tal y como lo ejercen las élites políticas actuales no brinda a muchas personas una perspectiva de bienestar y seguridad económica, los valores democráticos empiezan a situarse en segundo plano, en particular para un número cada vez mayor de jóvenes. De ahí el crecimiento de las asociaciones conservadoras entre el alumnado de la universidad pública española, como ha relatado hace pocos días el diario “El País”.

Los deberes sin hacer

Las librerías de cualquier país occidental están repletas de libros denunciando la crisis de la democracia liberal, asaltada por ideologías populistas de extrema derecha. Pero, como señala el columnista de The Guardian Aditya Chakrabortty, las causas están más cerca: estos son los votantes que nuestros políticos han creado.

Peter Turchin, estudioso de los ciclos dinámicos de la historia, publicó hace un par de años Final de partida. Élites, contraélites y el camino a la desintegración política. Según este autor, las sociedades comienzan una fase de desintegración cuando se produce un doble fenómeno: el aumento de la pobreza, desigualdad y descontento de la mayoría de la población, a la vez que hay una “sobreproducción” de élites económicas que luchan por hacerse con las posiciones de poder. Comentando la victoria de Donald Trump en 2016 Turchin escribe: “Lo que le dio la presidencia a Trump fue una combinación de conflicto entre las élites y la capacidad de Trump por canalizar una corriente de descontento popular más extendida y virulenta de lo que muchos veían, o querían ver” (p.28). Ni qué decir tiene que este mismo análisis se aplica con más razón aún a su nueva victoria electoral de 2024.

Y en España…

La precariedad en países como España se ha hecho crónica: “nos estamos acostumbrando a que una cuarta parte de la población viva al borde del abismo”. Y esta situación prácticamente no ha mejorado desde el comienzo de la crisis de 2008, aunque la tendencia se viene dibujando desde varios decenios anteriores.

Sobre la lucha entre élites político-económicas para asaltar el poder y las administraciones públicas, basta contemplar cinco minutos de cualquier canal de televisión para constatar la cruda realidad.

Con ambos ingredientes en acción, avanzamos hacia la desintegración social. Y quienes creen que defender la democracia es luchar contra el populismo de extrema derecha, y se olvidan de luchar contra la precariedad creciente y la batalla entre las élites dominantes, no hacen sino alimentar esa dinámica histórica de la que habla Turchin.

Pero la deriva no es inevitable si actuamos en la dirección adecuada.

El próximo post dentro de dos martes, el 15 abril 2025

Comenzar un nuevo proyecto

¿A qué edad acaba nuestra presencia en la sociedad?

Cuando en 1870 el Canciller Bismarck creó el primer sistema de pensiones, empezó a extenderse en las sociedades occidentales la idea de que quien ya no trabaja deja de tener una función en la sociedad y pasa a ser una carga. Según la sociología funcionalista se inicia un proceso de retirada (“disengagement”) de la vida pública a partir de la edad del retiro y así irse aproximando al momento de la muerte. Se da por hecho que si lo que hacemos no entra en la Contabilidad Nacional ni se incluye en el Producto Interior Bruto, no estamos haciendo nada y somos unos estorbos y unos parásitos.

De unos años a esta parte la llamada “economía plateada” intenta rescatar el segmento de población hasta los 75 años, al señalar que son personas que todavía son útiles al menos como consumidores (¡!). Más allá… nada.

Estoy amortizado”

Hace unos meses se entrevistaba en un programa de televisión al escritor de 73 años Arturo Pérez-Reverte. Durante un buen rato desengranó su visión crítica sobre el deplorable panorama de la política española y tras ello el entrevistador le preguntó: “Y entonces, ¿qué?”. A lo que Arturo Pérez-Reverte respondió: “A la edad que tengo ya me da lo mismo. Estoy amortizado. Eso es problema de los jóvenes” (minuto 59 del vídeo).

En fechas parecidas el Premio Nobel de Economía en 2008 Paul Krugman, de 72 años de edad, se despedía de sus lectores cerrando una fructífera etapa de 25 años como columnista en el periódico The New York Times.

Parece como si artistas y científicos, aunque algo más tarde que la mayoría de la población, son también conscientes que han llegado a un punto en el que tienen que empezar a “desengancharse” de su participación en la sociedad porque ya no tienen nada nuevo que aportar.

¿Decadencia artística o la última gran obra?

Existe una discusión permanente que gira en torno a si en el terreno de la investigación científica y en el de las artes la calidad del trabajo aportado en los últimos años de vida son fruto de la decadencia intelectual o creativa, o más bien nos encontramos ante el remate glorioso de una trayectoria brillante. Si fuera el primer caso más valdría abstenerse, pero en la segunda opción ese último esfuerzo merecería la pena.

Es la “Opus Ultimum” que el crítico musical Alfred Einstein estudiaba en un artículo de hace casi 90 años, repasando una larga lista de compositores clásicos. En un libro más reciente (“Four Last Songs”) Linda y Michael Hutcheon analizaban los casos de autores de ópera como Giuseppe Verdi (87 años), Richard Strauss (85 años), Olivier Messiaen (83 años) y Benjamin Britten (63 años). Todos ellos parece que hicieron en los últimos años de su vida un esfuerzo extra para firmar una obra maestra, incluso considerada por muchos como “su” obra maestra. Un caso similar sería también el de Jacques Offenbach (61 años).

Un nuevo proyecto

Según Kevin Kelly, fundador de la revista Wired, podemos poner en marcha un “gran proyecto” cada cinco años. Para el común de los mortales no se trata de crear una obra maestra en cualquier campo del arte o una investigación científica merecedora del Premio Nobel. Tampoco debemos sentirnos obligados a dejar un legado intelectual o artístico por el cual las generaciones venideras nos van a recordar para siempre. Eso sería una ridícula vanidad.

Pero aun habiendo cumplido ya la edad “de retiro”, podemos seguir aportando nuestro esfuerzo para intentar mejorar la situación de la sociedad en la que vivimos. Formaría parte de lo que se viene denominando un “pacto intergeneracional”, en vez de pensar que “eso es problema de los jóvenes”.

Años con buena salud

Se me dirá que “llegados a cierta edad” ya no está uno más que para que le cuiden. En muchos casos puede ser así y no se trata de una situación envidiable.

Pero si tiramos de los datos estadísticos oficiales, en España a los 75 años la esperanza de vida de los varones es de más de 12 años y de las mujeres de 15 años. También se calcula que en promedio el número de años de vida con buena salud se igualaría en ambos sexos y sería cercano a los 8 ó 9 años.

Si hacemos caso a lo que decía Kevin Kelly, nos encontramos que con 75 años todavía tenemos tiempo en nuestra vida para poner en marcha casi un par de grandes proyectos.

¿Qué proyecto?

No se trata necesariamente de un GRAN proyecto: el tamaño es siempre relativo (Lucas 21:1-4). Confieso que tengo un par de proyectos en la cabeza, el primero de los cuales está ya en ebullición. Me está sirviendo de “manual” el libro de MBS Cómo empezar. Empieza a hacer algo que importe.

El próximo post dentro de dos martes, el 1 abril 2025

A vueltas con el edadismo


Un tema cada vez más recurrente en los medios de comunicación es el del edadismo. El Diccionario de la Lengua Española lo define como la “discriminación por razón de edad, especialmente de las personas mayores o ancianas”. Y por discriminar el Diccionario entiende “seleccionar excluyendo” o también “dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc”. A su vez el Diccionario define anciano como una persona “de mucha edad”. ¿No huele esta descripción también un poco a edadismo?

Cabe el peligro de entender el edadismo como una mera actitud personal contra los mayores. El propio CIS publicó hace pocos días una encuesta sobre el tema. En el titular de su nota de prensa proclamaba que el 68,9% de los encuestados cree que los mayores de 65 años tienen “muchos o bastantes problemas”.

Para periódicos como El País lo importante es que el 58,6% de los mayores de 65 años cree que los hijos les atienden peor que antes. Otros medios de comunicación son aún más rotundos: “la mayoría de los mayores de 65 años opina que los hijos ahora cuidan peor a los padres”. Y rtve se fija en que uno de cada tres mayores se siente ignorado por su edad.

Lo curioso del caso es que el propio CIS reconoce unas líneas más abajo de su nota de prensa que son los jóvenes los que estrían peor: en relación con la situación de los jóvenes menores de 35, el porcentaje aumenta ya que un 82,5% considera que tienen “muchos o bastantes problemas”. ¿Es que esto ya no sería edadismo?

Más. Para el CIS personas mayores son las que tienen más de 65 años, es decir atribuye a la edad cronológica una situación social determinada. Y en esa misma línea pregunta sobre situaciones vividas susceptibles de discriminación… sólo a las personas de 65 y más años. Si la persona entrevistada tiene 64 años, no es objeto de atención por parte del CIS. Y en el otro extremo, reserva otro bloque de preguntas para menores de 35 años. Es decir da por hecho que la edad cronológica es la que determina tu situación en la vida y la sociedad.

El CIS no es el único organismo que discrimina en sus encuestas según la edad. Por ejemplo las encuestas periódicas de Eurostat sobre digitalización de la sociedad incluye a personas hasta los 74 años. Y el INE hace lo propio, aunque en sección aparte se añaden datos referidos a personas de 75 y más años. La brecha digital desaparece de un plumazo.

La edad, incluso, sería la causa de la orientación ideológica y de voto de las personas. Es lo que remacha la encuesta del CIS al preguntar si la edad influye en el comportamiento y/u orientación política de las personas (P.17 y siguientes).

Se cae aquí en el error de dar por válida la edad cronológica como factor clave, sin tener en cuenta cómo las generaciones y cohortes de población viven los momentos históricos de forma diferente y son estas vivencias más determinantes que los años que figuran en el DNI.

En el caso reciente de las elecciones generales de Alemania, se ha llamado la atención en hecho que el voto a cada partido ha sido diferente según la edad de los votantes, Pero la polarización del voto ha sido mucho mayor en territorios como la antigua Alemania del Este, pero eso parece que importa menos.

Edadismo institucional

¿Es el edadismo una cuestión de actitud de las personas, o está institucionalizado en infinidad de marcos normativos?

En la sociedad actual la edad cronológica nos marca derechos y obligaciones, ventajas y desventajas, prerrogativas y prohibiciones cuyo único fundamento es el creer que el número de años determina lo que podemos y no podemos hacer. La lista es demasiado larga para enumerarla aquí, pero desde las ayudas sociales a los periodos de renovación del carnet de conducir el abanico es extenso.

Cuando los discursos oficiales -o los relatos como se dice ahora- atribuyen al edadismo a la actitud particular de las personas y nos olvidamos de las normas incrustadas en el entorno institucional estamos cometiendo un grave error de apreciación y también dejando sin resolver situaciones injustas.

En fin, ¿tengo derecho a opinar sobre el edadismo?

Habrá quien me recrimine que no me rasgo las vestiduras en contra de los micro-edadismos verbales (“A tu edad…”) que oímos con frecuencia, y que parece que son los únicos problemas importantes. O que practico una especie de apropiación cultural a la inversa porque no soy de ese colectivo. La verdad es que sí lo soy pero eso no me da más derecho que nadie.

En este sentido es refrescante la declaración del actor Rupert Everett: “Nunca he estado de acuerdo con que solo los actores gais podamos hacer papeles gais”.

El próximo post dentro de dos martes, el 18 marzo 2025

La ciber-soledad actual

La soledad se ha convertido en uno de los temas “sociales” más recurrentes en los medios de comunicación y en los “planes” de acción de muchas ONGs y entidades públicas. Pero hace ya la friolera de 75 años el sociólogo norteamericano David Riesman publicó un libro que se convirtió en una sensación editorial titulado La multitud solitaria. Un estudio sobre el carácter cambiante de los estadounidenses. En la sociedad descrita, el control emocional de un individuo está sancionado no por las personas con las que directamente se relaciona sino a través de un mayor consumo de palabras e imágenes procedentes de los nuevos medios masivos de comunicación y, cada vez más, las relaciones con el mundo exterior y con uno mismo se producen por el flujo de la comunicación masiva.

Cincuenta años más tarde otro sociólogo, Robert Putnam, mostró cómo el aumento del tiempo disponible de ocio en las sociedades modernas no se traducía en una mayor participación colectiva en la vida social sino en un ocio cada vez más solitario. En un estudio encargado por los empresarios de boleras descubrió que la gente seguía yendo a jugar a la bolera, pero ahora lo hacía individualmente, no en grupo. Esto hacía que, por ejemplo, se consumiera menos del bar o el tiempo dedicado fuera menor. El resultado del estudio fue publicado bajo el título ”Solo en la bolera” (Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community).

Parte de las críticas que recibió el libro argumentaban que las redes sociales del nuevo mundo internet compensarían esa tendencia al aislamiento. ¿Ha sido así?

La soledad en la era internet

Las primeras redes sociales se basaban en las conexiones y relaciones con personas cercanas -familia y amigos- y permitían una interrrelación más estrecha y reforzada. Pero las redes sociales actuales (Facebook, Instagram, Tik-Tok, etc.) nos conectan con personas -reales o ficticias- de las cuales no sabemos nada excepto lo que contemplamos en sus perfiles de internet. Además los algoritmos que gobiernan esas redes nos conectan con perfiles cada vez menos variados, encerrándonos en entornos que funcionan como cámaras de resonancia, que producen un aislamiento y polarización acentuados.

Se habla mucho de la soledad no deseada, como un problema que se acentúa entre las personas de tramos de edad avanzados. La mayoría de esas personas no son habituales de las redes sociales de internet, y por eso su soledad es más aparente que en otros tramos de edad. Pero sólo más aparente.

Un fenómeno al que se ha dedicado menos atención de la debida es el impacto que el confinamiento forzoso del Covid ha supuesto en las generaciones jóvenes. Para cohortes que en esos años les hubiera correspondido desarrollar su primer grupo de amistades, compartiendo vivencias y momentos de ocio en común, el aislamiento les ha vetado esa socialización y en su lugar se les ha brindado el remedo de las redes sociales.

Las redes sociales como falsa socialización

La primera anomalía de las redes de internet es la total asimetría de las relaciones: seguimos a personas que para nada nos siguen y que ni siquiera nos conocen. Puede que incluso nos sigan personas totalmente desconocidas por nosotros. ¿Es oso una relación? En realidad se trata de miles de millones de mini-espectáculos, de los que nosotros también formamos parte, algunos o muchos de los cuales “seguimos”. Nos mostramos unos a otros, pero no sabemos muy bien si alguien nos ve o nos “sigue”. Es como si existiera un canal de televisión absolutamente personalizado, en el que diariamente nos tragamos lo que nos echen, cuyos contenidos el algoritmo nos ha ido seleccionando.

En segundo lugar hemos sustituido el reconocimiento social que nos pueden conceder y reforzar las personas de nuestro entorno cercano por el pseudo-reconocimiento de los “likes” recibidos vía internet. Al esperar recibir tales likes estamos sometidos a una ansiedad permanente, que se acentúa entre las generaciones jóvenes.

¿Qué hacer?

Tres cosas. En primer lugar no se trata de “desconectar” de internet sino que deberíamos reducir nuestros contactos en redes a las personas que conocemos de verdad en el “mundo analógico”.

Además cuando las redes sociales se convierten en nuestro particular “canal de noticias” de lo que pasa en el mundo, deberíamos quebrar radicalmente, diversificando nuestros canales informativos, eligiendo “a la carta” las fuentes y no tragándonos lo que nos echen.

En fin hay que recuperar los tiempos de ocio colectivos y cara a cara, no a través de las pantallas. Muchos padres jóvenes actuales tienen pavor de que sus hijos salgan y se relacionen en el mundo analógico, pero son totalmente ignorantes de sus pseudo-relaciones digitales. Como señala Jonathan Haidt existe una sobreprotección en el mundo real y una infraprotección en el virtual.

Las nuevas propuestas de inteligencia artificial pueden incluso acentuar la distorsión que las redes sociales están suponiendo en nuestra sociedad.

El próximo post dentro de dos martes, el 18 febrero 2025

Atrapados en CiberJurassic Park

Hace un cuarto de siglo dos estudiantes de la Universidad de Stanford fundaron Google, que en realidad es una empresa de publicidad basada en lo que buscamos por la red. El mundo internet, hasta entonces concebido como un nuevo espacio libre y abierto, se convirtió en un simple terreno para hacer negocios.

A esa empresa, ahora integrada en un conglomerado de compañías bajo el nombre de Alphabet, se le han ido añadiendo las que hoy en día son las mayores empresas del mundo: Apple, Amazon, Meta Platforms (empresa matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp) y Microsoft. La lucha entre éstas, y de otras empresas tecnológicas de menor tamaño, es feroz. Y el botín es uno: NOSOTROS.

Una nueva “era de los descubrimientos”

La actual era internet se asemeja mucho a la Revolución comercial europea que se desarrolló durante los siglos XVI y XVII: fue la llamada era de los descubrimientos, facilitada por los avances en las técnicas de navegación, y que rápidamente cedió el protagonismo (y los beneficios) a las Compañías holandesa y británica de la Indias, en guerra continua con el comercio portugués y español de la época. Los nuevos territorios que se iban descubriendo se convertían rápidamente en colonias comerciales, tal y como sucede hoy en día en el mundo internet, convertido en un mero campo de batalla entre gigantes monstruos.

El paralelismo se aplica también a cómo estas grandes compañías asumen -a su manera- funciones que hubieran correspondido a los poderes públicos. El correo y las comunicaciones, antaño garantizadas en su privacidad e integridad por los Estados, ahora son gestionados por gmail y similares. La supervisión “moral” de los contenidos que se vierten en las redes sociales está encomendada a sus gestores privados. Los canales informativos de organismos públicos se regulan por las leyes del Estado norteamericano en el que esté ubicado Twitter, Telegram o YouTube. Etc.

La base del negocio: nuestra captura

El primer paso consiste en capturar la presa: NOSOTROS.

Se nos ofrecen servicios cada vez más indispensables para nuestra vida cotidiana. ¿Qué podemos hacer sin tener una dirección de correo electrónico, un número de teléfono móvil con su correspondiente smartphone, un acceso a internet, una conexión a alguna rede social tipo WhatsApp, etc.?

Además se nos envuelve en equipos y aplicaciones que forman una red cada vez más tupida y absorbente (smartphone, tablet, PC, smartwatches, smartTV, automóvil conectado, domótica, etc.), con un hilo conductor que es nuestra cuenta de usuario: una especie de carnet del club al que nos hayamos apuntado: Microsoft, Apple, Google, etc.

Bajo la lupa

No basta con estar “metidos”: hay que estar activos-focalizados-absorbidos, dedicando toda nuestra atención y nuestro tiempo a movernos dentro de ese “universo”. Se trata de fomentar un tipo de drogadicción que nos retiene ahí. El objetivo es radiografiarnos más allá de lo que sabemos de nosotros mismos, en particular los mecanismos por los que actuamos en la forma como lo hacemos.

Para ello estas grandes empresas han construido algoritmos basados en las teorías conductuales del psicólogo B.J. Fogg descritas en su libro escrito hace más de veinte años Tecnología persuasiva: uso de los ordenadores para cambiar lo que pensamos y hacemos. No solamente nos influyen sino que también recopilan miles de datos sobre nosotros (qué nos gusta, qué no, con quién nos relacionamos, qué compramos, que sitios web visitamos, qué gastamos, qué buscamos, qué opiniones tenemos, etc.) con fines persuasivos y para alimentar los algoritmos de la moderna Inteligencia Artificial.

Impactos sociales

La principal víctima de este estado de cosas es la población infantil y juvenil. Como leemos en la revista The Lancet “los adolescentes pasan cada vez más tiempo inmersos en un mundo digital: revisan mensajes en X, recuentan me gusta (likes) en Instagram, o ven YouTube o TikTok. Según los últimos datos, el 36 % de los adolescentes declaró tener una conexión continua en línea con otras personas. El 11 % de los adolescentes muestra un uso patológico y síntomas similares a la adicción: no pueden controlar su uso, tienen síntomas de abstinencia de ansiedad y bajo estado de ánimo cuando no pueden usar las redes sociales, descuidan otras actividades e informan de consecuencias negativas en su vida diaria habitual”.

Se está modelando así la llamada “generación ansiosa” y se está deteriorando gravemente el desarrollo cerebral de niños y adolescentes.

En el otro extremo, buena parte de la población mayor sufre el olvido y se les deja atrás a la hora de acceder al mundo digital y manejar las herramientas que después las Administraciones les exigen para acceder a los servicios públicos.

Así, cuando estas Administraciones anuncian rimbombantes programas de ayudas para poblaciones vulnerables, su efectividad real se reduce a menos de la mitad debido entre otros muchos factores a la ciber-burocracia que en paralelo levantan cual muro de exclusión frente a la ciudadanía.

El próximo post dentro de dos martes, el 29 octubre 2024

Qué jubilación para los jóvenes

El “invento” de las pensiones

Tenemos una miopía social congénita y nos creemos que lo que hoy parece natural es algo que ha existido de toda la vida. Este es el caso de la pensión de jubilación. Se trata de un “invento” de hace sólo 135 años, instaurado por el canciller alemán Bismarck, por el cual se concedía una pensión a los trabajadores que alcanzasen los 70 años, edad que posteriormente se rebajó a 65 años. Bismarck no era precisamente un socialista, pero gracias a ello consiguió relajar la presión social al prometer un seguro a los empleados ya no aptos para trabajar al llegar a tal edad. En todo caso el gasto en pensiones no llegó a ser muy alto ya que la esperanza de vida al nacer era entonces de 40 años.

La jubilación en tiempos de Franco

En el caso español el sistema de pensiones se articuló a partir de la Ley de Bases de la Seguridad Social de 1963. En esencia se trata de un sistema de tipo corporativo, es decir que los derechos como jubilado dependían de las cotizaciones aportadas mientras se había estado trabajando. Los grandes beneficiados eran quienes gozaban de un empleo seguro, marginando a quienes tenían una trayectoria laboral irregular, reducida o nula. En consonancia con el esquema corporativista del franquismo los favorecidos eran los cabezas de familia (varones). También por la misma razón el sistema era relativamente generoso: la pérdida de ingresos al pasar a la jubilación era muy reducida en comparación con el salario que se había percibido hasta entonces. Esta “generosidad”, poco frecuente en otros países, favorecía a quien tuviera una carrera laboral “completa”, otra vez los cabezas de familia, en detrimento de quienes habían sufrido largos períodos de paro o formaban parte de la economía irregular.

Es también un sistema en el que las pensiones de los jubilados actuales son financiadas por los trabajadores actuales (sistema llamado “de reparto”) a diferencia de los llamados “de capitalización” en los que lo aportado por el trabajador individual a lo largo de su vida laboral es lo que le espera como pensión.

El cambio demográfico y económico

Ese sistema funcionaba bien siempre que hubiera una alta proporción de cotizantes en relación al número de jubilados, y los beneficiarios fueran en lo fundamental los “cabezas de familia”. Pero la composición social y laboral ha cambiado de forma drástica desde entonces: el retraso en la incorporación al mercado de trabajo de los jóvenes, la entrada masiva de las mujeres al mercado laboral y el vuelco de la pirámide de demográfica hacen inviable el sistema de pensiones tal y como fue diseñado en sus inicios; todo ello sin terminar de proteger dignamente a sectores enteros de población, en particular mujeres.

¿Qué se ha reformado y por qué es contraproducente?

La crisis económica de 2008 y la pésima gestión de la misma por parte de los gobiernos occidentales mostró que las cuentas no cuadraban.

En lo fundamental se ha optado por reducir los gastos. ¿Cómo?: retrasando la edad de jubilación; estableciendo requisitos más exigentes para acceder a la pensión máxima; aumentando el número de años cotizados para alcanzarla; y fijando un tope para esa misma pensión máxima.

En cuanto a los ingresos, la medida fundamental ha sido el aumento de las cotizaciones aportadas por empleados y empresarios, lo que incrementa los costes laborales aunque no los salarios.

Pero el problema es que estas medidas, cuando se aplican a una situación con una fuerte precariedad de empleo entre los jóvenes no mejoran sus perspectivas de alcanzar una pensión digna sino justamente lo contrario.

Como es bien sabido la esperanza de vida en el momento de la jubilación es muy diferente según las distintas profesiones, con más años por delante para los puestos de trabajo más cualificados y con mejor pensión. Si además se “premia” a quien voluntariamente retrase su edad de jubilación -por ejemplo los Presidentes de las grandes empresas- se agudiza más la desigualdad.

En fin, según los cálculos realizados por la Comisión Europea la “generosidad” (tasa de prestaciones) del sistema -pensión media en relación al salario medio- disminuirá del 64% en 2022 al 51% en 2070, aun con un repunte temporal hasta 2030.

Hacia un nuevo sistema de jubilación y de Estado del Bienestar

Pero hay alternativas, aunque no se estén poniendo en práctica. Los ingresos de la hucha de las pensiones crecerían si se invirtiera en actividades productivas -no especulativo/financieras- bajo el liderazgo gubernamental para crear más y mejor cualificados puestos de trabajo. El volumen de cotizaciones se elevaría de forma natural. La paralela y necesaria inversión para elevar la cualificación de la mano de obra, tanto joven como senior, colaboraría en ese mismo incremento y en el bienestar general.

Es necesario impulsar un nuevo pacto social intergeneracional, no sencillo pero sí posible.

El próximo post dentro de dos martes, el 17 septiembre 2024

De jóvenes a… ¿jubilables?

En los últimos meses se han publicado varios informes sobre la situación actual de la juventud española (Ivie, Consejo de la Juventud de España, EsadeEcPol, etc) que apuntan siempre en la misma dirección: precariedad laboral, incremento en la edad de emancipación, precios y requisitos imposibles para el alquiler de una vivienda, barreras para la creación de nuevos núcleos familiares y tener descendencia, impacto en la salud mental, etc.

En muchos casos la situación empieza a ser dramática y por eso la tentación de hacer la maleta y formar parte de la fuga de talento se hace cada vez más atractiva, con la consiguiente pérdida de personas bien formadas pero desaprovechadas en nuestro país.

¿Mayores contra jóvenes?

La tentación de algunos analistas es achacar a una supuesta codicia de las generaciones de mayores la mala situación de los que vienen detrás. Este tipo de planteamientos torticeros, que intenta enfrentar a los centennials con los baby boomers olvida interesadamente que existe una gran diversidad entre los mayores, igual que en el caso de los jóvenes. Como dice el informe del Ivie “aunque los jóvenes españoles de edades comprendidas entre los 16 y los 29 años tienen rasgos generacionales comunes, los factores socioeconómicos de origen y, muy especialmente, la formación alcanzada, marcan importantes diferencias entre los mismos. Lo hacen principalmente en sus posibilidades de inserción laboral, pero también en otros importantes ámbitos de sus trayectorias vitales”.

Es el mercado de trabajo ¡estúpido!

Parafraseando la célebre frase hecha popular durante la campaña electoral de Bill Clinton (“Es la economía, estúpido”), el mercado de trabajo que tenemos en España EXPULSA A LOS MAYORES Y MALTRATA A LOS JÓVENES.

Frente a quienes abogan por alargar más la edad de jubilación hasta los 70 años, hay que recordar que se siguen practicando EREs como el reciente de Telefónica que envía a 3.421 empleados mayores de 55 al desempleo. ¿Conseguirán éstos un nuevo empleo para seguir trabajando hasta los 70 años? Hasta la propia Yolanda Díaz reconoce que los mayores de 45 años no consiguen encontrar trabajo en España.

Qué pensión de jubilación esperar

Sobre el papel el sistema público de pensiones español es uno de los más generosos que existen. Pero en cuanto se empieza a tener en cuenta los requisitos necesarios para percibir la pensión las cosas empiezan a tomar otro cariz.

Se tiene derecho a cobrar la pensión de jubilación si se ha cotizado por lo menos 15 años, 2 de ellos dentro de los últimos 15 antes del momento de la jubilación. Así sólo se percibe el 50% de la pensión. En cambio para cobrar la pensión máxima hay que contar con una base reguladora elevada, cotizar durante más tiempo y llegar a alcanzar una edad de retiro determinada. Para 2024 la edad de jubilación es de 66 años y seis meses, si se han cotizado al menos 38 años, ó 65 años con carreras laborales más largas. Estas condiciones se van a ir endureciendo hasta el año 2027.

Los “coeficientes reductores” van recortando la pensión teórica de modo que por ejemplo existen 865.439 jubilados anticipados que sufren importantes recortes perpetuos en sus pensiones, pese a haber cotizado 40 o más años. En fin, el 60% de las pensiones están por debajo del Salario Mínimo Interprofesional, incluyendo ahí la inmensa mayoría de las pensiones de viudedad.

Ante este panorama, ¿qué pueden esperar los millones de personas mayores de 45 años si España está entre los países europeos con una menor tasa de empleo sénior, un 41%, diez puntos por debajo de la media europea, uno de cada tres parados es mayor de 50 y uno de cada dos es de larga duración? ¿Qué pensión van a poder percibir? Se encuentran pillados dentro de una pinza hecha por la expulsión temprana del mercado de trabajo y las exigencias crecientes para aspirar a una jubilación decorosa.

Y ello por no hablar de la penalización que sufren muchas mujeres que tienen que jubilarse más tarde que los hombres por no haber podido cotizar lo suficiente en su juventud. Un análisis del Centre d’Estudis Demogràfics concluye que una política de aumento de la edad de jubilación única para todos igual perpetuaría desigualdades.

¿Dónde está el problema?

Se focaliza la cuestión en prolongar la edad de la jubilación, pero en España trabajar más años tiene que venir de joven. Y volvemos al principio: con unas condiciones laborales precarias -bajos salarios y frecuentes temporadas en la cola del paro- las esperanzas de las generaciones jóvenes de una pensión digna se evaporan.

Resuenan las palabras que Jesucristo dedicó al grupo de mujeres que lloraban al verle camino de su crucifixión: «no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos (…) Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?» (Evangelio de San Lucas: 23:28-31)

El próximo post dentro de dos martes, el 6 febrero 2024

El derrumbe de la vivienda en España

Si no se adoptan medidas, de aquí a 2040 tendremos ciudades colapsadas, jóvenes dependientes de sus padres y un patrimonio inmobiliario inservible”

Esto escribía hace un par de semanas el periódico Cinco Días.

La nueva Ley de vivienda

¿Cómo es posible leer esas cosas medio año después de haberse aprobado a bombo y platillo la nueva Ley por el derecho a la vivienda? El objetivo principal declarado de esta Ley era limitar el aumento del precio de los alquileres. Pero para que esta ley no se convierta en un panfleto más publicado en el BOE, parece necesario analizar hasta dónde puede llegar su eficacia. Y nada mejor que examinar los resultados de un precedente: la Ley aprobada en Cataluña en septiembre de 2020. Aunque el Tribunal Constitucional anuló posteriormente la parte relativa que limitaba el precio de los alquileres, el año y medio que estuvo vigente es un buen banco de pruebas. Al contrario de un informe oficial que dibujaba un balance optimista, el Centro de Políticas Económicas EsadeEcPol mostraba una versión diferente: solo redujo el precio del alquiler en las viviendas más caras, y de hecho produjo una subida de las más baratas. Otros expertos también alertaron que se había producido una reducción de la oferta de viviendas de alquiler.

La realidad del mercado

Por desgracia, el efecto inmediato de la Ley aprobada este año ha sido una caída de la oferta y un aumento de la demanda de alquiler. Las estimaciones hablan de un descenso del 30% de la oferta desde que entró en vigor la misma. Los caseros se orientan hacia los alquileres temporales o los turísticos, que evitan el control de la subida de alquileres y, sobre todo huyen de la inseguridad jurídica derivada de la eventual declaración del inquilino como “vulnerable”: en estos casos la posibilidad de cobrar el alquiler o de desahuciar al inquilino se evapora.

No nos debería pillar de sorpresa esta situación, porque ya venía produciéndose desde la aprobación por parte del gobierno de coalición del Real Decreto-Ley de marzo de 2019.

Pero hay más: el control en la revisión del precio de los alquileres se ha esfumado, ya que se requiere que las Administraciones Autonómicas hayan definido previamente cuáles son las “áreas tensionadas”, susceptibles de ser sometidas a tal control. Los resultados de las elecciones autonómicas han convertido en papel mojado tal medida, al ganar el Partido Popular -contrario a su aplicación- en la mayoría de las Comunidades Autónomas.

Los perjudicados

En esta situación los primeros perjudicados son los pequeños propietarios, muchas veces de edades avanzadas, que tratan de poner en alquiler una vivienda -las más de las veces su única “riqueza”- para así completar unas magras pensiones. Su indefensión se ha disparado y su capacidad de maniobra se reduce a la mínima expresión.

Pero los que están sufriendo en toda su extensión este drama son las personas jóvenes. Y si se trata de parejas jóvenes con hijos el veto del acceso al alquiler está garantizado.

Los requisitos para aspirar a convertirse en inquilino se multiplican: contrato laboral estable o indefinido (presentando las nóminas recientes y a veces los resguardos de ingresos en el banco); aval de algún familiar; seguros; etc. Para la mayoría de los jóvenes con contratos precarios o que en diversos períodos han estado en el paro alquilar una vivienda es literalmente imposible. Desde luego, ni pensar en hablar de compra.

Impacto directo en la natalidad

Según eurostat en 2022 los jóvenes españoles salían del hogar paterno con más de treinta años de edad, cuatro más que la media europea. La razón es la precariedad en el empleo, pero en especial la falta de vivienda asequible.

Un retraso en constituir una nueva unidad familiar, que requiere una vivienda, se traduce en un retraso en el nacimiento de los hijos y el consiguiente descenso de la natalidad. Las últimas cifras del INE registran esta crisis. Similar efecto produce al aumento de la inseguridad residencial: más de la mitad de los hogares encabezados por menores de 45 años teme perder su vivienda a corto plazo.

A ello hay que añadir el porcentaje insoportable de viviendas en condiciones deficientes, que sitúan a España a la cola europea, como denuncia Save the Children.

Construir, construir…

La única solución pasa por la construcción de vivienda pública protegida. Pero es en este aspecto donde el mercado español ha evolucionado justamente en sentido contrario durante los últimos decenios.

El nuevo gobierno de coalición (re)estrena un Ministerio de Vivienda. ¿Se pondrá a la tarea urgente de construir nueva vivienda? Para empezar tendrá dos factores en contra: la previsible contracción del gasto el año próximo debido a la vuelta a la disciplina fiscal de la Unión Europea y la escasez de mano de obra cualificada, que ha ido desapareciendo sin renovación generacional desde la crisis de 2008.

El próximo post dentro de dos martes, el 12 diciembre 2023

La crisis de los veintitantos

Entre el ruido mediático y las broncas entre los partidos políticos que lo nutren no nos queda tiempo ni espacio para centrarnos en problemas de fondo: sólo caben interrupciones para la publicidad.

Impacto social del Covid

Se ha dedicado una justificada atención a las altas tasas de mortalidad que el Covid ha producido entre la población de edad avanzada, en particular la localizada en residencias de mayores. Pero otro segmento de población -el de los jóvenes– soportó un impacto psicológico y social poco estudiado aunque de alcance y consecuencias profundas.

Así, la serie de encuestas que el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) dedicó a los efectos sociales del Covid muestran cómo la población entre 18 y 34 años reflejan en comparación mayor “inquietud por las medidas que pueden limitar los contactos y las relaciones cara a cara”, mayor “miedo por no poder emprender ya proyectos vitales como emanciparse, o abrir un negocio, o hacer algún viaje”, o mayor “inquietud y temor ante el futuro”. También declaran superiores niveles de tensión, ansiedad, soledad, depresión, preocupación o tristeza.

¿Hay motivo para ello?

Hay cosas en la vida que tienen un momento apropiado para realizarlas y una de ellas es comenzar a salir del nido familiar y explorar el entorno social de amistades, relaciones y ligoteo.

Alguien cercano me comentó que justo cuando su hija iniciaba la adolescencia y por tanto debía ir creando su red primaria de amistades, el Covid impuso el confinamiento domiciliario y cortó de raíz esa fase trascendental en la maduración de una persona. Es algo que no se puede dejar para más adelante: tiene su ocasión y su circunstancia.

Entre jóvenes veinteañeros esas trabas al desarrollo de las interacciones sociales y relacionales son las que aparecen reflejadas en las encuestas del CIS. Pero no es sólo una cuestión derivada de las normas impuestas para la lucha contra la pandemia: “la ansiedad, la depresión, la angustia y la desorientación incapacitantes son la norma” de los jóvenes, escribe la terapeuta Satya Doyle Byock en un reciente libro.

Un tiempo distinto, una realidad nueva… y sin un guión fiable

Cada generación joven se encuentra con una realidad que ha sido modulada por las generaciones anteriores y los criterios de lo que debe hacerse y cómo debe hacerse les vienen prefijadoss. Pero el entorno social, económico y laboral no es el mismo de antaño, por mucho que nos empeñemos.

Tomemos el ejemplo de la actividad laboral. Para muchos jóvenes actuales la aspiración en la vida no es “labrarse un porvenir” o medrar laboralmente. Es una generación que no entiende que haya que vivir para trabajar. No rehuyen el trabajo, pero lo viven de otra manera. Son cuidadosos con los tiempos de trabajo y no trabajo, no admiten sin más las horas extras, les preocupan los tiempos de desplazamientos de casa al trabajo, etc. Por eso son tan sensibles al teletrabajo.

¿Bienvenidos al mundo del trabajo?

No se puede decir que el entorno laboral reciba con alegría las nuevas generaciones de jóvenes. Las cifras son más bien deprimentes:

  • en 2021 la tasa de paro de los jóvenes entre 16 y 34 años era del 22,3%, frente al 12,1% del resto de edades, duplicando las cifras de 2006 (11,4% y 6,4%, respectivamente)
  • más del 56% de jóvenes entre 16 y 29 años tienen empleos precarios (temporales, discontinuos, etc.), frente al 22% del resto de edades, cifras que mejoraron de a 2006 a 2021 para los mayores de 30 años pero no para los jóvenes
  • la media salarial de los jóvenes no supera el mileurismo hasta que se llega al tramo de edad de los 25-29 años.

¿Y la construcción de un hogar?

La deficitaria situación laboral tiene su reflejo directo en los niveles de renta y riqueza de cada generación. Uno de los elementos claves para el bienestar y “resiliencia” de las familias en situaciones económicas adversas es el acceso a la propiedad de la vivienda, tal y como señala un reciente estudio de Fedea. Hasta hace 20 años todas las generaciones de familias españolas eran mayoritariamente propietarias de una vivienda. Ésta ha constituido la base material de desarrollo de una familia.

Esto se acabó. Las nuevas generaciones de jóvenes carecen de los recursos para iniciar con solvencia la compra de vivienda. La Encuesta Financiera de las Familias que elabora el Banco de España muestra que si en 2002 todavía el 66% los hogares encabezados por alguien menor de 35 años eran poseedores de la vivienda principal, esta cifra ha caído al 36% en 2020. ¿Y acceder a un alquiler? Mejor no preguntar en los tiempos que corren.

El último grito de rebelión de la juventud española sonó el 15-M, durante el gobierno de Zapatero. Quienes se declararon representantes políticos del mismo se han reconvertido en otro partido electoralista más

El próximo post dentro de dos martes, el 29 noviembre 2022